miércoles, 10 de diciembre de 2008

capitulo IV

4

Las montañas del cielo




La noche ya era cerrada cuando sonó la campanilla. Un cosquilleo recorrió la espalda de la mujer cuando inició la subida por las escaleras. Sabía que no debía hacerlo esperar, por alguna extraña razón el señor llevaba varios días enojado y sus reacciones eran más violentas de lo habitual. Todavía le dolía el cuerpo de la última sacudida. Las escaleras terminaron en un oscuro pasillo. Al dar los primeros pasos una poderosa antorcha apareció sobre su cabeza, avanzando según andaba la mujer. Al llegar a la habitación vio que la puerta estaba entreabierta.
— Entra – la voz del amo estaba agitada
Nada más entrar se arrodilló inclinando la cabeza hasta tocar el suelo con la frente. Lo que fuera que atormentase al amo, tenía que ser muy importante pues la mujer no lo había visto tan nervioso desde la gran guerra, por nada en el mundo deseaba hacerle enfadar.
— Necesita algo poderoso amo
— Levanta y ve enseguida en busca de Somred.
Se levanto tan rápido como pudo y sin mirarle salió de la habitación dando gracias a los ángeles por su buena suerte.
Las habitaciones de los soldados estaban situadas en el ala norte del castillo y para llegar hasta allí tenía que atravesar el patio de entrenamiento. El frío de la noche conservaba los cuerpos de los soldados que no habían podido soportar el duro entrenamiento al que Somred les sometía. Al llegar un guardia le cortó el paso.
— Mujer ¿qué haces aquí? ¿A qué has venido?
— El señor ha mandado llamar al general Somred, debe presentarse inmediatamente ante su presencia.
— Esperad aquí – el soldado se fue y al rato apareció acompañado de un hombre fuerte y musculoso, de ojos verde brillante e intensos. Sería bastante guapo si su cara no estuviera atravesada por una enorme cicatriz.
— Bien mujer ¿qué pasa?
— Valeroso Somred – hizo una reverencia – mi señor desea verle inmediatamente.
— Bien.
Inicio el camino apartando de una patada los cuerpos que le estorbaban el paso, le vio partir cabeza en alto como el orgulloso guerrero que era.



La puerta estaba abierta, cuando el general Somred llego ante ellas, entró y se arrodilló frente a él. El pecho del demonio estaba al descubierto dejando a la vista las púas que le recorrían los brazos. Dos bultos se podían distinguir en el inicio de la espalda, y sobre la frente sobresalían dos pequeños cuernos de un rojo intenso. Estaba estudiando varios mapas extendidos sobre una mesa.
_ Desea mis servicios mi señor Demsoger.
— Reúne a tus mejores hombres y partir de inmediato hacia Paranfor.
— Si mi señor, partiremos mañana al amanecer
— He dicho de inmediato – su piel cambió de color pasando del negro al rojo intenso, de sus cuernos salían rayos que destrozaban en mil pedazos todo aquello que tocaban. Sus manos repletas de garras, que hacían la vez de uñas, le agarro de la ropa alzándole hasta que sus pies no tocaron el suelo – partiréis en cuanto hayáis recogido algunas provisiones ¿queda claro?
— Si mi señor – le arrojo al suelo mientras su piel parecía recuperar el color normal – ¿cuál es mi misión?
Sus facciones se convirtieron en una mueca de ansiedad y nerviosismo.
— Debéis encontrar a un hombre de unos veinte años aproximadamente, en la zona de las montañas del cielo. Traérmelo vivo y en buen estado. El hombre que lo mate sufrirá el dolor de mil muertes, ¿has entendido? Además tiene un objeto que tengo que poseer, un colgante de oro, es muy importante que lo tenga.
— Como lo reconoceré, cual es su nombre.
— En cuanto le veas sabrás que es él. Ahora partid, pero antes tomad esto – le arrojo una moneda ovalada y plateada completamente plana, era tan pequeña que le cabía en la palma de la mano – llévalo siempre contigo y tened cuidado no será tan fácil como pensáis – su piel se enrojeció al instante - os advierto, si falláis el castigo será tan doloroso que desearás no haber nacido.
Dos horas antes del amanecer una patrulla de diez hombres partieron de la fortaleza de Martorr.



Mientras, cuatro jinetes enmascarados cabalgaban sobre sus monturas en la misma dirección y con motivos parecidos. No habían dormido desde que partieron del desierto de Carjar. Tanto ellos como sus monturas estaban cansados pero el tiempo se agotaba poco a poco y el enemigo estaba más cerca del objetivo. Ellos habían notado la fuerza del colgante mágico y suponían que los enemigos también lo habían hecho, y si llegaban antes hasta el objeto y su fuerza, las esperanzas que habían mantenido hasta ahora desaparecerían y el mundo se consumiría sin remedio en la temible oscuridad. Espolearon a sus monturas para ganar más velocidad, no estaban dispuesto a consentir que eso ocurriera, pasase lo que pasase. El sol ya asomaba por el horizonte cuando llegaron a la frontera montañosa de Escron. Pasado el cañón se adentrarían en el territorio del Demonio Demsoger su mayor y más cruel enemigo.



Me desperté cuando el sol ya estaba en lo alto, tendrían que ser las doce o cerca. Estaba echado boca abajo con la chaqueta cubriéndome los hombros. El fuego estaba prácticamente apagado, sólo quedaban brasas. No veía a Sara por ningún lado. Intenté sentarme pero un dolor en la espalda me lo impidió, entonces recordé la noche pasada y un miedo atroz me invadió. Llamé a Sara a gritos pero nadie contestó, ni ella ni el perro hicieron acto de presencia. Me incorporé de un salto ignorando el dolor que hizo que se me doblaran las piernas. Sabía que el perro nunca la haría daño pero no podía decir lo mismo de los lobos y si al final la habían atrapado y... La volví a llamar con idéntico resultado. Desesperado me acerque tambaleante hasta el linde del bosque desde donde habían salido los lobos, cuando la vi aparecer de entre unos arbustos con una especie de cuenco con agua en las manos.
— Donde estabas, me has asustado.
— Mira quién fue a hablar. Anda vuelve a sentarte y toma un poco de agua, creo que he visto una zarza con bayas o moras por allí, ahora vuelvo – se fue otra vez sin darme tiempo a protestar. Volvió con la chaqueta a modo de bolsa llena hasta los topes y se sentó a mi lado.
— ¿Dónde esta el perro?
— No lo sé, está mañana cuando me he despertado, ya no estaba
— ¿Qué paso cuando me desmaye? y ¿qué es eso tan pegajoso que tengo en la espalda?
— Cuando vi que los lobos te atacaban me quedé paralizada, no sabía que hacer – intenté hablar, decirle que no hubiera podido hacer nada, pero no me dejo, puso su dedo índice sobre mis labios para hacerme callar – la verdad es que no he pasado más miedo en mi vida. Ya lo daba todo por perdido cuando vi la luz del colgante y apareció ese perro, el animal mas hermoso que yo he visto en mi vida, entonces supe que estábamos salvados, no se por qué, simplemente desapareció el miedo, cuando por fin conseguí bajar del árbol tu ya te habías desmayado y el perro ya no estaba.
— Pero pensé que dijiste que había estado aquí hasta esta mañana.
— No te adelantes quieres, que todavía no he terminado, por donde ¡a sí! El perro no estaba y yo con tigo no sabía que hacer, las heridas parecían serias y no me atrevía a ir hasta el río, entonces el perro volvió a aparecer dándome un susto de muerte. Traía en la boca este especie de cuenco lleno de agua y unas hierbas. Al ver que yo no sabía que hacer con ellas cogió algunas y comenzó a aplastarla para luego meterlas en el cuenco, yo repetí la operación con las que quedaban y te lo puse sobre las heridas.
— Y ¿luego?
— Luego me quedé dormida, sabía que el perro estaba allí y pensé que le tocaba a él el turno de vigilancia, pero cuando me desperté ya no estaba.
Ya nos habíamos terminado todas las bayas. Me levanté para comprobar la estabilidad de mis piernas, no me apetecía pasar otra noche allí.
— Lo mejor que podemos hacer es marcharnos – dije.
— ¿Crees que puedes caminar? y ¿si vuelve el perro y no estamos?
— Si vuelve seguro que sabe como encontrarnos, pero no creo que sea muy seguro quedarse aquí otra noche – no estaba muy convencida - esas hierbas deben de ser buenas cicatrizantes, créeme puedo seguir
— Está bien, pero espera un momento – trepó hasta la rama más alta que podía sostener su peso y miró a los alrededores, cuando bajo estaba mas contenta que unas castañuelas — Mira que somos tontos, esto era lo que debimos hacer desde un principio.
— ¿Qué has visto?
— Las montañas del cielo, saca el libro – extendió el mapa y cogió un poco de tizón – mira el libro es como un guía de viaje te dice donde están las rutas, caminos y ciudades. Hasta ahora no lo hemos podido utilizar porque no sabíamos donde estábamos pero ya si – marcó un grupo de montañas en el mapa – estamos aquí, en las montañas del cielo. Reciben ese nombre porque las cumbres siempre están cubiertas de una espesa nubes. Según el libro hay un bosque cerca de una ruta comercial que llega hasta la ciudad de.. – Buscó en el libro en nombre de la ciudad – Paranfor, quien te dice que no es este el bosque.
— Bueno entonces ¿por dónde tiramos?
— Hacia el oeste.
Miré hacia arriba. El sol comenzaba ya su retirada para pasar la noche, y si daba por hecho que el sol salía por el este y se ocultaba por el oeste, entonces teníamos un problema.
— ¿Qué clase de problema? – quiso saber Sara cuando se lo comenté.
— Que hay que cruzar un río y a menos que tengas una balsa hinchadle debajo de la ropa no hay manera de vadear una corriente tan fuerte.
— Entonces sigamos la corriente del río, es posible que más abajo encontremos la forma de cruzarlo, incluso puede que encontremos un puente.
— Desde luego optimismo no te falta chica.
Empezamos a caminar despacio, pues a pesar de mis palabras, la espalda me molestaba bastante. Llevábamos andando barias horas cuando nos encontramos con un verdadero problema, el río giraba hacia el este.
— Bueno y ahora que hacemos, con esto no contábamos.
— No tengo ni idea pero mira el lado bueno – señalé una pequeña laguna que se había formado en la orilla, donde varios peces habían quedado atrapados – esta noche tenemos cena.
— Me gusta el pescado asado, coge alguno mientras yo voy a buscar un buen sitio para pasar la noche.
Me quité las zapatillas, me remangue los pantalones, cogí una flecha y me metí en la laguna. El agua estaba helada y enseguida empecé a tiritar pero por suerte no tardé mucho en coger varios peces.
En cuanto volví a estar calzado fui a buscar de Sara, pero no vi ni rastro de ella. Era como si se la hubiera tragado la tierra ¿dónde se había metido esta chica?
— ¡He! Campestre me buscabas.
La voz parecía provenir de mi derecha pero al mirar no vi a nadie
— Aquí arriba – estaba subida sobre una peña completamente recubierta de musgo, lo que la camuflaba con el entorno la mar de bien - ¿quieres entrar en mi chabola majete?
— No sé, mi papá me ha dicho que no hable con chicas malas, que son perjudiciales para la salud.
— Conque chica mala, pues ahora no entras fíjate lo que te digo
— Pues no comes fíjate lo que te respondo – enseñe los peces que empezaban a apestar.
— Si es así como me lo pones entra, sigue la peña y encontraras una abertura un poco más allá.
La choza era una corona de rocas completamente cerrada excepto por una pequeña abertura escondida detrás de unos arbustos, el interior era espacioso y acogedor pero lo más importante era que no se veían huellas de animales por ningún lado. Encendimos el fuego y asamos los peces. Una vez hubimos comido decidimos el orden de las guardia, dentro de la corona de rocas estábamos bien protegidos pero no podíamos fiarnos, por supuesto el primer turno me toco a mí.
— Todavía no tengo sueño – Sara permaneció mirando la inmensidad del cielo durante un buen rato – ¿no te has fijado? creo que reconozco ese grupo de estrellas, sabes algo de astrología.
— No mucho, pero esas que estás señalando parece ser la constelación de la Osa Mayor
— ¿Por que parece? no me digas que un campestre tan experimentado como tú no se puede guiar por las estrellas.
— No, la verdad, no creo que pudiera guiarme por ellas y menos aún en este mundo, y digo que se parece porque esta constelación tiene una estrella de más – señalé la estrella que estaba situada en el centro de cuadrado – ves esa estrella en nuestro mundo no está.
— Reconoces algunas más
— No mucho, todas parecen cambiadas y además no consigo localizar la estrella polar.
Un silencio se apoderó de nosotros, Sara parecía haberse dormido por fin. El fuego se estaba apagando y le arroje un trozo de leña. Dentro de la corona los sonidos del bosque parecían haberse apagado.
— ¿Crees que volveremos a ver al perro? – Sara seguía echada con los ojos cerrados.
— Si estoy seguro ¿porqué lo preguntas?
— Con él cerca me siento más segura.
— Que pasa mi presencia varonil no es suficiente para la señora, me siento ofendido.
— Estoy hablando en serio, deja el sarcasmo para otro momento, ¿sabes? la otra noche parecía que los dos os conocíais
— Si, ya le había visto antes en un sueño – intenté recostarme sobre una roca pero el dolor de espalda impedía todo rozamiento – la segunda noche que pasamos aquí tuve un hermoso sueño y el perro salía en el, pero todavía era un cachorro aunque a decir verdad yo no tenía mas de dos años, estaba en una habitación... – le conté el interrumpido sueño.
— Lo siento – le hice un gesto con la mano para no darle importancia – ¿crees de verdad que tu madre puede que viva aquí y que puedes encontrarla?
— Si, creo que ella es de este mundo y espero encontrarla o por lo menos algunas respuestas, pero lo más importante ahora es que tú vuelvas a casa, yo siempre puedo volver cuando quiera, recuerda tengo el colgante de mi madre.
— A lo mejor Maestre sabe algo de tu madre, déjame ver el colgante otra vez – saqué el colgante y se lo di – y también podrá decirnos que significan estos signos, a lo mejor son palabras del lenguaje de este mundo, lo que me lleva a pensar que es posible que no podamos comunicarnos cuando encontremos a Maestre.
— Con las manos se puede decir todo, hasta que aprendamos el lenguaje que por lo que me han dicho, tú en eso del idioma eres un hacha.
— Si, la verdad es una estupidez preocuparse por estos problemas ahora – bostezó y volvió a recostarse – cuando nos encontremos con un problema ya lo solucionaremos.
— Ya tenemos uno, tenemos que pensar como cruzar el río
— Hum – entraba ya en el mundo de los sueños
Las horas pasaban despacio y los párpados se me cerraban a pesar de mi empeño de permanecer despierto. Al final el cansancio me venció y me deje sumergir en el mundo de los sueños. Desperté con la luz del sol, Sara seguía dormida acurrucada junto a mí. Me desperece despacio para no despertar ni a mi compañera ni al dolor de espalda, y entonces vi a mis pies otro cuenco con agua y algunas hierbas, además también había dejado una especie de cantimplora alargada forrada de piel.
— Sara despierta – le di algunos golpecitos en el hombro.
— Ya me toca relevarte – abrió completamente los ojos – pero si ya es de día no habrás pasado toda la noche despierto verdad.
— No yo también me quede dormido, pero mira, el perro ha vuelto mientras dormíamos – le enseñe el cuenco de agua, las hierbas y el recipiente.
Cogió las hierbas y después de comprobar que eran las mismas, las molió sobre una piedra para luego meter las en el cuenco de agua como hizo la noche pasada.
— Quítate la camisa
Hice lo que me decía y me puso la plasta, que escocía como el diablo, en la espalda. Una vez apagado el fuego salimos de la protección de las rocas para dirigirnos hasta el río. Pasamos un buen rato comprobando el terreno. El río giraba hacia el este para luego seguir en esa dirección, no nos quedaba más remedio que cruzarlo.
— Es posible que más abajo encontremos algún pueblo o aldea – Sara buscaba en el libro alguna indicación que pudiera guiarnos.
— Pero es posible que no encontremos nada y entonces habremos perdido un tiempo precioso buscando – me acerque hasta la orilla, la corriente en la curva parecía menos fuerte, pero aun así seguía arrastrándonos, a no ser... – Sara busca una cuerda o algo que se le parezca, se me acaba de ocurrir la solución.
Estuvimos buscando entre el follaje algo que nos pudiera servir, y encontramos una planta cuyas hojas parecían lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de una persona. Arrancamos tantas como pudimos, las entrelazamos y las atamos unas a otras para conseguir una cuerda bastante fiable.
— Una vez echa la cuerda me cuentas tu plan.
— Mira, en la curva el río se estrecha, además la fuerza de la corriente es menor, a si que, si conseguimos pasar la cuerda al otro lado y la anclamos podremos pasar nadando.
— Ya y como la amarramos en la otra orilla.
— ¿Ves, esos árboles de allí forman una uve? están tan cerca de la orilla que nos pueden servir de anclaje
Até una piedra en uno de los extremos de la cuerda y la lance. El tiro no tuvo la suficiente fuerza y no alcanzo la otra orilla. Lo intentamos una docena de veces antes de conseguir que la piedra encajara entre los dos troncos. Una vez afianzada tiramos de la cuerda para asegurarnos de que estaba bien sujeta y atamos el otro extremo a un árbol cercano. Para impedir que la ropa, el libro y el ordenador se mojaran los envolvimos en hojas, pero la corriente era más fuerte de lo que me pareció a primera vista y estaba tan fría que no pude evitar que se me escapara el fardo de la ropa. Por suerte Sara consiguió cogerlo, con una gran estirada, antes de que la corriente se lo llevara río abajo. Ya en el otro lado, otra vez vestido con las ropas húmedas, emprendimos de nuevo el viaje.
El viaje continuo sin complicaciones, en esta parte del bosque abundaba la caza, aunque a cada paso que nos alejábamos del río, escaseaba el agua. La vegetación también había empezado a cambiar, cada vez aparecían más claros y el bosque era menos frondoso. Las montañas del cielo ya se podían ver con claridad y eran impresionantes, en verdad parecía que tocaran el cielo.
Al sexto día de viaje prácticamente habíamos salido del bosque. El agua casi se había acabado y la comida empezaba a escasear.
— Estoy pensando que ha sido una mala idea salir del bosque es posible que allí no encontremos respuesta, pero por lo menos no nos morimos de hambre o de sed — dijo Sara.
— No te preocupes, el libro dice que cerca de aquí está el paso de la ruta comercial, si conseguimos encontrarlo pronto podremos llegar a Paranfor, además creo que para esta noche tenemos cena, no te muevas - una serpiente de tierra se acercaba sigilosamente a Sara por detrás. Agarré el arco y prepare la flecha. Sara intentó darse la vuelta para ver lo que le atacaba – no te muevas – la serpiente estaba a los pie de Sara, cuando levantó la cabeza lista para atacar disparé la flecha.
Sara no aguanto más y se dio la vuelta justo cuando la flecha clavó a la serpiente en la tierra, donde estuvo varios segundos coleteando antes de que Sara, en un ataque de ira incontrolada, le asestara un golpe en la cabeza con una piedra.
— Odio las serpientes, la detesto – miró al bicho muerto - no pretenderás que me coma eso verdad.
— A lo mejor la señora prefiere de primero una ensalada de tomate, de segundo un conejo al horno con vino tinto y de postre una tarta de chocolate con nata.
— Si, a la señora le apetece todo eso y más
— Pues sentimos comunicarle que no nos queda nada de nada pero podemos ofrecerle un excelente guiso de serpiente, considerado en Australia como un plato delicioso.
— Como demonios puedes seguir diciendo payasadas en un momento como este, no sé tú pero yo me muero de sed.
— Simplemente porque sé que encontraremos agua pronto.
— ¡Ya!
Asamos la serpiente al resguardo de unas rocas y nos bebimos el agua que nos quedaba. Al llegar la noche no encontramos ningún sitio donde resguardarnos así que acampamos en un pequeño claro, y por la mañana proseguimos el viaje, cansados y muertos de sed.
Llevábamos ya cinco horas caminando cuando oímos un sonido extraño, parecido al ruido que hacen los animales cuando pastan. Echamos a correr siguiendo el sonido y llegamos a un claro donde tres carromatos estaban acampados. Los animales libres de sus arneses pastaban tranquilos comiendo hierba y bebiendo de lo que parecía una fuente natural. Nos escondimos detrás de unos arbustos cercanos para observarlos mejor. Cuatro hombres charlaban tranquilos alrededor de una hoguera ya apagada. Tenían la piel oscura y vestían con grandes túnicas, de los cintos colgaban grandes espadas de acero y por como se movían quedaba claro que sabían manejarlas.
— Si seguimos por la ruta del valle evitando el cañón de Sarkada, podremos llegar a Paranfor en tres o cuatro días – dijo el hombre que estaba sentado de espalda a nosotros, por lo que no podíamos verle bien, pero aparentaba ser el mas fuerte de los cuatros y su tono de voz indicaba autoridad.
— Bien, no me gusta nada ese sitio y si queréis saber mi opinión este tampoco me gusta nada – comentó el hombre sentado a la diestra del primero mirando nervioso de un lado a otro en busca del enemigo, tenía una cara redonda y unas facciones agradables
— Y quien ha pedido tu opinión, si por ti fuera no pararíamos nunca – dijo un tercer hombre que era un tipo bajito y al parecer con bastantes malas pulgas, sus ojos reflejaban inteligencia a la par que suspicacia
— Yo que tú respetaría más a los espíritus – se defendió el segundo hombre - no cometas el error de ignorarlos o las consecuencias para ti pueden ser terroríficas – se llevó un pequeño colgante de plata a los labios y los besó tres veces
— El único error que hemos cometido ha sido traerte con nosotros
— Callaos ya, vuestras continuas peleas me levantan dolor de cabeza – el primer hambre se levanto y fue a sentarse lejos de los demás. Al levantarse pudimos verle la cara, tenía unos ojos azules claro y las facciones afiladas.
Un cuarto hombre permanecía callado a la espera de algo o alguien, era increíblemente grande, por lo menos era dos veces yo, aunque no parecía agresivo.
Regresamos al bosque para poder hablar sin que nos oyeran.
— Bueno ya hemos encontrado a alguien ahora ¿qué hacemos? nos presentemos allí como si tal cosa, no pasábamos por aquí y... – dije
— A mí me importa un pepino a quien hayamos encontrado, lo importante es que hay agua, te lo digo en serio si no bebo algo enseguida me da un tabardillo
— Por lo menos sabemos que hablan nuestro idioma, eso ya es algo
— Y porque no deberíamos hablar igual – dijo una vos que no parecía venir de ningún sitio pero de todos a la vez.

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