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Angemund
Paramos en un bar del centro y está vez fui yo el que pedí una cerveza y ella un refresco. Estuvimos bebiendo sin decir nada bastante tiempo.
— Peleas bien – no se me ocurrió otra manera de empezar la conversación – ¿estas bien? — Al menos no me ha mandado a paseo después de lo que ha pasado
— Si – suspiró – la verdad estoy esperando una explicación.
— Pues ya somos dos. No sé muy bien lo que está pasando
— Eso no es una explicación – su cara empezaba a crisparse.
Se lo conté todo sin dejarme nada. La expresión de su cara pasaba de la preocupación a la curiosidad a la velocidad del rayo. Cuando acabé, su expresión era indeterminada, una mezcla entre preocupación y curiosidad. Estuvimos callados un rato.
— Mira no lo entiendo ¿por qué simplemente no le das el colgante? que según tú debe valer una fortuna o vas a la policía.
— No lo se, supongo.... bueno si que lo sé. Estoy seguro de que ese colgante pertenece a mi madre porque te aseguro que de mi abuela no es y mucho menos de mi tía. Así que no le voy a dar lo único que tengo de ella, y que me puede ayudar a averiguar quien es, a un tipo despreciable que es muy posible me mate en cuanto se lo de. Y con respecto a la policía no estoy muy seguro de que puedan ayudarme. En caso de que presentara una denuncia, te recuerdo que fuimos nosotros los que les agredimos y tiene las marcas para demostrarlo, y tampoco podemos demostrar que ellos nos amenazarán con unas navajas.
— Viéndolo de esa manera tienes bastante razón, pero no creo que ese tipo despreciable se conforme con nuestra negativa.
— ¿Nuestra?
— A mí también me han atacado ¿no?
— Si, pero porque estebas con migo. Si te llevo a tu casa es muy probable que te dejen en paz.
— Y dejarte solo con este marrón, ni hablar. Lo primero que hay que hacer es averiguar lo que tu padre guardaba en el ordenador – llamó al camarero – y pensar que Manolo decía que eras el hombre mas aburrido del mundo.
— Simpático el niño – sonreí – de todos modos entrar en mi piso no va a ser tan fácil
— ¿Por qué lo dices?
— Es posible que me estén esperando en el portal de mi casa – Sara se volvió a sentar en el taburete, ya no se la veía tan decidida.
— Bueno es posible que podamos entrar sin tener que pasar por el portal – la luz de la esperanza volvió a brillar – el arquitecto era un tipo bastante listo. Cuando construyó mi edificio, y los edificios de alrededor, decidió ahorrarse los muros y comunicar todos los garajes de la manzana, lo que ha acarreado más problemas que beneficios. Podemos entrar por el garaje de otro portal, por ejemplo el que está a la vuelta de la manzana.
Está vez no esperamos a que se presentara el camarero dejamos un billete de cinco euros y salimos pitando del establecimiento.
Estábamos apoyados en la esquina de mi edificio observando al coche aparcado en la acera de enfrente. Aun en la oscuridad se podía distinguir dos figuras. No se veían con claridad las caras, pero estaba claro que se trataban de Antonio y compañía. Los dejamos allí y regresamos al portal del edificio que estaba situado justo detrás del mío, donde habíamos dejado la moto. La entrada al garaje estaba justo al lado.
— ¿Conoces a alguien que nos pueda abrir la puerta del garaje? _ Sara daba saltitos de un pié a otro para contrarrestar el frío. Miro el reloj – de todas formas es muy tarde para llamar a alguien.
— Si, y no te preocupes por la hora, el señor Andrés trabaja hasta tarde – llame al telefonillo un par de veces. A la tercera llamada la voz del señor Andrés contesto.
— ¿Quién es?
— Soy yo, Roberto. He perdido la llave del garaje, por favor podría usted abrirme la suya
— Roberto ¿pero que haces tan tarde andando con la moto? Espera ya bajo.
Cinco minutos después ya estábamos en el garaje empujando la moto y explicándole al señor Andrés una mentira bastante creíble. No valía la pena asustar al pobre hombre. Subimos por la escalera del portal en un silencio sepulcral. Nos deteníamos en cada tramo por si oíamos cualquier sonido que delatara la presencia de Antonio o de su compinche, tal y como lo había hecho yo esa misma mañana. Por fin llegamos a mi casa. Nada más entrar Sara tanteó la pared en busca del interruptor.
— No enciendas la luz, si desde abajo la ven sabrán que estamos aquí.
— Si perdona, pero es que no veo un burro a tres pasos.
La agarré por la muñeca y guiándome con las paredes llegué hasta la cocina, donde con sumo cuidad fui subiendo la persiana. La luz que entraba de la calle era escasa y apenas si iluminaba el pasillo, pero me bastó para llegar hasta mi habitación donde si encendí la luz.
— Esta habitación da al patio de luces así que no creo que corramos peligro.
Cogí el ordenador que ya había terminado de cargarse. Lo encendí y no tardé nada en llegar hasta donde estaba la página. Sara se había sentado a mi lado, muy cerca de mí, casi nos tocábamos. De repente un calor me subió por la espalda haciéndome sudar como un pollo. Ella parecía no darse cuenta de mi repentino azoramiento porque se acercó un poco más.
— Antes de abrir la página deberías ir por el colgante y el libro, es posible que hablen de ellos - dijo Sara
Me levanté tan rápido que el ordenador estuvo a punto de caerse al suelo, y solo los reflejos de felina de Sara lo salvaron del desastre. Al salir de la habitación escuche sus risitas contenida. Volví a la habitación con el colgante en una mano y el libro en la otra, además de un buen golpe en la pierna derecha ¡maldita silla! Con mucha dignidad me senté a su lado dispuesto a no hacer el ridículo por segunda vez.
En el documento no había mucho escrito solo una palabra – Angemund.
— ¿Eso es todo? – La decepción estaba patente en el aire – espero que tu entiendas algo.
— No, nada... ¡Espera! Había algo parecido escrito en el mapa – cogí el libro y busque el mapa – aquí está, el mundo del ángel, no es la misma palabra pero se le parece.
— Si bastante... – no la deje terminar la frase
— A decir verdad esta diciendo lo mismo fíjate – tapé con el dedo la mitad de la palabra — si le ponemos la L a esta parte tenemos ángel – tapé la otra parte – si le ponemos la O a esta otra parte tenemos mundo.
— Elemental mí querido Sherloc. Bien listo, ya has demostrado que puedes deducir lo obvio, ahora me quieres decir ¿para qué sirve la dichosa palabrita?
La verdad es que no tenía ni idea que podía significar. Levanté el colgante para verlo mejor.
— El caso es que Angemund me sue....
De repente noté que el colgante se calentaba en mi mano y me iba arrebatando las fuerzas y la voluntad.
— Angemund – la palabra había salido de mis labios sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, consiguiendo que el calor se extendiera por todo mi cuerpo. Sentía a Sara a mi lado dándome golpecitos en el hombro y hablándome, pero no entendía nada de me que me decía. Ahora el calor era tan intenso que me quemaba las manos y me hacía temblar convulsivamente. Entonces, cuando ya creía que no podría aguantarlo más, todo cesó y del colgante surgió un rayo de luz tan intenso que al impactar contra el techo hizo añicos la lámpara. Por un breve instante la habitación permaneció en absoluta calma, y de repente el sólido techo de hormigón se hinchó hasta combarse, como una fina hoja de papel al ser arrastrado por el viento. Y ante mi estupor, como si fuera una película rebobinándose a cámara lenta, el rayo de luz volvió al colgante llevándose con sigo cada partícula del techo y de la realidad, dejando sólo un inmenso agujero negro. No sabía como pero ahora me encontraba en pie y podía sentir como el poder de atracción de aquella masa oscura actuaba sobre mi. Nada en el mundo hubiera podido evitar que el agujero me absorbiera, ni siquiera yo. Lo último que escuché antes de precipitarme en el abismo fue el agónico grito de Sara.
La luz de la mañana era tan intensa que me deslumbraba. Me levanté para bajar la persiana y lo que vi al abrir los ojos me dejo sin respiración. Estaba claro que ya no estaba en Kansas. Sara dormía a mi lado y aún agarraba mi pantalón. Estábamos en un pequeño claro del bosque más frondoso que había visto en mi vida. Un animal parecido a un conejo nos observaba desde la rama de un árbol cercano enrollando y desenrollando sus colas, pues sorprendentemente tenía dos, mientras sus pequeños ojos seguían atentos cada uno de mis movimientos. Me incorporé a medias pues estaba un poco mareado y por el rabillo del ojo vi como el animal desaparecía de un salto entre las espesas copas de los árboles. Nuestras ropas estaban mojadas por el rocío de la noche aunque el calor del sol mañanero empezaba a secarlas. El colgante seguía en mi mano y al mirar alrededor pude ver el libro y un poco más allá el ordenador. Cogí el libro para comprobar como estaba de mojado, por suerte las tapas de cuero habían protegido el interior, aunque no sé si podía decir lo mismo del ordenador. La pantalla estaba entreabierta y el teclado completamente empapado. Lo puse sobre mis piernas y fuera de todo pronóstico funcionó cuando lo encendí. El ruido debió despertar a Sara que al igual que yo se quedó sin respiración.
— ¿Qué ha pasado? – Me miró con verdadero pavor – lo último que recuerdo es que estábamos en tu cuarto buscando el significado de la dichosa palabra cuando...
— Bueno creo que al final la encontramos – me levante.
— ¿Dónde estamos?
— Ni idea, pero seguro que no en la Tierra.
— No, no, y no esto no puede estar pasando – meneó la cabeza de un lado a otro como si intentara despertarse.
— Sara...
— ¡No! Me estas intentando decir que hemos viajado a otro lugar, a potro mundo – volvió a sacudir la cabeza - esto debe ser un sueño, eso si es una explicación razonable
Me arrodillé a su lado y sin pensarlo la pellizqué.
— ¿Te duele? – como única respuesta recibí un empujón.
— Estás muy tranquilo – también ella se levantó y se puso a pasear de un lugar a otro, supongo que eso le ayudaba a buscar una explicación razonable.
Encogí los hombros como única respuesta. La verdad era que estaba tranquilo. No sentía ningún temor por no poder dar una explicación científica, para ser sinceros me encontraba expectante. Aunque si que había algo que me asustaba, me daba verdadero miedo lo que pudiera descubrir. Mi padre, por razones que no lograba entender, guardaba un colgante que podía transportar personas a otro mundo, por inexplicable que esto pueda parecer. Y ¿si mi madre fuera de este mundo? ¿Podría encontrarla?
— Vale, supongamos que esto no es un sueño, que estamos aquí – levantó los brazos señalando el bosque – ¿que hacemos para volver a casa?
— Supongo – tenía razón, debía pensar primero en ella, si no quería quedarse no podía obligarla, ya vendría yo solo después – supongo que como hemos venido – miré fijamente al colgante y pronuncie en voz alta – Angemund – no sucedió nada.
— A ver déjame a mí – le pase el colgante – Angemund – siguió sin suceder nada — ¡Espera! A lo mejor es otra palabra. Si para venir aquí se tiene que decir Angemund es porque este mundo debe llamarse Ángel o algo parecido. Entonces para volver solo tenemos que cambiar el principio por tierra, quiero decir por tierr – miró el colgante y cruzando los dedos dijo – Tierrmund – pero tampoco sucedió nada – inténtalo tú.
Cogí otra vez el colgante y dije en voz alta – Tierrmund – Pero tampoco era esa la palabra.
Sara se volvió a sentar decepcionada. Al arrodillarme a su lado para pedirle perdón vi que estaba haciendo un gran esfuerzo para no llorara, no sabía que hacer para consolarla así que simplemente la abrace.
— Llora — le dije.
Y valla si lloró. Lloró tanto que podría haber llenado ella solita el lago Ticicaca. Media hora después se separó de mí todo lo calmada y tranquila que se puede estar en una situación semejante.
— ¿Y si no podemos volver a casa? Ya echaba de menos a mi familia viviendo a 200 kilómetros y viéndolos solo algunos fines de semana para... – las lagrimas volvieron a asomarse en sus ojos, pero las controló – siento haberme comportado como una niña, sabes no voy de viaje a otro mundo muy a menudo.
— Volveremos a casa no te preocupe. Estoy seguro de que solo hay que encontrar la palabra adecuada, el colgante nos trajo y él nos devolverá a casa – me colgué el colgante al cuello y una vez de pie le tendí la mano para que se levantara – solo hay que encontrar a alguien que nos diga que palabra es.
Ella me cogió la mano y con un impulso se puso en pie. Pero el pequeño brillo de esperanza había aparecido en su cara desapareció tan rápido como había venido.
— ¿Y se puede saber a quien podemos recurrir? La verdad es que soy nueva por este barrio
— Me gusta tu sarcasmo, no es tan brillante como el mío pero puedes mejorar – le enseñe el libro – mi padre guardó la maldita palabra en el ordenador con el nombre de Maestre y adivina adivinanza ¿quién es el autor de este libro?
Me arrebató el libro de la mano y paseando de un lado a otro comenzó a leérselo. Leía varias hojas y pasaba otras, pero luego se arrepentía y volvía atrás para leerlas por encima. Así estuvo por lo menor una hora larga, por último cerro el libro con brusquedad.
— No viene ninguna palabra que nos pueda servir – sacudió el libro – es una guía de viaje si por lo menos supiéramos donde estamos nos podría servir, pero ni eso – suspiró y me tiró el libro – lo único sensato que podemos hacer es buscar una ciudad o algo parecido, a lo mejor hay una librería y todo.
— Eso mismo pienso yo, lo mejor es que busquemos un riachuelo o un río y seguirlo hasta encontrar una ciudad. En nuestro mundo la mayoría de las ciudades han sido construidas cerca de un río. Pero antes – le agarré una pierna y arranqué el tacón a las botas. No protestó, ella sola se arranco el otro tacón
— Ahora que hablas de agua tengo bastante sed y también tengo hambre ¿de donde vamos sacar algo de comida?
¿Pues no había pensado en eso? aunque ese era un problema que si podía resolver. Miré a mi alrededor en busca de un árbol que pudiera servirme, por suerte encontré uno justo a la medida. Era un árbol joven con ramas flexibles pero resistentes. Corte la rama más baja con una pequeña navaja que siempre llevo en el llavero, y la limpié de ramitas y hojas hasta que me quedó una vara ligera y flexible. Ahora lo único que necesitaba era algo para hacer de cuerda. Sara, que me miraba atentamente, comprendió mis intenciones y empezó a buscar ella también. Eran las dos pasadas cuando terminamos la tarea y nos encaminamos a la busca y captura de cualquier afluente de agua. De mi espalda colgaba un arco algo basto pero efectivo. Al final fue a Sara a quien se le ocurrió la brillante idea de utilizar finas tiras de cuero de mi chaqueta nueva entrelazadas a modo de cuerda. Además habíamos hecho barias flechas, no muchas la verdad, pero es que no era nada fácil afilar punta con mi diminuta navaja.
Encontramos un arroyo no muy lejos de allí. El problema consistió en atravesar aquella jara sin quedarte la piel en el intento (incluso llevando unos vaqueros) porque las zarzas más que pinchos tenían púas. En cuanto vimos el agua los dos nos lanzamos al riachuelo, el agua cristalina estaba algo fría pero sabía bien y no deje de beber hasta que me hinché tanto que creí que iba a reventar.
— Espero que sea potable – dijo Sara después del tercer trago.
— Si es potable, lo sé por esas marcas – le señalé la orilla donde varias huellas de animales aún se conservaban frescas. Me acerqué para verlas mejor. Aunque podía reconocer un gran número de especies estás me eran completamente desconocida, pero teniendo en cuenta el conejo de dos colas no me extrañó en absoluto,
— No sabía que te desenvolvías tan bien en el campo.
— ¿Eso es cachondeo? – pregunté. Sara se reía a mandíbula batiente, por lo menos ya no estaba triste, algo habíamos mejorado – no, en serio, he ido de acampada muchas veces con mi padre, es donde aprendí a tirar con el arco.
— ¡Ha! Pero tú sabes disparar, yo pensaba que tendría que encomendarme a la buena de dios.
— ¡Ja, ja, ja! Pues me defiendo bastante bien ya te lo demostraré.
Ya refrescados seguimos caminando. El terreno mejoró bastante en la rivera del río, ya no había tantas zarzas, pero si piedras esparcidas por todos lados. El problema ahora consistía en que faltaba poco para el anochecer, hacía frío y no habíamos conseguido nada de comer. Continuamos andando unas tres o cuatro horas más cuando pude demostrar mi valía como tirador. Un conejo de dos colas bebía placidamente en la otra orilla. Paré a Sara con la mano y apunté y, antes del que pobre animalillo pudiera darse cuenta, una flecha lo atravesó de lado a lado. No tardé mucho en encender un fuego y prepararlo para poder asar. En lo que si tardé fue en destripar y despellejar al pobre animal. El caso es que a eso de las diez empezamos a comer. Sara miraba a la carne con mala cara pero el hambre pudo más que la prudencia y comió hasta reventar.
— Estaría mejor con un poco de sal.
— Y un vino para acompañarlo.
— Si, esto estaría bien – terminó un muslo – debemos pensar donde vanos a acampar.
— Ese árbol de allí nos servirá – señalé unos metros a la derecha – las raíces nos cubrirá por lo menos del rocío.
Encendimos otro fuego cerca del árbol y recogimos ramas para mantenerlo encendido toda la noche. Nos acurrucamos uno al lado del otro entre las raíces.
— Ya no te acaloras cuando estoy cerca – dijo Sara – menuda pinta tengo que tener ¿tienes un peine?
— No, mira, creo que no – me registré los bolsillos – nada como ir de acampada con una chica para que te demuestren que todas son unas coquetas.
Con un pellizco me demostró que no estaba de acuerdo con la afirmación.
— ¿Quieres hacer tú el primer turno? Dije pero Sara dormía ya placidamente – y el ganador señores y señora es.... ¡yo!
Fue difícil mantener los ojos abiertos a partir de la dos pero no imposible tenía mucho que pensar. Quería volver a casa, sabía que éste no era mi mundo pero posiblemente si el de mi madre. Sentado allí mirando el fuego no pude dejar de preguntarme si me habría abandonado, o si fue mi padre quién lo decidió sin contar con ella. Enseguida deseche esa idea, mi padre había sido muchas en su vida cosas pero nunca fue un egoísta. ¿Y si ella había muerto? Esa posibilidad me hizo temblar. A las cuatro ya no pude mantener los ojos abiertos y desperté a Sara que se sacudió con un gruñido.
— ¿Qué pasa?
— Te toca vigilar
— ¿Vigilar? ¿Para que? – un rugido sonó en la lejanía y terminó de despertarla
— Para vigilar por si un animal salvaje nos ataca. Yo ya no puedo mantenerme despierto, a si que te toca relevarme – me dormí prácticamente hube terminado la frase.
Al despertar estaba en una habitación de paredes blancas completamente vacía a excepción de la cama en donde estaba echado y un espejo que cubría la pared de enfrente. El color de las sábanas que me cubrían eran de un blanco brillante y a mis pies dormía un perro completamente blanco. Al principio me costó verlo pero sabía que estaba allí. Cuando me incliné para acariciarlo me di cuenta que mis manos eran muy pequeñas, en realidad todo yo era muy pequeño. Al mirarme, el espejo me devolvió la imagen de mí a la edad de dos años. Entraba una suave brisa por la ventana abierta, refrescando la habitación, y me levanté para cerrarla. Al sentir mi movimiento el perro se despertó y moviendo la cola se acerco. Era tan grande como yo, su pelo era suave pero también fuerte. Un ruido proveniente de detrás de la puerta nos hizo girar la cabeza. La puerta comenzó a abrirse poco a poco, con un ágil salto el perro bajó de la cama y se sentó sobre sus patas traseras. La puerta estaba ya casi abierta y por ella apareció una figura. La luz proveniente del pasillo no me permitía ver sus facciones pero quedaba claro que era una mujer. Tenía el cabello largo de un color que me pareció claro, llevaba un vestido largo, aunque más bien era un camisón. Al entrar en la habitación sus facciones se fueron aclarando, estaba a punto de verla cuando unos fuertes empujones me despertaron. Al abrir los ojos volvía a estar en el bosque entre las raíces de un árbol con Sara a mi lado.
— Ya son más de las ocho, creo que deberíamos levantarnos ya.
Se puso en pie y se encaminó hacia la orilla del riachuelo, se lavó la cara además de los dientes, e intentó peinarse un poco. Mientras lo hacía me lanzó una mirada de reproche. Me puse a su lado y me lavé también pero no me peine.
— Yo tengo bastante hambre y creo que vi una zarza con frutas por aquella zona de allí – dijo señalando hacia la derecha.
Asentí, yo también tenía hambre, pero no podía quitarme de la cabeza el sueño ¡maldita sea! Si hubiera dormido unos segundos más. Echamos tierra sobre el fuego, más bien sobre las brasas y nos alejamos un poco de la orilla para buscar el desayuno, que encontramos en abundancia donde había dicho Sara. Comimos hasta reventar y guardamos bastantes en los bolsillos por si no encontrábamos más.
Comenzamos de nuevo a andar. Caminábamos, callados, uno al lado del cuando el terreno nos lo permitía, que empezaba a ser muy a menudo porque el cauce de río comenzaba a ensancharse.
— Se oye más agua – dijo Sara.
— Si, tienes razón ya debemos estar cerca de un río.
Unos metros más allá estaba la bifurcación donde se unía el riachuelo con el río. Era un río bastante caudaloso y además muy profundo. La orilla en donde estábamos era arenosa como una playa pero cambiaba según subías o bajabas. Sara se sentó en la orilla y se quitó las botas.
— Estas botas me están matando – se masajeó los pies para luego meter los en el agua fría.
Yo seguí su ejemplo y también puse mis pies a remojar. Miraba arriba y abajo en busca de un indicio de por donde deberíamos tirar pero en la orilla no había nada.
— Si te digo la verdad no sé por donde deberíamos tirar.
— Bajaremos - parecía muy segura, para darme una explicación añadió – estoy demasiado cansada como para subir cuestas, o peñas, o lo que sea.
— Estoy de acuerdo.
Así que nos pusimos las botas y comenzamos a caminar en silencio. Yo estaba atento a cualquier ruido en busca de un animal para la comida, pero al parecer habían emigrado todos. Al rato mi búsqueda surtió efecto. Apoyado de la rama de un árbol estaba el pájaro más grande que he visto en mi vida. Tenía un color amarillo verduzco y poseía un pico curvo tan grande como una mano. Las garras también eran curvas y grandes. Vamos que más de pájaro perecían de dinosaurio. Esta vez no tuve que detener a Sara pues ella también lo había visto. Apunté y disparé con tan mala suerte que la flecha fue a dar en el tronco al lado del animal. El pájaro levantó el vuelo pero no intentó huir, al contrario empezó a dar vueltas sobre nuestras cabezas. Disparé de nuevo esta vez y esta vez le di en un ala. El pájaro lanzo un graznido y cayó en picado. Corrimos hasta el claro cercano donde había caído, y al llegar lo vimos tendido en el suelo a pocos metros. Me acerqué para comprobar si el choque con el suelo le había matado, cuando de improviso se abalanzó sobre mí derribándome en el suelo. Y entonces pude comprobar, en propias carnes, la maestría con la que utilizaba el pico que lanzaba una y otra vez sobre mi cara. Una de sus garras se me clavó en el brazo derecho desgarrándome lo poco que quedaba de la chaqueta. Intenté golpearlo pero los golpes solo me dolían a mí. Al esquivar de nuevo el pico vi una piedra justo al lado de mi mano. La cogí y cuando volvió a atacar le golpeé con todas mis fuerzas. El golpe en si no le hizo mucho daño, pero ayudó lo suyo a Sara, que en ese instante le arreaba sin piedad en la cabeza con una rama. Cuando el bicho, por fin, se desplomó sobre mí muerto, le arreó uno más por si las moscas. Entre los dos conseguimos quitármelo de encima, y enseguida noté un dolor agudo en el brazo.
— ¡Menudo corte! – Lo apretó para cortar la hemorragia - ¿te duele?
Apreté con fuerzas los dientes.
— No - apretó un poco más
— Y ¿ahora?
—Si ahora si, ya vale
— Tengo que limpiarte la herida ante que se infecte
Volvimos junto a la orilla del río dejando allí el animal. Me lave la herida en el río, ella se rasgó la bajera de su camiseta a modo de vendaje.
— Espero que esto sirva para algo – me miró con preocupación.
— No me duele tanto, de verdad – para cambiar de tema añadí – a ver quién es el guapo que sube al árbol para bajar la dichosa flecha.
No respondió, simplemente corrió hasta el árbol y comenzó a trepar. Al poco volvía a estar en el suelo con la flecha en la mano. Se puso delate de mí y con una pomposa reverencia me entregó la entregó
— Guapa si no te importa.
— Muy bien reina de la belleza – di un paso a atrás por si las moscas – ahora tenemos que recoger la comida que tan duramente nos hemos ganado.
— Tú iras a por la comida, yo me quedo aquí preparando el fuego, no eres el único que ha ido de campamento ¿sabes?
— Muy bien pues tú lo despellejas y destripas.
— Ni hablar del peluquín
— Es que yo no puedo, ya sabes con lo del brazo y eso.
— Conque ahora te duele, pues si te duele te jorobas, que yo no toco esas cosa, menudo asco.
— Como cocinera vales poco.
— Mira, cuando quiero cocinar simplemente me voy al súper y compro un pollo ya destripado y para que lo sepas me sale un asado la mar de bueno.
La discusión duro poco más, al final me toco ir a por el pájaro despellejarlo y destriparlo. Cuando terminé ya estaba preparada la hoguera. La carne era un poco dura pero estaba sabrosa. Una vez comidos el cansancio se apoderó de nosotros y estuvimos allí tirado por lo menos una hora.
— Debemos irnos ya, pronto se hará de noche y este no es el mejor lugar para pasar la noche – señalé los restos del animal.
— Espero que pronto encontremos un pueblo.
— Es posible, pero no veo signos de caminos ni tampoco construcciones por ningún lado.
Continuamos el camino adentrándonos un poco más en el bosque por si acaso aparecía algún camino. La tarde se hacía más oscura por momentos y todavía no habíamos encontrado ningún sitio para pasar la noche. Al final hicimos la hoguera cerca de un conjunto de árboles que no es que nos ofrecían mucho cobijo. Como teníamos hambre nos comimos los frutos que guardábamos en los bolsillos.
— Esta noche te toca hacer la primera guardia.
—Vale.
Me puse la chaqueta a modo de manta e intenté dormirme, pero no lo conseguí a pesar de que estaba verdaderamente cansado. Entonces Sara empezó a canturrear una canción de no sé que artista y sin darme cuanta me quedé dormido. Hasta que algo me despertó bruscamente, ¿cuanto había dormido?, no podía ser tan pronto el cambio de guardia, Sara seguía zarandeándome a pesar de que ya estaba despierto, claro que ella no podía saberlo porque no me miraba a mí sino que miraba a los alrededores con verdadero pánico. Busque en la espesura lo que tanto le asustaba pero no vi nada.
— ¿Qué ocurre?
— Mira - dijo y señaló el bosque.
Volví a mirar pero solo se veía una espesura completamente negra
— Sara, no veo nada, dime que te ha asustado.
— Tú mira y espera
Eso hice, espere unos minutos y entonces lo vi. Unos ajos amarillos que nos observaban desde la oscuridad, y que de pronto, como por arte de magia, se convirtieron en miles. Cogí un tronco ardiendo y realicé una batida para llevar luz a las sombras desvelando lo que había detrás de aquellos ojos
— Sara, son lobos.
— Ya lo veo ¿qué hacemos?
— Sube al árbol ¡corre!
No hizo falta repetirlo dos veces, con la agilidad de un gato montes empezó a trepar mientras yo le guardaba la retirada. Como si supieran lo que pretendíamos hacer los lobos salieron de la oscuridad y al verlos un miedo atroz se apoderó de mí. Estos lobos no se parecían en nada a los animales que salen en los documentales. Más bien se asemejaban a los hombres lobos de las pelis de terror. Sara ya había llegado a una rama bastante alta y esperaba a que yo llegara, pero, aunque el árbol estaba a solo unos pasos de distancia no conseguí alcanzarlo, pues de repente un par de aquellos monstruos saltaron hacia delante cortándome la retirada.
— Roberto sube por favor – grito Sara aterrorizada
— Eso intento Sara
Avance hacia ellos blandiendo el tronco y otros tres aparecieron tras de mi, rodeándome. Apenas si tuve tiempo de pensar cuando el primer animal me atacó y solo por instinto conseguí esquivarle y golpearle. Le atice en el costado pero el golpe solo sirvió para mosquearle más. Enseñándome unos dientes enormemente grande volvió a abalanzarse sobre mí, pero esta vez yo ya estaba preparado, y con un ágil saltó que hasta a mi me sorprendió, me aparté de su camino y le asesté un segundo golpe en la cabeza del que no volvió a levantarse. Sin embargo no tuve tiempo de regodearme en mi victoria pues los dos bichos de detrás se me echaron en cima. Conseguí esquivar a uno pero el otro, mucho más rápido, me mordió en una pierna haciéndome caer. Me giré tan rápido como pude y le golpeé en el estómago con lo que conseguí que me soltara. Sin embargo nada pude hacer para evitar que un tercer lobo me abriera la espalda de un zarpazo. Oí gritar a Sara y supe que moriría allí. El brazo me dolía a rabiar y la espalda me ardía como si la hubiera remojado en lava, sin contar que la vista empezaba a nublárseme. No es verdad que en el último momento toda tu vida pasa por delante de tus ojos, lo único que yo veía eran lobos listos para devorarme vivo. Entonces comencé a sentir esa sensación de calor que ya conocía y, por segunda vez, una luz proveniente del colgante atravesó mi ropa. De pronto, como salida de la nada, ante mi se materializó una figura completamente blanca. Los lobos, llevados por la furia de verse privado de su cena, se arrojaron todos a la vez sobre su nueva presa. Sin embargo la figura blanca se los quitó de encima como si de gotas de agua se tratara. Los que cayeron cerca fueron sus primeras víctimas. Los despedazó en un abrir y cerrar de ojos, luego con movimientos y quiebros increíblemente rápidos los fue atrapando uno a uno, hasta que sólo quedaron en pie tres o cuatro lobos que emprendieron la retirada. Entonces la figura se encaminó hacia mí. Intente ponerme de pie pero el dolor de espalda me hizo cambiar de idea. Ya estaba ante mí y pude comprobar que era un perro blanco, más bien era el perro de mi sueño, pero había crecido y ahora era tan grande como yo o más, y tan blanco que parecía resplandecer. Sentí su húmeda lengua sobre mi cara pero y nada más pues las fuerzas por fin me abandonaron y la oscuridad me invadió.
martes, 2 de diciembre de 2008
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