1
Una vida normal
Las luces de colores se hacían más intensas cuanto más me acercaba al resplandor. A mi alrededor decenas de soldados yacían muertos o moribundos. Cubiertos con la sangre que aún manaba de sus heridas abiertas y miembros amputados. Pero la voz que me llamaba era más fuerte que los gemidos de los heridos, que el sonido de las armas al chocar. Y aunque intentaba con todas mis fuerzas desoír la llamada me era imposible parar. Cada paso me conducía hasta aquel poder que era parte de mí pero que a la vez era algo diferente. Ya lo podía sentir muy cerca, envolviéndome en una sensación de paz y profunda tranquilidad, consiguiendo que todo lo demás desapareciera. Entonces desde el centro de aquella energía surgió una figura pequeña y redonda embebida en luz. Levante la mano para cogerla y al sentirla en mi mano todo volvió a cambiar. El brillante resplandor fue sustituido por una oscuridad bañada de fogonazos lejanos, y la paz por el temor de la guerra. El mundo entero era muerte y destrucción y yo deseé no estar solo. De repente, de entre unos arbustos, apareció mi padre con la cara y la ropa ensangrentada sonriéndome. Pero a la vez, noté una presencia maligna y aterradora detrás de mi acercándose poco a poco, y al volverme vi unos ojos negros que.... entonces sonó el despertador. Me incorpore de un salto y lo apagué de un manotazo. Hacía frío en la habitación, pero la cama estaba mojada y revuelta. Me volví a acurrucar bajo las mantas ¿Cuántas veces había tenido el mismo sueño? Me era imposible contarlas. Y en cada una de ellas aquellos ojos terroríficos tenían el poder de hervirme la sangre, y congelarla al mismo tiempo. Me volví a levantar dispuesto para una ducha rápida que despejara los restos del sueño. ¿Porque tenía que complicarme tanto la vida? Sólo era un sueño nada más. El estómago empezó a gruñir pidiendo alimento, pero tendría que esperar a que llegara a la facultad. Hoy era un día importante y no quería llegar tarde, así que me vestí con la ropa más cómoda que tenía, cogí la bolsa de deporte, y salí hacía la plaza donde podía encontrar un autobús que me llevaría al campus. Como era sábado no había mucha gente y pude elegir un sitio al final. Me gustaba sentarme allí, siempre me parecía más interesante lo que ocurría dentro del autobús que fuera.
Dos filas más adelante había dos chicas hablando del examen que tenían esa misma mañana. Y en la misma fila pero en el otro pasillo, había un chico que de vez en cuando inclinaba la cabeza para verlas mejor. Intentaba ser sutil sin conseguirlo, hasta que, cansada, la chica que estaba sentada más cerca se volvió y le lanzo una mirada asesina. El muchacho ruborizado giró al instante la cabeza, y se dedicó a mirar lo que pasaba en la calle durante el resto del viaje. Y lo que veía tenía que ser muy interesante porque ni siquiera pestañeaba. Las preocupadas estudiantes al ver su reacción se miraron y rieron con muy poco disimulo. En el asiento que estaba justo detrás del conductor había otro chico, aunque, al darse la vuelta pera ver a que venía tanto alboroto, me pareció mas bien un niño. Seguramente se dirigía al campo de fútbol donde tenía lugar el partido del siglo, que enfrentaba a la barriada de San Fernando con la barriada de San Marquino. En clase le denominábamos el partido del siglo porque, desde que se inauguró el campeonato infantil todos los partidos que enfrentaban a estos dos barrios acababan en bronca. Con detenidos, heridos y muchos insultos. Y todo pronosticaba que este año se seguiría el mismo patrón.
Llegamos a una parada de autobús y vi subir al Plassta, un compañero de carrera que juega con migo en el equipo de baloncesto de la facultad. Y no es que le llamamos así porque que sea un plomazo entrometido (bueno, un poquito si) sino porque en verdad se apellida así, Plassta con dos eses, lo cual, según él, le llena de orgullo y le hace ser de lo más original. En cuanto me vio se encaminó a ocupar el asiento libre que quedaba a mi lado.
– ¿Dispuesto a comértelos tigre? – dijo poniendo una cara que supuestamente tenía que interpretar como de ánimo.
– ¿Dudas acaso de mi valía como baloncestista? Plasta – dije yo con mi mejor cara de ganador.
– No hombre, yo solo trataba de darte ánimos. Pues si que estas de un humor de perros esta mañana. Ya sé lo que te pasa es que hoy es el gran día verdad – arrugo esa cara redonda y chata que tenía.
– Te agradecería Plasta que no te metieras donde no te llaman.
– Bueno no te pongas así. Cambiando de tema mi padre me recogerá después del entrenamiento ¿quieres que después te llevemos a casa? o si quieres quedarte a comer en mi casa mi madre estaría encantada ya sabes lo mucho que te mima, después de la muerte de tu padre
– No muchas gracias, Marga me tendrá algo preparado y no quiero hacerle el feo, pero dales las gracias a tu madre de mi parte.
Me dediqué a mirar las imágenes de la calle que pasaban ante mí. Lo último que me apetecía ahora era pensar en la muerte de mi padre, aunque ya había pasado un año todavía me dolía. Todavía no había podido superar la sensación de soledad que me invadió tras el funeral. Pero lo que más me dolió fue que había muerto sin decirme quién era mi madre. Cuando tenía cinco años pregunté por primera vez por mi madre y su respuesta fue clara - eres demasiado pequeño para comprender Roberto, cuando seas mayor te lo contaré – y me miró con esa mirada que ponía cada vez que quería que no le molestara. Siete años después le hice la misma pregunta con igual resultado, e igual mirada. No es que influyera mucho en mi vida cotidiana la presencia de una madre. Ya que jamás me sentí falto de cariño, de eso ya se encargó Marga desde el primer día que vino a trabajar a casa como ama de llaves, hace ya la tira de años. Pero en fin una madre era una madre y quería verla, aunque fuera una sola vez y de refilón.
Mi padre me había dejado dinero suficiente para poder vivir cómodamente durante toda mi carrera (la cual empezaba ahora) y dedicarme después si quería a la investigación. Y eso era lo que más me desconcertaba, era como si lo hubiera planeado todo antes de tener el accidente. Como si supiera que se iba a morir. Sacudí la cabeza para quitarme de encima la tristeza, hoy no era el día para eso, tenía que reponerme. Plasta que por lo general no se enteraba de nada, me miró y sonrió como para darme ánimos. Yo levante la mano para indicarle que estaba bien.
Ya estábamos llegando a la zona del campus. Las primeras en bajarse fueron las dos chicas, que no sé si a propósito o por accidente, se acercaron demasiado al azorado chico cuando se levantaron de sus asientos. La siguiente parada era en el polideportivo y nos bajamos todos. El niño, que ya dejaba de ser tan niño, se fue directamente al campo de fútbol, pero el chico azorado se movía inquieto como si fuera un animal que se hubiera perdido de su amo y lo buscara desesperadamente. Por fin se nos acerco y nos preguntó donde estaba la puerta principal de las pista de atletismo. Cuando se lo explicamos, con cuidado para que lo entendiera, se marcho dándonos las gracias.
Ya nos disponíamos el Plasta y yo a emprender nuestra caminata a los vestuarios de la pista de baloncesto, cuando me fije en el hombre que estaba apoyado en la esquina de la parada. Era bastante alto, por lo menos tres centímetros más alto que yo, aunque su característica más inquietante era la forma que tenía de mirarme. El Plassta en su afán de ayudar al prójimo tuvo la delicadeza de decirle que el autobús no volvería hasta dentro de media hora, y, por si no hubiera quedado claro que lo hacía para jorobar, añadió que la próxima vez debía darse más prisa. El hombre sin inmutarse me dirigió una mirada que fue todo menos tranquilizadora. Permaneció allí sin moverse mientras observaba como nos marchábamos.
– Bueno ¿qué vas a hacer? ¿Te vas directamente al vestuario o primero vas a ver si encuentras a Sara? que ya debe andar por la cafetería del poli- me preguntó el Plasta como si me preguntara que día hacía hoy.
– Es posible que no acabes de entender que no debes meter las narices donde no te llaman, que es de muy mala educación y va en contra del libro del buen comportamiento – puntualicé yo con una actitud de lo más adulta, como si su comentario no me hubiera importado nada.
– Ya, me importa un pepino el libro del buen comportamiento, te vas al vestuario con migo o te vas al bar.
– Creo que me voy al bar porque esta mañana no he desayunado y mis tripas están a punto de ponerse en huelga por falta de alimento, que no sabes como está el sindicato oye – insistí yo como si fuera una buena explicación, al fin y al cabo tampoco era del todo falsa
– Ya, y yo me chupo el dedo.
Me separe de él en la entrada de las pistas y me dirigí al bar que estaba ubicado en lo que antes era el almacén de los trastos, a doscientos metros del pabellón. Era un edificio cuadrado y bastante amplio, de unos tres metros de alto y con una capacidad aproximada de ciento cincuenta personas. Se construyo cuando una de las tormentas más fuertes que la ciudad había conocido destruyo todo o parte de un viejo granero que llevaba en pie no sé cuantos siglos. Cuando se reconstruyó se diseñó para albergar los susodichos trastos. Pero después de las protestas en manadas del alumnado, que revindicaban la falta de una cafetería en dos kilómetros a la redonda, y la necesidad de recuperar alimento después del desgaste físico, el rectorado decidió rediseñar los planos para construir la cafetería.
La puerta de la cafetería era grande y pesada de un metal que en su tiempo tenía que ser dorado pero que con el tiempo se había deslucido y decolorado. Cuando fui a abrir la puerta vi reflejado en el metal al mismo tipo de antes, apoyado esta vez en la esquina del polideportivo. Me quede parado unos segundos esperando a ver su reacción, pero no hizo nada, solo se quedó allí mirándome, así que me di la vuelta y fui hacia él con la firme intención de preguntarle que quería. Sin embargo no hube dado dos pasos cuando la puerta de la cafetería se abrió.
– Hola Roberto – una voz aflautada resonó a mi espalda. No hacia falta que me girara para reconocer su voz.
– Hola Susana – conteste volviéndome hacia ella. Enseguida recordé al hombre y cuando miré ya no estaba
– ¿Qué buscas? – Pregunto Susana y movió la mano de un lado a otro para indicarme donde estaba, como si yo pudiera olvidarla, o no viera un burro a tres pasos – si buscas a Sara, ligón de playa, está dentro y yo que tú me daría prisa porque también esta Manolo.
De repente se me olvidó de verdad que Susana estaba en la puerta. Que había un tipo que parecía que me seguía. Que era sábado y que tenía en la mochila dos entradas para el concierto de Estopa que se celebraba esa noche. Se me olvido todo, sólo me importaba que Sara estaba dentro con el crápula de Manolo.
El primer día que ví a Manolo estaba rellenando la ficha de admisión cuando se acerco para pedirme el bolígrafo. Era un chico rubio de ojos azules, me miro y sonrió enseñándome una dentadura tan blanca que parecía que estaba anunciando una marca de dentífrico. Lo primero que pensé fue que era un niño mimado acostumbrado a tener todo lo que quería, pero tampoco quería precipitarme, no conocía a nadie en la facultad y el chico tenía en las manos un sobre de admisión para la carrera de física que era precisamente mi especialidad.
– Si claro – respondí yo ensañándole también mi no tan perfecta dentadura
– Me llamo manolo – se presentó. Cogió el bolígrafo y entonces se fijo en el sobre que yo sostenía – ¿También vas a estudiar Física?
– Si, yo soy Roberto – respondí sin mirarle, porque en ese mismo momento entraba por la puerta la chica más guapa que había visto en toda mi vida. El pelo de un suave color caoba le llegaba hasta la cintura y tenía unos ojos de un negro tan profundo que cuando te miraban parecía que te perdías en un abismo. Además llevaba puesto un vestido veraniego con el que se resaltaban todas y cada una de sus elegantes y perfectas curvas. Manolo siguió mi mirada y a punto estuvo de salírseles los ojos de las cuencas. Los dos nos quedamos completamente petrificados, ignorándonos mutuamente mientras seguíamos el caminar de aquella diosa del Olimpo. Se detuvo en una de las ventanillas y supimos por el cartel que estudiaba magisterio. Una vez pagado el sobre busco un sitio para poder rellenarlo y he aquí que Manolo, con toda la confianza que le brindaba la ortodoncia, se encaminó hacia ella quietándose la chaqueta vaquera para que se pudiera ver bien el logotipo de NIKE.
– ¿Quieres que te preste mi bolígrafo?- pregunto olvidando por completo que el bolígrafo en cuestión era mío
– No gracias – dijo ella mirando a Manolito de arriba a bajo – ya tengo el mío propio
– Bueno si quieres ocupar mi puesto yo ya he terminado de rellenar mi sobre – me ofrecí alejándome de la barra para ir a entregarlo en la ventanilla correspondiente. Al pasar por delante de Manolo le arrebate el bolígrafo, que todavía sostenía en la mano, y seguí mi camino. Ya en la ventanilla me giré para ver lo que había dejado atrás y me alegro ver que la chica me miraba mientras hacía oídos sordos a la cháchara de Manolo.
– Pero bueno date prisa, ¿qué no te das cuenta que ese increíble hombre va también detrás de ella? – me sobresalto Susana agarrándose las manos justo encima del corazón y ladeando la cabeza sin poder comprender todavía como el hombre de sus sueños podía querer a otra, teniéndola a ella allí.
– Bueno y a ti quien te ha dicho que a mí también me gusta Sara – contraataqué yo poniendo cara de inocente.
– chiquitín, que se te ve a kilómetros – me abrió la puerta y me dejo pasar haciendo una inclinación.
Entre en la cafetería y me dirigí a la barra donde me atendió Alejandro, un compañero del equipo, que estudiaba ciencias del deporte y se sacaba algunas pelillas extras trabajando los sábados y las fiestas en la cafetería. Le pedí un zumo y unas tostadas y me dedique a buscar con la mirada a Sara. La encontré sentada en una de las mesas cercana a la ventana. Tenía los apuntes de no se que asignatura desperdigados y escribía en una hoja aparte lo que le parecía más importante. Seguí buscando y encontré a Manolo con unos amigos sentados dos mesas más allá. Desde donde estaba no podía escuchar lo que decían pero tampoco me interesaba.
– Aquí tienes las tostadas – Alejandro dejó sobre le barra un plato con cuatro tostadas y una tarrina de mermelada junto a un baso de zumo – pero hombre ve e invítala al concierto de una vez que no es tan difícil.
– Que pasa es que está puesto en el tablón de anuncio
– No tío, se te nota en la cara. Anda y pídele si te puedes sentar con ella, venga ataca tiburón.
Como única respuesta le lance un gruñido. Cogí el plato y el baso y fui hacia ella. Alejandro me despidió con una sonrisa de complicidad.
– ¿Me puedo sentar? – ella alzó la cabeza y me miró. Luego levantó la mano indicándome que me sentara
– ¿Sabes algo de psicología? Agradecería que alguien me ayudara, cuando por fin creo que entiendo el significado de una frase me da por leer la siguiente y me vuelvo a perder
– Si, algo. Si quieres te puedo ayudar.
– Me encantaría, pero tú no tienes entrenamiento ahora.
Como si fuera cosa del destino, el entrenador, o más bien su cabeza de militar retirado asomó por la puerta barriendo el local con la mirada hasta que por fin dio conmigo
– Vamos Roberto que sólo quedan cinco minutos para el comienzo del entrenamiento –dijo moviendo la mano adelante y a atrás. Me volví hacia Sara
– Me haces el favor de esperarme aquí hasta que acabe el entrenamiento es que... bueno tengo que preguntarte algo.
– Sí. Tengo todavía mucho que repasar.
Me bebí el zumo a toda prisa y cogí las cuatro tostada que aún estaban en el plato y me dirigí a la puerta donde el entrenado, gritaba a Alejandro que se diera prisa en terminar el turno.
Una vez llegué al polideportivo me dirigí a los vestuarios. Me cambié a toda prisa mientras me comía las dos tostadas que me quedaban. Me estaba atando las zapatillas cuando entraron el Plassta seguido de Pablo y Juanjo, los tres con cara de inocente, “no si solo pasábamos por aquí”
– Bueno te ha dicho que si o que no – pregunto por fin Pablo rompiendo el silencio que ya empezaba a ser incómodo
– Y eso a ti que narices te importa – respondí mientras me encaminaba a la puerta pero al ver como Juanjo me interceptaba el paso me resigné a responder. Al fin y al cabo eran mis amigos- está bien no me ha dado tiempo, cuando estaba apunto de preguntárselo a entrado el entrenador, pero hemos quedado para luego
– Tío, tú eres tonto – suspiró Plasta sentándose en el banco de madera – que no es tan difícil, vas y se lo preguntas así de sopetón y ya está.
– Claro – corearon los dos amigotes felices como si fuera el estribillo de la canción del verano.
Sonó el silbato del entrenador que indicaba el comienzo del entrenamiento y me privo de la oportunidad de responderles como era debido. Al escuchar el segundo silbido salimos pitando de los vestuarios. El entrenamiento fue de lo más normal. Comenzamos con unas cuantas carreritas por la pista, seguido de los estiramientos habituales y los tiros libres a canastas, en los que por cierto no tuve mucha puntería, después del cuarto tiro fallado el entrenador se me acerco
– Roberto este no es el lugar ni el momento para pensar en mujeres -
Al cabo de una hora y media volvió a sonar el silbato y volvimos todos a los vestuarios para ducharnos y quitarnos el mal olor. Al salir del polideportivo no vi al hombre pero tampoco me enredé a buscarlo. Me dirigí a la cafetería, que a estas horas tenía que estar a tope, tan rápido como me dejaban las piernas. Al entrar miré a la mesa donde estaba sentada Sara y de repente la tierra empezó a temblar, el cielo se oscureció, las ventanas estallaron en sus marcos. Bueno en realidad no sé si pasó así de verdad pero si no ocurrió tenía que haber pasado. Porque allí donde yo había estado sentado aquella mañana estaba nada más y nada menos que Manolito el de los dientes blancos, y los dos reían no se que chiste tan amigos ellos. Agarré la mochila tan fuerte que se me quedaron blanco los nudillos
– Hola – cogí una silla de la mesa que estaba más próxima y me senté junto a Sara, ella miró a un lado y al otro riéndose por lo bajo. Me parece que el chiste gracioso era yo.
– ¿Quieres algo Roberto? – preguntó el gran Manolito. Si mis miradas mataran de verdad el pobre habría caído fulminado en ese preciso instante
– Manolo podría dejarnos a solas para que Rober y yo podamos hablar a solas – le pidió Sara. Este encogiendo los hombros se levanto y se encaminó hacia la barra.
– Bien me lo vas a preguntar de una vez o antes hay que tener una pequeña conversación
– ¿Quién te lo ha dicho? – desde luego así no se puede.
– Bueno la primera ha sido Susana, luego y aunque no te lo creas Manolo – mi cara tenía que ser la pera repera porque dejo de sonreír para reírse a carcajada, con lo que manolo se volvió y levanto su cerveza a modo de saludo ¿A que al final no era mala persona el chaval?
– ¿Quieres venir esta noche al concierto de Estopa? – Y por si acaso añadí – conmigo
– No sé, no sé, - se lo estaba pensando la chica – bueno vale pero - ese pero me quitó la sonrisa de la boca tan rápido como un buen golpe en el estomago – me recoges y me llevas a casa que no se diga que no eres un caballero – el suspiro me vació los pulmones - quedamos a las ocho en la puerta de mi casa.
Una dos horas más tarde estaba sentado en la parada del autobús con la mejor de mis sonrisas, sintiendo el hombre más feliz del mundo. En ese momento nada en el mundo me habría molestado, ni siquiera que dichoso autobús se retrasara un cuarto de hora con el frío que hacía. Cuando llego estaba vacío, me senté al final y enseguida se puso en marcha pero un golpe en la puerta obligó al conductor a parar. El hombre misterioso subió, me vio sentado al final y se dirigió hacia mí, se quedó de pié agarrándose en las barras para no caerse con el bamboleo del autobús. Tenía la mandíbula cuadrada, y los ojos marrones hundidos en sus cuencas. El pelo tieso como la paja era lo suficientemente largo como para taparle las orejas. Llevaba un jerséis de lana que a mí me estaría ancho pero que él lo llevaba prieto dejando a relucir su enorme musculatura
– Perdona chico ¿te llamas Roberto Casla?
Todos los músculos de mi cuerpo se pusieron en tensión, me levante para poder mirarle directamente a la cara
– ¿Quién lo pregunta?
– Perdona soy un mal educado me llamo Antonio Perales – me tendió la mano que yo estreche. Se sentó en el asiento que estaba al lado del mío y yo hice lo propio – yo era amigo de tu padre.
– No recuerdo haberle visto nunca con mi padre y tampoco recuerdo su nombre. ¿De que se conocían?
– Bueno, amigo lo que se dice amigo no éramos, mas bien sólo conocidos. Verás la cuestión es que tu padre tenía una objeto que me gustaría recuperar a un justo predio claro.
– ¿De qué objeto me habla?- estuvo dos minutos pensando la respuesta mientras buscaba en mi mirada algún signo que le pudiera indicar que le estaba mintiendo.
– Es un colgante de oro y plata mas o menos de esta forma - Juntó las manos uniendo los dedos índice y pulgar formando la forma de ovalo – en el centro hay un dibujo y alrededor unos signos.
– Lo siento pero el objeto del que me habla no me suena – encogí los hombros para darle más énfasis a mis palabras. Era verdad, no había visto en mi vida aquel colgante.
– Mira chico no te busques problemas y dame el colgante – me agarró de la solapa del chándal y dando un tirón me acerco hacia él – que no sabes donde te metes.
Apreté sus muñecas mientras intentaba levantarme. Al no conseguirlo incliné todo lo que pude el cuerpo hacia delante. Levantando la rodilla y con el impulso del movimiento le asesté un rodillazo en el costado. Lanzó un juramento a la vez que levantaba el puño con la clara intención de partirme la cara, pero antes de que pudiera dejarme un ojo a la virulé le lance un derechazo a la cara. Cayó hacia atrás tirando de mí, aunque conseguí agarrarme en la barra con lo que evité caer encima de él
– ¿Qué pasa ahí detrás? - Preguntó el conductor mientras paraba el autobús dando un frenazo. Un coche que iba detrás pitó indignado. El conductor se levantó ignorando el pitido. También se levanto Antonio Perales sin quitarme la vista de encima y agarrándose el costado.
– Tú – le señaló el conductor con el mismo dedo que utilizo Colon para señalar las Américas – fuera del autobús ahora mismo
Antonio Perales miró al conductor luego a mí, sin decir nada mas se encamino a la puerta que el conductor ya había abierto
– Como esta el patio chico, quieres que llame a una ambulancia por radio
– No gracias estoy bien
El conductor iba a preguntar no se que cuando el pitido del conductor indignado resonó otra vez, al cabo de tres minutos volvíamos a estar en movimiento.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Esto mejor que lo hagas en otras páginas para que te puedan dar un copyright legal. De la forma en la que lo estás haciendo es muy fácil que alguien te lo plagie, si es que escribes con un fin lucrativo.
Publicar un comentario