jueves, 5 de febrero de 2009

capítulo VIII

8

La ciudad de Paranfor




En el amanecer del quinto día de viaje pudimos ver las murallas que rodeaban la ciudad de Paranfor.
— Al mediodía llegaremos a la puerta Oeste – anunció Ambio - seguro que habrá centinelas en la entrada y si os ven con esas pintas lo más probables es que tengamos problemas, y en el improbable caso que pasamos ante ellos corremos el riesgo de ser delatado en la ciudad.
Esmile y yo habíamos discutido un par de veces sobre si sería conveniente que Sara y yo entráramos en la ciudad. Algo me decía que no era buena idea, supongo que el sentido común. Pero Esmile se negaba tajantemente a dejarnos solos fuera de las murallas y alegaba que no era conveniente que nos separamos. Así que con santa resignación cambié mi ropa de los domingos por una vieja túnica de Esmile, que me estaba larga. Sara no estuvo dispuesta a renunciar a sus levis y solo consintió ponerse la túnica por encima
La puerta Oeste era en realidad un portón de doble hoja tan alto como un edificio de dos pisos y enormemente ancho, tanto que no se me ocurre con que compararlo. Las dos hojas estaban abiertas de par en par, para poder abarcar la enorme afluencia de carromatos, grupos de jinetes y viajeros solitarios que acudían a la ciudad.
La mayoría eran campesinos o ganaderos de las aldeas próximas que venían a vender sus productos al mercado. Eran personajes fáciles de distinguir, ropas desgastadas, pequeños carromatos (llenos hasta rebosar) mas desgastados aun si cabe, y en sus rostros expresiones de preocupaciones y desanimo, incluso de miedo, sobretodo al pasar delante de los cuatros guardias armados hasta los dientes, y con cara de pocos amigos, que vigilaban la puerta. Parecían tener ganas de bronca aunque hasta ahora no habían detenido a ninguna caravana. Cunado nosotros pasamos ante ellos nos miraron con cierto interés pero no hicieron nada por detenernos.
Nada más entrar me llegó un olor nauseabundo parecido al tufo que hay en los vertederos clandestinos. Intenté no respirar fuerte porque el olor llegaba a metérsete en la garganta, y si lo dejabas corráis el peligro de que llegara al cerebro. Ricio sentado a mi lado se reía sin parar
— Tranquilo muchacho te acostumbrarás
— Lo dudo mucho — dije tapándome la boca con las manos en un intento desesperado de respirar
Encogió los hombros como diciendo – tu mismo -
Seguimos avanzando recorriendo las callejuelas empinadas y sucias de la ciudad hasta que llegamos una plaza. En el centro había una fuente y al lado un abrevadero donde bebían tranquilamente barios caballo. La plaza estaba rodeada por barios edificios públicos, los escudos en el frontal de la puerta los delataban. Todos los escudos eran diferentes aunque tenían un nexo en común, en el centro había un dragón y una serpiente entrelazada. El escudo del edificio de enfrente, que era el más grande de todos, tenía además una banda rodeando al dragón y a la serpiente, y en ella había escrito algo que no lograba ver bien.
Entre los edificios públicos había barias edificaciones más pequeños que se encargaban de quehaceres más comunes como por ejemplo un establo o una taberna. Ambio bajó de un salto del carromato y se dirigió hasta la taberna que se llamaba la Espada Veloz.
— Abrid – gritó aporreando la puerta.
Tuvimos que esperar un rato hasta que un individuo de aspecto tosco y desaliñado abriera.
— Por fin habéis llegado – dijo cuando se hubo habituado a la luz del sol - os esperaba ayer ¿es que no sabéis cumplir un acuerdo? por esto os reduciré el cinco por ciento del precio inicial.
Ambio desenvainó la espada con tanta rapidez que el hombre no se dio cuenta de que la tenía clavada en el cuello hasta que un hilillo de sangre corrió por su pecho. Seguro que cuando el tío le puso el nombre a la taberna lo hizo pensando en Ambio
— Bueno no es para ponerse así, todo se puede discutir.
— No hay discusión que valga, nos pagará lo acordado – y hundió un poco mas la espada en la carne.
— Claro, pero si no me sueltas no puedo pagarte amigo.
— Claro – Ambio bajo la espada pero no la envainó – te acompaño no vallas a perderte por el camino, amigo - y se perdieron en la oscuridad del local
Entre tanto en el lado de la luz, los demás nos encargamos de descargar todos los barriles y llevarlos a la entrada del local.
Una vez cobrado el dinero por el transporte de los barriles de licor, fuimos a un establo donde vendimos los tres carros y los bueyes a un precio razonable, gracias en parte al arte negociador de Ambio y su espada.
— Ahora nos falta abastecernos de provisiones – dijo Esmile que desde que había entrado en la ciudad se había convertido de nuevo en el encapuchado.
— Ya que vamos al mercado podemos ir a un local que conozco. Ya veréis sirven el mejor licor de la región y también un excelente guiso de cordero –dijo Tirós
Llegar hasta el mercado era fácil incluso para alguien que no fueras del lugar, incluso aunque no fueras de este mundo, solo tenías que dejarte guiar por el ruido y el mal olor que, según te ibas acercando, aumentaba hasta hacerse insoportable.
Primero fuimos a lo que sin duda era el mercado de bestias, donde barios grupos de animales de diferentes especies (unos conocidos y otros no tanto) pastaban tranquilamente en media docena de cercas. Pasamos delante de la cerca de los animales de carga, entre los que había algunos bueyes solitarios y algo que se parecía a un elefante pero sin trompa. Lo que si tenía el animalejo, y muy bien puestos, eran dos cuernos que podrían despedazar a un hombre con dos pasadas y sin despeinarse los cuatro pelos del cogote. En otra cerca un grupo de unos tres ciempiés gigantes dormitaban hechos una pelota,
— Se llaman excavadotes - dijo Tirós al verme mirándolos – y son animales muy apreciados por los mineros.
Al pasar delante de una tapia de piedra escuché al otro lado un zumbido semejante al de una colmena, intrigado comencé a escalar la tapia pero cuando estaba llegando a lo alto Ricio me agarro del cinto obligándome a bajar.
— Muchacho no seas cotilla
— ¿Qué hay detrás?
Con el dedo me indico que le siguiera. En uno de los laterales del cercado había una trampilla, la abrió y mire. Aunque al principió no conseguí ver nada, cada vez escuchaba más cerca un mareante zumbido. Incline la cabeza para poder ver la parte del recinto que permanecía oculta, y entonces lo vi. Era un enorme abejorro con alas membranosas con las que se mantenía suspendido en el aire y antenas como satélites. No tenía las tradicionales franjas amarillas alrededor del cuerpo, al contrario, su pelaje era completamente negro, y de sus largas patas salían hilos finos y traslúcidos.
— ¿Por qué encierran a una simple abeja en un cercado de piedra? – como respuesta el bichejo se abalanzó sobre la ventana, y en un instante los hilos finos y traslúcido de sus patas se colaron por la abertura y se me enroscaron en el cuello. Quise quitármelos de encima pero a pesar de su apariencia aquellos hilos eran tan fuertes como la más gruesa de las sogas y a cada instante apretaba más y más mi cuello. Mientras yo luchaba contra las cuerdas asesina Ricio introdujo una vara larga y metálica (sacada de no se sabe) por la ventanuco, entonces la vara comenzó a vibrar y de repente el bicho me soltó.
— Por eso – dijo.
Cerramos la trampilla y sin pronunciar palabra nos reunimos con los demás que ya se acercaban a la zona de los caballos.
— ¿Quieres comprar viajero? – la voz provenía de una muchacha de unos dieciséis años sentada sobre una cerca donde pastaban cinco o seis caballos
— Si, por que no vas a buscar a tu padre – apremió Ambio
— No tengo y tampoco marido – dijo secamente la muchacha - si quiere comprar un caballo hazme una oferta y ya veremos.
Hasta ahora Ambio solo había tratado con hombres, lo que facilitaba su peculiar manera de regatear, pero ante una mujer dicha ventaja se convertía en una desventaja.
— ¿Que pides por esos cuatros ejemplares de allí? – pregunto en un esfuerzo de intimidar a la muchacha, pero esta chica no era de las que se asustaban con facilidad
— ¿Cuanto me ofreces?
Pues no es tonta la niña, no.
— Cinco monedas de oro.
— ¡Cinco! Vamos hombre esos caballos valen por lo menos diez.
— Siete monedas de oro y no ofrezco más
— Ocho o no hay trato – Ambio no contesto y en la boca de la chica apareció una media sonrisa de triunfo, ya se veía en posesión de las ocho monedas de oro que la harían un poco más rica, y el silencio prolongado de Ambio no hacía más que confirmarlo. Lo que no sabía la astuta vendedora era que entre el grupo había alguien mucho más lista que ella.
— Pues no hay trato – dijo Sara, se alzó a pulso y con una agilidad propia de Esmile se coloco sobre la cerca, luego miro a ambos lados
— Podemos ir allí – señaló un cercado apostado un poco más adelante – desde aquí puedo ver buenos caballos.
Una vez hubo puesto los pies en el suelo se dirigió hacia el otro puesto sin mirar atrás.
— No espera – la media sonrisa había desaparecido de repente del rostro de la muchacha – siete monedas de oro y diez de plata.
— Siete monedas de oro – repitió Sara sin detenerse.
— Vale, trato hecho
— Vendremos a por ellos dentro de un par de horas y si por alguna razón no están aquí cuando vuelva tendrás problemas – Sara hizo una pausa y luego añadió – a mi no me importa pegar a una mujer.
Salimos del gentío del mercado de animales para meternos en otro mucho peor. Después de comprar el resto de las provisiones Tirós nos llevó a “El Duende” una taberna de mala muerte situada en la calle más concurrida del mercado. Era un local oscuro solo iluminado por el ventanal del techo y alguna que otra lámpara de gas. Al entrar barios de los hombres apoyados en la barra se giraron pero ninguno nos presto más atención de la debida. Con la misma consideración pasamos ante ellos y nos sentamos en la mesa más apartada y oscura del local. La tabernera vino unos segundos después, era una mujer de constitución fuerte si bien poseía una cara bonita
— ¿Que queréis?
— Tráiganos una gran jarra de aguamiel y un cordero – dijo Tiros.
La camarera se fue y al rato volvió con una gran jarra y siete vasos.
— ¿Cómo sabias que la chica cedería? – preguntó entonces Esmile a Sara
— Bueno mientras Ambio regateaba con la chica me fijé que el vendedor del otro puesto no nos quitaba ojo – interrumpió la historia para beber un trago de su vaso - así que supuse que debían tener alguna que otra rencilla, lance la jugada y me salió bien.
En ese momento regresó la tabernera con el cordeo asado. Comimos y bebimos hasta saciarnos, hablábamos de cualquier cosa menos de lo que haríamos a continuación. Ricio cantó una canción dedicada a no sé que batalla mientras Tirós nos contaba a Sara y a mí la historia de cuando lucho contra una horda de Simos (unos seres irracionales y prehistóricos que viven en los mares Perdido). Ambió escuchaba atentamente la historia de Tiros negando con la cabeza cuando creía que este exageraba. Y Calson subido ya un poco de tono acompañaba a Ricio en la canción que ya llegaba a su fin. Esmile por el contrario parecía ausente, no podía verle la cara ya que tenía echada la capucha pero estaba rígida y su copa seguía intacta.
— ¿Ocurre algo malo? – pregunte con disimulo.
— Hay un tipo sentado en esa esquina ¿lo ves?
Ni siquiera conseguía ver la esquina. La luz de la ventana no llegaba hasta allí y la lámpara, si es que la había, estaba apagada.
— No veo nada Esmile ¿estas segura de que hay alguien?
— ¿Crees que nos siguen? – pregunto Ambio que había estado escuchando la conversación
— No estoy segura pero es posible, entro poco después que nosotros, se sentó en esa esquina y apagó la lámpara.
— Deberíamos asegurarnos – dijo Sara.
— Estoy de acuerdo - dijo Ambio - esto es lo que haremos – Todos escuchaban atentamente aunque Ricio y Calson siguieran cantando (ahora una canción de amor) y Tirós hiciera con que hablaba sin parar – saldremos en grupos escalonados a ver que hace, luego nos reuniremos en la posada El Caminante.
— Me parece una buena idea – dijo Tirós.
En primer lugar salieron Calson y Tirós pero el hombre ni se inmuto. Unos segundos después abandonaron el local Ambió y Ricio con idéntico resultado. Después nos tocó el turno a Sara, a Esmile y a mi.
En cuanto salimos por la puerta echamos a correr mezclándonos con el gentío que deambulaba de puesto en puesto. Era una calle larga y estrecha que terminaba en una pequeña plaza repleta de puesto de comida. De la plaza salían tres caminos, el más cercano era una calleja estrecha y empinada. Un poco más allá, en el otro extremo de la plaza había una calle no tan estrecha y entre medio de los dos unas escaleras solo transitable por gente muy, pero que muy delgada.
En la esquina que unía la plaza con la primera calleja había una tapa del alcantarillado. Con una fuerza sorprendente Esmile levanto la pesada reja de hierro y nos empujo a dentro para luego meterse ella. Unos segundos después apareció por la calle y a la carrera el improvisado escolta. Sin duda era un soldado, no llevaba ningún distintivo a la vista pero su forma de moverse y sobretodo la espada que el llevaba al cinto, descubrían su formación. Al no vernos en la plaza se acercó a un puesto cercano, no podía escucharles hablar desde la alcantarilla, pero tampoco me hizo falta, sabía perfectamente cual era la pregunta. El solícito dependiente le señaló el callejón. Sin prisas el soldado escolta se encaminó hasta la entrada del callejón y permaneció allí quieto escuchando, si le daba por mirar al suelo nos descubriría, pero no lo hizo, siguió caminando muy despacio volviendo la cabeza atrás a cada instante.
Estuvimos esperando dentro de la alcantarilla cinco largos minutos antes de salir. El soldado bien podía estar esperándonos escondidos en la calleja pero yo no aguantaba mas el hedor pestilente que desprendía las aguas residuales de la ciudad (por decirlo finamente). Regresamos por donde habíamos venido. Ya no teníamos el problema de chocar contra la multitud, ella sola se apartaba de nuestro camino mirándonos con repugnancia. Cuando llegamos a la taberna nos escondimos en el callejón que había entre esta y el local de al lado. Estuvimos esperando unos minutos la aparición del soldado, pero este no se presentó.
Lo siguiente fue buscar una fuente o pozo donde poder lavarnos, gracias a dios encontramos un pozo no muy lejos de allí, si llegamos a tardar un poco más mi glándula pituitaria hubiera emigrado a narices mas limpia



El joven soldado llegó ante la puerta de los aposentos del general Somred con la respiración entrecortada pero decidido a entrar, ya no podía echarse atrás, no habiendo llegado tan lejos. La puerta estaba entreabierta, respiró profundamente y entro.
Al entrar no vio a nadie, más estaba seguro de haber escuchado dos voces procedentes de la habitación. Cuando se disponía a examinar el dormitorio escucho a su espalda un silbido, como el ruido que produce una espada al rozar con el aire. Giro rápidamente su cuerpo al tiempo que desenvainaba su espada y aprovechando el impulso del giro lazó una estocada baja, directa al vientre, que el asaltante escondido detrás de la puerta detuvo con suma facilidad. Las espadas chocaron un par de veces más, pero su atacante era mucho más fuerte y el joven soldado acabó tendido en el suelo y desarmado. Sin embargo, en el momento en el que el asaltante se preparaba para rematar el combate, el soldado, que no estaba dispuesto a rendirse tan pronto, propinó una patada al tobillo de su adversario, desequilibrándolo y proporcionándole el tiempo necesario para rodar hasta donde estaba tendida la espada. Para cuando su contrincante recupero el equilibrio el soldado ya estaba preparado para continuar con la pelea.
— No sé si eres valiente o estúpido pero pagarás caro esta osadía – dijo el general Somred saliendo de entre las sombras con la espada apoyada en el hombro,
— Si me matas mi general no sabrás el motivo de mi osadía – la voz del joven se mantuvo firme pues sabía que la información que traía le proporcionaría una recompensa.
— Habla ahora y tendrás una muerte rápida
El soldado envainó la espada
— He encontrado a las personas que buscas.
Somred con la espada todavía apoyada en su hombro cruzo la habitación y con clama se sentó en una silla.
— ¿Como te llamas soldado?
— Sord.
— Bien Sord que tienes que contarme.
— Esta mañana ha entrado en la ciudad una caravana que transportaba licor, es un grupo ya conocido en la ciudad, en total lo componen cuatro hombres y una hembra Felimbre, lo extraño es que esta vez les acompañaba un chico y una chica.
— Descríbemelo.
— Es alto y fuerte con el pelo rizado de color paja, vestía una túnica hecha sin duda para una persona más alta, por ejemplo un Felimbre, y llevaba un arco bastante rudimentario colgado a la espalda. Pero lo más extraño de todo es que tanto la mujer como el chico se movían de forma extraña, como si fueran niños que entrarán por primera vez en una ciudad.
Un resplandor traspasó el cinturón del general Somred, este sin darle importancia preguntó
— ¿Dónde podemos encontrarlos?
— Estuvieron comiendo y bebiendo en la taberna del duende pero allí se separaron, seguí al grupo donde estaba el muchacho y la Felimbre – por primera vez la voz del soldado tembló – pero los perdí
Somred se levantó, y con la espada todavía apoyada en el hombro, recorrió la habitación, cogió una botella de una mesa, se sirvió y volvió a sentarse.
— ¿Dónde?
— En el mercado.
— Eso no te ayuda mucho ¿verdad? ahora podrían estar fuera de la ciudad y tu información, como tu vida no valdrían nada.
— No han salido, he dado ordenes de que me avisaran si eso ocurría, además creo saber donde puedo encontrarlos pero tenemos que darnos prisa sin duda preparaban la partida.



Ambio nos esperaba escondido en la puerta de la posada El Caminante, un edificio de dos pisos de altura construido en ladrillo y piedra.
— Vamos no podemos quedarnos aquí.
— Maldita sea, ya me había hecho a la idea de dormir esta noche en una cama como Dios manda – protesto Sara
Seguimos a Ambio por media ciudad hasta llegar a la zona más pobre, justo a los pies de la muralla sur. Miraras por donde miraras encontrabas mendigos tendidos en el suelo y mujeres de mala vida ofreciendo sus servicios en las esquinas. Nuestro destino final fue un local medio derrumbado y cochambroso llamado “El ladrón” aunque una vez dentro el establecimiento mejoraba bastante. Los techos y paredes que desde fuera parecían apunto de ceder, por dentro estaban enyesados y pintados, y los suelos eran de la mejor madera pulida. Había una larga barra que prácticamente deba la vuelta al local, y del techo colgaban enormes lámparas de cristal que iluminaban cada rincón. Mujeres con poca ropa se paseaban de un lado a otro sirviendo bebidas y ofreciendo otra clase de servicio. Aunque lo que realmente atraía a los asiduos del aguamiel eran las mesas de juego esparcida por todo el local.
Ambio se dirigió a la barra, saludó al barman y subió por una estrecha escalera que había tras unas cortinas de terciopelo con nosotros siguiéndole los pasos. Ya en lo alto dos hombres nos cortaron el paso.
— Déjanos pasar nos están esperando – les ordenó Ambio.
Entonces uno de los hombres pareció reconocerle y haciéndose a un lado dijo:
— Perdón señor Ambio no le había reconocido,
Ricio, Tirós, Calson y un hombre sin identificar nos esperaban en una habitación sentada alrededor de una mesa bebiendo aguamiel.
— Bienvenidos a mi humilde local – dijo el desconocido - me llamo Azcel y estaré encantado de teneros en mi mesa.
— ¿Le seguiste? – preguntó Esmile a Ambio sin tan si siquiera mirar a Azcel.
Aunque la conversación empezaba a no tener sentido, adiviné que Ambio había decidido hacer de escolta de nuestro escolta, eso explicaba la segunda parada a la taberna “el duende”.
— Después de perderos a vosotros – explico – fue directamente al palacio de Preisus donde se hospeda el general Somred
— ¿Estás seguro?
— Si – contestó Azcel – llegó hace dos o tres noches acompañado de diez de sus hombres y nada mas llegar ordenó registrar todas las posadas, graneros o tabernas. Los soldados del Mariscal Preisus tenían órdenes de detener a todos los muchachos de la ciudad – me señalo con la boca de la botella – todos los que tuvieran tu edad.
— Entonces tendremos que partir esta misma noche – apunte yo. La expresión en los ojos de Esmile cuando Ambio había pronunciado el nombre de Somred era de autentico rencor y odio, y no me apetecía nada tener un encontronazo con ese tipo.
— Todas las puertas de la ciudad han sido cerradas, además son vigiladas día y noche por un regimiento de soldados. Por allí es imposible salir.
— Estamos atrapados – gritó Sara
De repente comprendí el error que había cometido al entrar en la ciudad y que por ese error había vuelto a poner a personas en peligro.
— No querida muchachita, no todas las salidas están vigiladas – siguió explicando Azcel - En tiempos de las primeras guerras esta ciudad estuvo gobernada por un gran hombre que mandó construir túneles para poder evacuar a los ciudadanos de manera segura mientras las fuerzas de la ciudad la defendían. Durante mucho tiempo los túneles estuvieron olvidados y sellados, hasta que en la gran guerra fueron reabiertos por las fuerzas de la luz. Hay muy pocas personas que conozcan esta información y entre ellas no se encuentra nuestro querido Mariscal, así que podéis utilizar esos túneles para salir con cierta seguridad. Solo hay un inconveniente... – en ese momento llamaron a la puerta
— Perdón señor pero ya están aquí – el mismo hombre que nos había dado el alto en la escalera asomaba ahora la cabeza por la puerta.
— Bien ya sabéis que tenéis que hacer – respondió Azcel.
No hacía falta que especificaran quienes eran, de un tiempo a esta parte me había vuelto muy perspicaz. Prepare mi arco y busque alguna ventana desde donde pudiera disparar. Hasta ese instante no me había fijado en la habitación. Estaba decorada con un muy buen gusto y mejores materiales, pero, aunque había cortinas colgadas en las paredes, no había ventanas tras ellas. La habitación estaba cerrada a cal y canto. La única salida era la puerta por la que habíamos entrado y lo mismo ocurría en la parte de abajo.
— Volvemos a estar atrapados, si consiguen entrar estamos perdidos.
Azcel sonrió, apuro su último trago y le indico a Calson que le ayudara a apartar la mesa, debajo de la alfombra había una trampilla y detrás de ella otras escaleras.
— Ya ves muchacho, yo también soy un tipo listo.

No hay comentarios: