5
Guardaespaldas de caravanas
— ¿Quién anda ahí? – intente que la voz me saliera lo más neutral posible – mira no queremos problemas solo queremos coger un poco de agua – le enseñe la cantimplora vacía.
— Deja el arco y las flechas en el suelo – el viento arrastraba la voz pero no conseguía ver quien pronunciaba las palabras.
— Primero déjate ver
Una figura encapuchada apareció justo delante de mí, con el brazo levantado empuñando su espada, o más bien la empuñadura de una espada porque la espada en cuestión no tenía hoja.
— Ahora deja el arco y las flechas lentamente en el suelo.
Al ver que no le obedecía acercó un poco más la empuñadura del arma. Yo por el rabillo del ojo buscaba a Sara que muy inteligentemente intentaba colocarse justo al lado de la figura. Mientras se ocupara de mi no se fijaría en ella.
— No sé si lo sabes pero a tu espada le falta algo
No había terminado de hablar cuando un fragmento de metal surgió de la empuñadura para ajustarse a la base de este, así comenzaron a salir fragmentos que se iban ensamblando unos con otros, formando una hoja larga y fina completamente soldada donde antes solo había estado el aire. La figura acercó más aún la hoja a mi cuello. Seguí sin moverme, Sara necesitaba solo unos minutos más para ponerse en la posición adecuada.
— Te he dicho que dejes el arco y la flecha en el suelo si no quieres que te haga un bonito agujero en el cuello
La paciencia del extraño se estaba agotando pero Sara solo necesitaba unos pasos más, a si que no me moví.
— Sabes una cosa, creo que te preocupas de la persona equivocada.
Sara aprovecho el momento de desconcierto para propinarle una patada en el costado, patada que el extraño paró a pocos centímetros del cuerpo con la mano desocupada. Intentó golpearlo de nuevo con una patada dirigida a la cabeza, y esta vez la figura tuvo que girar del todo para poder parar el golpe, ya estaban una en frente del otro. Comenzó entonces una lluvia de patadas, golpes y paradas. La figura se abalanzó sobre Sara que giró sobre si misma a la par que hincaba una rodilla en el suelo y lanzaba un golpe a la parte posterior del muslo de la figura, con lo que frenó su ataque. El encapuchado que hasta entonces no había utilizado la espada desmontable, cargó de nuevo lanzando estocadas que Sara esquivaba por los pelos. Yo ya tenía preparado el arco y estaba a punto para ayudarla en cuanto lo necesitase, como por ejemplo ahora.
— ¡Basta ya!, yo no tengo muy buena puntería pero te puedo asegurar que soy capaz de acertar a tan corta distancia.
El encapuchado no se dio por aludido e intento un último ataque. Disparé una la flecha que paso rozándole el hombro para luego clavarse en un árbol cercano, la figura detuvo en seco el ataque bajando la espada
— Tira la espada al suelo – volví a tensar el arco con una nueva flecha
Por fin el encapuchado guardó la espada, solo que ahora volvía a ser solo una empuñadura. Yo solté el arco para demostrar nuestras intenciones de paz, pues si llamaba a sus compañeros tendríamos verdaderos problemas.
— Te repito que no queremos pelear, solo beber y llenar la cantimplora – Sara había regresado a mi lado – me llamo Roberto y ella es Sara – le tendí la mano.
La figura ignoró el gesto, se giro y empezó a caminar en dirección al campamento, al darse cuenta que no lo seguíamos se paró y esperó hasta que comenzamos a seguirle.
— Peleas bien mujer – dijo la figura que siempre iba un paso delante de nosotros
— Gracias, pero me llamo Sara no mujer.
La figura se paró en seco y se giro para mirar a Sara o por lo menos eso parecía ya que con la capucha no podía verle la cara, inclinó la cabeza y siguió caminado. El primero en surgir de entre el follaje fue el encapuchado seguido de Sara y por último yo. La reacción de los hombres fue de sobresalto, todos excepto el grandullón que no parecía nada preocupado por la aparición de los extraños, sino por el estado del encapuchado. Este lo tranquilizo con un movimiento de cabeza y fue a sentarse junto a él.
El primero de los hombres, el supuesto jefe desenvainó la espada apuntándome con ella, el hombre bajito también desenvainó la espada pero este se encaró con el encapuchado.
— ¿Qué es esto? traes a nuestro campamento a unos extraños – nos miró de arriba abajo examinando nuestra ropa, entonces se fijó en el ordenador que llevaba colgado – podrían tener armas ocultas y...
— No, escuchad, no queremos atacaros solo beber y rellenar la cantimplora – les tendí el arco y las flechas – tomad.
— Eres un estúpido muchacho, podríamos ser ladrones o asesinos – el que perecía el jefe envainó la espada – jamás entregues tus armas a unos desconocidos – puso su mano sobre mi hombro - Mi nombre es Ambio
— El mío es Ricio – el hombre de cara afable se acercó hasta nosotros y nos dio unos sonoros abrazos, para él la aprobación del jefe era suficiente. Ya no éramos extraños.
— Bueno yo me llamo Roberto y mi compañera se llama...
— Sara – me dirigió una mirada sonriente.
El tipo bajito todavía no había envainado la espada, la mantenía en alto sin saber a quien apuntar no parecía tan convencido de nuestra buena fe. Cada vez miraba con mayor curiosidad el ordenador
— ¿Cómo podéis estar tan tranquilos? pero mirarlos bien, mirar sus ropas y que eso negro que llevan
_ ¡Va! no le hagáis caso, no se fía ni de su misma madre – dijo Ricio - su nombre es Tirós – Tirós por fin envainó la espada - pero la verdad es que a mi también me parecéis curiosos ¿de dónde venís? – Ricio se había sentado de nuevo alrededor de la hoguera y nos hacía señales para que nos uniéramos a ellos.
Yo me acerque y me senté a su lado pero Sara ya no aguantaba la sed y se encaminó a la fuente, regresó con la cantimplora llena, me la tendió y luego se sentó a mi lado. La verdad no sabía muy bien como contestar a la pregunta, fue Sara quien al ver mi indecisión respondió.
— Venimos del bosque
Todas las cabezas giraron hacia ella. Las expresiones variaban desde el asombro hasta el desconcierto, incluso el grandullón nos miraba con renovada curiosidad.
— De verdad no sabía que había ciudades en el bosque de Candafor - ahora era Ambio quien desconfiaba.
— Y nosotros no sabíamos que se llamase así, es la primera vez que, por decirlo de alguna manera, salimos al mundo exterior – esta respuesta pareció sorprenderles y desconcertarles aún más, pero no preguntaron más, no se si por consideración o por temor a la respuesta. Sin embargo Tirós seguía mirando con recelo al ordenador.
Cansado de sus miradas suspicaces encendí el ordenador, al ver la luz que salía de la pantalla todos se echaron hacia atrás, todos menos el encapuchado que permaneció impasible. Abrí Word y escribí algo sin sentido, luego di la vuelta al ordenador para enseñárselo a los demás, al ver que no ocurría nada se fueron acercando poco a poco. Repetí la acción pero esta vez, de frente para que todos pudieran verlo. Ambio, demostrando un gran valor, acerco su mano temblorosa y pulsó algunas teclas que enseguida aparecieron escritas en la pantalla. También lo intentaron los otros con idéntico resultado.
— Solo sirve para escribir, no es un arma – apagué el ordenador y lo dejé en el suelo frente a mí.
— Y ¿hacia donde tenéis pensado dirigiros? – el encapuchado que hasta entonces había estado callado me sobresalto con la pregunta.
— ¿Sabes? no es muy agradable hablar sin poder ver la cara del otro – Sara mantuvo fija la mirada en la sombra que ofrecía la capucha – y ya que estamos ¿podrías decirnos tu nombre si no es mucha molestia?
El encapuchado se quito la capa dejando al descubierto un rostro que bien podría haber salido de la pluma de Tolkien. Sus orejas eran alargadas y puntiagudas como la de los elfos pero estaban recubiertas con una fina capa de pelo negro. Un poco más abundante y espeso pero de igual color era su larga cabellera recogida en una trenza. Tenía unos iris verdes tan grandes que prácticamente ocupaban toda la superficie de los ojos, y sus pupilas era dos alargados óvalos negros. Su nariz y labios eran tan pequeños y finos que casi ni existían. En resumen aquel rostro era una acertada combinación entre gato y persona. Vestía una holgada camisa que poco hacía por disimular la asombrosa longitud de sus extremidades, que prácticamente eran el doble de lo normal en una mujer, pues en realidad el encapuchado era encapuchada.
— Mi nombre es Esmile y soy un Felimbre
— Encantado de conocerte Esmile – le tendí la mano de nuevo y esta vez ella aceptó el ofrecimiento.
— Siento el sobresalto Esmile – dijo Sara - pero es la primera vez que veo a alguno de tu raza – le tendió la mano y Esmile le devolvió el gesto – además tengo que decirte que hace un rato me hiciste sudar lo mío.
— Yo nunca he luchado con una hembra humana, verdaderamente me has sorprendido.
El grandullón que hasta entonces se había mantenido ausente de la conversación y a distancia, se acercó, nos rodeó con sus enormes brazos y nos estrechó sobre su pecho en un poderoso abrazo. El abrazo fue tan fuerte que las heridas de mi espalda amenazaron con abrirse. Intenté separarme pero solo sirvió para que sintiera un dolor más agudo, así que me relaje y espere a que me soltara.
— Yo soy Calson – intentó abrazarnos de nuevo pero conseguí zafarme. Otro abrazo como ese y tendrían que reconstruirme la espalda.
— Todavía no habéis contestado ¿hacia dónde os dirigís? – Ambio me pasó un odre lleno de un licor dulce que bajaba por la garganta como si de fuego se tratara.
— Supongo que hacia la ciudad de Paranfor – pase el odre a Sara – en realidad no buscamos un lugar en concreto sino a una persona determinada que esperamos encontrar en la ciudad o al menos alguna información sobre él.
La respuesta les bastó, cosa que agradecí. Después de ver su reacción a la afirmación de Sara me di cuenta que no sabía nada de este mundo, si el hecho de venir del bosque les preocupó tanto, averiguar el nombre de la persona que buscábamos a lo mejor podría haberlos hacho enfadar. Después de todo no sería tan fácil encontrar a Maestre.
Saqué el libro y lo puse encima del ordenador donde todos pudieran verlo, si alguno de ellos conocía el nombre de maestre reaccionaría al ver el libro. Todos se fijaron en él pero ninguno hizo el menor gesto de reconocerlo. Calson miró el libro entusiasmado luego levantó la vista hacia mí
— Roberto tu sabes entender los libros, quiero decir puedes abrirlo y saber lo que cuentan.
— Si Calson sé leer ¿tú no? – negó con la cabeza
— Ninguno de nosotros sabe – Tirós bebió un largo trago del odre - eso es una tontería ni mi padre, ni el padre de mi padre, ni ninguno de mi familia a sabido nunca, solo los reyes y magos saben entender los libros.
Eso explicaba que ninguno reaccionara al ver el libro, si alguno conocía el nombre de Maestre no lo habían podido leer en la portada, lo cual me dejaba como al principio. Miré a Sara también ella había comprendido la finalidad del experimento. Debía saber más de este mundo ante de comenzar a hacer preguntas por la ciudad. Lo que quedaba claro era que nos iba a resultar difícil encontrar una librería, aunque a lo mejor si una biblioteca. Ahora la cuestión era como preguntar sin levantar sospechas, y en eso pensaba cuando la voz de Esmile disipó mis pensamientos.
— Y dime Roberto ¿quien te enseñó a ti a leer?
— Supongo que mi padre – al parecer la respuesta le pareció insuficiente
— Y ¿qué hace tu padre? — preguntó Calsón
— Era escritor, quiero decir que escribía libros parecidos a este.
— Entonces es un sabio – la voz de Calson retumbó en el silencio de la tarde, no había dejado de mirar al libro con el rabillo del ojo – tiene que ser estupendo poder entender los libros, quiero decir saber que cuenta y esas cosas.
Sara que había seguido la conversación cogió el libro y se sentó más cerca de Calson
— Sabes, yo también sé leer y si quieres puedo enseñarte, de veras que no es difícil – el abrazo que siguió como premio a esas palabras pudo romper a Sara en dos mitades si no llega a intervenir Esmile.
— Calson la vas a hacer daño, suéltala.
— Si, perdón, es que estoy muy contento.
Sara cogió un palo y comenzó a escribir en la arena, Calson la escuchaba con suma atención repitiendo todo lo que Sara hacía o decía. Al cabo de unos minutos también Ricio se había acercado para poder escuchar mejor.
La oscuridad pronto se nos echaría encima, Ambio empezó a distribuir las tareas para pasar la noche, en las que nos incluyó a Sara y a mí. Ricio y Tirós recogieron leña para las numerosas hogueras que se harían de aquí a Paranfor, y Calson se encargó de los animales de carga con la inestimable ayuda de Sara que seguía intentando enseñarle a pronunciar las distintas letras del abecedario. Esmile, Ambio y yo nos adentramos en el bosque para cazar algo de cena. Tardamos bastante pero al final dimos con un rastro que se dirigía hacia una agrupación de rocas a medio kilómetro de donde habíamos acampado. A mi aquellas marcas de pezuñas me eran completamente desconocidas pero al mirar a Ambio vi que sonreía.
— La suerte nos sonríe, Anceles.
Sin pensarlo dos veces nos encaminamos hacia allí. La creciente oscuridad me impedía ver con claridad, pero había luz suficiente para poder distinguir una manada de lo que a primera vista me parecieron ciervos deformados pastando entre las rocas. Tenían una complexión robusta, patas altas y finas, y unos hocicos agudos, pero hasta aquí su similitud con los ciervos, pues en vez de cuernos estirados y ramosos estos animales poseían dos cuernos increíblemente largos y en espiral iguales a los de los unicornios, además de un pelaje de lo más colorido y tan largo como el de un San bernardo.
Ambio me toco el hombro y apuntó hacia la derecha, unos metros más allá había una roca desde donde podía apuntar con facilidad. Me encaramé a ella, no sin cierta dificultad, mientras él y Esmile iban acercándose a la manada con pies de plomo. De improviso, cuando ya solo les separaban dos o tres metros, el aire cambio de dirección. Al instante uno de los Ancel levantó la cabeza, olerles y salir huyendo fueron dos acciones simultáneas, sin embargo no llegó muy lejos pues mi flecha detuvo su carrera, aunque el daño ya estaba hecho, el resto de la manada salió despavorida. Una vez perdido el factor sorpresa los dos amigos emprendieron el ataque. Ambio desenvaino la espada y rebano el pescuezo al primer Ancel que se le puso a tiro, saltando justo antes de ser arrollado por una docena de animales enloquecidos. Por otra parte Esmile ya había montado su espada y girando sobre si decapitó a otro Ancel que al caer arrostró a otro animal. El pobre cuadrúpedo emitió un lastimero valido al dar contra el suelo y allí se quedó pateando y jadeando. La felimbre se acercó a examinarlo y al comprobar que se había roto las dos patas traseras le remató con un certero golpe en la nuca.
Desde la roca yo observaba como se desarrollaba todo con el arco preparado. Y entonces vi al macho más grande de la manada embestir a Ambio que con un rápido movimiento pudo echarse al suelo y rodar. El animal se giró en el acto y enfurecido alzó las patas delanteras manteniendo todo su peso sobre los cuartos traseros, ofreciéndome el mejor blanco posible. La flecha dio justo donde pensaba que estaría el corazón. Un instante después cayó muerto, por suerte Esmile llegó a tiempo y con un fuerte tirón evitó que el conductor de caravana fuera aplastado.
Cuando la polvareda se disipo la manada ya estaba lejos y en el suelo quedaban los cinco Ancels abatidos.
— Gracias – Ambio sacaba la flecha del pecho del animal.
— No ha sido nada, solo suerte, mucha, mucha suerte.
— Con esto tendremos alimento de sobra para llegar hasta Paranfor – Esmile ató en dos grupos a los bichos muertos y nos tendió una cuerda a cada uno.
Llegamos al campamento bien entrada la noche, la hoguera ya estaba encendida y el odre casi vacío. Ricio y Tirós se encargaron de las piezas evitándome la desagradable tarea de destripar, despellejar y por supuesto ensalar, lo cual era un agradable cambio. Cenamos y bebimos mientras Calson nos mostraba orgulloso sus progresos. El cansancio me daba punzadas detrás de los párpados, además la espalda empezaba a molestarme bastante así que simplemente deje que el sueño llegara y me sumergí en él. La voz de Esmile me aparto del descanso, aunque más que su voz lo que me despertó fue un leve roce. Cuando abrí los ojos estaba inclinada sobre mí.
— Te toca relevarme – seguía inclinada manteniéndome echado - ¿Te encuentras bien? - en su mirada había un brillo nuevo. Me levante intentando que nuestras miradas no se juntaran, Sara seguía durmiendo placidamente a mi lado.
— A que viene eso – dije mientras me sentaba. Antes de que me diera cuenta su mano estaba sobre mi espalda, el latigazo de dolor me sacudió todo el cuerpo, la exclamación de dolor se me escapo de los labios.
— Viene a que los cortes se te han vuelto a abrir con el esfuerzo de esta tarde. Deberías curártelos ante de que se te infecte.
— Si debería – el dolor ya no era tan abrumador - ¿cómo lo has sabido?
— Lo note cuando Calson te abrazó y después me lo confirmaste en al viaje de vuelta al campamento – estuvo un tiempo mirándome, luego se recostó y al rato se quedó dormida.
Me quité la camisa y me lave las heridas, el agua estaba fría y eso me ayudó a despejarme del todo. Llevaba media hora de guardia cuando algo plateado llamó mi atención. Dos segundos después el perro apareció de entre los arbustos llevando en la boca otro matojo de hierbas. Era extraño, porque a pesar de que era la primera vez que nos veíamos sin estar yo en un estado de semiinconsciencia, notaba su presencia familiar, como la de un hermano.
— Gracias – aplasté las hierbas como había visto hacer a Sara y me las esparcí por la espalda como buenamente pude. El perro me observaba sentado a mis pies y cuando terminé permanecimos el resto de la guardia en silencio, disfrutando del hecho de estar juntos de nuevo.
— Tengo que despertar a Tirós, no sé que dirá cuando te vea - el perro levantó la cabeza y me lamió la cara, parecía triste. Volvió a lamerme mientras se levantaba para luego encaminarse hacia el bosque.
— No tienes porque irte, seguro que entenderán que eres un amigo – paro unos minutos sin darse la vuelta, luego siguió caminando hasta que desapareció.
Desperté a Tirós y permanecí despierto hasta que me aseguré que no volvía a dormirse. Luego me eche de nuevo sobre la manta que me había prestado Calsón. Sabía que volvería a verlo por eso, aunque su ausencia me hacía sentir desprotegido, volví a dormirme.
El viaje continuó sin dificultad los dos días siguientes. Después de aquella primera noche nos ofrecieron continuar el viaje con ellos hasta la ciudad de Paranfor y nosotros aceptamos. Así que a la mañana siguiente nos dividimos en grupos de tres para conducir los carromatos llenos hasta los topes de barriles que contenían vete tu a saber que. En el primero viajaban Ambo y Tirós seguidos por Calson y Sara que seguían con sus clases de lectura. Después íbamos Ricio y yo, y por último montada en su caballo marchaba Esmile. Según los cálculos de Ambio llegaríamos al cañón de Sarkada en el tercer día de viaje, es decir al día siguiente, y a cada paso Ricio estaba más nervioso. Cualquier sombra le asustaba por lo cual tenía más tiempo el colgante en la boca, que aire en los pulmones. Por fin me decidí a preguntarle, de todos los carreteros era él más dispuesto a hablar.
— ¿Qué es lo que te asusta tanto? – la pregunta le sorprendió tanto que se le olvidó besar el colgante, luego por lo visto recordó mi supuesto aislamiento en el bosque.
— Que el cañón está maldito.
— ¿Maldito?
— ¡Ay! Muchacho tu inocencia es desquiciante. Si maldito, poseído por espíritus desde la gran guerra – anticipándose a mi elemental pregunta agregó – desde tiempos inmemoriales los ángeles y Demonios han mantenido una lucha encarnecida por el control del verdadero poder, sea cual sea. Hace treinta años aproximadamente un Demonio llamado Demsoger engañó a un joven e ingenuo aprendiz de mago para que abriera una puerta entre el mundo material y el de los espíritus. Una vez aquí mató al joven y poseyó su cuerpo además de su magia, después abrió otras puertas e irrumpieron en nuestro mundo un ejercito de Demonios llamados los destructores, así empezó la guerra.
— Y que pasó después – tragué saliva.
— Pues con la ayuda de un mago muy poderoso, los ángeles consiguieron entrar además de permanecer en el mundo material, porque debes saber que la única manera que tiene un espíritu, ya sea benigno o maligno, de subsistir en este mundo es poseyendo un cuerpo. Pero como iba diciendo, unidos construyeron unos objetos que permitía a los ángeles tener cuerpo propio pero sin perder ninguna de sus cualidades como tales. Entonces las batallas se sucedieron unas tras otras en todos los rincones del mundo arrasando todo a su paso, y el cañón de Sarkada fue el escenario de una de las más brutales batallas por eso está maldito. Se dice que las almas de los cuerpos que poseyeron los Demonios todavía vagan por allí.
— Si pero ¿cómo terminaron las batallas? Quiero decir no habrá todavía ángeles y Demonios peleándose por ahí ¿verdad?
— La guerra terminó unos veinte años atrás aunque nadie sabe como, solo te puedo contar lo que a mi me contaron algunos soldados que estuvieron en la batalla final, y es que por lo visto el mago y los ángeles construyeron un objeto tan poderosos que al intentar dominarlo se volvió en su contra y creó un agujero negro que engulló a todos los entes encerrándolos en su mundo espiritual. Sin embargo Demsoger se había hecho tan poderosos que logró resistirse a la atracción del agujero y quedó encerrado en el este mundo.
— Entonces aún esta aquí.
— Si, dominándolo todo, aunque desde hace algún tiempo permanece aislado en la torre de Martor y son sus aristócratas quien gobiernan en su nombre.
Por puro instinto pregunte
— ¿Cuál era el nombre del mago?
— Maestre – la verdad es que me esperaba esa respuesta, lo que no tenía claro era si saberlo me ayudaba o no. Toda la información circulaba por mi cabeza como si fuera la línea telefónica en navidad. No podía evitar sentir que todo me era conocido. Lo que estaba más claro que el agua era que el objeto misterioso bien podría ser mi colgante y eso lo hacía muy peligroso, porque si no tenía cuidado podía empezar otra guerra en este mundo. Tenía que hablar con Sara en privado en cuanto tuviera ocasión. Entonces me di cuenta de que se me estaba olvidando la pregunta más importante.
— Y ¿el mago Maestre sigue vivo?
— Muchacho preguntas demasiado ¿qué interés tienes tu en la gran guerra? – Esmile de alguna forma había conseguido ponerse a la derecha del carromato sin que yo la oyera, aunque al parecer ella no había perdido palabra de la conversación.
— Si quieres tener un buen futuro debes aprender del pasado, es un refrán que mi padre me enseñó.
— En verdad es sabio tu padre, pero dime ¿qué es lo que realmente piensas?
— Bueno, solo pensaba que si el mago Maestre siguiera vivo la guerra podría volver a empezar en cualquier momento, a fin de cuentas ya trajo a los ángeles una vez.
Ricio beso tantas veces su amuleto y tan fuerte que sus labios se pusieron blancos, pero seguro que no tan blanco como mi cara porque en un instante Esmile monto su espada.
— No es para ponerse así, tú has preguntado y yo he respondido
Avivó a su caballo hasta ponerse junto al primer carromato, dejando claro que su actitud no sé debía a mis palabras si no a algo que había visto en la lejanía. Después de mantener una pequeña charla con Ambio partió hacia el este. Ambio disminuyó la velocidad de la marcha y Ricio tubo que frenar para no chocar con el segundo carromato. Dejo por un momento de rezar para ver como la Felimbre se marchaba.
— ¿Solo tienes esas flechas muchacho? – Sin esperar mi respuesta sacó un cuchillo de su bota izquierda y me lo entregó – vete atrás, selecciona entre la leña que recogimos los troncos mas finos y sácales punta, puede ser que los necesitemos.
Ya era de noche cuando Esmile regreso con la espada todavía ensamblada. Habíamos acampado justo al lado del camino no muy lejos de donde nos separamos. Por precaución no habíamos encendido el fuego y el frío de la noche me estaba congelando hasta las ideas, pero había conseguido la numerosa cuantía de treinta flechas e iba aumentándolos mientras hablábamos
— ¿Qué has visto? – preguntó Tirós con expresión desabrida
— Una avanzadilla, no más de veinte jinetes y si la vista no me engaña su bandera tiene la marca de la espada roja.
— ¿Quiénes son? – pregunté
— Un grupo de salteadores y asesinos sin escrúpulos – calson escupió en el suelo
— ¿Cuando llegarán aquí? – Ambio, con la cara contraída en una expresión inidentificable, volvió a encauzar la conversación a lo que realmente importaba ahora
— Si no aumentan el paso mañana al amanecer.
— ¿No existe ninguna posibilidad de que cambien el rumbo o se dirijan a otra parte a fin de cuenta no nos ha visto? – quiso saber Sara.
— No, saben que estamos aquí, nos han visto como nosotros les hemos visto a ellos. Tendremos que luchar.
Ambio ordenó que se pusieran los carromatos en círculos para que nos sirvieran de escudo en el combate, aunque a mi parecer este sistema no es que nos ofreciera mucha protección. Lo que si tenía claro era que si nos quedábamos allí era muy probable que nos mataran, en cambió si luchábamos en el cañón a lo mejor teníamos una posibilidad.
— ¿A cuantas horas esta el cañ...? - Ricio ni siquiera me dejo que terminara la frase
— Me niego, esa no es una buena idea Ambio, no podemos luchar en un lugar maldito es una locura, un suicidio.
— El muchacho tiene razón es posible que aquí podamos hacer frente a la avanzada de mercenarios pero el grueso del ejercito no está lejos y no sé si podremos escapar a tiempo – El apoyo de Esmile no fue suficiente para convencer a Ambio que seguía debatiéndose entre la táctica y la superstición.
— ¿Qué opinas tú Tirós?
Este se mantuvo unos minutos pensando
— Creo que no sobreviviremos si nos quedamos aquí pero tampoco lo aremos en el cañón, así que más da donde muramos.
— Bien – Ambio mantuvo fija la mirada suplicante de Ricio – iremos al cañón.
— Yo no, conmigo no contéis.
— Bien pues quédate aquí – la respuesta de Calson zanjo la discusión.
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1 comentario:
Hasta ahora me está gustando mucho. Sigue así
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