lunes, 19 de enero de 2009

capítulo VI

6

El cañón de Sarkada




Ya se podían ver a lo lejos las primeras luces de la ciudad, si seguían manteniendo el mismo paso el general y sus hombres llegarían a su destino en el transcurso de dos horas. La misión en principio no parecía complicada. El territorio a cubrir era pequeño y podrían conseguir ayuda de la guardia del Mariscal Preisus, pero su intuición le decía que no debía confiarse. El general nunca había visto al gran Demonio Demsoger tan impaciente, ni siquiera en la víspera de las grandes batallas, cuando su única obsesión había sido matar y devorar. Aunque ya le habían sido confiadas con anterioridad misiones parecidas, las ordenes habían sido siempre eliminar al enemigo, y esa era otra razón por la que no debía bajar la guardia, el Demonio no quería al chico muerto sino vivo, y bien vivo, y eso complicaba bastante las cosas.
Las puertas de la ciudad estaban cerradas cuando por fin llegaron. Al llamar se abrió una pequeña ventana desde donde se podía ver la cabeza del soldado de guardia.
— ¿Quién va?
— Somred - fue su única respuesta. Enseguida se escucho un sutil cuchicheo y luego el ruido de los pasos del soldado al ir a buscar a un superior, pagarían por hacerle esperar en la puerta.
Por fin la puerta se abrió y tres hombres esperaban tras ella.
— Mis respetos valeroso Somred bienvenidos a la ciudad de Paranfor – dijo el recién llegado tras hacer una reverencia – el Mariscal Preisus le espera en el palacio, si hace el favor de seguirme.
El hombre vestido con una túnica de seda azul emprendió la marcha hacia el palacio pero el general no le siguió, su atención estaba en los soldados postrados ante él. Desenvaino la espada con un rápido movimiento. El sirviente solo escucho un leve susurro, cuando se dio la vuelta vio con pavor los cuerpos decapitados de los soldados.
— No me gusta que me hagan esperar ¿queda entendido? – El sirviente inclinó lentamente la cabeza sin apartar la vista de los cuerpos – vamos
El heraldo emprendió la marcha manteniéndose a una cierta distancia. Cuando llegaron varios criados se encargaron de los caballos y otros tantos de conducir a los soldados a sus dormitorios.
— El Mariscal le espera en sus aposentos – el hombre del traje de seda azul le indico con un gesto que le siguiera.
La habitación privada del Mariscal estaba en el la ala norte del palacio, después de recorrer varios pasillos y subir numerosas escaleras llegaron ante una puerta de madera tallada con el escudo de la familia de Anka (un dragón y una serpiente entrelazados) la cuarta en importancia y poder. El sirviente llamó a la puerta y sin esperar respuesta se fue.
— Entra por favor
El general abrió la puerta y entro. El Mariscal estaba sentado mirando el fuego en un cómodo sillón, su mano sostenía una fina copa de cristal. Era un hombre viejo pero su mirada radiaba inteligencia y astucia, era la clase de hombre al que no se le podías subestimar.
— A que se debe esta inesperada visita general Somred
— Eso no le importa Mariscal, lo único que debe hacer es prestarme toda la colaboración que necesite, empezando por una partida de cincuenta hombres listos y armados.
— Bien – dijo el mariscal mientras estudiaba el contenido rosáceo de su copa - creo que podré proporcionarle esos hombres la semana que viene a más tardar.
— Creo señor, que no me ha entendido bien, quiero que estén listos ahora.
— Y dígame señor por que tendría que darle lo que me pide.
Un calor abrasador traspasó el cinto del general justo donde tenía la moneda de plata. La arrojo a los pies del Mariscal, que se levantó del sillón mucho más rápido de lo que su frágil cuerpo daba a entender. De repente sonó una explosión y la habitación se llenó de un humo negro y espeso, tras el cual, y después de un nuevo estallido de luz, apareció una ventana mágica en el centro de la humareda, mostrando a un Demsoger considerablemente enfadado. De sus cuernos salió un rayo que atravesó la abertura dimensional convirtiendo en polvo el sillón donde solo unos minutos antes había estado sentado el Mariscal.
— Porque yo lo ordeno
— Enseguida mi señor – se arrodillo – perdonar mi osadía estoy y estaré siempre a tus órdenes mi señor.
La ventan volvió a cerrarse tan rápidamente como había aparecido y el humo regresó a la moneda en un siseo ensordecedor. Cuando la calma regreso a la habitación el Mariscal se levantó realizando grandes esfuerzos, una vez de pie fue a sentarse en el sillón, pero lo encontró completamente chamuscado, al fin se dejo caer agotado en una silla cercana.
— Bien – suspiró – tendrás a esos hombres dentro de una hora – hizo sonar la campanilla, enseguida apareció el sirviente de traje azul – mientras el sirviente le acompañará hasta sus aposentos donde podrá refrescarse y comer algo.
Somred recogió la moneda y siguió al criado. Una hora después desfilaban ante un pelotón de veinte hombres rudos, malolientes y armados asta los dientes.
— Quiero que inspeccionéis todas las posadas, casas de huéspedes, tabernas, cualquier sitio donde pueda esconderse un extranjero. Buscáis un forastero de unos veinte años, cualquiera que coincida con esa descripción debe ser traído ante mí antes del amanecer.
— Pero mi general – un soldado muy joven salió de la formación – debe de haber cientos de personas que coincidan con esa descripción, no tendremos bastante con una sola noche.
Cuando el general se puso delante del soldado, este le miró directamente a los ojos. Era un muchacho valiente aunque algo un imprudente. Sin darle tiempo a reaccionar le propino un golpe en las costillas con la empuñadura de la espada.
— Si quieres seguir viviendo tendrás que lograrlo – levantando la voz y añadió – eso va para todos.
Sin romper la formación se encaminaron hacia las puertas de la muralla. Los hombres del general seguían formados esperando órdenes más concretas, al llegar ante ellos su segundo se adelantó.
— Quiero que cada uno dirija a un grupo de hombres y aseguraros que no matan a nadie por vuestro propio bien y el mío.
No tardaron en estar llenos los calabozos del palacio y solo habían inspeccionado la mitad de la ciudad. El general le examinaba uno a uno mientras iban entrando en el calabozo, o más bien lo hacía la moneda, pero hasta el momento no había reaccionado con nadie y cada vez era más difícil sostenerla sin que le abrasara la mano. El día ya iba asomando por el horizonte.



El amanecer ya asomaba por el horizonte y por fin se podía apreciar el terreno en su totalidad. Era un cañón poco profundo y no muy estrecho pero un cañón al fin y al cavo. Mucho tiempo atrás había pasado por allí un río, pero según Ricio se secó por la acción de los espíritus que mataban toda clase de vida, y no se si tendrá razón pero a la luz del día el cañón perecía un lugar completamente yermo. Había que buscar mucho entre las paredes rocosas para encontrar algo de vida. Si los espíritus habían intervenido habían hecho un buen trabajo
Habíamos tardado toda la noche en preparar las defensas, Ambio, Tirós y Calson se habían encargado del trabajo más duro, las trampas exteriores, pero que bien valía la pena por no tener que aguantar a Ricio. Él y yo (que se le vamos hacer, a fin de cuenta había sido idea mía) preparamos el terreno donde según Esmile se iba a desarrollar el grueso de la batalla, mientras Sara se fabricaba un arma que pudiera manejar con soltura, con la ocasional ayuda de Esmile. La felimbre, que había permanecido de vigía en lo alto del cañón, vino hasta donde nosotros estábamos trabajando.
— Ya están aquí, tardarán como mucho una hora en aparecer
— Bien, cada uno a sus puestos – Ambio que hasta entonces había permanecido callado y ausente recuperó el liderazgo – se acercó hasta Sara y le entregó una espada toma te hará falta.
— Gracias pero no me gustan esa clase de armas, además esta me será más eficaz – dijo levantando la lanza que se había hecho con una gruesa vara, a la que, además de sacar una punta tremendamente afilada, había reforzado con cuero endurecido de tal manera que ahora era tan sólida como una barra de hierro.
Me acerque hasta Sara que se había quedado sola.
— Cuídate mucho – la abracé con fuerza atrayéndola hacia mí - no soportaré que te hagan daño, así que no lo permitas ¿vale?
— Pero que actitud más machista – apoyó su cabeza sobre mi pecho – nunca lo hubiera pensado de ti caballero.
— Creo que está en nuestros genes - alce su lanza de la forma más orangután que pude – no podemos evitarlo a si que tendrás que quererme con todo el paquete.
— No te preocupes, no me pasará nada. Y a ti te digo lo mismo, no es que me importes pero bueno necesito que alguien me lleve a casa.
— Ya en serio – la aparte un poco para poder verle la cara – ten mucho cuidado y siento mucho haberte metido en este berenjenal.
Se alzó de puntillas y me beso. Por un momento se me olvidó, como era mi costumbre, lo apurado de la situación y el peligro que corríamos, hasta que Ambio vino a recordárnoslo. Entonces todas las preocupaciones y miedos volvieron de repente y a traición, sin ningún respeto por lo que había pasado solo unos minutos antes.
— No es el momento, ocupar vuestros puestos.
Continué en vos baja mientras nos separábamos
— Tengo que hablar con tigo pero a solas, e conseguido información
— Yo también – contestó ella también en vos baja – hasta luego.
Mi puesto de batalla estaba en un risco sobresaliente en mitad de la pared de roca, desde donde podía ver todo el campo de batalla y la entrada al cañón. Como había predicho Esmile llegaron una hora después, todos en fila india. Habían desmontado y avanzaban empuñando las armas. El que iba delante, seguramente el rastreador mantenía la vista fija en el suelo siguiendo las huellas que muy astutamente Esmile y Calson habían dejado y que los conducía directamente hacia las trampas. Según el plan tenía que dejar que los primeros hombres sobrepasaran la primera trampa antes de que comenzara la juerga, y ese momento había llegado. Cargué el arco con mi mejor flecha y con una seguridad que hasta a mí me sorprendió disparé. La flecha dio justo en el blanco derribando el soporte que frenaban el desprendimiento de tres grandes rocas, que comenzaron a rodar una tras otra arrastrando todo aquello que encontraban a su paso. Los mercenarios al ver lo que se les venía encima echaron a correr. Unos intentaron salvarse corriendo hacia delante mientras que el resto retrocedieron, al fin, cuando se disipo la polvareda solo quedaban en pie una docena de caballos y aproximadamente catorce hombres agrupados en circulo. Desde mi posición podía oírles hablar pero no conseguía entenderlos. El siguiente paso dependía de ellos así que contuve la respiración y esperé con el arco preparado.
Los hombres siguieron avanzando pero ahora con mucho cuidado, y cuando escucharon el sonido de la siguiente flecha y el consiguiente ruido de rocas al desprenderse, ya estaban preparados y echaron a correr como alma que lleva el diablo. No habían conseguido salir del alcance de las rocas cuando se encontraron de frente con la espada desmontable de la Felimbre y la lanza de Sara. Al ver por fin a sus contrincantes la mayoría dirigió sus ataques contra Sara. El primero que la embistió recibió como premio un potente garrotazo justo en la cabeza que le dejo fuera de juego. Otro adversario la atacó desde la derecha con una estocada directamente al abdomen, pero esquivó el golpe con una ágil cinta para luego girar ciento ochenta grados clavándole la punta de su lanza en la zona alta del pecho. Mientras ella remataba a este un tercero aprovechó la oportunidad e intentó un ataque por la espalada, solo que no consiguió terminar el golpe con una de mis flechas clavada en el pecho.
Unos metros más allá Esmile ya había vencido a dos y luchaba con un tercero. El hombre se abalanzo a la desesperada hacia delante sujetando el arma con las dos manos. Esmile retrocedió un paso mientras giraba el cuerpo hasta colocarse en paralelo con la hoja de la espada, que pasó de largo a pocos centímetros de su barbilla, entonces la espada desmontable trazó un arco de abajo a arriba consiguiendo atravesar el pecho desprotegido del mercenario. Rápidamente fue a ayudar a Sara que se defendía a duras penas de tres atacantes.
En aquel momento Ricio, Ambio, Tirós y Calson atacaron por detrás igualando la batalla seis a seis. El mercenario que estaba más cerca de Ambio paró en seco su espada y rápidamente invirtió la trayectoria de su hoja dirigiendo la estocada hacia su cuello, pero el impulso era tan fuerte que no pudo controlarla. Ambio solo tuvo que apartarse un poco para luego atravesarle el corazón con su espada. Tirós lanzó un grito de guerra y se abalanzó sobre los hombres que rodeaban a Sara y Esmile. La descomunal espada cercenó el cuello del primer hombre que encontró a su paso, luego cambió la dirección y repitió la escena. Los hombres que consiguieron escapar de la embestida asesina se encontraron de frente con la muerte a manos de Ricio o de Calsón.
Desde mi posición observaba atónito como se desarrollaba la batalla. Era increíble la velocidad con la que se movían los luchadores y eso me impedía intervenir. Aunque no tardé en encontrar una oportunidad cuando al observar los alrededores vi un destello que se movía entre el mar de rocas que había quedado tras las avalanchas. Tensé el arco y agudice la vista. Un segundo después tenía en el punto de mira a un par de mercenarios. El primero tenía una ballesta y, escondido tras una gran roca, se preparaba para atacar a mis amigos. Sin pensarlo dos veces disparé con tan mala suerte que la flecha se hundió a solo unos milímetros del mercenario, aunque conseguí llamar su atención y que se olvidara de la batalla que tenía delante. El otro hombre, que no era otro que el rastreador, siguió la dirección de mi disparo hasta localizó mi posición y como si estuviéramos en el viejo oeste comenzó un fuego cruzado de flechas. Su puntería no era como para tirar cohetes, pero parecía tener un arsenal ilimitado de proyectiles, en cambio a mi no me quedaban más de media docena de flechas. Si conseguía deslizarme un poco hacia la derecha podría tener un mejor ángulo de tiro, el inconveniente residía en que no había ningún saliente donde cubrirme, así que si fallaba el tiro me convertiría en un blanco perfecto. Solo tenía una oportunidad. Disparé dos flechas a la vez que salieron despedidas cada una por su lado. Entonces aprovechando el desconcierto del mercenario me coloqué de un salto en la posición adecuada y simplemente dispare, concentrándome como me había enseñado mi instructor en el objetivo no en el momento. La flecha se hundió justo en el centro de su mollera, es decir entre ceja y ceja. El rastreador al ver como su compañero caía muerto al suelo y comprobar además que era el único superviviente de la avanzadilla emprendió la huída.
La batalla había acabado al fin mientras el sol se colocaba en lo alto del cielo.
— ¿Por qué no has acabado con el rastreador? – Me pregunto Tiros cuando nos reunimos – dejar que los demás luchen mientras uno mira es de cobarde y los cobardes en la batalla merecen la muerte.
— ¿Quien es el cobarde? — dije y no pude evitar que mi voz sonara algo más aguda de lo normal — el que tiene miedo a morir y huye o el que mata a una persona desarmada y por la espalda
— Deberías haberlo matado – volvió a repetir con mayor énfasis.
Encogí los hombros como única respuesta y fui a sentarme junto a Sara. Mi compañera contemplaba hipnotizada sus manos manchadas de sangre y al darse cuenta de que todavía sostenía la lanza la arrojó lejos de ella, como si esta ardiera. La adrenalina debida al miedo y a la batalla ya había dejado de fluir por sus venas y ahora solo quedaba una extraña sensación de vacío y reproche.
— Yo ni siquiera estoy a favor de la pena de muerte — murmuró.
— O eran ellos o nosotros Sara – Esmile mantenía la mirada fija en Sara, que por fin apartó la vista de sus manos para mirarla a ella – y en tu caso hubiera sido peor, te habrían usado hasta cansarse y luego te habrían vendido como esclava en cualquier mercado. Matar por primera vez es duro – desvió su mirada hasta mí – pero en estos tiempos en donde la ley no existe o te defiendes tu mismo o mueres.
Sara asintió intentando recuperarse del todo
— Deberías haberlo matado – ahora era Ambio quien hablaba – no, no digo que no tengas razón –se apresuro a decir levantando la mano para frenar mi protesta – pero cuando llegue hasta el ejercito de mercenarios, no tardaremos mucho en volver a tener compañía no deseada y de estos no nos será tan fácil deshacernos.
— ¿Que es lo que estás intentando decir Ambio? – intervino Ricio abandonando por un momento los rezos y las plegarias.
_ Digo que tendremos que poner un obstáculo entre ellos y nosotros o no llegaremos a tiempo hasta la seguridad de la ciudad.
— No te estarás refiriendo a cerrar el cañón, porque acordamos que solo lo haríamos en caso de emergencia
— Y que te parece esta situación – se mofó Tirós.
No hubo nada que Ricio pudiera decir para convencer a los demás y la conversación quedó zanjada.
Lo único que no tenía claro era como provocaríamos la avalancha, y no solo eso sino una lo suficientemente poderosa como para taponar un cañón tan ancho. No me parecía que amontonar piedras en lo alto del acantilado y dejarlas correr pendiente abajo fuera suficiente, aunque ¿si lo hiciéramos mas de una vez? Pero así tardaríamos bastante y por la forma de hablar de mis compañeros de viaje se entendía que el tiempo no era algo que en este preciso momento nos sobrara.
— Hum, chicos no es por apoyar a Ricio pero me parece imposible que consigamos taponar esto – extendí los brazos para darle mas énfasis a mis palabras – y menos en tan poco tiempo, necesitaremos por lo menos un día entero.
Las carcajadas resonaron como truenos en una tempestad, todos menos Sara, se reía a mandíbula batiente.
— Pero Roberto utilizaremos Tronadores – Calson fue hasta su carromato, al volver sostenía en las manos varios tubos transparentes rellenos de un material pastoso y verde fluorescente.
— Tu pueblo es capaz de construir cosas tan raras como la caja negra pero no tiene Tronadores, si que sois de lo mas extraño – dijo Tirós.
— Si tenemos Tronadores pero nosotros lo llamamos dinamita y no sabíamos que vosotros tuvierais – contestó Sara ya mas animada, incluso con una media sombra de sonrisa en los labios.
— Dinamita que nombre más raro.
No tardaron mucho en decidir los lugares más adecuados para colocar las cargas explosivas, aunque no fuimos tan rápidos en instalarlas. Tirós se encargó de colocar la que sería la primera detonación en lo alto del barranco de la pared norte. Ambio situó la segunda carga más o menos a la mitad de dicha pared, mientras Calson y Ricio hacían lo mismo en la pared opuesta, aunque retrasadas ambas detonaciones cuatro metros con respecto a la primera. En el suelo Esmile, Sara y yo trasladamos los carromatos hasta situarlos a una distancia prudencial.
La incógnita ahora era saber que utilizarían para hacer explosionar las cargas, incógnita que Esmile no tardo en desvelar. La felimbre extendió las manos y en susurros recitó lo que supuse sería algún tipo de conjuro, entonces de sus manos surgió una llamarada en forma de arco que permaneció estática unos instantes, luego, tras una orden de Esmile, avanzó hacia el cañón aumentando en fuerza e intensidad según iba acercándose, a la vez que su longitud aumentaba hasta abarcar el ancho del cañón. La onda de fuego impactó con tal fuerza que prácticamente fundió las paredes rocosas. No me había repuesto del asombro cuando escuche el primer Buuuuuun, al que siguieron un segundo, un tercero y un cuarto. El espectáculo que apareció ante mí fue devastador. En pocos segundos las dos paredes habían estallado en pedazos, pedazos que comenzaron a chocar unos contra otros formando un muro infranqueable y una nube de polvo que seguro llegaría hasta la estratosfera.
— Bien, ya está hecho, solo podemos pedir perdón y esperar que los espíritus sean compasivos con nosotros – se lamentó Ricio
— Ricio no habitan espíritus en estas tierras así que deja de darnos la tabarra.
— Maldita sea Tirós, tu falta de respeto a los espíritus nos costara cara algún día.
— ¡Basta! dejar de discutir lo que tenga que venir ya vendrá así que porque preocuparse ahora - Ambio sacó el odre y bebió un largo trago hasta que Tirós se lo arrebató – acamparemos aquí esta noche, tenemos que reponer provisiones antes de reemprender el camino y ya no nos hace falta correr.
— Sara y yo recogeremos leña – la agarré del brazo y tiré de ella. No volvimos a hablar hasta que estuvimos lo bastante lejos del campamento.
— ¿Qué sabes? Empiezas tú y luego te cuento lo que sé – dijo mi compañera.
Le conté de principio a fin y con todo lujo de detalles la historia de la gran guerra entre ángeles y demonios y todo lo demás.
— Supongo que yo tengo lo mismo, más o menos. A Calson no le gusta hablar de aquello, si preguntaba enseguida cambiaba de tema. No le culpo, cuando tuvimos la suficiente confianza me contó su historia – suspiró pero no dijo nada más
— Bueno me vas a contar su historia si o no.
— Claro, pero es que me da cosa hablar de él a sus espaldas – dijo – una noche, cuando Calson tenía cinco años los demonios atacaron su aldea. Mataron a todas las mujeres, niños y ancianos. De los hombres, buenos la mayoría fueron poseídos por otros Demonios. La madre de Calson consiguió esconderle ante de morir y el pobre niño permaneció dos días muerto de miedo en su escondrijo hasta que Esmile lo encontró y desde entonces lo ha criado.
— De verdad, pero eso debió ocurrir hace veinte años más o menos, y Esmile no aparenta más de veinticinco ¿Cuantos años tiene?
— Ciento cincuenta
— Pues se conserva la mar de bien ¿no crees?, mira a ver si consigues que te diga su secreto, dejarás de parecer bueno... una persona mayor, tú ya me entiendes.
— La próxima vez que cuentes un chiste dime cuando tengo que reírme quieres, como no tienes gracia no quiero herirte, tu ya me entiendes
— Ya, en serio dime cuantos años tiene Esmile
— De verdad, los Felimbre viven un promedio de trescientos años, yo también alucine cuando Calsón me lo contó, pero es verdad.
— La versión felina de un elfo, ¡que guay!
Ninguno de los dos podíamos cargar con mas leña a si que regresamos
— Volviendo a lo que nos interesa, sabemos muchas cosas pero no lo importante, donde podemos encontrar al grandioso y magnífico mago Maestre, eso si aún está vivo porque Ricio no llegó a contestarte.
— Sinceramente creo que está vivo, es un presentimiento que tengo. Pero lo que a mi me preocupa realmente es que el objeto que provocó el final de la guerra puede ser mi colgante y si es así es muy posible que el Demonio quiera recuperarlo y eso nos pone en un serio peligro, a nosotros y a quien nos acompañe, a lo mejor por eso mi padre lo sacó de este mundo y lo llevo al nuestro.
— Pensé que creías que perteneció a tu madre y por eso lo guardaba tu padre.
— Ya no estoy seguro de lo que pienso, solo es que siento que... – no sabía como explicarlo sin parecer un completo estúpido – que el colgante más que suyo proviene de ella.
Sara me miró extrañada y yo solo pude encogerme de hombros.
— Vale, es una posibilidad – dijo Sara - pero como consiguió tu padre llegar aquí sin el colgante y lo que es más importante como volvió a nuestro mundo con él o sin él.
— No lo sé Sara, no tengo respuestas a esas preguntas pero si el colgante nos trajo seguro que nos lleva de vuelta – Sin quererlo Sara me había dado algo nuevo en que pensar ¿cómo había llegado mi padre a este mundo?
Andábamos en fila india, Sara caminaba delate, a si que no note que se había parado hasta que choqué con ella
— ¿Qué pasa Sara?
Sara permanecía muy quieta, los leños que habían recogido estaban ahora esparcidos por el suelo.
— Mira allí ¿no ves una luz?
Seguí su dedo hasta lo que parecía la boca de una cueva, y vi que de ella surgía una luz tenue
— No sé Rober, podría ser que alguien viva por aquí, tenemos que avisar a los otros.
— No creo que sea una buena idea – el colgante también estaba brillando – además no creo que esa cueva estuviera allí antes, más bien a aparecido como consecuencia de la explosión.
Me encamine hacia la cueva seguida de Sara. La cueva no estaba tan lejos como parecía a simple vista. Al llegar la luz que emanaba la cueva y la de mi colgante se hicieron más fuerte y aunque la situación parecía todo menos una reunión de té, mi instinto me decía que no había peligro alguno, a si que antes de darle tiempo a la razón para protestar entré.

No hay comentarios: