martes, 27 de enero de 2009

capítulo VII

7

Maestre




La misteriosa luz desapareció en el mismo momento en que puse un pie dentro de la cueva, ya solo quedaba la luz del sol y esta de nada nos serviría en el interior
— Crees que debemos entrar.
— No lo se Sara, pero el medallón a reaccionado y creo que eso es bueno.
— Yo también lo creo, lo que pasa es que me da palo entrar ahí, está tan oscuro.
La oscuridad también me paraba los pies, me imaginaba chocando contra paredes de rocas afiladas o cayendo por abismos interminables.
Me adentré todo lo que la luz me permitía y logré distinguir un largo corredor delante de mí, y al parecer nada que pudiera obstaculizarnos el camino. Entonces, al regresar junto a Sara, la vi. La antorcha, o lo poco que quedaba de ella, esperaba colgada de una argolla a que alguien la utilizara.
— Creo que no somos los primeros que entramos aquí – dije mostrándole la antorcha.
— No se porque pero me lo esperaba – me arrebató la antorcha de la mano – no creo que lleguemos muy lejos con esto, está prácticamente consumida.
— La encenderemos solo cuando necesitemos orientarnos, así tal ve nos dure una hora o tal vez dos – no es que fuera mucho pero al menos serviría para acallar eficientemente mi imaginación.
Entramos en la cueva y caminamos pegados a la pared. De vez en cuado encendía la antorcha para asegurarme que todo seguía igual. No habíamos recorrido doscientos metros cuando un soplo de aire proveniente de mi derecha me sacudió la cara, encendí la antorcha y descubrí que la galería se bifurcaba en dos, o mejor dicho un nuevo pasadizo aparecía en la pared derecha de la galería principal.
— Ahora que caminos tomamos.
Mi determinación cedió en ese preciso instante a si que me quite el colgante y lo deje colgando de mi mano.
— Te toca decidir a ti
El colgante empezó a balancearse aunque la corriente que recorría las galerías no era tan fuerte como para provocar tanta inclinación en el ángulo del balanceo. Cuando ya casi había alcanzado la horizontal se paralizó en el aire señalando la galería de la derecha.
— Por la derecha
Sara encogió los hombros como diciendo – tu mismo chaval –
Alumbré el nuevo corredor que era más estrecho y tenía un techo más bajo, pero como en el pasadizo anterior el suelo parecía estar despejado.
— Vamos – seguimos caminando con el mismo sistema de antes.
La galería desembocó en una caverna, y no es que yo sea un experto en geología pero las paredes y suelos e incluso el techo eran tan lisos que no podían ser naturales y el hecho de encontrar otra antorcha colgada de la pared me lo confirmó. A la luz de esta antorcha, que a diferencia de la nuestra estaba entera, pudimos ver que en realidad no estaba sujeta a la pared, si no a la estatua de piedra de un guerrero Felimbre. La sostenía con su mano derecha mientras la mano izquierda descansaba placidamente sobre la empuñadura de una espada. Las facciones eran similares a las de Esmile pero con una nariz más recta y alargada encima de un fino bigote (de gato por supuesto). Aunque lo realmente impresionante eran sus ojos, no importaba mucho que solo fueran de piedra, al mirarlos parecían echar fuego. Me costó bastante sacar la antorcha y como premio a tanto esfuerzo solo conseguí un excelente culatazo.
Seguimos avanzando pegados a la pared, más que nada para poder comprobar lo grande que era la caverna, ya que la iluminación de la antorcha no daba para tanto. A seis u ocho pasos encontramos otra estatua con su respectiva antorcha, finalmente nueve estatuas alumbraban una estancia redonda de aproximadamente quince metros de diámetro. Todas las estatuas representaban a guerreros Filambres en distintas posturas unos en reposo como la primera, otras atacando a un enemigo imaginario o defendiéndose, pero todos radiaban esa mirada de fuego que conseguía ponerme la carne de gallina.
— Me recuerdas que hacemos aquí — dijo Sara.
— Creo que averiguar de donde salía la luz, aunque ya no estoy tan seguro.
En el centro de la estancia había una mesa de roca también redonda (como la del rey Arturo), y en su superficie se podía distinguir barios signos grabados que se asemejaban a los tallados en el colgante. Coloqué el medallón sobre la mesa pero no paso nada. Sara decepcionada lo recogió y lo examino por décima vez.
— No son los mismo – parecía haberme leído la mente – pero se parecen bastante. Mira el primero es una U invertida pero en el colgante además de la U invertida tiene un triángulo recolgando. Todos tiene algo, una pequeña diferencia, además estos son nueve y en el colgante solo hay seis.
— Nueve como el número de estatuas, además fíjate que coincidencia, los signos y las estatuas están alineados, como se cada signo nombrara a una estatua. Oye no se parece esto a una película de Indiana Jones
— Solo espero que no termine igual
— ¿Cómo? ¿Besando el prota a la chica?
— No vicioso, corriendo para no ser aplastado por una pelota de roca gigante, enterrado en arena o lo que es peor rodeado de serpientes – un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Recorrimos cada centímetro de esas estatuas buscando los signos y los encontramos, ya lo creo, y no es que estuvieran muy a la vista, justo en el borde inferior del pedestal que sostenía cada estatua, bien pegadito al suelo. Sin embargo no estaban grabados en la piedra como pensé al principio. Eran más bien tallas que alguien hubiera encajado allí, como esos juegos donde los niños deben colocar las formas geométricas en sus huecos correspondientes. El problema era que el tiempo había hecho de las suyas y los bordes habían perdido definición, además, de alguna forma, se había formado una costra que los había soldado a la roca, gracias a dios había traído mi fiel navaja.
Tardamos un rato pero al final coloqué cada signo sobre su homologo en la mesa. De repente, y sin darnos tiempo siquiera a respirar, surgieron de cada talla fogonazos de luces verdes y amarillas que pronto se hicieron más fuertes y continuas. Fue entonces cuando el suelo comenzó a temblar. La parte central de la mesa se desprendió del resto elevándose por los aires, como si una mano invisible la levantara, y del hueco que resultó surgió una columna de luz azulada y pálida. Y tan rápido como había comenzado, el temblor desapareció. Entonces ocurrió lo más extraño de todo lo que había visto hasta ahora, en la columna de luz comenzaba a definirse poco a poco la silueta de un hombre. No se le veía con total claridad, pero si lo suficiente como para distinguir a un hombre mayor de pelo canoso y cortado al uno. Su piel estaba bronceada o más bien quemada. Nos sonreía débilmente mostrándonos uno diente blancos que por un minuto me recordaron a Antoñete (que tiempos aquellos).
— Bienvenido a casa Roberto.
El hecho de que una figura flotante e incorpórea surgida de una luz (muy bonita eso si) y que además conociera mi nombre me sorprendió, o mejor dicho, me asusto pues eso implicaba que me reconocía y no me lo esperaba, todavía no. Debió verlo en mi cara porque añadió.
— No, no os asustéis, no pretendo haceros daño solo ayudaros a regresar a casa – la figura se desdibujo y volvió a dibujarse pero ahora se le veía con menor intensidad
— ¿Eres Maestre verdad? - Pregunto Sara
La figura clavo su mirada en ella y asintió luego se volvió hacia mi otra vez
— Seguid el libro hasta llegar a su último destino, allí me encontrareis y también la respuesta que buscáis, el tiempo se agota daos prisa – para darle mas suspense a la cosa la figura de Maestre volvió a desdibujarse, aunque esta vez tardó mas en recuperar la forma.
— Espera solo tienes que decirme como podemos regresar a nuestro mundo y ya está. Para eso si hay tiempo – sonrió de nuevo pero esta vez con ganas – si lo que quieres es el colgante tómalo, es tuyo te lo regalo, pero primero déjame llevar a Sara a su casa, luego prometo volver y entonces te llevaré el colgante te lo prometo, te doy mi palabra de honor
— Ni hablar – gritó Sara - si tu té quedas yo también – no quería quedarse se le notaba en la cara, pero también veía en sus ojos pura determinación, o sea que ni dios le hará cambiar de opinión.
— No es tan fácil joven Roberto, primero hay cosas que debes saber y entender, tu padre lo hubiera querido así. Daos prisa y tened cuidado el enemigo también quiere lo mismo y sabe donde estáis – la figura casi había desaparecido, con el último “suspiro” añadió – confiad en las estatuas ellas os ayudarán.
— ¿Que ha querido decir? no pretenderá que nos llevemos las estatuas
— Deja las estatuas y esa estúpida cabezonería tuya ¿por qué no te has querido ir? Maldita sea – en verdad nunca había estado tan enfadado con alguien (a excepción de mi padre) y no hubiera podido callarme aunque lo hubiera querido – no es un juego de ordenador ni nada parecido, es que no has tenido bastante con la pelea de esta mañana tanto te ha gustado.
En ese mismo instante me di cuenta de que me había pasado al menos veinte pueblos. No había pretendido decir eso, ni siquiera lo pensaba, simplemente las palabras salieron de mi boca, como si los labios hubieran pensado por si solos cual sería la mejor manera de ofenderla.
— No me gusto nada, nunca en toda mi vida me he sentido peor, aún así no cambió mi decisión.
Las lágrimas corrían por su mejilla y no hacía nada por ocultarlas. La estreche entre mis brazos para intentar consolarla. Sabía que no era la mejor de las disculpas pero esperaba que fuera suficiente. Ella demostraba una valentía que yo nunca tendría y eso me hizo comprender que nunca sobreviviría en este mundo sin ella, aunque mi orgullo se empeñara en demostrar lo contrario.
— Lo siento, además sin ti no podría haber llegado tan lejos, pero es que no quier... – termine la palabra dentro de su boca que sorprendentemente estaba unida a la mía, no fue un beso apasionado, ni siquiera duro mucho, pero fue el mejor beso que he tenido en mi larga carrera de Don Juan.
— Ves, al final hemos acabado imitando a Indiana Jones.
— Si, lo cual es preocupante. Deberíamos salir corriendo antes de que la cosa empeore.
Decidimos seguir junto hasta el final fuera cual fuera y hacer lo que nos había pedido Maestre, lo cual nos llevaba de nuevo a las estatuas ¿qué habría querido decir con eso? ¿podrían de alguna manera estar vivos estos cuerpos de piedra? Después de lo que acababa de ocurrir no me extrañaría nada, pero ya habíamos perdido mucho tiempo y no podíamos regresar al campamento sin una mísera ramita por lo que acordamos volver por la mañana ante de partir.
Cuando salíamos de la caverna con la antorcha en alto nos encontramos de frente con Esmile, sus ojos volvían a tener ese brillo tan especial y su mano empuñaba la espada desmontable bien montada.
— Tenía que haberlo supuesto desde el mismo momento en que os vi – avanzaba con la espada firme en su mano
— No es lo que te imaginas Esmile, te dijimos la verdad, no pretendíamos ni pretendernos pelear
— A no ser que nos obligues – aclaro Sara afianzando los pies en el suelo buscando la mejor manera de contrarrestar el ataque.
Pero Esmile no parecía escuchar nada, ni tan siquiera se fijo en Sara, avanzaba hacia mí como un torpedo a propulsión y antes de que pudiera reaccionar la tenía en frente. Sus ojos ya no echaban chispas, ahora parecían fuegos artificiales y por alguna razón aquel espectáculo pirotécnico tenía la facultad de paralizarme en el sitio, o tal vez era la espada que afortunadamente mantenía pegada al cuerpo.
— Por favor Esmile – le rogué, pero ella me hizo callar y con un lento movimiento sacó el colgante de debajo de la camiseta. Sara hizo un amago de detenerla pero en ese instante la felimbre desmontó su espada. Sostenía el medallón como si se tratara del santo grial o algo parecido, luego mirando a Sara dijo.
— No pelearé contra vosotros, de ahora en adelante os ayudaré en vuestro viaje.
— ¿Cuánto tiempos llevas escuchando? - pregunte
— Desde el principio – sus ojos ahora recorrían la sala – vi la luz. Luego a vosotros dirigiros hacia allí y decidí seguiros.
Recorrió las estatuas una a una y ante todas realizó la misma reverencia, a excepción de las cinco ultimas, ante ellas además susurró una pequeña oración. Cuando terminó volvió a plantarse delante de mí. Esta vez la tensión ambiental había desaparecido aunque me incomodaba tenerla tan cerca, con esos fuegos artificiales fijos en mi. Si lo notó no lo demostró y lo que es peor no hizo nada para remediarlo, fui yo quien di un paso a atrás pero sin apartar la mirada. Por fin terminó el escrutinio y no sé si porque en realidad había acabado o por que Sara se interpuso entre los dos con cara de malas pulgas.
— Si lo has escuchado es posible que sepas de qué va esto, porque nosotros andamos un poco perdidos.
De pronto las paredes crujieron como una casa vieja a punto de desmoronarse.
— Os contaré lo poco que sé por el camino pero no podemos quedarnos aquí por mas tiempo - Me quitó la antorcha de las manos y comenzó el camino de regreso al campamento, de repente se había puesto muy nerviosa y caminaba tan deprisa que la única manera de seguirle el paso era corriendo – por donde puedo empezar
— Prueba por intentar explicarme que pinta mi padre en todo esto – intentaba que mi voz sonara clara.
— Tu padre es un guardián del tiempo y espacio – lo dijo así como si eso aclarara las cosas mientras empezaba a correr.
Nos costo bastante seguirle el ritmo. La galería ahora parecía interminable, como si se hubiera alargado desde que la habíamos atravesado en sentido contrario, y para colmo las paredes comenzaron a brillar con la misma luz verdosa, aunque no me paré a investigarlo, mantener el ritmo que marcaba la Felimbre requería toda mi concentración. Después de salvar una curva (que no recordaba haber visto allí antes) llegamos al final del túnel. Cuando salimos a la galería principal comenzamos a correr hacia la derecha lo cual nos llevaba si remedio alguno hacia centro de la cueva en ved de hacia la salida. Intenté parar a Esmile poniéndome delante de ella pero solo conseguí cansarme más, por fin reuní todo el aliento que pude y grité
— Vamos en sentido contrario – no sé si me escucho o me ignoro, la cuestión es que no paro – Esmile escu... cha corre... mos mas ha... cia el interior, la entr... entrada estaba a la dere ..cha.
— Se lo que hago no os paréis, seguid corriendo.
— Segu... ro que ahora bro... tan serpie... ntes por todos lados – tartamudeó Sara.
Pero se equivocaba, lo que ocurrió fue que las paredes resplandecieron aún con mayor fuerza y comenzó a escucharse un leve susurro, seguí corriendo con todas mis fuerzas.
Entonces, y sin ninguna lógica, vi el final del túnel y eso me dio alas a los pies. En un plis-plas estuvimos fuera. Cuando recuperamos el aliento, proceso que para Sara y para mí fue lento y doloroso, mi compañera preguntó
— ¿Qué ha sido eso?
— Una ruptura del espació – y volvió a quedarse tan pancha, como si solo se estuviera refiriendo a un bocata de jamón
— ¿Lo que esta intentando decir es que nos hemos trasladado por el espacio? – Pregunté – vamos que echamos a correr por un pasillo y un segundo después corríamos por otro distinto.
La felimbre asintió.
— Genial, saber lo que ha pasado me da más tranquilidad, y ya para sentirme feliz del todo ¿qué hubiera pasado si no hubiéramos conseguido salir a tiempo? – preguntó Sara con cara de prefiero no saberlo
— Pues hubiéramos quedado atrapados en un bucle es decir seguiríamos...
— Ya me hago una idea, no sigas prefiero no saberlo, pero es que no podéis hacer trampas normales como cualquier hijo de vecino.
— Hubieses preferidos las serpientes Sara – argumente yo y un escalofrió recorrió el cuerpo de mi compañera.
Esmile sonrió ante la reacción de mi amiga.
Reemprendimos el camino hacia el campamento recogiendo cada rama que se nos pusiera a tiro.
— Lo que no entiendo es porque no sabes nada precisamente tú siendo hijo de quien eres – dijo Esmile.
El hablar de mi padre como si todavía estuviera vivo me produjo un malestar en pecho pero me hizo darme cuenta de una cosa, en la conversación con maestre este, al contrario que Esmile, había hablado de mi padre en pasado. El sabía que había muerto, pero ¿cómo? Decidí que sería lo primero que le preguntaría cuando lo tuviera delante.
— Mi padre murió hace un año dejándome como única explicación el colgante y el libro – aclaré.
Esmile puso su larga mano sobre mi hombro unos instantes
— Te contare todo lo que sé o pueda pero primero esconde eso – señalo el medallón que seguía colgado de mi cuello, a la vista de todo aquel que quisiera mirarlo.
— Antes as dicho que mi padre era un guardián del espacio y el tiempo – dije mientras guardaba el medallón - ¿qué es eso?
— Durante tiempos inmemorables los felimbres hemos sido los guardianes del espacio y el tiempo, quiero decir que todos los felimbres nacemos con el don de detectar cualquier ruptura del continuo espacio-tiempo además de algunas habilidades mágicas, como ya habéis podido ver, sin embargo no somos la única especie, algunos humanos también posees el don. Tu padre era uno de ellos.
Aquella afirmación me dejó sin aire en los pulmones y tuve que sostenerme sobre un árbol para no caer. Cada vez que recordaba a mi padre la mente se me llenaba de imágenes cotidianas: mi padre ante su ordenador; mi padre cocinando espaguetis a la boloñesa y poniendo la cocina hecha un asco, mi padre leyendo unos de sus libros ante la chimenea. Pero imaginándomelo detectando grietas en el aire como un superhéroe de comic cualquiera conseguía que se me nublara la vista.
— ¿Te encuentras bien? – Sara se había detenido junto a mí.
— Si – por mucho que me costara asimilarlo tenía que saber toda la verdad - ¿Cómo vino a parar a este mundo?
— Cuando se produce una ruptura entre el continuo espacio de dos mundo lo suficientemente grande alguien con el don de tu padre puede atravesarla, puede viajar.
— ¿Le conociste?
— No, en persona no, pero he oído hablar de él.
— ¿Quiénes son las estatuas? – preguntó Sara para cambiar de tema y darme tiempo para asimilar todo esto - Y ¿qué quiso decir Maestre?
— Las estatuas se irguieron en honor de los nueve guardianes supremos. En cada generación nacen nueve felimbre con la capacidad de trasmutar el continuo espacio, abrir ventanas como la que habéis visto en la cueva sin recurrir a la magia. Y si Maestre sabe que el colgante ha vuelto habrá mandado a los cuatro para protegerte.
— Solo cuatro, no has dicho que son nueve – dije.
— Tras la guerra sólo quedaron cuatro guardianes, los guerreros más poderosos de mi especie.
— Pues deben haber pillado un atasco – se burlo Sara.
— ¿Atasco? – inquirió la felimbre levantando una ceja extrañada.
— Déjalo Esmile tengo una pregunta más importante ¿qué es realmente mi medallón? Y ¿Por qué ni Maestre ni los ángeles pudieron controlarlo?
— Lo siento Roberto a eso no puedo responderte, solo Maestre puede.
— Yo tengo otras duda – dijo Sara – si como nos contó Ricio la guerra terminó porque el medallón selló este mundo, quiere decir que cerró todas las ventanas dimensiónales ¿cómo es que Maestre ha podido abrir esa ventana?
— Estas confundiendo el poder en si de controlar el espacio a la magia. Maestre ha utilizado un conjuro para abrir esa ventana, aunque como habéis visto desde aquel día ni siquiera el mago más poderoso puede mantener abierta una pequeña ventana durante mucho tiempo
— Pero ¿la trampa? ¿También era un conjuro? – Pregunto Sara – porque no me pareció que durara poco
— En verdad era una mezcla de conjuro y poder, supongo que como fue creado antes del gran día su poder de acción solo ha ido disminuyendo poco a poco, si hubiera estado a plena capacidad te aseguro que no hubiéramos salido sin saber el camino mágico.
— Sabes lo que significa estos símbolos – volví a sacar el colgante para poder enseñarle los signos grabado en su superficie
Los estudió durante un buen rato antes de responder
— Es Orseo un lenguaje muy antiguo, una lengua muerta pero lo siento no sé lo que significa.
Ya se podía oír el chisporreteo del fuego y las voces de nuestros compañeros de viaje sentados alrededor, seguramente bebiendo ese vino tan raro. En este punto Esmile se separó de nosotros para volver diez minutos después con varios conejos de doble cola atados al cinto. No continuamos con la conversación, no porque no tuviéramos mas preguntas que necesitaran ser contestadas inmediatamente (sobre todo yo), sino porque Esmile no podía darnos ninguna respuesta más, y así con cara de buenos chicos, de esos que nunca guardan secretos a los amigos, nos presentamos ante ellos.
— ¿De donde venís? – pregunto Tirós sonriente
No sabía que contestar y por primera vez en su vida tampoco Sara, fue Esmile la que relató con cuidado la historia dejándonos a nosotros los vacíos que ella desconocía. Al terminar se produjo un incomodo silencio que finalmente rompió Tiros
— Habéis luchado codo con codo a mi lado por eso os ayudaré a llegar a la ciudad de Paranfor, pero nada mas – y sentenció sus palabras con un buen trago de licor
— Yo también os ayudaré contad con migo – añadió Ricio
— Me salvaste la vida una ves Roberto así que puedes contar con migo hasta el final
— No Ambió _ lo último que necesitaba ahora era la vida de otra persona por la que preocuparme – no me debes nada bastante has hecho ya por mí y por Sara la deuda que puedes creer tener ya ha sido pagada y con creces.
— No te pido permiso la decisión está tomada – sus palabras no mostraban ninguna inflexión pero tampoco daba opción a discutir, así que me resigne. A quien quería engañar necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir
Calson simplemente dijo
— Donde vaya mi señora voy yo.
La conversación terminó con esas simples palabras.



A muchos kilómetros de allí cuatro figuras encapuchadas representaban la misma escena. Realizaban el primer descanso desde que habían salido del desierto. Todo a su alrededor permanecía en silencio y los cuatros enmascarados (ya no tan desconocidos porque seguro que habéis adivinado quienes son. En caso contrario no pienso decíroslo) respetaban el sepulcral silencio.
Mientras permanecían allí sentados empapándose del calor de la hoguera descendió del cielo una esfera de luz verdosa, se deslizo poco a poco de entre las oscuras nubes hasta quedar suspendida, justo en el centro del grupo. De repente la esfera de luz se dividió en cuatro fragmentos luminosos que lentamente se aproximaron a cada uno de los enmascarados. El primero de los encapuchados levantó el brazo derecho y el destello colisiono contra el brazalete de oro que llevaba sujeto a la muñeca. El segundo desenvainó la espada donde la luz verdosa se reflejo ante de unirse a ella. Otro resplandor verdoso se adhirió al blasón de plata que del tercero llevaba sobre la frente. El cuarto encapuchado alzó su arco del que surgió un destello amarillo que se unió al verde, y de la alianza surgieron chispas plateadas tan brillantes que apagaron toda fuente de luz
Recogieron sus cosas y reanudaron su viaje. La señal ya había sido recibida y el mensaje era alto y claro, el tiempo se agotaba.

lunes, 19 de enero de 2009

capítulo VI

6

El cañón de Sarkada




Ya se podían ver a lo lejos las primeras luces de la ciudad, si seguían manteniendo el mismo paso el general y sus hombres llegarían a su destino en el transcurso de dos horas. La misión en principio no parecía complicada. El territorio a cubrir era pequeño y podrían conseguir ayuda de la guardia del Mariscal Preisus, pero su intuición le decía que no debía confiarse. El general nunca había visto al gran Demonio Demsoger tan impaciente, ni siquiera en la víspera de las grandes batallas, cuando su única obsesión había sido matar y devorar. Aunque ya le habían sido confiadas con anterioridad misiones parecidas, las ordenes habían sido siempre eliminar al enemigo, y esa era otra razón por la que no debía bajar la guardia, el Demonio no quería al chico muerto sino vivo, y bien vivo, y eso complicaba bastante las cosas.
Las puertas de la ciudad estaban cerradas cuando por fin llegaron. Al llamar se abrió una pequeña ventana desde donde se podía ver la cabeza del soldado de guardia.
— ¿Quién va?
— Somred - fue su única respuesta. Enseguida se escucho un sutil cuchicheo y luego el ruido de los pasos del soldado al ir a buscar a un superior, pagarían por hacerle esperar en la puerta.
Por fin la puerta se abrió y tres hombres esperaban tras ella.
— Mis respetos valeroso Somred bienvenidos a la ciudad de Paranfor – dijo el recién llegado tras hacer una reverencia – el Mariscal Preisus le espera en el palacio, si hace el favor de seguirme.
El hombre vestido con una túnica de seda azul emprendió la marcha hacia el palacio pero el general no le siguió, su atención estaba en los soldados postrados ante él. Desenvaino la espada con un rápido movimiento. El sirviente solo escucho un leve susurro, cuando se dio la vuelta vio con pavor los cuerpos decapitados de los soldados.
— No me gusta que me hagan esperar ¿queda entendido? – El sirviente inclinó lentamente la cabeza sin apartar la vista de los cuerpos – vamos
El heraldo emprendió la marcha manteniéndose a una cierta distancia. Cuando llegaron varios criados se encargaron de los caballos y otros tantos de conducir a los soldados a sus dormitorios.
— El Mariscal le espera en sus aposentos – el hombre del traje de seda azul le indico con un gesto que le siguiera.
La habitación privada del Mariscal estaba en el la ala norte del palacio, después de recorrer varios pasillos y subir numerosas escaleras llegaron ante una puerta de madera tallada con el escudo de la familia de Anka (un dragón y una serpiente entrelazados) la cuarta en importancia y poder. El sirviente llamó a la puerta y sin esperar respuesta se fue.
— Entra por favor
El general abrió la puerta y entro. El Mariscal estaba sentado mirando el fuego en un cómodo sillón, su mano sostenía una fina copa de cristal. Era un hombre viejo pero su mirada radiaba inteligencia y astucia, era la clase de hombre al que no se le podías subestimar.
— A que se debe esta inesperada visita general Somred
— Eso no le importa Mariscal, lo único que debe hacer es prestarme toda la colaboración que necesite, empezando por una partida de cincuenta hombres listos y armados.
— Bien – dijo el mariscal mientras estudiaba el contenido rosáceo de su copa - creo que podré proporcionarle esos hombres la semana que viene a más tardar.
— Creo señor, que no me ha entendido bien, quiero que estén listos ahora.
— Y dígame señor por que tendría que darle lo que me pide.
Un calor abrasador traspasó el cinto del general justo donde tenía la moneda de plata. La arrojo a los pies del Mariscal, que se levantó del sillón mucho más rápido de lo que su frágil cuerpo daba a entender. De repente sonó una explosión y la habitación se llenó de un humo negro y espeso, tras el cual, y después de un nuevo estallido de luz, apareció una ventana mágica en el centro de la humareda, mostrando a un Demsoger considerablemente enfadado. De sus cuernos salió un rayo que atravesó la abertura dimensional convirtiendo en polvo el sillón donde solo unos minutos antes había estado sentado el Mariscal.
— Porque yo lo ordeno
— Enseguida mi señor – se arrodillo – perdonar mi osadía estoy y estaré siempre a tus órdenes mi señor.
La ventan volvió a cerrarse tan rápidamente como había aparecido y el humo regresó a la moneda en un siseo ensordecedor. Cuando la calma regreso a la habitación el Mariscal se levantó realizando grandes esfuerzos, una vez de pie fue a sentarse en el sillón, pero lo encontró completamente chamuscado, al fin se dejo caer agotado en una silla cercana.
— Bien – suspiró – tendrás a esos hombres dentro de una hora – hizo sonar la campanilla, enseguida apareció el sirviente de traje azul – mientras el sirviente le acompañará hasta sus aposentos donde podrá refrescarse y comer algo.
Somred recogió la moneda y siguió al criado. Una hora después desfilaban ante un pelotón de veinte hombres rudos, malolientes y armados asta los dientes.
— Quiero que inspeccionéis todas las posadas, casas de huéspedes, tabernas, cualquier sitio donde pueda esconderse un extranjero. Buscáis un forastero de unos veinte años, cualquiera que coincida con esa descripción debe ser traído ante mí antes del amanecer.
— Pero mi general – un soldado muy joven salió de la formación – debe de haber cientos de personas que coincidan con esa descripción, no tendremos bastante con una sola noche.
Cuando el general se puso delante del soldado, este le miró directamente a los ojos. Era un muchacho valiente aunque algo un imprudente. Sin darle tiempo a reaccionar le propino un golpe en las costillas con la empuñadura de la espada.
— Si quieres seguir viviendo tendrás que lograrlo – levantando la voz y añadió – eso va para todos.
Sin romper la formación se encaminaron hacia las puertas de la muralla. Los hombres del general seguían formados esperando órdenes más concretas, al llegar ante ellos su segundo se adelantó.
— Quiero que cada uno dirija a un grupo de hombres y aseguraros que no matan a nadie por vuestro propio bien y el mío.
No tardaron en estar llenos los calabozos del palacio y solo habían inspeccionado la mitad de la ciudad. El general le examinaba uno a uno mientras iban entrando en el calabozo, o más bien lo hacía la moneda, pero hasta el momento no había reaccionado con nadie y cada vez era más difícil sostenerla sin que le abrasara la mano. El día ya iba asomando por el horizonte.



El amanecer ya asomaba por el horizonte y por fin se podía apreciar el terreno en su totalidad. Era un cañón poco profundo y no muy estrecho pero un cañón al fin y al cavo. Mucho tiempo atrás había pasado por allí un río, pero según Ricio se secó por la acción de los espíritus que mataban toda clase de vida, y no se si tendrá razón pero a la luz del día el cañón perecía un lugar completamente yermo. Había que buscar mucho entre las paredes rocosas para encontrar algo de vida. Si los espíritus habían intervenido habían hecho un buen trabajo
Habíamos tardado toda la noche en preparar las defensas, Ambio, Tirós y Calson se habían encargado del trabajo más duro, las trampas exteriores, pero que bien valía la pena por no tener que aguantar a Ricio. Él y yo (que se le vamos hacer, a fin de cuenta había sido idea mía) preparamos el terreno donde según Esmile se iba a desarrollar el grueso de la batalla, mientras Sara se fabricaba un arma que pudiera manejar con soltura, con la ocasional ayuda de Esmile. La felimbre, que había permanecido de vigía en lo alto del cañón, vino hasta donde nosotros estábamos trabajando.
— Ya están aquí, tardarán como mucho una hora en aparecer
— Bien, cada uno a sus puestos – Ambio que hasta entonces había permanecido callado y ausente recuperó el liderazgo – se acercó hasta Sara y le entregó una espada toma te hará falta.
— Gracias pero no me gustan esa clase de armas, además esta me será más eficaz – dijo levantando la lanza que se había hecho con una gruesa vara, a la que, además de sacar una punta tremendamente afilada, había reforzado con cuero endurecido de tal manera que ahora era tan sólida como una barra de hierro.
Me acerque hasta Sara que se había quedado sola.
— Cuídate mucho – la abracé con fuerza atrayéndola hacia mí - no soportaré que te hagan daño, así que no lo permitas ¿vale?
— Pero que actitud más machista – apoyó su cabeza sobre mi pecho – nunca lo hubiera pensado de ti caballero.
— Creo que está en nuestros genes - alce su lanza de la forma más orangután que pude – no podemos evitarlo a si que tendrás que quererme con todo el paquete.
— No te preocupes, no me pasará nada. Y a ti te digo lo mismo, no es que me importes pero bueno necesito que alguien me lleve a casa.
— Ya en serio – la aparte un poco para poder verle la cara – ten mucho cuidado y siento mucho haberte metido en este berenjenal.
Se alzó de puntillas y me beso. Por un momento se me olvidó, como era mi costumbre, lo apurado de la situación y el peligro que corríamos, hasta que Ambio vino a recordárnoslo. Entonces todas las preocupaciones y miedos volvieron de repente y a traición, sin ningún respeto por lo que había pasado solo unos minutos antes.
— No es el momento, ocupar vuestros puestos.
Continué en vos baja mientras nos separábamos
— Tengo que hablar con tigo pero a solas, e conseguido información
— Yo también – contestó ella también en vos baja – hasta luego.
Mi puesto de batalla estaba en un risco sobresaliente en mitad de la pared de roca, desde donde podía ver todo el campo de batalla y la entrada al cañón. Como había predicho Esmile llegaron una hora después, todos en fila india. Habían desmontado y avanzaban empuñando las armas. El que iba delante, seguramente el rastreador mantenía la vista fija en el suelo siguiendo las huellas que muy astutamente Esmile y Calson habían dejado y que los conducía directamente hacia las trampas. Según el plan tenía que dejar que los primeros hombres sobrepasaran la primera trampa antes de que comenzara la juerga, y ese momento había llegado. Cargué el arco con mi mejor flecha y con una seguridad que hasta a mí me sorprendió disparé. La flecha dio justo en el blanco derribando el soporte que frenaban el desprendimiento de tres grandes rocas, que comenzaron a rodar una tras otra arrastrando todo aquello que encontraban a su paso. Los mercenarios al ver lo que se les venía encima echaron a correr. Unos intentaron salvarse corriendo hacia delante mientras que el resto retrocedieron, al fin, cuando se disipo la polvareda solo quedaban en pie una docena de caballos y aproximadamente catorce hombres agrupados en circulo. Desde mi posición podía oírles hablar pero no conseguía entenderlos. El siguiente paso dependía de ellos así que contuve la respiración y esperé con el arco preparado.
Los hombres siguieron avanzando pero ahora con mucho cuidado, y cuando escucharon el sonido de la siguiente flecha y el consiguiente ruido de rocas al desprenderse, ya estaban preparados y echaron a correr como alma que lleva el diablo. No habían conseguido salir del alcance de las rocas cuando se encontraron de frente con la espada desmontable de la Felimbre y la lanza de Sara. Al ver por fin a sus contrincantes la mayoría dirigió sus ataques contra Sara. El primero que la embistió recibió como premio un potente garrotazo justo en la cabeza que le dejo fuera de juego. Otro adversario la atacó desde la derecha con una estocada directamente al abdomen, pero esquivó el golpe con una ágil cinta para luego girar ciento ochenta grados clavándole la punta de su lanza en la zona alta del pecho. Mientras ella remataba a este un tercero aprovechó la oportunidad e intentó un ataque por la espalada, solo que no consiguió terminar el golpe con una de mis flechas clavada en el pecho.
Unos metros más allá Esmile ya había vencido a dos y luchaba con un tercero. El hombre se abalanzo a la desesperada hacia delante sujetando el arma con las dos manos. Esmile retrocedió un paso mientras giraba el cuerpo hasta colocarse en paralelo con la hoja de la espada, que pasó de largo a pocos centímetros de su barbilla, entonces la espada desmontable trazó un arco de abajo a arriba consiguiendo atravesar el pecho desprotegido del mercenario. Rápidamente fue a ayudar a Sara que se defendía a duras penas de tres atacantes.
En aquel momento Ricio, Ambio, Tirós y Calson atacaron por detrás igualando la batalla seis a seis. El mercenario que estaba más cerca de Ambio paró en seco su espada y rápidamente invirtió la trayectoria de su hoja dirigiendo la estocada hacia su cuello, pero el impulso era tan fuerte que no pudo controlarla. Ambio solo tuvo que apartarse un poco para luego atravesarle el corazón con su espada. Tirós lanzó un grito de guerra y se abalanzó sobre los hombres que rodeaban a Sara y Esmile. La descomunal espada cercenó el cuello del primer hombre que encontró a su paso, luego cambió la dirección y repitió la escena. Los hombres que consiguieron escapar de la embestida asesina se encontraron de frente con la muerte a manos de Ricio o de Calsón.
Desde mi posición observaba atónito como se desarrollaba la batalla. Era increíble la velocidad con la que se movían los luchadores y eso me impedía intervenir. Aunque no tardé en encontrar una oportunidad cuando al observar los alrededores vi un destello que se movía entre el mar de rocas que había quedado tras las avalanchas. Tensé el arco y agudice la vista. Un segundo después tenía en el punto de mira a un par de mercenarios. El primero tenía una ballesta y, escondido tras una gran roca, se preparaba para atacar a mis amigos. Sin pensarlo dos veces disparé con tan mala suerte que la flecha se hundió a solo unos milímetros del mercenario, aunque conseguí llamar su atención y que se olvidara de la batalla que tenía delante. El otro hombre, que no era otro que el rastreador, siguió la dirección de mi disparo hasta localizó mi posición y como si estuviéramos en el viejo oeste comenzó un fuego cruzado de flechas. Su puntería no era como para tirar cohetes, pero parecía tener un arsenal ilimitado de proyectiles, en cambio a mi no me quedaban más de media docena de flechas. Si conseguía deslizarme un poco hacia la derecha podría tener un mejor ángulo de tiro, el inconveniente residía en que no había ningún saliente donde cubrirme, así que si fallaba el tiro me convertiría en un blanco perfecto. Solo tenía una oportunidad. Disparé dos flechas a la vez que salieron despedidas cada una por su lado. Entonces aprovechando el desconcierto del mercenario me coloqué de un salto en la posición adecuada y simplemente dispare, concentrándome como me había enseñado mi instructor en el objetivo no en el momento. La flecha se hundió justo en el centro de su mollera, es decir entre ceja y ceja. El rastreador al ver como su compañero caía muerto al suelo y comprobar además que era el único superviviente de la avanzadilla emprendió la huída.
La batalla había acabado al fin mientras el sol se colocaba en lo alto del cielo.
— ¿Por qué no has acabado con el rastreador? – Me pregunto Tiros cuando nos reunimos – dejar que los demás luchen mientras uno mira es de cobarde y los cobardes en la batalla merecen la muerte.
— ¿Quien es el cobarde? — dije y no pude evitar que mi voz sonara algo más aguda de lo normal — el que tiene miedo a morir y huye o el que mata a una persona desarmada y por la espalda
— Deberías haberlo matado – volvió a repetir con mayor énfasis.
Encogí los hombros como única respuesta y fui a sentarme junto a Sara. Mi compañera contemplaba hipnotizada sus manos manchadas de sangre y al darse cuenta de que todavía sostenía la lanza la arrojó lejos de ella, como si esta ardiera. La adrenalina debida al miedo y a la batalla ya había dejado de fluir por sus venas y ahora solo quedaba una extraña sensación de vacío y reproche.
— Yo ni siquiera estoy a favor de la pena de muerte — murmuró.
— O eran ellos o nosotros Sara – Esmile mantenía la mirada fija en Sara, que por fin apartó la vista de sus manos para mirarla a ella – y en tu caso hubiera sido peor, te habrían usado hasta cansarse y luego te habrían vendido como esclava en cualquier mercado. Matar por primera vez es duro – desvió su mirada hasta mí – pero en estos tiempos en donde la ley no existe o te defiendes tu mismo o mueres.
Sara asintió intentando recuperarse del todo
— Deberías haberlo matado – ahora era Ambio quien hablaba – no, no digo que no tengas razón –se apresuro a decir levantando la mano para frenar mi protesta – pero cuando llegue hasta el ejercito de mercenarios, no tardaremos mucho en volver a tener compañía no deseada y de estos no nos será tan fácil deshacernos.
— ¿Que es lo que estás intentando decir Ambio? – intervino Ricio abandonando por un momento los rezos y las plegarias.
_ Digo que tendremos que poner un obstáculo entre ellos y nosotros o no llegaremos a tiempo hasta la seguridad de la ciudad.
— No te estarás refiriendo a cerrar el cañón, porque acordamos que solo lo haríamos en caso de emergencia
— Y que te parece esta situación – se mofó Tirós.
No hubo nada que Ricio pudiera decir para convencer a los demás y la conversación quedó zanjada.
Lo único que no tenía claro era como provocaríamos la avalancha, y no solo eso sino una lo suficientemente poderosa como para taponar un cañón tan ancho. No me parecía que amontonar piedras en lo alto del acantilado y dejarlas correr pendiente abajo fuera suficiente, aunque ¿si lo hiciéramos mas de una vez? Pero así tardaríamos bastante y por la forma de hablar de mis compañeros de viaje se entendía que el tiempo no era algo que en este preciso momento nos sobrara.
— Hum, chicos no es por apoyar a Ricio pero me parece imposible que consigamos taponar esto – extendí los brazos para darle mas énfasis a mis palabras – y menos en tan poco tiempo, necesitaremos por lo menos un día entero.
Las carcajadas resonaron como truenos en una tempestad, todos menos Sara, se reía a mandíbula batiente.
— Pero Roberto utilizaremos Tronadores – Calson fue hasta su carromato, al volver sostenía en las manos varios tubos transparentes rellenos de un material pastoso y verde fluorescente.
— Tu pueblo es capaz de construir cosas tan raras como la caja negra pero no tiene Tronadores, si que sois de lo mas extraño – dijo Tirós.
— Si tenemos Tronadores pero nosotros lo llamamos dinamita y no sabíamos que vosotros tuvierais – contestó Sara ya mas animada, incluso con una media sombra de sonrisa en los labios.
— Dinamita que nombre más raro.
No tardaron mucho en decidir los lugares más adecuados para colocar las cargas explosivas, aunque no fuimos tan rápidos en instalarlas. Tirós se encargó de colocar la que sería la primera detonación en lo alto del barranco de la pared norte. Ambio situó la segunda carga más o menos a la mitad de dicha pared, mientras Calson y Ricio hacían lo mismo en la pared opuesta, aunque retrasadas ambas detonaciones cuatro metros con respecto a la primera. En el suelo Esmile, Sara y yo trasladamos los carromatos hasta situarlos a una distancia prudencial.
La incógnita ahora era saber que utilizarían para hacer explosionar las cargas, incógnita que Esmile no tardo en desvelar. La felimbre extendió las manos y en susurros recitó lo que supuse sería algún tipo de conjuro, entonces de sus manos surgió una llamarada en forma de arco que permaneció estática unos instantes, luego, tras una orden de Esmile, avanzó hacia el cañón aumentando en fuerza e intensidad según iba acercándose, a la vez que su longitud aumentaba hasta abarcar el ancho del cañón. La onda de fuego impactó con tal fuerza que prácticamente fundió las paredes rocosas. No me había repuesto del asombro cuando escuche el primer Buuuuuun, al que siguieron un segundo, un tercero y un cuarto. El espectáculo que apareció ante mí fue devastador. En pocos segundos las dos paredes habían estallado en pedazos, pedazos que comenzaron a chocar unos contra otros formando un muro infranqueable y una nube de polvo que seguro llegaría hasta la estratosfera.
— Bien, ya está hecho, solo podemos pedir perdón y esperar que los espíritus sean compasivos con nosotros – se lamentó Ricio
— Ricio no habitan espíritus en estas tierras así que deja de darnos la tabarra.
— Maldita sea Tirós, tu falta de respeto a los espíritus nos costara cara algún día.
— ¡Basta! dejar de discutir lo que tenga que venir ya vendrá así que porque preocuparse ahora - Ambio sacó el odre y bebió un largo trago hasta que Tirós se lo arrebató – acamparemos aquí esta noche, tenemos que reponer provisiones antes de reemprender el camino y ya no nos hace falta correr.
— Sara y yo recogeremos leña – la agarré del brazo y tiré de ella. No volvimos a hablar hasta que estuvimos lo bastante lejos del campamento.
— ¿Qué sabes? Empiezas tú y luego te cuento lo que sé – dijo mi compañera.
Le conté de principio a fin y con todo lujo de detalles la historia de la gran guerra entre ángeles y demonios y todo lo demás.
— Supongo que yo tengo lo mismo, más o menos. A Calson no le gusta hablar de aquello, si preguntaba enseguida cambiaba de tema. No le culpo, cuando tuvimos la suficiente confianza me contó su historia – suspiró pero no dijo nada más
— Bueno me vas a contar su historia si o no.
— Claro, pero es que me da cosa hablar de él a sus espaldas – dijo – una noche, cuando Calson tenía cinco años los demonios atacaron su aldea. Mataron a todas las mujeres, niños y ancianos. De los hombres, buenos la mayoría fueron poseídos por otros Demonios. La madre de Calson consiguió esconderle ante de morir y el pobre niño permaneció dos días muerto de miedo en su escondrijo hasta que Esmile lo encontró y desde entonces lo ha criado.
— De verdad, pero eso debió ocurrir hace veinte años más o menos, y Esmile no aparenta más de veinticinco ¿Cuantos años tiene?
— Ciento cincuenta
— Pues se conserva la mar de bien ¿no crees?, mira a ver si consigues que te diga su secreto, dejarás de parecer bueno... una persona mayor, tú ya me entiendes.
— La próxima vez que cuentes un chiste dime cuando tengo que reírme quieres, como no tienes gracia no quiero herirte, tu ya me entiendes
— Ya, en serio dime cuantos años tiene Esmile
— De verdad, los Felimbre viven un promedio de trescientos años, yo también alucine cuando Calsón me lo contó, pero es verdad.
— La versión felina de un elfo, ¡que guay!
Ninguno de los dos podíamos cargar con mas leña a si que regresamos
— Volviendo a lo que nos interesa, sabemos muchas cosas pero no lo importante, donde podemos encontrar al grandioso y magnífico mago Maestre, eso si aún está vivo porque Ricio no llegó a contestarte.
— Sinceramente creo que está vivo, es un presentimiento que tengo. Pero lo que a mi me preocupa realmente es que el objeto que provocó el final de la guerra puede ser mi colgante y si es así es muy posible que el Demonio quiera recuperarlo y eso nos pone en un serio peligro, a nosotros y a quien nos acompañe, a lo mejor por eso mi padre lo sacó de este mundo y lo llevo al nuestro.
— Pensé que creías que perteneció a tu madre y por eso lo guardaba tu padre.
— Ya no estoy seguro de lo que pienso, solo es que siento que... – no sabía como explicarlo sin parecer un completo estúpido – que el colgante más que suyo proviene de ella.
Sara me miró extrañada y yo solo pude encogerme de hombros.
— Vale, es una posibilidad – dijo Sara - pero como consiguió tu padre llegar aquí sin el colgante y lo que es más importante como volvió a nuestro mundo con él o sin él.
— No lo sé Sara, no tengo respuestas a esas preguntas pero si el colgante nos trajo seguro que nos lleva de vuelta – Sin quererlo Sara me había dado algo nuevo en que pensar ¿cómo había llegado mi padre a este mundo?
Andábamos en fila india, Sara caminaba delate, a si que no note que se había parado hasta que choqué con ella
— ¿Qué pasa Sara?
Sara permanecía muy quieta, los leños que habían recogido estaban ahora esparcidos por el suelo.
— Mira allí ¿no ves una luz?
Seguí su dedo hasta lo que parecía la boca de una cueva, y vi que de ella surgía una luz tenue
— No sé Rober, podría ser que alguien viva por aquí, tenemos que avisar a los otros.
— No creo que sea una buena idea – el colgante también estaba brillando – además no creo que esa cueva estuviera allí antes, más bien a aparecido como consecuencia de la explosión.
Me encamine hacia la cueva seguida de Sara. La cueva no estaba tan lejos como parecía a simple vista. Al llegar la luz que emanaba la cueva y la de mi colgante se hicieron más fuerte y aunque la situación parecía todo menos una reunión de té, mi instinto me decía que no había peligro alguno, a si que antes de darle tiempo a la razón para protestar entré.