sábado, 22 de noviembre de 2008

capitulo II

2

El medallón




Me detuve delante de la puerta de mi casa atento a cualquier ruido que viniera del portal, pero nadie subió por las escaleras, ni utilizó el ascensor. Gracias dios lo único que se percibía por allí era el familiar olor del guiso de Marga. Un poco más tranquilo abrí la puerta.
– Por dios, ya estas aquí –dijo Marga al salir de la cocina - vamos a comer que ya son horas
Fui a mi habitación para dejar la bolsa, y nada mas entrar vi el paquete encima del escritorio. Era pequeño, de unos treinta por vente centímetros, y estaba envuelto con el típico papel marrón de embalar con el logotipo del banco donde tenía abierta la cuenta corriente. En una esquina adjunto al paquete había un sobre. Me disponía a abrirlo cuando la voz de Marga me llamó para comer.
– Vamos Roberto que ya te he recalentado la comida dos veces – nada más me vio aparecer por la puerta de la cocina puso el plato en la mesa mientras me revolvía el pelo. Era una manía suya un poco infantil. Cuando de pequeño iba a comer me ponía delante de ella para que me revolviera el pelo, luego con mucho cuidado me lo volvía a peinar con la mano mientras me besaba la frente. En aquel tiempo de inocente infancia no podía comer sin aquel ritual. Al entrar en la adolescencia ya no me hacía tanta gracia eso de que me despeinara después de pasar la mitad de la mañana, sino toda, arreglándome el pelo en el servicio. Ahora, cuando ya se supone que soy un hombre maduro me daba igual.
La televisión estaba encendida y veía uno de esos programas basura que tanto le gustaban a ella. En ese momento la presentadora entrevistaba a una mujer.
– Cuéntenos Adelaida ¿qué problema tienes tú con tu vecino?
– Pues mira Ana que resulta que bajaba yo por las escaleras del portal cuando…
Deje de prestar atención a las explicaciones de la pobre mujer y seguí comiendo.
– ¿La estás escuchando Roberto? hay tipos que no se merecen que les llamen personas. Vamos, que se me pusiera a ese por delante, se iba a enterar – lanzó un derechazo al hombre invisible, al cual olvidó inmediatamente cuando se dio cuenta de que no le hacía el menor caso – no me digas que Sara te ha dicho que no.
– No – me reí - ha dicho que si, hemos quedado a las ocho es su casa
– Entonces que te ocurre – me puso la mano en la frente para asegurarse que no tenía fiebre – oye tienes muy mala cara.
–No es nada y no tengo ningún problema, que enseguida te preocupas – terminé de comer – oye ¿cuándo han traído el paquete?
– ¿Qué paquete? ¡A sí! Esta mañana temprano – respondió mirando a la tele donde en ese momento la presentadora consolaba, sin mucho esmero, a una señora que no se porque razón no podía dejar de llorar. Mientras Marga se limpiaba las manos en el delantal – pobrecita, que lastima de vida.
En cuanto entre en mi habitación abrí el sobre. El remitente era el director del banco, un viejo amigo de mi padre, los dos se habían conocido mientras hacían la mili en Ceuta



Querido Roberto
Tu padre, que en paz descanse, tenía contratado en nuestra sucursal una caja de seguridad desde hace veinte años. Las normas del banco estipulan un plazo máximo de veinte años en el contrato de cualquier caja de seguridad. Por lo que te envío el contenido en favor a los años de amistad y al recuerdo de tu padre. Si deseas renovar el contrato de la caja te insto a visitarme el lunes. Sin más dilación me despido

Dª Joaquín Sánchez
Director general
B/ CENTRAL HISPANO.

Miré detenidamente el pequeño paquete preguntándome que es lo que sería tan importante para que mi padre contratara la caja de seguridad de un banco. Teniendo como teníamos otra detrás del retrato del salón. La había mandado instalar cuando, una noche que fuimos a celebrar el cumpleaños de una tía lejana, entraron a robar. No es que tuviéramos cosas de mucho valor, pero si que se llevaron una joya que habían pertenecido a mi abuela y a las que mi padre tenía cierto cariño. Con manos temblorosas por los nervios y la impaciencia abrí el paquete desgarrando el papel de embalar. Lo primero que encontré fue un pequeño libro. Las tapas eran de un cuero muy duro color marrón. Las hojas estaban hechas de un papel fuerte, más parecido al pergamino que a las hojas que comúnmente se utilizan en los libros, con letras estampadas en oro. En la tapa del libro se veía el título – el caminante - escrito con letras grandes y rodeado por filigranas que se entrelazaban entre si. Al abrir el libro por la primera página pude leer.

El caminante que viaja sin temor realiza un viaje seguro, a si que viajero ten valor y que los ángeles te protejan.

En la segunda página solo había escrito un nombre – Maestre - y el título del primer capítulo que empezaba en la página siguiente – Las montañas del cielo –
. Al ojear el libro descubrí un papel escondido entre sus páginas. Era un mapa cuidadosamente plegado. Lo desplegué sobre la cama para verlo en su totalidad. En él distinguí varios grupos de montañas dispersos en la zona norte; una gran barrera montañosa situada en la parte central que separaba el norte del sur, y un gran desierto por el sureste. Al doblar el mapa para devolverlo al libro vi que una esquina había algo escrito con la letra de mi padre – el mundo del ángel – la inscripción me intrigaba ya que mi padre nunca había demostrado tener fe en ninguna religión y menos en Dios.
El siguiente objeto del paquete era un cofre de hierro con rubíes y diamantes incrustados, y dentro estaba el colgante de la discordia sobre unos diminutos cojines de terciopelo rojo. La descripción dada por el macarra era bastante exacta. La base (de un oro brillante) era tan grande como la palma de mi mano; la figura del centro, era una medialuna de diamantes rodeada de tres pequeñas estrellas de zafiros, y debajo del dibujo de una puerta semicircular abierta. Alrededor de la imagen estaban los signos más raros que yo halla podido ver en toda mi vida, que bien podía ser las letras de un lenguaje inventado por niños o un dialecto chino. La cuestión era que su significado seguía oculto para mí. Como el hecho de que un tipo, con bastante mala leche y más músculos, me amenazara con partirme la cara, sino algo mucho peor, si no le entregaba un colgante que hasta ahora nunca había visto, y que, esto es lo mejor de todo, aparecía en mi casa unas horas después como por encanto.









La voz de Marga cantando una canción de Rafael me guió hasta el comedor donde planchaba. Quité la pila de ropa ya planchada de encima del sillón y la puse en una silla cercana ante de sentarme.
– No me arrugues la ropa – dijo Marga una vez hubo terminado el estribillo de la canción – ¿no sales esta tarde?
– No. ¿Cuándo empezaste a trabajar en esta casa?
–Un mes de abril de hace diecisiete años, lo recuerdo como si fuera ayer, tú tenías tres añitos y medio y eras una preciosidad – levantó la ceja - ¿por qué?
– No es por nada, sólo quería saber si alguna vez habías visto esto – saqué el colgante del bolsillo y se lo tendí. Ella lo miró durante un par de minuto mientras le daba vueltas.
– No, pero es una preciosidad y bastante caro, porque esto es oro y menudos pedruscos tiene en el centro – esta vez arqueó las dos cejas – ¿de donde lo has sacado?
– Venía en el paquete que han traído esta mañana. ¿Sabes tú algo de una caja de seguridad?
– ¿Te refieres a la que está en el salón?
– No, me refiero a esa a la que mi padre contrató en el banco. - Marga siguió planchando pero ya sin cantar.
– No me extraña. Si yo tuviera un pedrusco como ese tampoco me sentiría segura tendiéndolo en casa, sobretodo sabiendo como está la cuidad en los últimos años. No te he contado que a mi vecina, la del cuarto, le robaron la semana pasada. Le quitaron todos los electrodomésticos, solo le dejaron una radio que debía tener lo menos cincuenta años. Creo que fue un regalo de boda de un primo suyo de Albacete, pero funcionaba bien no te creas, que no es como estos aparatos electrónicos de ahora que al año se rompen. Pues eso se fue a la compra y...
– ¿Dónde está la llave del trastero? – si la dejaba seguir era capaz de contarme el contenido de la compra hecha por la vecina del cuarto el fatídico día.
– ¿Hem? En el llavero que está detrás de la puerta de la cocina – cogió el pantalón recién planchado y me lo dio - Pues lo que te decía, Guadalupe que así se llama mi vecina...
– Me lo cuentas luego – puse el pantalón encima de la pila y la pila devuelta al sillón.
Dos meses después de la muerte de mí padre seguía tan enfadado con él, que empaquete todas sus cosas en cajas de cartón y los mandé derechos al trastero. No podía soportar pasar por delante de su habitación y ver sus cosas allí como si nunca se hubiera ido. Todavía podía oler su puro y su ordenador portátil seguía encima del escritorio abierto esperando a ser encendido.
El trastero estaba en el garaje enfrente de la plaza de garaje donde dormía el SEAT Córdoba de mi padre y mi moto. Era un cuartucho estrecho de no más de dos metros de ancho y cuatro de largo. En una de las paredes laterales había una mesa metálica junto con una silla de plástico blanca. En la pared del fondo estaban apoyadas las cajas. Cogí la que estaba encima del montón y esparcí su contenido sobre la mesa. Su agenda rebotó y cayó sobre la silla. La abrí en busca de información sobre Antonio Perales pero no estaba allí. En realidad solo había nombres y direcciones de familiares o compañeros de trabajo ¡menuda vida social! En la caja también había una carpeta en donde estaban clasificados por orden cronológico todas las facturas de las compañías de agua, luz y teléfono del al menos siete años atrás. Y en último lugar, clasificado como otros usos, estaban guardado todos los recibos de las compras hechas en los últimos treinta años, en los que no constaba la compra de ningún colgante o libro antiguo. Por último estaban todos los libros que mi padre tenía en su estantería la mayoría históricos. Las tres cajas siguientes solo contenían ropa, algunos accesorios de higiene y barios zapatos y zapatillas. En la última caja además del equipo y todos los compactos de música clásica estaba su ordenador portátil. Apreté el botón de encendido pero lo único que conseguí fue que parpadeara el piloto de la batería. La conecte a la red, esperé unos minutos y volví a encenderlo. Estuve enredando de aquí para allá sin encontrar nada de utilidad. Por fin encontré algo interesante cuando hice un clic en el icono de mis documentos, allí en una de las carpetas encontré un archivo que estaba guardado con el nombre de Maestre. No me había dado tiempo a abrirlo cuando el pitido del reloj me indico que eran las seis y media, y aún tenía que adecentarme como un caballero. El archivo tendría que esperar. Volví a casa cuando Marga se preparaba para irse a su casa
– Te he dejado la cena encima de la mesa de la cocina solo tienes que calentarla un poco. No te vayas sin cenar que luego bebes y se te sube el alcohol a la cabeza
– Tranquila, no voy a beber. Me llevo la moto
– Aun así cena ¿quieres?
No se fue muy tranquila, no le gustaba que sacara la moto por las noches. A mí tampoco me gustaba pero esta noche había que comportarse. Además esta mañana había comprobado en propias carnes lo mal que está el transporte público.
Una hora después ya estaba duchado, afeitado, perfumado y vestido con mis mejores ropas. Puse a recargar la batería del ordenador, cené el trozo de pizza ya frío y saqué la moto del garaje. El colgante y el libro estaban guardados en la caja de seguridad, por el momento era el sitió más seguro que podía encontrar. No me hace mucha gracia encontrarme de nuevo a Antonio Perales con el pedrusco encima.
Sara vivía en un piso de estudiante en la zona centro de la ciudad. Llamé a telefonillo y al cabo de un minuto la puerta se abrió con un chirrido que te helaba la sangre. El piso estaba en la quinto planta y el edificio no tenía ascensor. Al llegar la puerta estaba entreabierta. Llamé antes de entrar para que no se diga que no tengo educación. Una pequeña entrada me llevó a un comedor pequeño pero decorado de tal manera que daba la impresión de ser más amplio. Del comedor salían dos puertas. Una conducía a la cocina y la otra daba a un pasillo en donde pude distinguir cuatro puertas, seguramente tres habitaciones y el servicio. De la cocina salió una chica morena vestida tan solo con una camiseta larga.
– ¿A quién esperas? – preguntó sin darse cuenta de cómo la miraba de arriba a bajo, o si se daba cuenta y disfrutaba de la sensación de ser admirada. Pero si así era lo disimulaba la mar de bien – contesta, ¿se te ha comido la lengua el gato?
– A Sara – ahora fue ella la que me miró de arriba abajo.
– Siéntate en cualquier sitio – levantó la mano dejando la palma hacia arriba y volvió a meter se en la cocina. Me quité la chaqueta y me senté.
Otra compañera asomó la cabeza por la puerta del salón para preguntarle a la chica de la cocina si podía prestarle los pendientes de plumas rojas, a lo cual esta contestó que si. Y saludándome con la cabeza volvió de nuevo a los abismos del pasillo. Un minuto después, volvió a sonar el telefonillo.
– ¿Puedes abrir la puerta? – preguntó la chica desde la cocina
El telefonillo estaba entre la puerta principal y la pared, pulsé el botón unos instantes y volví al salón a esperar, dejando la puerta entreabierta. Por un momento tuve la impresión de que aparecería Manolo. Sin embargo quién se presentó fue un chico de unos veinte años que al entrar, el muy mal educado, ni siquiera llamó a la puerta. Y, para colmo, se quito el abrigo y sin pedir permiso se sentó en el sillón poniendo los pies sobre el reposabrazos
– Hola Paco – saludó la chica desvergonzada desde la cocina. O sea que el chico era asiduo al piso, eso explica su falta de educación – ¿quieres o sea queréis algo de beber?
– No gracias pilar – bien ya sabía que la desvergonzada chica se llamaba Pilar
– Yo tampoco gracias – contesté.
– ¿Estás esperando a Sara? – Paco sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno, el cual rechacé con la cabeza - me llamo Paco – añadió por si no había escuchado a Pilar
– Roberto.
Entonces Sara salió del abismo del pasillo vestida con un pantalón vaquero, unas botas con un tacón que parecía una aguja de coser, pero más larga, y un jersey rojo encima de una camiseta azul
– Nos vamos ya. Hasta luego Paco – se puso una chaqueta de cuero – adiós a todos
– ¿Te he hecho esperar mucho? – preguntó mientras bajábamos las escaleras
–No, además la compañía ha sido agradable
– Lo dices por Pilar
– si ¿es así siempre? Quiero decir ¿ siempre va vestida con tan poca ropa?
– Sí.
Llegamos hasta el lugar donde había aparcado la moto
– Servicio de chofer y todo, menudo lujo.
– No habíamos quedado en que tenía que comportarme como un caballero. Pues – le tendí el casco que había guardado debajo del asiento junto con el mío.
– Ya que vamos en moto y no tenemos prisa podemos ir a tomar algo. Conozco un bar que sirven unas tapas riquísimas y yo con las prisas no he cenado
Dejamos la moto donde estaba y nos encaminamos al bar situado al final de la calle. El bar era pequeño y olía a fritura. Nos sentamos en la barra, ella pidió una cerveza y yo pedí una Coca-cola. Cuando nos servían las bebidas el camarero nos pregunto que clase de pincho queríamos. Podíamos elegir entre muslitos de pollo, calamares, croquetas o chipirones a la plancha. Sara después de pensárselo bien eligió una hamburguesa
– De esas tan ricas que hacéis.
– ¿Quieres otra? – Levantó la mano para indicar al camarero que esperase – tenemos tiempo.
– No gracias yo ya he cenado – el camarero escuchó la respuesta desde la puerta de la cocina y solo pidió una hamburguesa.
Se hizo un silencio bastante embarazoso solo roto por el camarero al traer la hamburguesa.
– A sí que te gusta Estopa –comentó Sara.
– La verdad, no mucho, alguna que otras canciones y ¿a ti?
– Tampoco, bueno las canciones son pegadizas y eso, a mi me gusta Celine Dion o algo con mas marcha como Shakira.- le dio otro muerdo a la hamburguesa – a ti... déjame pensar, te gusta los Extremoduros o... los Mojinos ¿acierto?
– No, ni por asomo. Inténtalo otra vez
– No sé, te gustan los nuevos valores – puso las manos a la altura de la cara y movió de arriba a bajo los dedos índice y corazón – quiero decir operación triunfo y compañía
– ¡No! Este bien te lo diré. Me gusta Manolo García, M-clan, el Canto del loco y otros parecidos, quiero decir de estilos parecidos.
– Si esa música está bien
Estuvimos hablando media hora acerca de la facultad. De lo difícil que es el primer año. La nueva experiencia de vivir independizados, compartir piso y gastos. Porque si vives en una casa que no es la tuya sin los cuidados de tu madre, eso hoy por hoy es independizarse ¿no?
El concierto se celebraba en el estadio de fútbol a las afueras de la ciudad y cuando llegamos ya había bastante gente en la cola. La recorrimos en busca de algún conocido que nos pudiera colar, y al llegar más o menos por la mitad encontramos a un compañero de la facultad que esperaba con los amigos. Una vez dentro nos separamos del compañero y los amigos (simpáticos los tíos) y nos pusimos lo mas cerca posible del escenario. Nos hicieron esperar poco. Aparecieron dando las gracias por asistir. Entonces cuando los gritos desenfrenados del público cesaron empezaron cantando la canción que les hizo famosos “la raja de tu falda”. Siguieron con alguna canción del segundo disco de las que no recuerdo el título y varias del primero, así alternando el primer disco y el segundo cantaron todo el repertorio. Nosotros saltábamos y cantábamos las canciones que nos sabíamos por lo menos partes de ellas, el resto lo tarareábamos. Un grupo de chicas que estaban delante de nosotros gritaban tanto que de vez en cuando se les olvidaba respirar. Para poder llegar a la barra en el descanso tuvimos que pisar y empujar a bastantes personas. Cuando estábamos a punto de pedir alguien gritó el nombre de Sara. Dos metros mas allá estaban Paco, la chica con los pendientes de plumas rojas de Pilar y varias personas más. Abriéndonos paso otra vez a pisotones conseguimos llegar hasta ellos.
– Bien, ¿como os va? – Paco ya me pedía una cerveza que tuve que rechazar. Pedí una Coca-Cola. Sara saludaba ya a varias chicas y a sus respectivas parejas.
– Este es Roberto – todas las miradas se dirigieron a mi persona. Levanté la mano a modo de saludo
Una chica pelirroja de la que luego me enteré se llamaba Vanesa me dio dos besos. Su novio un chico bajito llamado Gustavo me estrecho la mano para luego contarme un chiste bastante malo de Lepe. Luego se presentaron los demás miembros del grupo.
– ¿Te lo estas pasando bien? - dijo la chica del pendiente de plumas rojas poniéndose a mi lado – no nos han presentado me llamo Julia – nos dimos los dos besos reglamentarios.
– Sí, hay mucha gente pero está bien.
Estuvimos en el bar hablando y riéndonos los chistes malos que contaba Gustavo con la estimada colaboración de Paco, el genio humorístico del grupo.
– Deberíamos ir cogiendo sitio – todos apuramos las bebidas y pagamos a los ocupados camareros que no daban abasto.
– ¿Os quedáis con nosotros? – preguntó Julia cuando nos alejábamos de la barra
– No – Sara se puso a mi lado – esto es una cita y aquí el caballero tiene que terminar la noche sin vuestra ayuda, gracias.
Varios al despedirse me dijeron.
– Buena suerte, esta chica es difícil de contentar.
Nos encaminamos de nuevo hacia el centro del estadio para poder ver mejor a los hermanos Muñoz. Cuando estaban cantando su última canción sentí como algo me pinchaba en el costado y al darme la vuelta me encontré con la cara Antonio Perales. Bajé la vista, en una mano sostenía una navaja bien pegada a mi hígado, vamos que si respiró un poco más fuerte me lo clavo. Sara tenía mas o menos el mismo problema aunque no sé si con navaja o sin ella. Nos llevaron fuera del recinto a empujones y con bastante mala leche. Me empujaron contra un coche y sin darme tiempo a recomponerme unas manos recorrieron todos los bolsillos del pantalón y la chaqueta. Lo que se dice un cacheo en toda regla.
– Le agradezco que haya esperado hasta el final del concierto – ya veis, frente a una navajas o a las armas en general, me sale la vena sarcástica.
– Menos cachondeo chaval que te clavo esto. No me importaría nada. – para que no quedara alguna duda apretó la navaja un poco más. El dolor borró todo tono sarcástico de mi personalidad, además de la sangre de mi cara – está dispuesto a hablar ahora ¿dónde tienes el colgante?
– Ya le dije que no sé de lo que estás hablando, no he visto el colgante en mi vida – rogué a todos los santos que no se notara la mentira.
– Ya lo veremos. Vamos a echarle una ojeadita a tu casa.- me agarró de la chaqueta y tiro de mí para luego empujarme hacia delante, tropecé aunque conseguí mantener el equilibrio. Antonio levantó una pierna que no llego a su destino porque en ese mismo instante su compañero gritó. Sara, mi supuestamente indefensa amiga, le estaba propinando una señora paliza a lo Kárate Kid al pobre hombre. Para que luego digan del sexo débil. No perdí el tiempo en contemplarla. Mientras Antonio Perales giraba la cabeza para ver como Sara le daba una patada en la entrepierna a su compañero, yo le di un manotazo a la mano que sujetaba la navaja, para luego rematar con la misma jugada que Sara. Una vez los dos estuvieron en el suelo con sus manos sujetándose las partes nobles, echamos a correr hacia donde habíamos dejado la moto. Nos montamos sin casco y sin nada (no estaba el asunto para cascos) y salimos pitando esquivando los autobuses que ya empezaban a llegar.

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