13
El sueño
La oscuridad de la noche nos envolvió de nuevo, la cuarta desde que habíamos salido de Paranfor. La enorme figura de la montaña del oso era ahora una gran sombra que nos hacía sombra durante el largo viaje.
Estaba completamente exhausto y mi cuerpo pedía a voces un descanso, y para variar una comida caliente. Tenía las piernas, y lo que no eran las piernas, doloridas de tantos días de continuo botes a lomos del caballo, y para colmo de males la herida del hombro no terminaba de cicatrizar y en cuanto me descuidaba comenzaba a sangrar. Aunque lo peor de todo era el penetrante dolor que se me clavaba en el hueso a cada movimiento. Sara no tenía mejor aspecto, aunque sin duda lo disimulaba mejor que yo. Cansado me acerqué a Ansel que cabalgaba delante de mí.
— Oye o paramos a descansar o tendré que seguir en camilla
Ansel me miro y enseguida sus ojos se desviaron al hombro donde la herida volvía a sangrar. Luego asintió y fue a detener a Tinsel que encabezaba la marcha.
— ¿Qué pasa ahora? – pregunto Sara cuando llego a mi altura
— Paramos a descansar
— Gracias a dios, una noche más durmiendo encima de este animal y me tiene que recoger con pinzas. En las películas del oeste esto de viajar a caballo parece más divertido.
A la hora de montar el campamento a Sara y a mi nos toco lo que en principio era la tarea más fácil, recoger leña para la hoguera, pero después de descubrir que la arboleda más cercana se encontraba a media hora de dura marchar, aquello se convirtió en una misión imposible. Así que no era de extrañar que cuando por fin conseguí ponerme en posición horizontal me quedara profundamente dormido. Me quede tan sopa que no me di cuenta de que Iles después de quitarme la camiseta con cuidado me aplicaba un ungüento sobre la herida.
Cuando abrí de nuevo los ojos, ya no estaba tirado en el duro suelo. Volvía a estar recostado en la cama de sabanas blancas y mi cuerpo había regresado a la edad de dos años. El perro también era pequeño y estaba sentado junto a mí, lamiéndome la cara. Aunque la habitación estaba igual, había un aura diferente. Las cortinas se agitaban como si alguien estuviera atrapada en ellas, y dentro del espejo, escondidos en las esquinas, se movían figuras sin forma definida. La habitación ya no era cálida ni acogedora, sino fría y siniestra. Salte de la cama y me dirigí a la puerta, con el perro detrás, pero a dos pasos esta se abrió y ante mí apareció la misma mujer. Llevaba puesta la misma ropa, además de una capa blanca con la que se cubría el rostro, extendió su mano y sin dudarlo la cogí, entonces sentí que agarrado de su mano todos los problemas se desaparecían y el miedo que momentos antes me atemorizaba se desvaneció.
Corrimos por pasillos de paredes blancas, bajamos y subimos innumerables escaleras hasta que por fin llegamos hasta un gran patio de caminos enlosados, franqueados por setos perfectamente recortados, y repletos de macizos de flores de todos los colores. También había árboles frutales de todo tipo, y varios arbustos con forma de animales mitológicos que se mezclaban con esculturas de piedra gris. El ambiente tenía un olor a madreselva, a romero y jazmín
Recorrimos despacio y en silencio los senderos. El último camino terminó en un estanque de aguas profundas y cristalinas, situado justo en el centro del patio, allí donde se cruzaban todos los caminos. En ese instante la mujer levanto las manos hasta la altura de los hombros e inició una letanía. Y mientras ella murmuraba palabras inconexas, el agua del estanque, antes transparentes, adquirió un color violáceo, y sin más toda aquella masa de agua comenzó a girar, primero lentamente y luego a más velocidad, hasta que al pronunciar la mujer la última palabra todo se detuvo. Entonces, de repente en el centro del estanque las aguas se abrieron y de la abertura salieron destellos dorados.
El roce del perro al girarse, gruñendo a la oscuridad, consiguió desviar mi atención del chorro de luz y al volverme pude ver una sombra escondida detrás de un gran seto con forma de dragón. Otra figura se movía junto a un naranjo y otra más se ocultaba detrás de la estatua de una hermosa mujer. No parecían humanas y tampoco se movían como seres humanos pues nada más verla desaparecían para luego reaparecer mucho más cerca, aunque siempre ocultas detrás de algún objeto. La mujer no se daba cuenta de la presencia de las sombras, porque en ese instante las aguas luchaban por volver a recuperar su natural movilidad, y la luz que salía de la abertura se hacía a cada instante más oscuras.
Al volverme de nuevo hacia el patio me encontré de frente con una de las sombras. Todo en él era oscuridad aunque a la vez era traslúcido, incluso a una distancia tan corta los contornos seguían sin estar bien definidos, pero podía diferenciarle de la oscuridad que le rodeaba, y que parecía surgir de él. No tenía rostro, ni tampoco manos, en su lugar solo había una concavidad rodeada de pústulas infectadas de las que manaba un verdoso pus. Olía a repollo podrido y a lilas, una combinación que consiguió que me entraran ganas de echar hasta la primera papilla. Intenté retroceder pero tropecé con la verja que rodeaba el estanque. La sombra estaba ya tan cerca de mí que si estiraba la mano podía tocarla. Trepé por el enrejado, y al pretender saltar el camisón se engancho tirándome hacia atrás, no me puede agarrar a tiempo y caí arañándome la pierna con uno de los hierros. Miré a mi alrededor desesperado, la mujer seguía luchando por mantener el hechizo y no podía ayudarme. El perro también estaba ocupado defendiendo a la mujer de otra sombra que pretendía atacarla por la espalda. Entonces sentí el roce de aquella imitación de mano sobre mi cara y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Cerré los ojos para no ver como aquella cosa me devoraba, pero cuando nada sucedió volví a abrirlos, entonces vi al perro que erguido sobre sus cuartos traseros desgarraba la garganta de la sombra.
Cuando mis paralizadas piernas respondieron por fin a mis órdenes eché a correr hacia la mujer que una vez más repetía la letanía, con mayor intensidad. Entonces un relámpago de luz dorada salió de la abertura creada en el centro del lago, proyectándose en el cielo. La luz borró de un solo golpe toda la oscuridad y luego se fraccionó convirtiéndose en líneas que se unían y cruzaban para adquirir la forma de dos circunferencias concéntricas. Dentro de la esfera más pequeña apareció el dibujo de una puerta abierta y entre ambas la palabra puerta, solo que no estaba escrita en mi idioma, sino en Orseo. Cuando el dibujo estuvo terminado dos finas hebras de luz descendieron del cielo y llegaron hasta mí rodeándome; aun cegado por la brillante luz, pude sentir como mis pies se alzaban del suelo. Luche buscando algo a lo que aferrarme, pero todo lo que había a mi alrededor era un dorado vacío. Al pasar junto a la mujer pude ver sus ojos azules cubierto de lágrimas y un mechón rubio suelto al viento.
— Te quiero hijo - alargó su mano pero no hizo ningún intento de cogerme.
Desesperado bracee intentado acercarme a ella sin conseguir otra cosa que agotarme. El resplandor era ahora tan intenso que me obligó a cerrar los ojos, y ya solo pude sentir un agradable calor golpeándome la cara. Entonces cuando la tranquilidad era absoluta, una devastadora energía tiró con fuerza de mi estomago precipitándome al vacío.
Desperté en mitad de la noche junto a Sara y el perro. Volvía a estar en no se sabe donde, echado sobre el duro suelo a pesar de tener el cuerpo hecho polvo, y todo para llegar a algún lugar desconocido, entregarle al magnifico Maestre el medallón y hacer a saber que. Y además a todo esto había que añadirle el hecho de que nos perseguía el demonio más temido de los últimos tiempo, un general loco y un Felimbre renegado, vamos como para no estar enfadado.
Al incorporarme me di cuentan de que estaba desnudo de cintura para arriba y una veda pesada y húmeda me cubría el hombro herido.
— Estás bien muchacho – la voz de Ansel me sobresaltó
— Si, he tenido un sueño y...
— Los sueños solo son sueños, no debes asustarte por soñar
— No estoy asustado – respondí malhumorado – solo digo que fue tan real que...
Entonces me acordé, con cuidado para que no se cayera la venda me remande la pernera del pantalón, y allí estaba la cicatriz minúscula, casi desaparecida.
— No fue un sueño.
Ansel me miró preocupado, una expresión que se le había hecho frecuente cada vez que me miraba.
— ¿Qué soñaste o recordaste?
— Bueno ahora todo está confuso, pero estoy seguro de una cosa, mi madre estaba allí – mire fijamente a Ansel, pero la expresión de su rostro no cambió – y también el medallón, o por lo menos su dibujo. El resto es una mezcla de luces y sombras.
— Debes descansar, mañana iniciaremos la subida de la montaña y me temo que no será fácil.
— ¿Conociste a mi madre? – la pregunta se me escapó antes de poder evitarlo, llevaba tiempo pensando como hacerla, y de seguro no era esta la manera que había imaginado.
Ansel se levanto para arrojar unos maderos al fuego, procurando en todo momento no mirarme a la cara. Por fin volvió a sentarse a mi lado.
— ¿Por qué piensas eso?
— Pensé que como conocías a mi padre pudiste también conocerla a ella.
— Y porque das por hecho que le conocí.
— Tu mismo lo dijiste, recuerda en la sala del trono “eres tan cabezota como tu padre”. Me costo bastante recordarlo pues no sé porque cada vez que lo intentaba acababa con dolor de cabeza, pero al final lo hice.
Tardo un instante en responder, pero cuando al fin lo hizo en su expresión había un sutil deje de tristeza.
— Si, conocí a tu padre.
— ¿Cómo lo conociste?
— Es una larga historia y tú necesitas descansar.
Sentí como la furia me ardía en el rostro.
— ¿Cómo lo conociste?
Suspiró con fuerza y comenzó a hablar.
— Yo estaba en unos de mis muchos peregrinajes por las tierras altas cuando sentí una perturbación. Desde pequeño se nos adiestra para este momento, pero la verdad es que nadie puede prepararte para eso, y por muchas veces que las sientas siempre te produce el mismo efecto. El estomago comienza a saltar como si te hubieras comido millones y millones de saltamontes, y todos los sentidos se te aceleran, pero cuando crees no poder aguatar más, que todo en tu cabeza va a estallar surge de la nada una melodía, es tan dulce que te sumerge en un mar de paz, no sé si puedes llegar a comprenderme.
— Es una melodía simple y pegadiza pero a la vez hermosa y magnífica, que cuando las escuchas es como si supieras que nada malo pudiera alcanzarte, todos tus problemas desaparecen y solo quedas tú y la música.
— Exacto, ya veo que te suena
Hice una mueca
— Bueno, la música estuvo sonando en mi cabeza unos minutos y cuando paro estaba a más de treinta kilómetros de donde recordaba que estaba. Todo estaba muy oscuro, la única luz procedía de la puerta semicerrada, y allí tirado en el suelo estaba tu padre. Al principio pensé que un joven Felimbre se me había adelantado y que la sorpresa y el esfuerzo lo habían dejado inconsciente, pero la sorpresa me la llevé yo cuando vi que solo era un hombre.
— ¿Qué paso después?
— Pues le llevé a mi pequeña cabaña y le cuide hasta que recuperó las fuerzas, luego simplemente ocurrió lo que tenía que ocurrir, nos hicimos amigos, buenos amigos, tu padre no dudo un instante en ofrecernos su ayuda en la guerra – suspiró mirando al cielo – pasamos tantos buenos momentos juntos y en noches como estas sentado frente a una hoguera me contaba todas las cosas maravillosas que hay en tu mundo ¿Es verdad que existen aparatos que vuelan?
— Si, se llaman aviones.
— ¡Maravilloso! eso es algo que me gustaría ver
Se produjo un silencio solo roto por los ocasionales ronquidos de Murik y el chisporreteo del fuego
— Tarde mucho – continuó Ansel fijando de nuevo la mirada en la hoguera – en descubrir la verdad sobre como había llegado tu padre a este mundo.
— Creía que había atravesado una ruptura del continuo espacio tiempo.
— Si, yo también lo pensaba hasta que un día él mismo me describió lo ocurrido aquella tarde.
— ¿Entonces cómo lo hizo? – pregunté al ver que Ansel no continuaba.
— Alguna vez has escuchado con absoluta claridad un río correr pero sabías que no había ninguno cerca, o a alguien gritar cuando te encontrabas en la más absoluta de la soledades - preguntó Ansel
Asentí recordando aquella tarde en el metro cuando escuché perfectamente las aspas de un molino, y que achaqué al ventilador del aire.
— Quiero que entiendas una cosa, existen infinitos mundos e infinitas realidades que se mantienen unidas gracias a la materia Unigenia. No puedo explicarte lo que es esa materia pues necesitaría varios meses, pero para que lo entiendas es como si infinitas habitaciones estuvieran separadas por muros y que gracias a dichos muros todas la habitaciones se armonizan. Sin embargo a veces ocurre que un muro es tan fino que una persona sensible puede percibir el mundo paralelo al tuyo, y si tienes el don puede plegar la materia ocasionando lo que conocemos como una puerta. Tu padre nunca pretendió hacerlo, e incluso mientras me lo contaba fue incapaz de explicarme como lo logró, pero aquella tarde tras, según él, sentir la percepción más intensa de toda su vida plegó la materia. Aquel hombre, uno de mis mejores amigos, era el único hombre que conozco que tenía el don de abrir puertas.
Por instante no supe como reaccionar, estaba tan aturdido que ni siquiera tenía una idea clara de lo que sentía en ese instante.
— Pero Esmile me dijo – conteste intentando aclara mis ideas – que solo los felimbres, no, que solo los guardianes supremos podían abrir puertas, y mi padre era humano.
— Esta regla solo se aplica en Angemund, no en la tierra.
— Entonces él regreso a casa abriendo su propia puerta, el colgante nada tuvo que ver - miré a Sara que dormía plácidamente apoyada sobre el lomo del perro, y el miedo y la rabia que había sentido al despertar me invadieron de nuevo – pero yo tengo que encontrar la forma de abrir una puerta, tengo que llevar a Sara a la tierra.
— Quién dice que no lo harás, cuando lleguemos junto Maestre haremos todo lo que sea necesario para lograrlo.
— Gracias – murmuré.
— Todavía no me has respondido a la pregunta original – dije tras unos minutos de silencio.
Ansel no respondió enseguida, se quedo allí mirando el fuego, luego lentamente se volvió y me miro a los ojos.
— No llegue a conocerla - la verdad no era la respuesta que esperaba y debió de notárseme en la cara porque se apresuro a añadir - la vi en una ocasión, pero fue mucho tiempo después cuando supe quien era.
Algo en la forma de hablar me dijo que había algo más que me ocultaba
— Entonces está muerta
Ansel negó con la cabeza
— ¿Qué no esta muerta?, o ¿qué no lo sabes?
Aguarde unos minutos una respuesta, pero el Felimbre había vuelto la vista al fuego
— Contéstame Ansel ¿que es lo que no quieres contarme?
Este siguió sin responder. De repente ya no lo pude aguantar más, me levante tan rápido que la venda se me cayó al suelo.
— Hace una semana mi vida era de lo más normal, todo mi tiempo trascurría entre la universidad y el deporte, por el amor de Dios, mi mayor problema era tener el valor suficiente para invitar a Sara a salir y te juro que maldigo la maldita hora en que lo hice – las palabras salían de mi boca tan deprisa que ni yo las entendía, aún así no me detuve - pero de repente, y sin saber como, me encontré en este lugar extraño, metido en un problema de narices que no entiendo y tampoco he empezado. Y para colmo las personas de las que supuestamente tengo que fiarme me ocultan cosas
— Cálmate ya sé que es duro pero debes confiar en mi - avanzo hasta quedar a mi altura – tu padre lo hacía
— Seguro que lo haría, pero sabes que, yo no soy como él, yo no dejaría a mi hijo solo en el mundo, ni me moriría en un estúpido accidente – lo había dicho, por fin lo había dicho. Sentí como la ira me abandonaba, pero era inmediatamente sustituida por rencor, miedo y una pena que me oprimía el corazón.
Note la larga mano de Ansel sobre mi hombro, era tranquilizadora y fuerte. Con un impulso que no pude resistir tiro de mí hasta hacerme sentar otra vez sobre la manta, luego sin soltarme el hombro me obligo a echarme de nuevo. Entonces se levantó, fue hasta la bolsa de Iles y regreso con más venda y ungüento.
— Tienes motivos para enfadarte, debió contártelo, debió decirte quien eres. Pero no puedes culparle por su muerte, no creo que él quisiera dejarte solo – retiró con cuidado la sangre que manaba de la herida y extendió de nuevo el ungüento. Apreté los dientes pues un latigazo de dolor me recorrió el brazo – también tienes razón te oculto algo, pero no me preguntes, pues no soy yo quien debe responderte, aún así te pido que confíes en mi, llegado el momento sabrás todo la verdad - con igual fuerza me levantó, lo justo para vendarme la herida – y ahora descansa mañana será un día duro.
Pero aunque en verdad estaba muy cansado, aún tenía una pregunta.
— ¿Por qué se quedó mi padre en este mundo?
Ansel me miró con media sonrisa en los labios.
— Quería escribir un libro, y este mundo era tan bueno como cualquier otro, al menos eso era lo que él aseguraba.
— Me alegro que lo hiciera – dije antes de quedarme dormido
La luz del sol me despertó a la mañana siguiente. Al incorporarme vi que era el único que aún dormía. Sara se sentó junto a mí y me ofreció un cuenco con agua. En su rostro había aparecidos ojeras y alguna que otra muestra de fatiga a pesar de que ella era la única que había descansado toda la noche.
— Tienes un aspecto espantoso – dije tras el primer trago.
— Eso lo dices porque no has te visto el careto.
Todavía seguíamos riendo cuando montamos en los caballos y los espoleamos para alcanzar a los demás. Inmediatamente después Murik e Iles se colocaron a nuestra espalda. La formación no había cambiado nada desde que habíamos salido de Paranfor, Tinsel y Ambio encabezaban la marcha seguidos de cerca por Ansel, Calson y Esmile, luego nosotros y por ultimo los otros dos Felimbres. El perro era el único que marchaba sin orden ni concierto, generalmente trotaba a mi lado o al lado de Sara, pero cuando le daba la vena desaparecía durante horas para luego reaparecer más contento que unas castañuelas. Mientras cabalgábamos le conté a Sara mi sueño y la conversación mantenida después con Ansel.
Siguiendo la predicción de Ansel, el camino se hizo más duro al comenzar la ascensión a la montaña del oso. Aunque no me hacía gracia el continuo paisaje de la llanura, lo prefería a las rocas y riscos que bañaban la ladera de la montaña, y a sus estrechos y empinados caminos, donde cualquier resoplido provocaba un desprendimiento. Las únicas muestras de vegetación que podían verse eran raquíticos arbustos y algún que otro árbol apoyado sobre una peña, como si no pudiera mantenerse en pie sin su férreo apoyo.
Cuanto más avanzaban los días, más empinado era el camino y los grados bajaban como si estuvieran en un tobogán. Además los agudos pinchazos que me proporcionaba el hombro a cada movimiento me provocaba mareos y un continuo cansancio y por eso mi humor no es que estuviera en su mejor momento.
A eso de la mitad de la montaña el camino se cortaba en un enorme desfiladero, con una caída como mínimo de unos veinte metros, y otros treinta la distancia que esperaba las dos orillas, por allí era imposible seguir. Tinsel se aproximo al borde y cogió la cuerda más gorda que había visto en mi vida, por un momento me lo imagine haciendo escalada, saltando de roca en roca como una pantera, y a pesar del agotamiento una sonrisa apareció en mi boca. Pero cuando Tinsel tiro más fuerte también pude ver lo que estaba unido a la cuerda y la sonrisa desapareció, lo que el Felimbre sostenía en la mano era los restos de un puente. Con más rabia que fuerza lanzó los restos a las profundidades del cañón y si no hubieran estado profundamente anclado al suelo rocoso se habrían estrellado en el fondo. El perro también se aproximo al borde seguido de Sara, de improviso un fuerte aire les empujo hacia atrás para luego lanzarlos hacia delante, y a punto estuvieron de ser arrastrado hasta las profundidades del cañón.
— Menudo aire, no me importaría nada tener cerca un parapente
La mire sorprendido
— Tú practicabas acampada y tiro con arco y yo vuelo sin motor – añadió como única explicación.
Todavía con la cara de lelo me acerque hasta donde estaba el resto del grupo.
— Tendremos que retroceder y rodear la montaña – escuche decir a Esmile cuando me senté.
— Y ¿qué hacemos con el general loco? – pregunto Sara
Con gesto rápido Esmile monto y blandió la espada con la clara intención de aniquilar al aire que en este caso hacía de general.
— Para Esmile que ya lo hemos entendido – Sara empuñó el mejorado cayado que Calson la había hecho como pago por sus clases de lectura – yo estoy preparada.
— No creo que esa sea la mejor solución – dijo Murik detrás de mí.
— ¿Es que hay otra solución? – dije volviéndome hacia él, cualquier cosa sería mejor que enfrentarse de nuevo al maldito demonio, incluso bajar haciendo escalada.
— Está el paso del duende - dijo Ansel detrás de la enorme espalada de Murik
Esmile miro a Murik, luego desvió la vista hacia Ansel
— Pero, y los duendes – exclamó Calson que se había puesto de pie de un salto – señora no se si es buen idea, estáis dispuesta a arriesgaros.
Esmile me miro, después miro a Sara y por último asintió. Era la primera vez desde que nos habíamos unido al grupo, que Calson trataba directamente con Esmile, y me sorprendió ver el respeto que había en su voz.
— Prometimos llegar hasta el final del viaje y si ese es el camino a seguir, lo seguiremos
Calson volvió a sentarse a su lado, aunque con el rabillo del ojo oteaba el horizonte en busca de alguna otra salida.
De los comentarios de aquí y allá pude averiguar que el paso del duende era un lugar prohibido porque estaba ocupado por nada más y nada menos que duendes, pero no por duendes del tipo David el gnomo, sino por criaturas repugnantes con cara de tronco, grandes ojos saltones y dientes puntiagudos capaces de desgarrar a una persona en menos que canta un gallo. Pero su mayor cualidad era la ser un pueblo irascible y muy vengativo, tanto que ni siquiera los demonios quisieron tratos con ellos. Y a pesar de que nadie había visto un duende en veinte años muy pocos eran los que se atrevían a pasar por allí.
Después de comer un poco de comida fría y una nueva cura a mi hombro (y no es que fuera médico pero se veía peor, o por lo menos a mi me dolía como si estuviera peor, y además la fiebre había hecho acto de presencia) emprendimos el camino de regreso montaña a bajo. Al mirar a tras vi al perro todavía sentado al borde del precipicio, mientras el intermitente aire alborotaba su pelaje blanco. Su peluda cola se movía de un lado a otro arrastrando en cada movimiento la tierra de su alrededor, y de repente me vino a la memoria un episodio del Equipo-A. Estaban en la selva y como siempre les perseguía los malos, entonces Aníbal o Fénix, ahora no recuerdo cuál de los dos, recogía unas ramas e iba borrando con ellas las huellas dejando otras para despistar a los malos. Como todavía no se había formado la comitiva Tinsel trotaba muy cerca de mí, espoleé mi caballo, aunque no con mucha fuerza para que no se me abriera la herida, y me puse a su altura.
— Tinsel dime una cosa ¿conoces bien a Dhopax?, quiero decir su forma de rastrear
Iles que montaba a su lado se quedó blanco al oír el nombre del Felimbre renegado, pero Tinsel me miró con cierta curiosidad
— Él me enseñó todo lo que sé.
— Bueno ¿crees que podremos despistarlo?
E felimbre negó con la mirada.
— Y si vamos borrando nuestras huellas crees que podremos al menos retrasarlo
— ¿Cómo?
— Bueno yo había pensado en atar un par de ramas a los caballos y así las hojas alisarían el terreno cuando fuéramos pasando, aunque tampoco tiene que ser una rama, no sé cualquier cosa que sirva para allanar la tierra.
Tinsel lo pensó durante unos minutos, luego llamo a Murik y le contó mi idea. Media hora después el invento estaba montado sobre los herrajes de los caballos de cola. Murik y Calson habían arrancado las pocas ramas frondosas de un árbol raquítico y las habían atado a los arneses, luego habían colocado un par de manta por encima de forma que también estas arrastraran, y para rematar la obra habían empapado la manta para hacerla más pesada. Por suerte para nosotros la tierra estaba seca, y los caballos no hundían mucho los cascos, lo justo para que el invento sirviera.
—Menuda idea muchacho – grito Murik desde la retaguardia
— Gracias pero no a sido idea mía, el merito es del perro y de la tele.
Me sorprendió que lanzara una carcajada, aunque su respuesta me quedó aún más helado
— Si, es un chisme útil – siguió riendo a pesar de que Sara y yo le acribillábamos a preguntas. Sara repetía ¿cómo es posible? Y yo ¿conociste a mi padre?, Por fin, cuando al chiste se le acabó la gracia, se dignó a responder a todas las preguntas con un simple guiño de ojos.
Después de un día y medio de dura bajada por senderos que por falta de uso habían perdido todo parecido con un camino, llegamos hasta la entrada del paso del duende. Me esperaba otro camino polvoriento repleto de altas piedras, e incluso algún que otro esqueleto emblanquecido por el sol, pero en vez de eso me encontré ante la entrada a una gran gruta.
viernes, 20 de marzo de 2009
martes, 3 de marzo de 2009
capítulo XI Y XII
11
Renegado, amigos y un camino
Cuando conseguí abrir los ojos, después de emplear un par de minutos en adaptar mis pupilas a la luz del sol, apareció ante mí una colina de resplandeciente hierba verde, altas como espigas. Cuatro caballos pastaban tranquilos en la zona alta del cerro donde el pasto era más fresco. En la lejanía las murallas de la ciudad se veían diminutas
Un ruido de pasos a mi espalda consiguió poner a mis cansados músculos en tensión hasta que al cavo de unos instantes salieron de entre unos arbustos el perro seguido de Iles con el arco preparado para la batalla.
— Esta zona está despejada de momento – señalo a su espalda - pero una patrulla bastante numerosa se acerca por el oeste.
— ¿Cuánto tiempo tardarán en llegar? – preguntó Tinsel.
— Una hora.
— Entonces debemos partir enseguida hacia al sur, andando muchacho – y comenzó con enérgico paso la subida de la colina
A ninguno de los Felimbres, a excepción de Esmile, se les ocurrió mirar hacia atrás, donde los demás permanecíamos inmóviles. Al final fue Ambio quien los detuvo.
— Esperar, antes de tomar esa dirección debemos dar un rodeo.
Los cuatro Felimbre se giraron a la vez como si fueran un solo cuerpo.
— ¿Cómo que un rodeo? – preguntó de nuevo Tinsel
Al volver a hablar, Ambio lo hizo con la voz firme y el rostro sereno, lo único que denotaba su vacilación eran sus manos, fuertemente apretadas en un puño.
— Debemos recoger nuestros caballos antes de partir. No podemos ir andando
— El chico puede ir en la grupa con uno de nosotros hasta que encontremos un caballo para él – dijo Iles casi en susurros al oído de Tinsel
Este permaneció unos instantes callado, luego dijo
— No podemos esperaros lo siento, y si volvemos por las cercanías de la ciudad nos pondríamos de nuevo en peligro.
— Iremos de todos modos – sentenció Esmile. Parecía que el hecho de contradecir a Tinsel le producía dolor físico, aun así su expresión era tajante.
Azcel que hasta entonces había permanecido en un segundo plano, fue el siguiente en hablar
— A mí me gustaría acompañaros de verdad pero tengo un negocio que dirigir y ya soy demasiado viejo para las cruzadas – se enderezó y encendió una especie de pipa que sacó de no se sabe donde y sin más se marchó. Pero antes de desaparecer por entre la hierba húmeda añadió – y decidíos de una vez que los soldados no van a aparar a descansar.
Después de marcharse Azcel, lo que no me importo más bien agradecí, decidí zanjar la discusión, por ninguna circunstancia dejaría a Sara sola, y si para ello tenía que luchar contra ellos que así fuera.
— Somos nosotros – agarre la mano de Sara para darle más énfasis a mis palabras - quienes tenemos que ir a donde leches tengamos que ir aunque todavía no sepa por qué, pero os recuerdo que ya no somos unos niños y podemos tomar nuestras propias decisiones. Aunque también sé que sin vuestra ayuda no hubiéramos conseguido escapar, tampoco hubiéramos conseguiremos llegar hasta aquí sin ellos, así que no pienso despreciar la ayuda de ningún amigo - Intenté no precipitarme al hablar y que se me notara tranquilo y creo que lo conseguí.
Ambio puso su mano en mi hombro.
— Está bien, vamos a por vuestros caballos – dijo Murik
— ¿Dónde se encuentran? – pregunto Ansel mirándome como lo haría un abuelo que sabe que su travieso nieto se ha saldo con la suya.
— Unos amigos nos esperan en el bosque del soldado muerto – contesto Ambio señalando las copas de unos árboles altos y robustos que se podían ver desde la cima del conjunto de rocas que era la entrada del túnel - el bosque no está lejos a dos o tres kilómetros detrás de la verde colina.
— ¿Los hombres son de confianza? – Tinsel no parecía molesto por el pequeño motín o por lo menos no lo demostraba, su rostro seguía tan serio como lo pude ver en el túnel.
— Más de una vez he puesto mi vida en sus manos y nunca me han fallado - replico Ambio – sería prudente que nos dividiéramos en dos o tres grupos a fin de movernos con mayor rapidez.
— Si pero también estaremos más desprotegido en caso de un ataque – protesto Esmile
— Nos dividiremos en dos grupos – sentenció Tinsel – el primero rodeará la colina por el oeste y el segundo por el este ¿estás de acuerdo Ambio?
Este asintió
— Muy bien, los muchachos, Ansel y yo por el oeste, los demás por el este
Cogimos dos de los caballos y nos pusimos en marcha. El perro blanco, al que Tinsel no había asignado grupo, siguió caminando muy cerca de mí, aunque estaba seguro de que si el Felimbre le hubiera mandado seguir al otro grupo este se hubiera negado, lo cual, no sé por que, me hacía suspirar de alivio. De lo que no estaba tan seguro era de si Tinsel había ignorado la presencia del perro o si simplemente lo sabía y no se molestó en mencionarlo. Y si así era no pude evitar preguntarme ¿qué más sabían ellos de lo que estaba pasando?, Y lo más importante ¿sabrían la forma de salir de este mundo? En mi subconsciente se formaba otra pregunta pero intente no pensar en ella por el momento.
Tan metido estaba en mis pensamientos que a punto estuve de caerme del caballo en que Ansel y yo avanzábamos, pero las fuerte manos del felimbre me agarrado a tiempo. Al mirarle agradecido se me encendieron varias luces de emergencia y en mi disco duro un recuerdo pasó a cámara rápida. Era algo importante y estaba relacionado con el felimbre sonriente. Pero al intentar concretar de qué se trataba de repente mi mente se llenó de destellos verdes con cabeza de serpientes, provistas de dientes puntiagudos que se me clavaban en la carne. Y de cuernos rojos, de los que salían más rayos verdes. Entonces un dolor agudo me recorrió la espina dorsal consiguiendo que todo a mí alrededor bailara la danza del libre albedrío. Las manos de Ansel me agarraron de nuevo con más fuerza que antes.
— ¿Está bien muchacho?
— Si – el dolor remetía, y la tierra lentamente volvía a estar bajo las leyes de la física – no sé que me ha pasado solo intentaba recordar – la larga y rosada lengua del perro vino a consolarme y luego sin saber como me encontré subido en su lomo.
Tinsel frenó a su caballo para ponerse a nuestra altura. Me miró preocupado y luego le dirigió a Ansel una mirada inquisitoria. Sara también me miraba preocupada desde la grupa del caballo de Tinsel. Intente decirle que no se inquietara cuando se apoderó de mí la obligatoria necesidad de dormir. Ayudado con los suaves movimientos del perro me acerque a la peluda oreja del animal.
— Por favor quiero estar despierto para ayudar si llega el momento – no sé por que, pero estaba seguro de que mi repentina modorra era debida al animal.
No tardamos mucho en llegar a los límites del bosque y para entonces volvía a estar completamente despierto. Más que un bosque era una pequeña arbólela de altos pinos. Aun así las ramas bajas impedían que siguiéramos avanzando a lomos de los caballos o del perro en mi caso, así que seguimos caminado. Cuando llegamos a uno de los senderos que recorrían el bosque los Felimbres se pararon en seco moviendo sus puntiagudas orejas de abajo a arriba sin control, al tiempo que el perro olfateaba el aire, gruñía y mostraba amenazadoramente los colmillos.
— Escondeos – ordeno Tinsel, y en un abrir y cerrar de ojos los dos Felimbres, el perro y los caballos habían desaparecido
Yo sin embargo por mucho que miraba a todos lados no encontraba ningún arbusto o roca lo suficiente grande como para esconderme, y Sara parecía tener el mismo problema. En una de las frenéticas miradas en busca de un posible escondite me di cuenta del más obvió.
— Sara a los árboles deprisa.
Nos subimos a la rama salvadora justo cuando por el sendero aparecieron cinco soldados armados. Llevaban desde espadas hasta arcos, y seguro que bien escondidos tenían más de un cuchillo. El cabecilla del grupo avanzaba con cuidado buscando cualquier rastro que le indicara la presencia de su presa, pero por suerte no era un gran rastreador o se abría dado cuenta de las pisadas que Sara y yo habíamos dejado al subir al árbol. Sus compañeros, sin embargo, avanzaban arrastrando los pies, completamente agotados. Uno de los soldados medio andando, medio arrastrándose se dejo caer bajo el árbol donde Sara y yo estábamos subidos y un instante después estábamos completamente rodeados.
— Vamos hay que seguir buscando, ya no pueden estar muy lejos – les grito el cabecilla a unos metros del árbol
— Por favor señor, déjenos descansar unos minutos – suplicó uno de los soldados
— Maldita pandilla de holgazanes – dijo el cabecilla sentándose con el grupo.
Una vez hubieron refrescado los gaznates con el contenido de la cantimplora, que con toda certeza no era agua, empezaron una animada charla en la que no faltaron insultos al general y la mismísima madre que lo parió.
— ¿Qué tiene ese muchacho como para que el grandioso General arme tanto jaleo? – Dijo el primer soldado en sentarse – ¿qué tiene que es tan importante?
— Y lo que es más importante ¿qué valor tiene? – pregunto otro soldado.
— Fen tu siempre pensando en lo mismo – replico el cabecilla – aunque debe ser algo muy poderoso y valioso como para que los últimos Felimbres legendarios hayan salido del oscuro agujero en donde se escondían.
— Lo más sorprendente de todo es como la edad ha ablandado al general Somred – comentó otro soldado – es lo único que explica la orden de entregarle al muchacho vivo.
— No digas tonterías – replico el avaricioso Fen – ha dado esa orden para torturar al muchacho el mismo, con sus propias manos – sus huesudas manos estrangularon un cuello imaginario con verdadero deleite.
Con un acto reflejo me lleve las manos al cuello, y al soltarme estuve a punto de caerme del árbol.
— Si, es lo más seguro – admito el otro
De repente el cabecilla se puso en pie y todos los soldados le imitaron resignados, no era lo mismo despotricar sobre el general cuando este no estaba presente, que desafiarle abiertamente incumpliendo una orden.
— Alegraos, el dichoso general y su corte partirán en persecución del muchacho y los Felimbres, y con suerte no volveremos a verle – dijo el cabecilla.
— Esos deben de estar muy, muy lejos de aquí – murmuro Fen con una risa irónica
Esta vez fue Sara quien estuvo a punto de caerse, aún así logro que no se le escapara la carcajada.
— Pero no le servirán de nada, Somred ha mandado llamar a Dhopax, ya sólo pueden correr pero no esconderse.
Las últimas palabras del cabecilla se perdieron en la espesura al tiempo que desaparecían de mi vista, aun así permanecimos en el árbol hasta que estuvimos bien seguros de que no podrían oírnos, que fue cuando vimos aparecer la peluda y blanca cabeza del perro. De vuelta en tierra firme reemprendimos el camino en silencio.
Las facciones de Tinsel volvían ser de rabia incontrolable mientras avanzaba entre los pinos. Ansel en cambio intentaba aparentar su alegre expresión de siempre, aunque sus verdes ojos estaban rojos como brasas ardiendo. Avanzaban tan rápido que teníamos que correr para mantener el paso.
— ¿Quién es Dhopax? – Pregunto Sara – y ¿por qué estamos corriendo?
Ansel se detuvo y miró a Sara, sus ojos volvían a resplandecer con su natural brillo verde.
— No os preocupéis por él – suspiró, se giró de nuevo y siguió los pasos de Tinsel.
— ¡Ya! Porque será que no puedo dejar de preocuparme – dijo Sara cuando los Felimbres estuvieron a bastante distancia, no para evitar que la escucharan, simplemente porque no podíamos seguirle el ritmo.
— Porque eres una mujer supongo – dije con la boca chica
— Bueno, ya empezamos so machista – replico Sara entre enfadada y divertida, dándome suaves golpes en el hombro bueno – ¿a qué viene eso?
— Para, que estoy machacado – dije masajeándome el hombro herido que empezaba a dolerme, cuando por fin paro con un golpe un poco mas fuerte continué lo más serio que pude – lo digo porque, las mujeres tienen mucho más desarrollado el sentido común – al final de la frase se me escapo la risa floja y ella reanudo los golpes entre carcajadas.
Al chocar contra los Felimbres, tiesos como las estatuas de piedra de la cueva, se nos acabaron las ganas de reírnos. El viento traía el ruido de voces, clara aunque inteligibles. El perro fuel el primero en moverse, meneando la cola de un lado a otro, y tras desaparecer entre unos arbustos, le seguimos los demás. Al otro lado, junto a la orilla del riachuelo, descansaban el otro grupo acompañado de Tirós y Ricio. Los caballos estaban atados al tronco de un árbol.
Más que sentarme me deje caer junto al perro en la embarrada orilla. Al inclinarme a beber vi acercarse a Tirós, seguido de Ricio y Calson.
— Menuda noche – dijo Tirós sentándose a mi lado.
Asentí, sin decir nada, no me sentía lo suficientemente fuerte como para intentar recordar de nuevo.
— ¡Increíble!, ¡Asombroso!, ¡Los legendarios Felimbres! – Exclamo Ricio sentándose al lado de Sara y lo más lejos que pudo del perro – nunca pensé que viviría lo suficiente para verlos, ¡es increíble! – mientras hablaba no dejaba de mirar hacia el grupo compuesto por los Felimbres, de ambos sexo, y Ambio.
Calson fuel el último en sentarse justo entre Ricio y Sara. También él miraba al grupo aunque este más que excitado parecía preocupado.
— Y vosotros ¿cómo habéis conseguido salir de la ciudad? – pregunto Sara a Ricio que era el que estaba más cerca.
— No ha sido difícil, simplemente hemos esperado a que se abrieran las puertas para dejar paso a las caravanas que salían. Tirós y yo vamos a trasportar un cargamento de metalita, a la ciudad de Desanfor. Tuvimos que aceptar el primer encargo que nos salió al paso. Este no está mal, podría ser peor. Aunque lo interesante fue como despintamos a todo el ejército del Mariscal ¿vedad Tirós? – este asintió, y Ricio pasó a relatarnos la historia excitándose con cada palabra – nada más salir de la cueva del anciano corrimos calle abajo, y llegamos a una taberna de mala muerte, no me acuerdo del nombre aunque tampoco tiene mucha importancia, solo te diré que el mismísimo Somred se lo hubiera pensado dos veces antes de entrar allí a ciertas horas. Así que hicimos algo de ruido y cuado sentimos acercarse a la primera partida de soldado entramos en la taberna – aquí se detuvo obligado por sus propias necesidades (es que no se puede estar seis minutos seguidos sin respirar) y Tirós aprovecho el momento para seguir con la narración.
— Por fuera ya era mugriento pero por dentro lo era aún más, además de otras cosas, pero eso no viene al caso ¿verdad? – hincó los hombros y continuo con la historia - Nada más entrar elegimos al tipo más borracho que pudimos encontrar. Me acerque a él despacio, mientras Ricio vigilaba desde la puerta, al llegar fingí tropezarme y sin andarme con miramientos le quite la bolsa de un tirón – sonriendo se llevo la mano al cinto done sobresalían dos bolsitas de cuero – el tipo estaba borracho pero no era tonto, y al darse la vuelta para encararse con el ladrón se encontró de frente con otro tipejo que estaba tan o más borracho que el.
— Por aquel entonces la calle estaba a rebosar de soldados – interrumpió Ricio – así que simplemente abrí la puerta y grité SOLDADOS, y así comenzó la juerga.
— No te adelantes ¿quieres Ricio? – Protestó Tirós - dentro la pelea ya no era cosa de dos
— Ni de tres.
— Entonces fue cuando Ricio abrió la puerta, y todos sacaron las espadas y...
— ¿Qué os ha pasado en el camino? – me preguntó Calson muy bajito para no interrumpir a Tirós, que ahora relataba la refriega entre los parroquianos del local y el ejercito del Mariscal.
— Nos hemos encontrado con una cuadrilla de soldados que nos andaban buscando, pero nos escondimos justo a tiempo.
Calson negó con la cabeza
— No creo que sea eso los que los tiene tan preocupado.
Ambio y Tinsel charlaban un poco más alejados del grupo, aunque por sus expresiones aquello se asemejaba más a una discusión que a una charla amistosa.
— Puede que sea por un tal Dhopax, los soldados lo mencionaron ¿quién es Calson?
Calson me miró y por un momento pensé que se había quedado mudo de la impresión, pero poco a poco fue recordando como se hacía para juntar las palabras, formar frases, y cosas parecidas a esas.
— Bueno es un excelente rastreador, yo diría que el mejor del mundo conocido y...
— ¿Y qué? – le anime
— Era el mayor de los nueve Felimbres legendarios, el más valiente y sabio. Entre los suyos se le consideraba un héroe y sin duda se hubiera convertido en el nuevo Sarca, es su rey ¿sabes? pero se unió a los demonios. Ahora es un renegado, para los de su raza está muerto.
— ¿Por qué hizo tal cosa?
— Nadie lo sabe.
— ¿Qué hizo para que le consideraran un traidor?
— En la gran guerra había pocos lugares en los que pudieras sentirte seguro, pero el Bastión del Ángel era uno de ellos. Casi todas las ciudades de la zona se refugiaron allí. Es una ciudad enteramente Felimbre, de las pocas que existen, y está protegida con una magia tan antigua que los demonios no podían romper sus defensas. Pero una noche el renegado abrió las puertas de la ciudad dejando entrar al mal. Murió mucha gente aquella noche.
— ¿Cómo sabéis que fue él? - pregunté
— Varia gente le vio hacerlo, y cuando fue acusado no lo negó.
Observe con detenimiento a todos los Felimbres. De todos ellos el más afectado era Iles, de su rostro había desaparecido todo color, y su mirada estaba fija en el suelo. Me recordó al más pequeño de mis primos el día que descubrió que los reyes magos no existían.
Cuando me levanté Tirós seguía explicándole a Sara, su único publico, como habían conseguido escapar de la refriega. En ese momento Ricio volvía a interrumpirle con ciertas aclaraciones sobre lo ocurrido. Calsón también se levanto y los dos fuimos a reunirnos con los demás. Tinsel y Ambio ya no discutían, más ninguno de los presentes pronunciaba palabra.
— ¿Habéis llegado a un acuerdo? – pregunté, no esperaba que me contestaran, mi intención era despejar la tensión que podía cortarse con un cuchillo.
Tinsel suspiró resignado por primera vez desde que le vi en la sala del trono
— Escucha Ambio no es buena idea, tienes razón en una cosa, el colgante que lleva Roberto es el objeto del que hablan las leyendas, por eso tenemos que tener mucho cuidado a la hora de utilizarlo y si a eso le unimos el hecho de que el muchacho no sabe manejarlo – me miro y volvió a suspirar – podríamos causar un gran mal
De la explicación comprendí que Ambio pretendía utilizar el colgante para abrir una puerta, así no dejaríamos rastro que pudieran seguir.
— Además – continuo Ansel – lo más seguro es que Demsoger pueda sentir la perturbación que originaría la puerta, y lo hecho no serviría de nada.
— Entonces lo mejor será poner la mayor distancia posible entre ellos y nosotros y con el medallón podríamos lograrlo – sentenció el guardaespaldas de caravanas
— Estoy de acuerdo contigo – dijo Murik y su sonrisa disipó la tensión acumulada – eres un hombre sabio, tenemos suerte de tenerte de compañero de viaje, pero te pido que confíes en nosotros. No podemos utilizar el medallón, y si queremos poner la mayor distancia entre nosotros y nuestro enemigo tendremos que salir ya.
Ambio asintió auque no se si estaba del todo convencido.
Cuando Ansel pasó junto a mí le detuve. De toda la conversación solo una frase se me había quedado clavada en el coco. Tinsel tenía razón, no era la persona más adecuada para llevar el colgante, y ¿si por accidente abría una puerta al mismísimo infierno? ¿No era por eso por lo que quería el medallón Demsoger? pues no sería yo quien se lo pondría fácil a ese capullo. A cada instante la responsabilidad de llevar el colgante me pesaba más y más, así que se lo tendí a Ansel.
Este primero miró el colgante que pendía de mi mano, luego me miró a mi completamente desconcertado, pero no hizo el menor intento por cogerlo.
— Tinsel tiene razón – dije como única explicación. Por el rabillo del ojo vi como Tinsel se giraba al oír su nombre
— No lo cogeré así que guárdalo – se dio la vuelta y siguió andando.
En dos pasos me puse frente a él cortándole el paso, con el medallón aun en mi mano. Ahora todos miraban en nuestra dirección.
— Soy el único que se da cuenta que de todos los presentes soy el menos indicado para llevar esto.
— No, eres el único indicado para llevarlo, ¿tu padre no te lo ha explicado? – preguntó Tinsel a mi espalda
— No, no me lo ha explicado porque está muerto – no me di cuenta que estaba gritado hasta que sentí la mano de Ansel en mi hombro.
Sostuve con paciencia sus brillantes ojos verdes llenos de compasión, que era precisamente lo último que quería ver en estos momentos.
— No lo cogeré, ni yo ni ninguno de los presentes – me arrebato el colgante de las manos y me lo colgó al cuello – el colgante es tuyo, y lo creas o no mientras este contigo este mundo estará más seguro.
— Y si cometo un error y...
— No lo harás, estoy completamente seguro. Vamos tenemos que partir ahora.
Cuando llegué junto a Sara esta me miraba entre divertida y preocupada, pero en sus ojos negros no había ni rastro de compasión lo cual consiguió alegrarme un poco. El perro me consoló a su manera dejándome la cara llena de babas, lo que no me importo, más bien se lo agradecí. Media hora después estábamos en los límites del bosque, a nuestra izquierda ya se podía ver la colina. Todos estaban ya motados en sus respectivos caballos, esperando a que los últimos que éramos Sara y yo montásemos, entonces ella se acerco y me susurró al oído.
— Crees que es un buen momento para decir que no sé montar a caballo
Cuando pude dejar de reír vi que ella me miraba enojada y con gran esfuerzo me puse serio
— Pero si antes montaste con Tinsel.
— Tú lo has dicho con Tinsel, vamos que esa ha sido la única vez que he montado en un caballo.
Intente frenar la carcajada y solo conseguí hacer un ruido muy parecido al rebuznar de un burro. Tirós se acercó a nosotros haciendo girar a su caballo
— ¿Qué ocurre ahora?
— Nada – contesté – y por lo bajito le dije a Sara – monta conmigo, ya te iré enseñando pero te advierto que es algo muy complicado y no sé si podrás conseguirlo.
— Si tú has aprendido es que no tiene que ser tan difícil – objetó ella mientras montaba detrás de mí.
Delante de nosotros Ambio a modo de despedida estrechaba la mano de Ricio y Tirós. Esmile les dijo adiós de la misma forma, pero cuando le llego el turno a Calson este les rodeo con sus musculosos brazos. Cuando los dos amigos pudieron escapar de la muestra de amor del grandullón se acercaron a nosotros.
— Espero de corazón que tengáis suerte en vuestra misión – dijo Ricio, y como los demás estrechamos las manos
— Yo os deseo lo mismo – dijo Tirós ofreciéndonos los manos - y bueno yo quería devolverte algo muchacho pero... –abrió su alforja y de ella sacó el ordenador.
— No hace falta, ahora es tuyo, te lo regalo.
No dijo nada más
Até las riendas del caballo de Sara a mi montura y le di la orden al caballo para avanzar dejándolos atrás.
12
Venganzas
Dhopax llego a la ciudad de Paranfor cuando el sol se escondía por el horizonte, una vieja capucha le cubría el rostro, y la capa de viaje cubierta de polvo desfiguraba sus alargadas extremidades dándole un aspecto extraño. El caballo se detuvo ante las puertas entreabiertas de la ciudad, donde los tres soldados que la guardaban no hicieron ningún intento por detenerlo y el renegado entró en la ciudad.
Los encargados de encender las luces eran los únicos que circulaban por la oscura ciudad cuando Caballo y jinete recorrieron las solitarias calles ante la mirada de los hombres que vigilaban cada uno de sus movimientos, procurando siempre guardar una cierta distancia.
La puerta de la posada – la misma que sirvió de punto de encuentro a nuestros aventureros – estaban ahora cerrada, y el Felimbre tardo un par de minutos en conseguir que el posadero la abriera. Era un hombre alto, de poco pelo y carnes fofas. Al verlo sus pupilas marrones bailaron frenéticamente dentro de los redondos ojos. Con un empujón Dhopax aparto al tembloroso hombre y entró en la posada. La planta baja del local era una sola habitación grande y espaciosa repleta de mesas, la mayoría ocupadas por comerciantes de la región, que en silencio contemplaban al recién llegado. El renegado recorrió las mesas pausadamente hasta llegar a la gran chimenea donde todavía ardían grandes brasas. La mesa próxima al hogar estaba ocupada por tres mercenarios, y los tres hombres alzaron la cabeza para observar detenidamente al encapuchado. Este se giró y con paso decidido se acercó a ellos.
— Fuera – dijo el renegado con voz áspera
Uno de los hombres, el más joven, se llevó la mano al puño de la espada e intento levantarse, intento que sofoco el otro hombre sentado a su lado.
— Si quieres seguir viviendo forastero te aconsejo que te marches de aquí enseguida – el hombre hablo lenta y pausadamente consiguiendo que su voz sonara monótona e inexpresiva.
— Fuera – repitió el Felimbre.
Esta vez el joven se levantó. La mano apretaba el puño de la espada, aunque tuvo la sensatez de no desenvainarla.
— No me gusta matar a la gente sin verle el rostro – en los ojos pardos del joven mercenario apareció el brillo del asesino que ansia encontrar una presa.
Con lentitud el renegado aparto la capucha. La blanca melena le calló sobre la cara, aun así, se hicieron visibles el parche con el que se cubría uno de los ojos, y la enorme cicatriz que recorría su cuello. Se había rapado el bigote y las cejas, pero aún así no lograba disimular sus pronunciados rasgos felinos. Del ojo bueno salieron feroces destellos de rabia. Con un rápido movimiento apartó la vieja capa, dejando al descubierto la enorme empuñadura de hierro sujeta al cinturón.
Los parroquianos sentados cerca, se alejaron tirando sillas y mesas al levantarse. El joven no se apartó, siguió clavado en el sitió, aunque en su rostro aparecieron los primeros signos de duda y su mano tembló al empuñar su espada. Los otros dos mercenarios permanecieron sentados.
— Saule siéntate – dijo el hombre sentado a su lado, su voz seguía sin expresar emoción – Si quieres Felimbre puedes sentarte en nuestra mesa - añadió
El renegado levantó una de las sillas caídas y se sentó junto a los mercenarios. También el joven se sentó, mirando de reojo a los parroquianos.
— Mesero trae un plato de comida caliente para nuestro invitado – grito el mercenario
El tabernero se presento ante el renegado, con la viva expresión de querer estar en cualquier otro lugar. El bailoteo de las pupilas había adquirido cierta velocidad, mientras sus temblorosas manos sostenían a media una bandeja y sobre ella un plato de algo identificable pero caliente. Puso el plato ante el felimbre y salió disparado como alma que lleva el diablo, pero cuando ya agradecía a los ángeles su suerte el felimbre le agarró el brazo.
— Una botella del licor más fuerte que tengáis – ordenó.
— Como deseéis mi señor, ahora mismo – esta vez el hombre salió corriendo con los brazos bien pegados al cuerpo.
El tercer hombre, que hasta ahora había permanecido callado, espero hasta que el renegado hubo dado buena cuanta de su comida para iniciar la conversación. Era el mayor de los tres mercenarios. Su cabello blanco y corto estaba pegado al cuero cabelludo, y su rostro era igual que un paraje lunar, muy seguro que a causa de una viruela mal cuidad. Miraba al renegado con cierto interés, sin expresar ningún tipo de temor.
— Hablemos del asunto que te ha traído hasta aquí – susurro en orseo
En Dhopax no apareció ningún signo visible que se pudiera interpretarse como asombro o curiosidad, miraba al mercenario como si enfrente solo hubiera una pared desnuda. Cogió la botella y de un trago vació medio contenido de un brebaje amarillento. El renegado no sabía a ciencia cierta cual era el origen de la misión que le había traído hasta allí, pero sospechaba que se trataría de dar caza a otro asqueroso humano y por el rumbo que estaba tomando la conversación debía estar en lo cierto
— También yo tengo asuntos que tratar con las mismas personas, en particular con una de ellas – continuo el mercenario, ahora en el lenguaje coloquial – y quisiera aclararlas antes de que el general interviniera.
Esta vez el felimbre miró al mercenario con cierto de interés
— ¿Que es tan importante, como para desafiar a un demonio? – pregunto el renegado haciendo gala de una voz ronca y cortada.
— Vengar la muerte del menor de mis hermanos, además de otros pecadillos – en los ojos del viejo mercenarios aparecieron el fulgor rojo del odio más intenso.
El renegado termino del todo la botella de licor y dejo caer la espalda sobre el respaldo de la silla, luego y por primera vez miro detenidamente a los hombres sentados junto a él. El hombre sentado a su derecha era sin duda el líder de la banda de asesinos de la espada roja, además de un rastreador pues tenía dilatadas las fosas nasales y de vez en cuando empequeñecía los ojos, una costumbre que se adquiría al pasar tanto tiempo protegiendo la vista del brillante sol al mirar a la lejanía. En el rostro del joven sentado junto al rastreador podían verse rasgos muy parecidos a los del cabecilla, una mandíbula cuadrada y unos ojos pequeños y juntos que le otorgaban un aire de inteligencia y malignidad, lo que denotaba que eran padre e hijo. Al mirar directamente al muchacho este le devolvió una mirada arrogante y el Felimbre se prometió enseñarle modales antes de que la luna volviera a crecer en el cielo nocturno.
— ¿Por qué tendría yo que desafiar al demonio? – dijo al fin el renegado.
Como respuesta el mercenario puso sobre la mesa un saco grande de cuero negro, luego otro y por fin un tercero. Por el volumen de los sacos sobre la mesa había la no despreciable cantidad de 500 monedas de oro, cincuenta arriba cincuenta abajo. Al renegado el dinero no le interesaba, para él lo realmente importante, por lo que estaba allí sentado escuchando a esos tres seres que sin duda eran muy inferiores a él, era el hecho de poder entorpecer y mortificar al maldito demonio y matar a su perro faldero.
— Ese es mucho dinero – dijo sin dejar de mirar al líder de los cabecillas – y no puedo garantizarte un resultado favorable a tus intereses
— Vamos mi querido amigo, nadie duda aquí de tus facultades.
El renegado tubo que refrenar el impulso de rebanarle la cabeza en ese preciso instante, solo la idea de considerar a un humano su igual, conseguía revolverle el estómago.
— Estoy seguro que podrás conseguir retener al General el tiempo suficiente para darme la oportunidad de aclara asuntos – añadió el líder mercenario.
Con fingida codicia Dhopax recogió los sacos de la mesa y se levanto. A continuación llamo al posadero y cinco minutos después estaba en la mejor habitación del hotel con otra botella de licor en la mano.
El general vio como el renegado traspasaba las murallas del palacio desde la ventana del despacho del mariscal, y enseguida se apoderó de él el poderoso impulso de atravesarle el corazón con una flecha envenenada. El desprecio que sentía por el Felimbre renegado solo era igualado por el que este sentía hacia él. El general se prometió que en cuanto pudiera aprovecharía cualquier oportunidad para matar al maldito gato, pero no antes de utilizarlo para encontrar a los de su especie, y con ellos al muchacho. Aunque a estas alturas le separase una gran distancia, estaba seguro de que pronto la acortaría, el muchacho estaba herido en un hombro, la herida en si no es gran cosa, el problema estaba en que además había soportado el rayo paralizador del demonio que sin duda retrasaría el proceso de curación. Al recordar como el muchacho se había retorcido bajo sus brazos, le hizo sentir un atisbo de alegría, e incluso le ayudó a olvidar el molesto picor del hombro, allí donde le había alcanzado la flecha. Estaba desando volver a tenerlo en sus manos para hacérselo pagar. Aunque la orden del demonio le prohibía matarle no había especificado que no pudiera sufrir ningún daño físico grave y el pensaba infligirle un dolor tal que gritaría como nunca en su vida.
Un ruido sordo sobre la maciza puerta le sacó de las ensoñaciones de venganza. Antes de poder dar la orden de entrar la puerta se abrió y en el umbral apareció la larguirucha figura del Felimbre. Con premeditada lentitud el renegado se quitó la vieja y andrajosa capa, dejando bien a la vista la enorme empuñadura y su mano posada sobre ella. Su ojo sano resplandeció como un bosque ardiendo al cruzar su mirada con la del general, que permanecía sentado con la espalda firme y la espada desenvainada detrás de un elegante escritorio de madera de cerezo, un material por cierto escaso por aquellas regiones.
— ¿Por qué me has mandado llamar? - preguntó Dhopax
— Para servir a tu amo y señor – respondió el general y con igual lentitud y dejo sobre la mesa la plana moneda plateada.
— Yo no tengo dueño.
— Yo diría que si – una malévola sonrisa apareció en los labios del general haciendo que su cicatriz se contrajera – tan pronto has olvidado el pacto
— Yo cumplí con mi parte del trato, el pacto quedó cerrado – mientras hablaba su mano recorrió la cicatriz del cuello.
La carcajada del general resonó por toda la estancia. En ese momento la moneda plateada se elevo muy lentamente y sin más se lanzo como un rayo contra el renegado, parándose a escasos centímetros de su pecho. El Felimbre no tubo tiempo de protegerse antes de verse envuelto por el espeso humo negro, y ante sus ojos apareció la imagen del demonio enseñando unos dientes negros y puntiagudos. Sobre su mano resplandecía una perfecta esfera plateada, aunque al fijarse detenidamente vio como pequeñas sombras negras empezaban a cubrirlo lenta, pero inexorablemente, dejando en dichas zonas huecos grisáceos que giraban en cíclicos círculos. Cuando por fin consiguió librarse del poder hipnótico de las sombras, le dirigió al demonio la mirada más desafiante que fue capaz de componer. Demsonger lanzo una risotada demoníaca, después se calmo repentinamente y mirando al frente clavo sus oscuros ojos en el renegado.
— ¿Estás seguro de eso, asqueroso gato? – preguntó el general. Su voz parecía lejana y distorsionada al atravesar el muro de humo.
Dentro, en la grieta dimensional creada por la moneda, el demonio jugueteaba con la esfera, sosteniendo la mirada del Felimbre. Hasta que cansado introdujo una de sus afiladas garras en una de las superficies sombreadas. En ese instante el renegado perdió la sensibilidad en todos y cada uno de los músculos, y sin poder sostenerse ya en pie cayó redondo al suelo envuelto en un aura de fluorescente candor. Su piel, antes curtida y bronceada por el duro sol, adquirió de repente el pálido tono de la ceniza. También la pupila de su ojo sano perdió el color azulado, y gruesas gotas de sudor le recorrieron la frente a pesar de que lo único que sentía el Felimbre por todo el cuerpo era un fantasmal frío glacial. La demoníaca risa volvió a resonar por la sala, aún más fuerte si cabe, mientras la garra se hundía más y más dentro de la esfera. De repente la voz del demonio penetro en la mente del renegado
— ¿Quién es tu amo?
— Tú – respondió otra voz desde la parte más profunda de la mente del renegado
— ¿Me obedecerás?
— Si
— Si llevas a buen puerto tu misión es posible que te devuelva tu pedazo de alma, siempre y cuando no haya desaparecido en la oscuridad, lo cual sería una verdadera lástima ¿no crees?
La risa infernal volvió a sonar por última vez, antes de que humo y grieta desaparecieran y la moneda cayera inerte en el suelo. El Felimbre sintió una agradable sensación de calidez, que poco a poco fue instalándose por todo el cuerpo. Recuperó la movilidad, aunque tardó bastante en volver a ponerse de pie. Mientras el general le vigilaba sentado cómodamente detrás del escritorio.
— Partiremos dentro de dos horas – dijo el general cuando el renegado se encontraba ya en la puerta.
Este asintió sin volverse
— ¿No quieres saber a quien perseguimos?, gato
— No
— Es importante ¿no crees?
Como única respuesta el Felimbre abrió la puerta
— Bien como quieras, pero antes de irte te daré un consejo – vio como el renegado se giraba con pasos aun vacilantes – yo que tú pensaría que les diría a mis antiguos compañeros cuando les des caza y le arrebates el colgante y a su dueño.
Con gran satisfacción el general vio aparecer un estremecimiento en las antes arrogantes facciones del renegado.
Renegado, amigos y un camino
Cuando conseguí abrir los ojos, después de emplear un par de minutos en adaptar mis pupilas a la luz del sol, apareció ante mí una colina de resplandeciente hierba verde, altas como espigas. Cuatro caballos pastaban tranquilos en la zona alta del cerro donde el pasto era más fresco. En la lejanía las murallas de la ciudad se veían diminutas
Un ruido de pasos a mi espalda consiguió poner a mis cansados músculos en tensión hasta que al cavo de unos instantes salieron de entre unos arbustos el perro seguido de Iles con el arco preparado para la batalla.
— Esta zona está despejada de momento – señalo a su espalda - pero una patrulla bastante numerosa se acerca por el oeste.
— ¿Cuánto tiempo tardarán en llegar? – preguntó Tinsel.
— Una hora.
— Entonces debemos partir enseguida hacia al sur, andando muchacho – y comenzó con enérgico paso la subida de la colina
A ninguno de los Felimbres, a excepción de Esmile, se les ocurrió mirar hacia atrás, donde los demás permanecíamos inmóviles. Al final fue Ambio quien los detuvo.
— Esperar, antes de tomar esa dirección debemos dar un rodeo.
Los cuatro Felimbre se giraron a la vez como si fueran un solo cuerpo.
— ¿Cómo que un rodeo? – preguntó de nuevo Tinsel
Al volver a hablar, Ambio lo hizo con la voz firme y el rostro sereno, lo único que denotaba su vacilación eran sus manos, fuertemente apretadas en un puño.
— Debemos recoger nuestros caballos antes de partir. No podemos ir andando
— El chico puede ir en la grupa con uno de nosotros hasta que encontremos un caballo para él – dijo Iles casi en susurros al oído de Tinsel
Este permaneció unos instantes callado, luego dijo
— No podemos esperaros lo siento, y si volvemos por las cercanías de la ciudad nos pondríamos de nuevo en peligro.
— Iremos de todos modos – sentenció Esmile. Parecía que el hecho de contradecir a Tinsel le producía dolor físico, aun así su expresión era tajante.
Azcel que hasta entonces había permanecido en un segundo plano, fue el siguiente en hablar
— A mí me gustaría acompañaros de verdad pero tengo un negocio que dirigir y ya soy demasiado viejo para las cruzadas – se enderezó y encendió una especie de pipa que sacó de no se sabe donde y sin más se marchó. Pero antes de desaparecer por entre la hierba húmeda añadió – y decidíos de una vez que los soldados no van a aparar a descansar.
Después de marcharse Azcel, lo que no me importo más bien agradecí, decidí zanjar la discusión, por ninguna circunstancia dejaría a Sara sola, y si para ello tenía que luchar contra ellos que así fuera.
— Somos nosotros – agarre la mano de Sara para darle más énfasis a mis palabras - quienes tenemos que ir a donde leches tengamos que ir aunque todavía no sepa por qué, pero os recuerdo que ya no somos unos niños y podemos tomar nuestras propias decisiones. Aunque también sé que sin vuestra ayuda no hubiéramos conseguido escapar, tampoco hubiéramos conseguiremos llegar hasta aquí sin ellos, así que no pienso despreciar la ayuda de ningún amigo - Intenté no precipitarme al hablar y que se me notara tranquilo y creo que lo conseguí.
Ambio puso su mano en mi hombro.
— Está bien, vamos a por vuestros caballos – dijo Murik
— ¿Dónde se encuentran? – pregunto Ansel mirándome como lo haría un abuelo que sabe que su travieso nieto se ha saldo con la suya.
— Unos amigos nos esperan en el bosque del soldado muerto – contesto Ambio señalando las copas de unos árboles altos y robustos que se podían ver desde la cima del conjunto de rocas que era la entrada del túnel - el bosque no está lejos a dos o tres kilómetros detrás de la verde colina.
— ¿Los hombres son de confianza? – Tinsel no parecía molesto por el pequeño motín o por lo menos no lo demostraba, su rostro seguía tan serio como lo pude ver en el túnel.
— Más de una vez he puesto mi vida en sus manos y nunca me han fallado - replico Ambio – sería prudente que nos dividiéramos en dos o tres grupos a fin de movernos con mayor rapidez.
— Si pero también estaremos más desprotegido en caso de un ataque – protesto Esmile
— Nos dividiremos en dos grupos – sentenció Tinsel – el primero rodeará la colina por el oeste y el segundo por el este ¿estás de acuerdo Ambio?
Este asintió
— Muy bien, los muchachos, Ansel y yo por el oeste, los demás por el este
Cogimos dos de los caballos y nos pusimos en marcha. El perro blanco, al que Tinsel no había asignado grupo, siguió caminando muy cerca de mí, aunque estaba seguro de que si el Felimbre le hubiera mandado seguir al otro grupo este se hubiera negado, lo cual, no sé por que, me hacía suspirar de alivio. De lo que no estaba tan seguro era de si Tinsel había ignorado la presencia del perro o si simplemente lo sabía y no se molestó en mencionarlo. Y si así era no pude evitar preguntarme ¿qué más sabían ellos de lo que estaba pasando?, Y lo más importante ¿sabrían la forma de salir de este mundo? En mi subconsciente se formaba otra pregunta pero intente no pensar en ella por el momento.
Tan metido estaba en mis pensamientos que a punto estuve de caerme del caballo en que Ansel y yo avanzábamos, pero las fuerte manos del felimbre me agarrado a tiempo. Al mirarle agradecido se me encendieron varias luces de emergencia y en mi disco duro un recuerdo pasó a cámara rápida. Era algo importante y estaba relacionado con el felimbre sonriente. Pero al intentar concretar de qué se trataba de repente mi mente se llenó de destellos verdes con cabeza de serpientes, provistas de dientes puntiagudos que se me clavaban en la carne. Y de cuernos rojos, de los que salían más rayos verdes. Entonces un dolor agudo me recorrió la espina dorsal consiguiendo que todo a mí alrededor bailara la danza del libre albedrío. Las manos de Ansel me agarraron de nuevo con más fuerza que antes.
— ¿Está bien muchacho?
— Si – el dolor remetía, y la tierra lentamente volvía a estar bajo las leyes de la física – no sé que me ha pasado solo intentaba recordar – la larga y rosada lengua del perro vino a consolarme y luego sin saber como me encontré subido en su lomo.
Tinsel frenó a su caballo para ponerse a nuestra altura. Me miró preocupado y luego le dirigió a Ansel una mirada inquisitoria. Sara también me miraba preocupada desde la grupa del caballo de Tinsel. Intente decirle que no se inquietara cuando se apoderó de mí la obligatoria necesidad de dormir. Ayudado con los suaves movimientos del perro me acerque a la peluda oreja del animal.
— Por favor quiero estar despierto para ayudar si llega el momento – no sé por que, pero estaba seguro de que mi repentina modorra era debida al animal.
No tardamos mucho en llegar a los límites del bosque y para entonces volvía a estar completamente despierto. Más que un bosque era una pequeña arbólela de altos pinos. Aun así las ramas bajas impedían que siguiéramos avanzando a lomos de los caballos o del perro en mi caso, así que seguimos caminado. Cuando llegamos a uno de los senderos que recorrían el bosque los Felimbres se pararon en seco moviendo sus puntiagudas orejas de abajo a arriba sin control, al tiempo que el perro olfateaba el aire, gruñía y mostraba amenazadoramente los colmillos.
— Escondeos – ordeno Tinsel, y en un abrir y cerrar de ojos los dos Felimbres, el perro y los caballos habían desaparecido
Yo sin embargo por mucho que miraba a todos lados no encontraba ningún arbusto o roca lo suficiente grande como para esconderme, y Sara parecía tener el mismo problema. En una de las frenéticas miradas en busca de un posible escondite me di cuenta del más obvió.
— Sara a los árboles deprisa.
Nos subimos a la rama salvadora justo cuando por el sendero aparecieron cinco soldados armados. Llevaban desde espadas hasta arcos, y seguro que bien escondidos tenían más de un cuchillo. El cabecilla del grupo avanzaba con cuidado buscando cualquier rastro que le indicara la presencia de su presa, pero por suerte no era un gran rastreador o se abría dado cuenta de las pisadas que Sara y yo habíamos dejado al subir al árbol. Sus compañeros, sin embargo, avanzaban arrastrando los pies, completamente agotados. Uno de los soldados medio andando, medio arrastrándose se dejo caer bajo el árbol donde Sara y yo estábamos subidos y un instante después estábamos completamente rodeados.
— Vamos hay que seguir buscando, ya no pueden estar muy lejos – les grito el cabecilla a unos metros del árbol
— Por favor señor, déjenos descansar unos minutos – suplicó uno de los soldados
— Maldita pandilla de holgazanes – dijo el cabecilla sentándose con el grupo.
Una vez hubieron refrescado los gaznates con el contenido de la cantimplora, que con toda certeza no era agua, empezaron una animada charla en la que no faltaron insultos al general y la mismísima madre que lo parió.
— ¿Qué tiene ese muchacho como para que el grandioso General arme tanto jaleo? – Dijo el primer soldado en sentarse – ¿qué tiene que es tan importante?
— Y lo que es más importante ¿qué valor tiene? – pregunto otro soldado.
— Fen tu siempre pensando en lo mismo – replico el cabecilla – aunque debe ser algo muy poderoso y valioso como para que los últimos Felimbres legendarios hayan salido del oscuro agujero en donde se escondían.
— Lo más sorprendente de todo es como la edad ha ablandado al general Somred – comentó otro soldado – es lo único que explica la orden de entregarle al muchacho vivo.
— No digas tonterías – replico el avaricioso Fen – ha dado esa orden para torturar al muchacho el mismo, con sus propias manos – sus huesudas manos estrangularon un cuello imaginario con verdadero deleite.
Con un acto reflejo me lleve las manos al cuello, y al soltarme estuve a punto de caerme del árbol.
— Si, es lo más seguro – admito el otro
De repente el cabecilla se puso en pie y todos los soldados le imitaron resignados, no era lo mismo despotricar sobre el general cuando este no estaba presente, que desafiarle abiertamente incumpliendo una orden.
— Alegraos, el dichoso general y su corte partirán en persecución del muchacho y los Felimbres, y con suerte no volveremos a verle – dijo el cabecilla.
— Esos deben de estar muy, muy lejos de aquí – murmuro Fen con una risa irónica
Esta vez fue Sara quien estuvo a punto de caerse, aún así logro que no se le escapara la carcajada.
— Pero no le servirán de nada, Somred ha mandado llamar a Dhopax, ya sólo pueden correr pero no esconderse.
Las últimas palabras del cabecilla se perdieron en la espesura al tiempo que desaparecían de mi vista, aun así permanecimos en el árbol hasta que estuvimos bien seguros de que no podrían oírnos, que fue cuando vimos aparecer la peluda y blanca cabeza del perro. De vuelta en tierra firme reemprendimos el camino en silencio.
Las facciones de Tinsel volvían ser de rabia incontrolable mientras avanzaba entre los pinos. Ansel en cambio intentaba aparentar su alegre expresión de siempre, aunque sus verdes ojos estaban rojos como brasas ardiendo. Avanzaban tan rápido que teníamos que correr para mantener el paso.
— ¿Quién es Dhopax? – Pregunto Sara – y ¿por qué estamos corriendo?
Ansel se detuvo y miró a Sara, sus ojos volvían a resplandecer con su natural brillo verde.
— No os preocupéis por él – suspiró, se giró de nuevo y siguió los pasos de Tinsel.
— ¡Ya! Porque será que no puedo dejar de preocuparme – dijo Sara cuando los Felimbres estuvieron a bastante distancia, no para evitar que la escucharan, simplemente porque no podíamos seguirle el ritmo.
— Porque eres una mujer supongo – dije con la boca chica
— Bueno, ya empezamos so machista – replico Sara entre enfadada y divertida, dándome suaves golpes en el hombro bueno – ¿a qué viene eso?
— Para, que estoy machacado – dije masajeándome el hombro herido que empezaba a dolerme, cuando por fin paro con un golpe un poco mas fuerte continué lo más serio que pude – lo digo porque, las mujeres tienen mucho más desarrollado el sentido común – al final de la frase se me escapo la risa floja y ella reanudo los golpes entre carcajadas.
Al chocar contra los Felimbres, tiesos como las estatuas de piedra de la cueva, se nos acabaron las ganas de reírnos. El viento traía el ruido de voces, clara aunque inteligibles. El perro fuel el primero en moverse, meneando la cola de un lado a otro, y tras desaparecer entre unos arbustos, le seguimos los demás. Al otro lado, junto a la orilla del riachuelo, descansaban el otro grupo acompañado de Tirós y Ricio. Los caballos estaban atados al tronco de un árbol.
Más que sentarme me deje caer junto al perro en la embarrada orilla. Al inclinarme a beber vi acercarse a Tirós, seguido de Ricio y Calson.
— Menuda noche – dijo Tirós sentándose a mi lado.
Asentí, sin decir nada, no me sentía lo suficientemente fuerte como para intentar recordar de nuevo.
— ¡Increíble!, ¡Asombroso!, ¡Los legendarios Felimbres! – Exclamo Ricio sentándose al lado de Sara y lo más lejos que pudo del perro – nunca pensé que viviría lo suficiente para verlos, ¡es increíble! – mientras hablaba no dejaba de mirar hacia el grupo compuesto por los Felimbres, de ambos sexo, y Ambio.
Calson fuel el último en sentarse justo entre Ricio y Sara. También él miraba al grupo aunque este más que excitado parecía preocupado.
— Y vosotros ¿cómo habéis conseguido salir de la ciudad? – pregunto Sara a Ricio que era el que estaba más cerca.
— No ha sido difícil, simplemente hemos esperado a que se abrieran las puertas para dejar paso a las caravanas que salían. Tirós y yo vamos a trasportar un cargamento de metalita, a la ciudad de Desanfor. Tuvimos que aceptar el primer encargo que nos salió al paso. Este no está mal, podría ser peor. Aunque lo interesante fue como despintamos a todo el ejército del Mariscal ¿vedad Tirós? – este asintió, y Ricio pasó a relatarnos la historia excitándose con cada palabra – nada más salir de la cueva del anciano corrimos calle abajo, y llegamos a una taberna de mala muerte, no me acuerdo del nombre aunque tampoco tiene mucha importancia, solo te diré que el mismísimo Somred se lo hubiera pensado dos veces antes de entrar allí a ciertas horas. Así que hicimos algo de ruido y cuado sentimos acercarse a la primera partida de soldado entramos en la taberna – aquí se detuvo obligado por sus propias necesidades (es que no se puede estar seis minutos seguidos sin respirar) y Tirós aprovecho el momento para seguir con la narración.
— Por fuera ya era mugriento pero por dentro lo era aún más, además de otras cosas, pero eso no viene al caso ¿verdad? – hincó los hombros y continuo con la historia - Nada más entrar elegimos al tipo más borracho que pudimos encontrar. Me acerque a él despacio, mientras Ricio vigilaba desde la puerta, al llegar fingí tropezarme y sin andarme con miramientos le quite la bolsa de un tirón – sonriendo se llevo la mano al cinto done sobresalían dos bolsitas de cuero – el tipo estaba borracho pero no era tonto, y al darse la vuelta para encararse con el ladrón se encontró de frente con otro tipejo que estaba tan o más borracho que el.
— Por aquel entonces la calle estaba a rebosar de soldados – interrumpió Ricio – así que simplemente abrí la puerta y grité SOLDADOS, y así comenzó la juerga.
— No te adelantes ¿quieres Ricio? – Protestó Tirós - dentro la pelea ya no era cosa de dos
— Ni de tres.
— Entonces fue cuando Ricio abrió la puerta, y todos sacaron las espadas y...
— ¿Qué os ha pasado en el camino? – me preguntó Calson muy bajito para no interrumpir a Tirós, que ahora relataba la refriega entre los parroquianos del local y el ejercito del Mariscal.
— Nos hemos encontrado con una cuadrilla de soldados que nos andaban buscando, pero nos escondimos justo a tiempo.
Calson negó con la cabeza
— No creo que sea eso los que los tiene tan preocupado.
Ambio y Tinsel charlaban un poco más alejados del grupo, aunque por sus expresiones aquello se asemejaba más a una discusión que a una charla amistosa.
— Puede que sea por un tal Dhopax, los soldados lo mencionaron ¿quién es Calson?
Calson me miró y por un momento pensé que se había quedado mudo de la impresión, pero poco a poco fue recordando como se hacía para juntar las palabras, formar frases, y cosas parecidas a esas.
— Bueno es un excelente rastreador, yo diría que el mejor del mundo conocido y...
— ¿Y qué? – le anime
— Era el mayor de los nueve Felimbres legendarios, el más valiente y sabio. Entre los suyos se le consideraba un héroe y sin duda se hubiera convertido en el nuevo Sarca, es su rey ¿sabes? pero se unió a los demonios. Ahora es un renegado, para los de su raza está muerto.
— ¿Por qué hizo tal cosa?
— Nadie lo sabe.
— ¿Qué hizo para que le consideraran un traidor?
— En la gran guerra había pocos lugares en los que pudieras sentirte seguro, pero el Bastión del Ángel era uno de ellos. Casi todas las ciudades de la zona se refugiaron allí. Es una ciudad enteramente Felimbre, de las pocas que existen, y está protegida con una magia tan antigua que los demonios no podían romper sus defensas. Pero una noche el renegado abrió las puertas de la ciudad dejando entrar al mal. Murió mucha gente aquella noche.
— ¿Cómo sabéis que fue él? - pregunté
— Varia gente le vio hacerlo, y cuando fue acusado no lo negó.
Observe con detenimiento a todos los Felimbres. De todos ellos el más afectado era Iles, de su rostro había desaparecido todo color, y su mirada estaba fija en el suelo. Me recordó al más pequeño de mis primos el día que descubrió que los reyes magos no existían.
Cuando me levanté Tirós seguía explicándole a Sara, su único publico, como habían conseguido escapar de la refriega. En ese momento Ricio volvía a interrumpirle con ciertas aclaraciones sobre lo ocurrido. Calsón también se levanto y los dos fuimos a reunirnos con los demás. Tinsel y Ambio ya no discutían, más ninguno de los presentes pronunciaba palabra.
— ¿Habéis llegado a un acuerdo? – pregunté, no esperaba que me contestaran, mi intención era despejar la tensión que podía cortarse con un cuchillo.
Tinsel suspiró resignado por primera vez desde que le vi en la sala del trono
— Escucha Ambio no es buena idea, tienes razón en una cosa, el colgante que lleva Roberto es el objeto del que hablan las leyendas, por eso tenemos que tener mucho cuidado a la hora de utilizarlo y si a eso le unimos el hecho de que el muchacho no sabe manejarlo – me miro y volvió a suspirar – podríamos causar un gran mal
De la explicación comprendí que Ambio pretendía utilizar el colgante para abrir una puerta, así no dejaríamos rastro que pudieran seguir.
— Además – continuo Ansel – lo más seguro es que Demsoger pueda sentir la perturbación que originaría la puerta, y lo hecho no serviría de nada.
— Entonces lo mejor será poner la mayor distancia posible entre ellos y nosotros y con el medallón podríamos lograrlo – sentenció el guardaespaldas de caravanas
— Estoy de acuerdo contigo – dijo Murik y su sonrisa disipó la tensión acumulada – eres un hombre sabio, tenemos suerte de tenerte de compañero de viaje, pero te pido que confíes en nosotros. No podemos utilizar el medallón, y si queremos poner la mayor distancia entre nosotros y nuestro enemigo tendremos que salir ya.
Ambio asintió auque no se si estaba del todo convencido.
Cuando Ansel pasó junto a mí le detuve. De toda la conversación solo una frase se me había quedado clavada en el coco. Tinsel tenía razón, no era la persona más adecuada para llevar el colgante, y ¿si por accidente abría una puerta al mismísimo infierno? ¿No era por eso por lo que quería el medallón Demsoger? pues no sería yo quien se lo pondría fácil a ese capullo. A cada instante la responsabilidad de llevar el colgante me pesaba más y más, así que se lo tendí a Ansel.
Este primero miró el colgante que pendía de mi mano, luego me miró a mi completamente desconcertado, pero no hizo el menor intento por cogerlo.
— Tinsel tiene razón – dije como única explicación. Por el rabillo del ojo vi como Tinsel se giraba al oír su nombre
— No lo cogeré así que guárdalo – se dio la vuelta y siguió andando.
En dos pasos me puse frente a él cortándole el paso, con el medallón aun en mi mano. Ahora todos miraban en nuestra dirección.
— Soy el único que se da cuenta que de todos los presentes soy el menos indicado para llevar esto.
— No, eres el único indicado para llevarlo, ¿tu padre no te lo ha explicado? – preguntó Tinsel a mi espalda
— No, no me lo ha explicado porque está muerto – no me di cuenta que estaba gritado hasta que sentí la mano de Ansel en mi hombro.
Sostuve con paciencia sus brillantes ojos verdes llenos de compasión, que era precisamente lo último que quería ver en estos momentos.
— No lo cogeré, ni yo ni ninguno de los presentes – me arrebato el colgante de las manos y me lo colgó al cuello – el colgante es tuyo, y lo creas o no mientras este contigo este mundo estará más seguro.
— Y si cometo un error y...
— No lo harás, estoy completamente seguro. Vamos tenemos que partir ahora.
Cuando llegué junto a Sara esta me miraba entre divertida y preocupada, pero en sus ojos negros no había ni rastro de compasión lo cual consiguió alegrarme un poco. El perro me consoló a su manera dejándome la cara llena de babas, lo que no me importo, más bien se lo agradecí. Media hora después estábamos en los límites del bosque, a nuestra izquierda ya se podía ver la colina. Todos estaban ya motados en sus respectivos caballos, esperando a que los últimos que éramos Sara y yo montásemos, entonces ella se acerco y me susurró al oído.
— Crees que es un buen momento para decir que no sé montar a caballo
Cuando pude dejar de reír vi que ella me miraba enojada y con gran esfuerzo me puse serio
— Pero si antes montaste con Tinsel.
— Tú lo has dicho con Tinsel, vamos que esa ha sido la única vez que he montado en un caballo.
Intente frenar la carcajada y solo conseguí hacer un ruido muy parecido al rebuznar de un burro. Tirós se acercó a nosotros haciendo girar a su caballo
— ¿Qué ocurre ahora?
— Nada – contesté – y por lo bajito le dije a Sara – monta conmigo, ya te iré enseñando pero te advierto que es algo muy complicado y no sé si podrás conseguirlo.
— Si tú has aprendido es que no tiene que ser tan difícil – objetó ella mientras montaba detrás de mí.
Delante de nosotros Ambio a modo de despedida estrechaba la mano de Ricio y Tirós. Esmile les dijo adiós de la misma forma, pero cuando le llego el turno a Calson este les rodeo con sus musculosos brazos. Cuando los dos amigos pudieron escapar de la muestra de amor del grandullón se acercaron a nosotros.
— Espero de corazón que tengáis suerte en vuestra misión – dijo Ricio, y como los demás estrechamos las manos
— Yo os deseo lo mismo – dijo Tirós ofreciéndonos los manos - y bueno yo quería devolverte algo muchacho pero... –abrió su alforja y de ella sacó el ordenador.
— No hace falta, ahora es tuyo, te lo regalo.
No dijo nada más
Até las riendas del caballo de Sara a mi montura y le di la orden al caballo para avanzar dejándolos atrás.
12
Venganzas
Dhopax llego a la ciudad de Paranfor cuando el sol se escondía por el horizonte, una vieja capucha le cubría el rostro, y la capa de viaje cubierta de polvo desfiguraba sus alargadas extremidades dándole un aspecto extraño. El caballo se detuvo ante las puertas entreabiertas de la ciudad, donde los tres soldados que la guardaban no hicieron ningún intento por detenerlo y el renegado entró en la ciudad.
Los encargados de encender las luces eran los únicos que circulaban por la oscura ciudad cuando Caballo y jinete recorrieron las solitarias calles ante la mirada de los hombres que vigilaban cada uno de sus movimientos, procurando siempre guardar una cierta distancia.
La puerta de la posada – la misma que sirvió de punto de encuentro a nuestros aventureros – estaban ahora cerrada, y el Felimbre tardo un par de minutos en conseguir que el posadero la abriera. Era un hombre alto, de poco pelo y carnes fofas. Al verlo sus pupilas marrones bailaron frenéticamente dentro de los redondos ojos. Con un empujón Dhopax aparto al tembloroso hombre y entró en la posada. La planta baja del local era una sola habitación grande y espaciosa repleta de mesas, la mayoría ocupadas por comerciantes de la región, que en silencio contemplaban al recién llegado. El renegado recorrió las mesas pausadamente hasta llegar a la gran chimenea donde todavía ardían grandes brasas. La mesa próxima al hogar estaba ocupada por tres mercenarios, y los tres hombres alzaron la cabeza para observar detenidamente al encapuchado. Este se giró y con paso decidido se acercó a ellos.
— Fuera – dijo el renegado con voz áspera
Uno de los hombres, el más joven, se llevó la mano al puño de la espada e intento levantarse, intento que sofoco el otro hombre sentado a su lado.
— Si quieres seguir viviendo forastero te aconsejo que te marches de aquí enseguida – el hombre hablo lenta y pausadamente consiguiendo que su voz sonara monótona e inexpresiva.
— Fuera – repitió el Felimbre.
Esta vez el joven se levantó. La mano apretaba el puño de la espada, aunque tuvo la sensatez de no desenvainarla.
— No me gusta matar a la gente sin verle el rostro – en los ojos pardos del joven mercenario apareció el brillo del asesino que ansia encontrar una presa.
Con lentitud el renegado aparto la capucha. La blanca melena le calló sobre la cara, aun así, se hicieron visibles el parche con el que se cubría uno de los ojos, y la enorme cicatriz que recorría su cuello. Se había rapado el bigote y las cejas, pero aún así no lograba disimular sus pronunciados rasgos felinos. Del ojo bueno salieron feroces destellos de rabia. Con un rápido movimiento apartó la vieja capa, dejando al descubierto la enorme empuñadura de hierro sujeta al cinturón.
Los parroquianos sentados cerca, se alejaron tirando sillas y mesas al levantarse. El joven no se apartó, siguió clavado en el sitió, aunque en su rostro aparecieron los primeros signos de duda y su mano tembló al empuñar su espada. Los otros dos mercenarios permanecieron sentados.
— Saule siéntate – dijo el hombre sentado a su lado, su voz seguía sin expresar emoción – Si quieres Felimbre puedes sentarte en nuestra mesa - añadió
El renegado levantó una de las sillas caídas y se sentó junto a los mercenarios. También el joven se sentó, mirando de reojo a los parroquianos.
— Mesero trae un plato de comida caliente para nuestro invitado – grito el mercenario
El tabernero se presento ante el renegado, con la viva expresión de querer estar en cualquier otro lugar. El bailoteo de las pupilas había adquirido cierta velocidad, mientras sus temblorosas manos sostenían a media una bandeja y sobre ella un plato de algo identificable pero caliente. Puso el plato ante el felimbre y salió disparado como alma que lleva el diablo, pero cuando ya agradecía a los ángeles su suerte el felimbre le agarró el brazo.
— Una botella del licor más fuerte que tengáis – ordenó.
— Como deseéis mi señor, ahora mismo – esta vez el hombre salió corriendo con los brazos bien pegados al cuerpo.
El tercer hombre, que hasta ahora había permanecido callado, espero hasta que el renegado hubo dado buena cuanta de su comida para iniciar la conversación. Era el mayor de los tres mercenarios. Su cabello blanco y corto estaba pegado al cuero cabelludo, y su rostro era igual que un paraje lunar, muy seguro que a causa de una viruela mal cuidad. Miraba al renegado con cierto interés, sin expresar ningún tipo de temor.
— Hablemos del asunto que te ha traído hasta aquí – susurro en orseo
En Dhopax no apareció ningún signo visible que se pudiera interpretarse como asombro o curiosidad, miraba al mercenario como si enfrente solo hubiera una pared desnuda. Cogió la botella y de un trago vació medio contenido de un brebaje amarillento. El renegado no sabía a ciencia cierta cual era el origen de la misión que le había traído hasta allí, pero sospechaba que se trataría de dar caza a otro asqueroso humano y por el rumbo que estaba tomando la conversación debía estar en lo cierto
— También yo tengo asuntos que tratar con las mismas personas, en particular con una de ellas – continuo el mercenario, ahora en el lenguaje coloquial – y quisiera aclararlas antes de que el general interviniera.
Esta vez el felimbre miró al mercenario con cierto de interés
— ¿Que es tan importante, como para desafiar a un demonio? – pregunto el renegado haciendo gala de una voz ronca y cortada.
— Vengar la muerte del menor de mis hermanos, además de otros pecadillos – en los ojos del viejo mercenarios aparecieron el fulgor rojo del odio más intenso.
El renegado termino del todo la botella de licor y dejo caer la espalda sobre el respaldo de la silla, luego y por primera vez miro detenidamente a los hombres sentados junto a él. El hombre sentado a su derecha era sin duda el líder de la banda de asesinos de la espada roja, además de un rastreador pues tenía dilatadas las fosas nasales y de vez en cuando empequeñecía los ojos, una costumbre que se adquiría al pasar tanto tiempo protegiendo la vista del brillante sol al mirar a la lejanía. En el rostro del joven sentado junto al rastreador podían verse rasgos muy parecidos a los del cabecilla, una mandíbula cuadrada y unos ojos pequeños y juntos que le otorgaban un aire de inteligencia y malignidad, lo que denotaba que eran padre e hijo. Al mirar directamente al muchacho este le devolvió una mirada arrogante y el Felimbre se prometió enseñarle modales antes de que la luna volviera a crecer en el cielo nocturno.
— ¿Por qué tendría yo que desafiar al demonio? – dijo al fin el renegado.
Como respuesta el mercenario puso sobre la mesa un saco grande de cuero negro, luego otro y por fin un tercero. Por el volumen de los sacos sobre la mesa había la no despreciable cantidad de 500 monedas de oro, cincuenta arriba cincuenta abajo. Al renegado el dinero no le interesaba, para él lo realmente importante, por lo que estaba allí sentado escuchando a esos tres seres que sin duda eran muy inferiores a él, era el hecho de poder entorpecer y mortificar al maldito demonio y matar a su perro faldero.
— Ese es mucho dinero – dijo sin dejar de mirar al líder de los cabecillas – y no puedo garantizarte un resultado favorable a tus intereses
— Vamos mi querido amigo, nadie duda aquí de tus facultades.
El renegado tubo que refrenar el impulso de rebanarle la cabeza en ese preciso instante, solo la idea de considerar a un humano su igual, conseguía revolverle el estómago.
— Estoy seguro que podrás conseguir retener al General el tiempo suficiente para darme la oportunidad de aclara asuntos – añadió el líder mercenario.
Con fingida codicia Dhopax recogió los sacos de la mesa y se levanto. A continuación llamo al posadero y cinco minutos después estaba en la mejor habitación del hotel con otra botella de licor en la mano.
El general vio como el renegado traspasaba las murallas del palacio desde la ventana del despacho del mariscal, y enseguida se apoderó de él el poderoso impulso de atravesarle el corazón con una flecha envenenada. El desprecio que sentía por el Felimbre renegado solo era igualado por el que este sentía hacia él. El general se prometió que en cuanto pudiera aprovecharía cualquier oportunidad para matar al maldito gato, pero no antes de utilizarlo para encontrar a los de su especie, y con ellos al muchacho. Aunque a estas alturas le separase una gran distancia, estaba seguro de que pronto la acortaría, el muchacho estaba herido en un hombro, la herida en si no es gran cosa, el problema estaba en que además había soportado el rayo paralizador del demonio que sin duda retrasaría el proceso de curación. Al recordar como el muchacho se había retorcido bajo sus brazos, le hizo sentir un atisbo de alegría, e incluso le ayudó a olvidar el molesto picor del hombro, allí donde le había alcanzado la flecha. Estaba desando volver a tenerlo en sus manos para hacérselo pagar. Aunque la orden del demonio le prohibía matarle no había especificado que no pudiera sufrir ningún daño físico grave y el pensaba infligirle un dolor tal que gritaría como nunca en su vida.
Un ruido sordo sobre la maciza puerta le sacó de las ensoñaciones de venganza. Antes de poder dar la orden de entrar la puerta se abrió y en el umbral apareció la larguirucha figura del Felimbre. Con premeditada lentitud el renegado se quitó la vieja y andrajosa capa, dejando bien a la vista la enorme empuñadura y su mano posada sobre ella. Su ojo sano resplandeció como un bosque ardiendo al cruzar su mirada con la del general, que permanecía sentado con la espalda firme y la espada desenvainada detrás de un elegante escritorio de madera de cerezo, un material por cierto escaso por aquellas regiones.
— ¿Por qué me has mandado llamar? - preguntó Dhopax
— Para servir a tu amo y señor – respondió el general y con igual lentitud y dejo sobre la mesa la plana moneda plateada.
— Yo no tengo dueño.
— Yo diría que si – una malévola sonrisa apareció en los labios del general haciendo que su cicatriz se contrajera – tan pronto has olvidado el pacto
— Yo cumplí con mi parte del trato, el pacto quedó cerrado – mientras hablaba su mano recorrió la cicatriz del cuello.
La carcajada del general resonó por toda la estancia. En ese momento la moneda plateada se elevo muy lentamente y sin más se lanzo como un rayo contra el renegado, parándose a escasos centímetros de su pecho. El Felimbre no tubo tiempo de protegerse antes de verse envuelto por el espeso humo negro, y ante sus ojos apareció la imagen del demonio enseñando unos dientes negros y puntiagudos. Sobre su mano resplandecía una perfecta esfera plateada, aunque al fijarse detenidamente vio como pequeñas sombras negras empezaban a cubrirlo lenta, pero inexorablemente, dejando en dichas zonas huecos grisáceos que giraban en cíclicos círculos. Cuando por fin consiguió librarse del poder hipnótico de las sombras, le dirigió al demonio la mirada más desafiante que fue capaz de componer. Demsonger lanzo una risotada demoníaca, después se calmo repentinamente y mirando al frente clavo sus oscuros ojos en el renegado.
— ¿Estás seguro de eso, asqueroso gato? – preguntó el general. Su voz parecía lejana y distorsionada al atravesar el muro de humo.
Dentro, en la grieta dimensional creada por la moneda, el demonio jugueteaba con la esfera, sosteniendo la mirada del Felimbre. Hasta que cansado introdujo una de sus afiladas garras en una de las superficies sombreadas. En ese instante el renegado perdió la sensibilidad en todos y cada uno de los músculos, y sin poder sostenerse ya en pie cayó redondo al suelo envuelto en un aura de fluorescente candor. Su piel, antes curtida y bronceada por el duro sol, adquirió de repente el pálido tono de la ceniza. También la pupila de su ojo sano perdió el color azulado, y gruesas gotas de sudor le recorrieron la frente a pesar de que lo único que sentía el Felimbre por todo el cuerpo era un fantasmal frío glacial. La demoníaca risa volvió a resonar por la sala, aún más fuerte si cabe, mientras la garra se hundía más y más dentro de la esfera. De repente la voz del demonio penetro en la mente del renegado
— ¿Quién es tu amo?
— Tú – respondió otra voz desde la parte más profunda de la mente del renegado
— ¿Me obedecerás?
— Si
— Si llevas a buen puerto tu misión es posible que te devuelva tu pedazo de alma, siempre y cuando no haya desaparecido en la oscuridad, lo cual sería una verdadera lástima ¿no crees?
La risa infernal volvió a sonar por última vez, antes de que humo y grieta desaparecieran y la moneda cayera inerte en el suelo. El Felimbre sintió una agradable sensación de calidez, que poco a poco fue instalándose por todo el cuerpo. Recuperó la movilidad, aunque tardó bastante en volver a ponerse de pie. Mientras el general le vigilaba sentado cómodamente detrás del escritorio.
— Partiremos dentro de dos horas – dijo el general cuando el renegado se encontraba ya en la puerta.
Este asintió sin volverse
— ¿No quieres saber a quien perseguimos?, gato
— No
— Es importante ¿no crees?
Como única respuesta el Felimbre abrió la puerta
— Bien como quieras, pero antes de irte te daré un consejo – vio como el renegado se giraba con pasos aun vacilantes – yo que tú pensaría que les diría a mis antiguos compañeros cuando les des caza y le arrebates el colgante y a su dueño.
Con gran satisfacción el general vio aparecer un estremecimiento en las antes arrogantes facciones del renegado.
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