martes, 27 de enero de 2009

capítulo VII

7

Maestre




La misteriosa luz desapareció en el mismo momento en que puse un pie dentro de la cueva, ya solo quedaba la luz del sol y esta de nada nos serviría en el interior
— Crees que debemos entrar.
— No lo se Sara, pero el medallón a reaccionado y creo que eso es bueno.
— Yo también lo creo, lo que pasa es que me da palo entrar ahí, está tan oscuro.
La oscuridad también me paraba los pies, me imaginaba chocando contra paredes de rocas afiladas o cayendo por abismos interminables.
Me adentré todo lo que la luz me permitía y logré distinguir un largo corredor delante de mí, y al parecer nada que pudiera obstaculizarnos el camino. Entonces, al regresar junto a Sara, la vi. La antorcha, o lo poco que quedaba de ella, esperaba colgada de una argolla a que alguien la utilizara.
— Creo que no somos los primeros que entramos aquí – dije mostrándole la antorcha.
— No se porque pero me lo esperaba – me arrebató la antorcha de la mano – no creo que lleguemos muy lejos con esto, está prácticamente consumida.
— La encenderemos solo cuando necesitemos orientarnos, así tal ve nos dure una hora o tal vez dos – no es que fuera mucho pero al menos serviría para acallar eficientemente mi imaginación.
Entramos en la cueva y caminamos pegados a la pared. De vez en cuado encendía la antorcha para asegurarme que todo seguía igual. No habíamos recorrido doscientos metros cuando un soplo de aire proveniente de mi derecha me sacudió la cara, encendí la antorcha y descubrí que la galería se bifurcaba en dos, o mejor dicho un nuevo pasadizo aparecía en la pared derecha de la galería principal.
— Ahora que caminos tomamos.
Mi determinación cedió en ese preciso instante a si que me quite el colgante y lo deje colgando de mi mano.
— Te toca decidir a ti
El colgante empezó a balancearse aunque la corriente que recorría las galerías no era tan fuerte como para provocar tanta inclinación en el ángulo del balanceo. Cuando ya casi había alcanzado la horizontal se paralizó en el aire señalando la galería de la derecha.
— Por la derecha
Sara encogió los hombros como diciendo – tu mismo chaval –
Alumbré el nuevo corredor que era más estrecho y tenía un techo más bajo, pero como en el pasadizo anterior el suelo parecía estar despejado.
— Vamos – seguimos caminando con el mismo sistema de antes.
La galería desembocó en una caverna, y no es que yo sea un experto en geología pero las paredes y suelos e incluso el techo eran tan lisos que no podían ser naturales y el hecho de encontrar otra antorcha colgada de la pared me lo confirmó. A la luz de esta antorcha, que a diferencia de la nuestra estaba entera, pudimos ver que en realidad no estaba sujeta a la pared, si no a la estatua de piedra de un guerrero Felimbre. La sostenía con su mano derecha mientras la mano izquierda descansaba placidamente sobre la empuñadura de una espada. Las facciones eran similares a las de Esmile pero con una nariz más recta y alargada encima de un fino bigote (de gato por supuesto). Aunque lo realmente impresionante eran sus ojos, no importaba mucho que solo fueran de piedra, al mirarlos parecían echar fuego. Me costó bastante sacar la antorcha y como premio a tanto esfuerzo solo conseguí un excelente culatazo.
Seguimos avanzando pegados a la pared, más que nada para poder comprobar lo grande que era la caverna, ya que la iluminación de la antorcha no daba para tanto. A seis u ocho pasos encontramos otra estatua con su respectiva antorcha, finalmente nueve estatuas alumbraban una estancia redonda de aproximadamente quince metros de diámetro. Todas las estatuas representaban a guerreros Filambres en distintas posturas unos en reposo como la primera, otras atacando a un enemigo imaginario o defendiéndose, pero todos radiaban esa mirada de fuego que conseguía ponerme la carne de gallina.
— Me recuerdas que hacemos aquí — dijo Sara.
— Creo que averiguar de donde salía la luz, aunque ya no estoy tan seguro.
En el centro de la estancia había una mesa de roca también redonda (como la del rey Arturo), y en su superficie se podía distinguir barios signos grabados que se asemejaban a los tallados en el colgante. Coloqué el medallón sobre la mesa pero no paso nada. Sara decepcionada lo recogió y lo examino por décima vez.
— No son los mismo – parecía haberme leído la mente – pero se parecen bastante. Mira el primero es una U invertida pero en el colgante además de la U invertida tiene un triángulo recolgando. Todos tiene algo, una pequeña diferencia, además estos son nueve y en el colgante solo hay seis.
— Nueve como el número de estatuas, además fíjate que coincidencia, los signos y las estatuas están alineados, como se cada signo nombrara a una estatua. Oye no se parece esto a una película de Indiana Jones
— Solo espero que no termine igual
— ¿Cómo? ¿Besando el prota a la chica?
— No vicioso, corriendo para no ser aplastado por una pelota de roca gigante, enterrado en arena o lo que es peor rodeado de serpientes – un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Recorrimos cada centímetro de esas estatuas buscando los signos y los encontramos, ya lo creo, y no es que estuvieran muy a la vista, justo en el borde inferior del pedestal que sostenía cada estatua, bien pegadito al suelo. Sin embargo no estaban grabados en la piedra como pensé al principio. Eran más bien tallas que alguien hubiera encajado allí, como esos juegos donde los niños deben colocar las formas geométricas en sus huecos correspondientes. El problema era que el tiempo había hecho de las suyas y los bordes habían perdido definición, además, de alguna forma, se había formado una costra que los había soldado a la roca, gracias a dios había traído mi fiel navaja.
Tardamos un rato pero al final coloqué cada signo sobre su homologo en la mesa. De repente, y sin darnos tiempo siquiera a respirar, surgieron de cada talla fogonazos de luces verdes y amarillas que pronto se hicieron más fuertes y continuas. Fue entonces cuando el suelo comenzó a temblar. La parte central de la mesa se desprendió del resto elevándose por los aires, como si una mano invisible la levantara, y del hueco que resultó surgió una columna de luz azulada y pálida. Y tan rápido como había comenzado, el temblor desapareció. Entonces ocurrió lo más extraño de todo lo que había visto hasta ahora, en la columna de luz comenzaba a definirse poco a poco la silueta de un hombre. No se le veía con total claridad, pero si lo suficiente como para distinguir a un hombre mayor de pelo canoso y cortado al uno. Su piel estaba bronceada o más bien quemada. Nos sonreía débilmente mostrándonos uno diente blancos que por un minuto me recordaron a Antoñete (que tiempos aquellos).
— Bienvenido a casa Roberto.
El hecho de que una figura flotante e incorpórea surgida de una luz (muy bonita eso si) y que además conociera mi nombre me sorprendió, o mejor dicho, me asusto pues eso implicaba que me reconocía y no me lo esperaba, todavía no. Debió verlo en mi cara porque añadió.
— No, no os asustéis, no pretendo haceros daño solo ayudaros a regresar a casa – la figura se desdibujo y volvió a dibujarse pero ahora se le veía con menor intensidad
— ¿Eres Maestre verdad? - Pregunto Sara
La figura clavo su mirada en ella y asintió luego se volvió hacia mi otra vez
— Seguid el libro hasta llegar a su último destino, allí me encontrareis y también la respuesta que buscáis, el tiempo se agota daos prisa – para darle mas suspense a la cosa la figura de Maestre volvió a desdibujarse, aunque esta vez tardó mas en recuperar la forma.
— Espera solo tienes que decirme como podemos regresar a nuestro mundo y ya está. Para eso si hay tiempo – sonrió de nuevo pero esta vez con ganas – si lo que quieres es el colgante tómalo, es tuyo te lo regalo, pero primero déjame llevar a Sara a su casa, luego prometo volver y entonces te llevaré el colgante te lo prometo, te doy mi palabra de honor
— Ni hablar – gritó Sara - si tu té quedas yo también – no quería quedarse se le notaba en la cara, pero también veía en sus ojos pura determinación, o sea que ni dios le hará cambiar de opinión.
— No es tan fácil joven Roberto, primero hay cosas que debes saber y entender, tu padre lo hubiera querido así. Daos prisa y tened cuidado el enemigo también quiere lo mismo y sabe donde estáis – la figura casi había desaparecido, con el último “suspiro” añadió – confiad en las estatuas ellas os ayudarán.
— ¿Que ha querido decir? no pretenderá que nos llevemos las estatuas
— Deja las estatuas y esa estúpida cabezonería tuya ¿por qué no te has querido ir? Maldita sea – en verdad nunca había estado tan enfadado con alguien (a excepción de mi padre) y no hubiera podido callarme aunque lo hubiera querido – no es un juego de ordenador ni nada parecido, es que no has tenido bastante con la pelea de esta mañana tanto te ha gustado.
En ese mismo instante me di cuenta de que me había pasado al menos veinte pueblos. No había pretendido decir eso, ni siquiera lo pensaba, simplemente las palabras salieron de mi boca, como si los labios hubieran pensado por si solos cual sería la mejor manera de ofenderla.
— No me gusto nada, nunca en toda mi vida me he sentido peor, aún así no cambió mi decisión.
Las lágrimas corrían por su mejilla y no hacía nada por ocultarlas. La estreche entre mis brazos para intentar consolarla. Sabía que no era la mejor de las disculpas pero esperaba que fuera suficiente. Ella demostraba una valentía que yo nunca tendría y eso me hizo comprender que nunca sobreviviría en este mundo sin ella, aunque mi orgullo se empeñara en demostrar lo contrario.
— Lo siento, además sin ti no podría haber llegado tan lejos, pero es que no quier... – termine la palabra dentro de su boca que sorprendentemente estaba unida a la mía, no fue un beso apasionado, ni siquiera duro mucho, pero fue el mejor beso que he tenido en mi larga carrera de Don Juan.
— Ves, al final hemos acabado imitando a Indiana Jones.
— Si, lo cual es preocupante. Deberíamos salir corriendo antes de que la cosa empeore.
Decidimos seguir junto hasta el final fuera cual fuera y hacer lo que nos había pedido Maestre, lo cual nos llevaba de nuevo a las estatuas ¿qué habría querido decir con eso? ¿podrían de alguna manera estar vivos estos cuerpos de piedra? Después de lo que acababa de ocurrir no me extrañaría nada, pero ya habíamos perdido mucho tiempo y no podíamos regresar al campamento sin una mísera ramita por lo que acordamos volver por la mañana ante de partir.
Cuando salíamos de la caverna con la antorcha en alto nos encontramos de frente con Esmile, sus ojos volvían a tener ese brillo tan especial y su mano empuñaba la espada desmontable bien montada.
— Tenía que haberlo supuesto desde el mismo momento en que os vi – avanzaba con la espada firme en su mano
— No es lo que te imaginas Esmile, te dijimos la verdad, no pretendíamos ni pretendernos pelear
— A no ser que nos obligues – aclaro Sara afianzando los pies en el suelo buscando la mejor manera de contrarrestar el ataque.
Pero Esmile no parecía escuchar nada, ni tan siquiera se fijo en Sara, avanzaba hacia mí como un torpedo a propulsión y antes de que pudiera reaccionar la tenía en frente. Sus ojos ya no echaban chispas, ahora parecían fuegos artificiales y por alguna razón aquel espectáculo pirotécnico tenía la facultad de paralizarme en el sitio, o tal vez era la espada que afortunadamente mantenía pegada al cuerpo.
— Por favor Esmile – le rogué, pero ella me hizo callar y con un lento movimiento sacó el colgante de debajo de la camiseta. Sara hizo un amago de detenerla pero en ese instante la felimbre desmontó su espada. Sostenía el medallón como si se tratara del santo grial o algo parecido, luego mirando a Sara dijo.
— No pelearé contra vosotros, de ahora en adelante os ayudaré en vuestro viaje.
— ¿Cuánto tiempos llevas escuchando? - pregunte
— Desde el principio – sus ojos ahora recorrían la sala – vi la luz. Luego a vosotros dirigiros hacia allí y decidí seguiros.
Recorrió las estatuas una a una y ante todas realizó la misma reverencia, a excepción de las cinco ultimas, ante ellas además susurró una pequeña oración. Cuando terminó volvió a plantarse delante de mí. Esta vez la tensión ambiental había desaparecido aunque me incomodaba tenerla tan cerca, con esos fuegos artificiales fijos en mi. Si lo notó no lo demostró y lo que es peor no hizo nada para remediarlo, fui yo quien di un paso a atrás pero sin apartar la mirada. Por fin terminó el escrutinio y no sé si porque en realidad había acabado o por que Sara se interpuso entre los dos con cara de malas pulgas.
— Si lo has escuchado es posible que sepas de qué va esto, porque nosotros andamos un poco perdidos.
De pronto las paredes crujieron como una casa vieja a punto de desmoronarse.
— Os contaré lo poco que sé por el camino pero no podemos quedarnos aquí por mas tiempo - Me quitó la antorcha de las manos y comenzó el camino de regreso al campamento, de repente se había puesto muy nerviosa y caminaba tan deprisa que la única manera de seguirle el paso era corriendo – por donde puedo empezar
— Prueba por intentar explicarme que pinta mi padre en todo esto – intentaba que mi voz sonara clara.
— Tu padre es un guardián del tiempo y espacio – lo dijo así como si eso aclarara las cosas mientras empezaba a correr.
Nos costo bastante seguirle el ritmo. La galería ahora parecía interminable, como si se hubiera alargado desde que la habíamos atravesado en sentido contrario, y para colmo las paredes comenzaron a brillar con la misma luz verdosa, aunque no me paré a investigarlo, mantener el ritmo que marcaba la Felimbre requería toda mi concentración. Después de salvar una curva (que no recordaba haber visto allí antes) llegamos al final del túnel. Cuando salimos a la galería principal comenzamos a correr hacia la derecha lo cual nos llevaba si remedio alguno hacia centro de la cueva en ved de hacia la salida. Intenté parar a Esmile poniéndome delante de ella pero solo conseguí cansarme más, por fin reuní todo el aliento que pude y grité
— Vamos en sentido contrario – no sé si me escucho o me ignoro, la cuestión es que no paro – Esmile escu... cha corre... mos mas ha... cia el interior, la entr... entrada estaba a la dere ..cha.
— Se lo que hago no os paréis, seguid corriendo.
— Segu... ro que ahora bro... tan serpie... ntes por todos lados – tartamudeó Sara.
Pero se equivocaba, lo que ocurrió fue que las paredes resplandecieron aún con mayor fuerza y comenzó a escucharse un leve susurro, seguí corriendo con todas mis fuerzas.
Entonces, y sin ninguna lógica, vi el final del túnel y eso me dio alas a los pies. En un plis-plas estuvimos fuera. Cuando recuperamos el aliento, proceso que para Sara y para mí fue lento y doloroso, mi compañera preguntó
— ¿Qué ha sido eso?
— Una ruptura del espació – y volvió a quedarse tan pancha, como si solo se estuviera refiriendo a un bocata de jamón
— ¿Lo que esta intentando decir es que nos hemos trasladado por el espacio? – Pregunté – vamos que echamos a correr por un pasillo y un segundo después corríamos por otro distinto.
La felimbre asintió.
— Genial, saber lo que ha pasado me da más tranquilidad, y ya para sentirme feliz del todo ¿qué hubiera pasado si no hubiéramos conseguido salir a tiempo? – preguntó Sara con cara de prefiero no saberlo
— Pues hubiéramos quedado atrapados en un bucle es decir seguiríamos...
— Ya me hago una idea, no sigas prefiero no saberlo, pero es que no podéis hacer trampas normales como cualquier hijo de vecino.
— Hubieses preferidos las serpientes Sara – argumente yo y un escalofrió recorrió el cuerpo de mi compañera.
Esmile sonrió ante la reacción de mi amiga.
Reemprendimos el camino hacia el campamento recogiendo cada rama que se nos pusiera a tiro.
— Lo que no entiendo es porque no sabes nada precisamente tú siendo hijo de quien eres – dijo Esmile.
El hablar de mi padre como si todavía estuviera vivo me produjo un malestar en pecho pero me hizo darme cuenta de una cosa, en la conversación con maestre este, al contrario que Esmile, había hablado de mi padre en pasado. El sabía que había muerto, pero ¿cómo? Decidí que sería lo primero que le preguntaría cuando lo tuviera delante.
— Mi padre murió hace un año dejándome como única explicación el colgante y el libro – aclaré.
Esmile puso su larga mano sobre mi hombro unos instantes
— Te contare todo lo que sé o pueda pero primero esconde eso – señalo el medallón que seguía colgado de mi cuello, a la vista de todo aquel que quisiera mirarlo.
— Antes as dicho que mi padre era un guardián del espacio y el tiempo – dije mientras guardaba el medallón - ¿qué es eso?
— Durante tiempos inmemorables los felimbres hemos sido los guardianes del espacio y el tiempo, quiero decir que todos los felimbres nacemos con el don de detectar cualquier ruptura del continuo espacio-tiempo además de algunas habilidades mágicas, como ya habéis podido ver, sin embargo no somos la única especie, algunos humanos también posees el don. Tu padre era uno de ellos.
Aquella afirmación me dejó sin aire en los pulmones y tuve que sostenerme sobre un árbol para no caer. Cada vez que recordaba a mi padre la mente se me llenaba de imágenes cotidianas: mi padre ante su ordenador; mi padre cocinando espaguetis a la boloñesa y poniendo la cocina hecha un asco, mi padre leyendo unos de sus libros ante la chimenea. Pero imaginándomelo detectando grietas en el aire como un superhéroe de comic cualquiera conseguía que se me nublara la vista.
— ¿Te encuentras bien? – Sara se había detenido junto a mí.
— Si – por mucho que me costara asimilarlo tenía que saber toda la verdad - ¿Cómo vino a parar a este mundo?
— Cuando se produce una ruptura entre el continuo espacio de dos mundo lo suficientemente grande alguien con el don de tu padre puede atravesarla, puede viajar.
— ¿Le conociste?
— No, en persona no, pero he oído hablar de él.
— ¿Quiénes son las estatuas? – preguntó Sara para cambiar de tema y darme tiempo para asimilar todo esto - Y ¿qué quiso decir Maestre?
— Las estatuas se irguieron en honor de los nueve guardianes supremos. En cada generación nacen nueve felimbre con la capacidad de trasmutar el continuo espacio, abrir ventanas como la que habéis visto en la cueva sin recurrir a la magia. Y si Maestre sabe que el colgante ha vuelto habrá mandado a los cuatro para protegerte.
— Solo cuatro, no has dicho que son nueve – dije.
— Tras la guerra sólo quedaron cuatro guardianes, los guerreros más poderosos de mi especie.
— Pues deben haber pillado un atasco – se burlo Sara.
— ¿Atasco? – inquirió la felimbre levantando una ceja extrañada.
— Déjalo Esmile tengo una pregunta más importante ¿qué es realmente mi medallón? Y ¿Por qué ni Maestre ni los ángeles pudieron controlarlo?
— Lo siento Roberto a eso no puedo responderte, solo Maestre puede.
— Yo tengo otras duda – dijo Sara – si como nos contó Ricio la guerra terminó porque el medallón selló este mundo, quiere decir que cerró todas las ventanas dimensiónales ¿cómo es que Maestre ha podido abrir esa ventana?
— Estas confundiendo el poder en si de controlar el espacio a la magia. Maestre ha utilizado un conjuro para abrir esa ventana, aunque como habéis visto desde aquel día ni siquiera el mago más poderoso puede mantener abierta una pequeña ventana durante mucho tiempo
— Pero ¿la trampa? ¿También era un conjuro? – Pregunto Sara – porque no me pareció que durara poco
— En verdad era una mezcla de conjuro y poder, supongo que como fue creado antes del gran día su poder de acción solo ha ido disminuyendo poco a poco, si hubiera estado a plena capacidad te aseguro que no hubiéramos salido sin saber el camino mágico.
— Sabes lo que significa estos símbolos – volví a sacar el colgante para poder enseñarle los signos grabado en su superficie
Los estudió durante un buen rato antes de responder
— Es Orseo un lenguaje muy antiguo, una lengua muerta pero lo siento no sé lo que significa.
Ya se podía oír el chisporreteo del fuego y las voces de nuestros compañeros de viaje sentados alrededor, seguramente bebiendo ese vino tan raro. En este punto Esmile se separó de nosotros para volver diez minutos después con varios conejos de doble cola atados al cinto. No continuamos con la conversación, no porque no tuviéramos mas preguntas que necesitaran ser contestadas inmediatamente (sobre todo yo), sino porque Esmile no podía darnos ninguna respuesta más, y así con cara de buenos chicos, de esos que nunca guardan secretos a los amigos, nos presentamos ante ellos.
— ¿De donde venís? – pregunto Tirós sonriente
No sabía que contestar y por primera vez en su vida tampoco Sara, fue Esmile la que relató con cuidado la historia dejándonos a nosotros los vacíos que ella desconocía. Al terminar se produjo un incomodo silencio que finalmente rompió Tiros
— Habéis luchado codo con codo a mi lado por eso os ayudaré a llegar a la ciudad de Paranfor, pero nada mas – y sentenció sus palabras con un buen trago de licor
— Yo también os ayudaré contad con migo – añadió Ricio
— Me salvaste la vida una ves Roberto así que puedes contar con migo hasta el final
— No Ambió _ lo último que necesitaba ahora era la vida de otra persona por la que preocuparme – no me debes nada bastante has hecho ya por mí y por Sara la deuda que puedes creer tener ya ha sido pagada y con creces.
— No te pido permiso la decisión está tomada – sus palabras no mostraban ninguna inflexión pero tampoco daba opción a discutir, así que me resigne. A quien quería engañar necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir
Calson simplemente dijo
— Donde vaya mi señora voy yo.
La conversación terminó con esas simples palabras.



A muchos kilómetros de allí cuatro figuras encapuchadas representaban la misma escena. Realizaban el primer descanso desde que habían salido del desierto. Todo a su alrededor permanecía en silencio y los cuatros enmascarados (ya no tan desconocidos porque seguro que habéis adivinado quienes son. En caso contrario no pienso decíroslo) respetaban el sepulcral silencio.
Mientras permanecían allí sentados empapándose del calor de la hoguera descendió del cielo una esfera de luz verdosa, se deslizo poco a poco de entre las oscuras nubes hasta quedar suspendida, justo en el centro del grupo. De repente la esfera de luz se dividió en cuatro fragmentos luminosos que lentamente se aproximaron a cada uno de los enmascarados. El primero de los encapuchados levantó el brazo derecho y el destello colisiono contra el brazalete de oro que llevaba sujeto a la muñeca. El segundo desenvainó la espada donde la luz verdosa se reflejo ante de unirse a ella. Otro resplandor verdoso se adhirió al blasón de plata que del tercero llevaba sobre la frente. El cuarto encapuchado alzó su arco del que surgió un destello amarillo que se unió al verde, y de la alianza surgieron chispas plateadas tan brillantes que apagaron toda fuente de luz
Recogieron sus cosas y reanudaron su viaje. La señal ya había sido recibida y el mensaje era alto y claro, el tiempo se agotaba.

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