10
Las estatuas viven
Deliberadamente desvié la mirada y vi a Sara que disimuladamente me indicaba un punto en el suelo junto a sus pies, donde un gran hocico blanco asomaba por el baldosín que minutos antes sostenía el trono, y junto a él distinguí la punta de una flecha.
Hice como que intentaba zafarme de mis guardianes para acercarme a la Felimbre, que por fin parecía haber recuperado el dominio de sus sentidos. Mi repentino forcejeo sorprendió a los soldados que me sujetaban y pude acercarme lo suficiente a Esmile para, con un susurro, señalarle la baldosa, el hocico y la flecha.
Renovadas las esperanzas se apodero de mí una fuerza misteriosa que me hizo mirar directamente a la ventana. Demsonger también me miraba. Enseguida note la atracción de sus ojos y su devastadora fuerza. Como pude aguante su mirada y mantuve la conciencia, no sé cuanto tiempo estuvimos así (para mí que una eternidad) pero al final fue el demonio quien bajo la mirada para mirar el medallón que reposaba sobre el pecho. Al volver su mirada hacia mí dijo.
— Bienvenido a casa, no sabes como ansiaba tu regreso – su voz fría y dura se me clavaba en el cuerpo con clavos ardiendo – pero disculpa mi falta de hospitalidad enseguida estarás mas cómodo y podrás descansar ¿verdad general Somred?
— Claro – este se llevo de nuevo la mano al cinto y saco un pequeño bote de cristal. El contenido, un líquido ámbar marino, se movía de un lado al otro zarandeado por sus amenazadoras manos. No sé cuál de los soldados que me sujetaban por los brazos me hizo levantar la barbilla con un soberbio tirón de pelo – solo unas gotas y dormirás plácidamente.
Lo último que se me paso por la cabeza antes de que se montara el meollo, fue que dos personas completamente opuesta, si se le puede llamar persona a una de ellas, me habían dicho lo mismo - bienvenido a casa-
Entonces la flecha destrozó el bote de cristal a escasos centímetros de mi boca, esparciendo su contenido por mi ropa.
— Sara - grito Esmile levantando las manos atadas. El cuchillo que minutos antes Ambio lanzó a Sara, voló de nuevo por los aires para acabar en las manos de la Felimbre, que corto las cuerdas a la vez que rodaba por el suelo, recupero la espada a tiempo para encararse con varios soldados.
— No les soltéis – grito Demsonger a los soldados que me sujetaban. Los dos cuernos que le salían de la cabeza antes negros, tenían ahora un color rojo brillante.
Obedeciendo a su amo uno de los soldados, supongo que el mismo que me había hecho levantar la barbilla, sacó una daga.
— No te muevas – dijo acercándome la hoja al cuello.
Desoyendo olímpicamente a mi sentido común, le patee con todas mis fuerzas una de las rodillas. No me soltó y tampoco bajo el cuchillo, aunque si sentí como sus manos aflojaban la presión. Aproveché ese instante, gire tanto como se me permitía y volví a golpearle la rodilla. En esta ocasión conseguí mi objetivo, me soltó. Enseguida echo mano a la daga, la hoja se me clavo en el hombro pero ni si quiera lo sentí, porque en ese momento me las veía con el otro soldado que intentaba derribarme. El hombre de la daga reapareció, le vi acercarse por el rabillo del ojo. Lanzó una estocada baja que conseguí evitar y fue a clavarse en la pantorrilla de su compañero. De nuevo libre, le asesté un puñetazo en la sien al recién herido, entonces me volví para enfrentarme al segundo soldado que reanudaba el ataque. Era una estocada baja justo al muslo como las anteriores. Conseguí esquivarla sin esfuerzo y cuando el soldado volvió a repetirla me hice a un lado y le agarre la muñeca, nos miramos unos segundos, yo con decidida rivalidad, el con absoluto asombro, entonces le lance una patada al cuello (como tantas veces había visto hacer a Sara) sin embargo la pierna de apoyo resbaló y me caí de culo, aunque conseguí golpearle lo bastante fuerte como para que el hombre quedara tendido en el suelo.
Al levantarme pude ver como poco a poco se iba cerrando la ventana. Demsonger seguía mirándome desde el otro lado. El tono rojo se había extendido a todo el cuerpo y de los cuernos de la cabeza salían finas llamaradas.
— No podrás escapar de mí – según hablaba las llamaradas que le salían de la cabeza se convertían en rayos escarlatas – mira a tu alrededor.
Por mi derecha se acercaba Somred espada en mano, aunque menos sonriente que antes. Detrás de él pude ver como Esmile, que parecía agotada, se batía con tres o cuatro adversarios a la vez junto a un par de cadáveres. Miré hacia la entrada secreta y el alma me bajo a los pies. Sara y los demás, ya libres de ataduras, no conseguían frenar la avalancha de soldado que con gran acierto impedían la entrada de los refuerzos. De vez en cuando salía alguna flecha dorada del hueco, pero eso era todo. Mis compañeros luchaban sin cuartel, ya no para intentar escapar, sino para salvar sus vidas. Si no conseguíamos abrir la dichosa puerta estaríamos perdidos.
Un rayo rojo atravesó la ventana, estrellándose en la pared que había detrás de mí.
— Relájate, te dolerá pero no te matará – dijo el demonio mostrándome unos dientes puntiagudos como púas de sierra. Otro rayo salió disparado, pero conseguí esquivarlo tirándome al suelo. Cuando me levantaba vi la daga del soldado muy cerca de mi mano, al intentar coger la un rayo impacto en ella apartándola aún más de mí.
— Ríndete de una vez muchacho – bramo Somred.
— Nunca – chillé yo más que nada para darme valor.
No sabía como pero tenía que conseguir abrir la losa. Me concentre en el medallón que me pesaba como nunca, si era tan poderoso como todos afirmaban ahora tenía que ayudarme a salir de esta. Cerré los ojos y noté su forma sobre mi pecho, su consistencia y de repente el ya conocido cosquilleo recorriéndome todo el cuerpo. Durante un angustioso segundo nada sucedió y sentí que mi concentración vacilaba, pero entonces en algún rincón de mi mente varias neuronas comprendieron lo que tenía que hacer. Apreté los puños y con un esfuerzo sobrehumano cerré la mente a todo lo que no fuera la losa y simplemente imagine que desaparecía. Momentos después un impulso de energía salía de mi, o del colgante no estoy seguro, acompañado de un la luz verdosa que traspasó mis párpados cerrados.
— Detenle – gritó demsoger desde la ventana.
A sabiendas de que el general Somred estaba junto a mí permanecí quieto con los ojos cerrados aprovechando cada segundo, hasta que un golpe en el hombro herido me hizo aullar de dolor y abrir los ojos. Cuando la escena que se desarrollaba ante mí volvió a estar enfocada, pude ver al demonio a través de la ventana sonriéndome, y al darme la vuelta para buscar al general este me agarró por la espalda y me levantó de un tirón. Una punzada en el hombro me hizo volver a gritar de dolor, pero ese dolor enseguida desapareció, para ser sustituido por un tormento aún mayor.
Al principio solo sentí un pinchazo allí, en punto exacto del pecho, donde el rayo escarlata había impactado, pero el dolor se hizo más intenso según se extendía por todo el cuerpo, hasta que cada célula, cada músculo, cada partícula de mi ser se estremeció de puro dolor. Era como si me picaran a la vez miles de agujas de abejas gigantes y esparcieran su veneno hasta convertir mi sangre en fuego. Las piernas dejaron de sostenerme y los brazos me cayeron inertes sobre el costado. Sin embargo los gritos de dolor salían de mi garganta como si mis pulmones solo pudieran chillar o explotar.
Entonces, tan rápido como había empezado, todo acabó. Por un instante me sentí ingrávido, luego note la fría losa del suelo junto a mi cara. La cabeza estaba a punto de estallarme y aún con los párpados cerrados todo parecía darme vueltas. En el suelo retumbaron los pasos de alguien acercándose y sentí como me alzaban de nuevo por los aires. Conseguí entreabrir los ojos pero un intenso pinchazo me obligo a cerrarlos otra vez. Cuando el mundo estuvo ya cansado de dar vuelta realice un nuevo intento. El pinchazo fue menos intenso así que aguante con los ojos entreabiertos. Me di cuenta de que ya no estaba volando por los aires sino codamente apoyado sobre la pared, delante de un inmenso mar blanco. Sacudí la cabeza para enfocar mejor, y poco a poco las líneas difusas fueron agrupándose en formas concretas hasta que el mar blanco se convirtió en el mejor amigo del hombre. El enorme perro blanco combatía el rayo escarlata mucho mejor que yo. A su lado Sara terminaba con la acometida de un soldado con el cuchillo de Ambio, que en algún momento debía haber recuperado, y venía hacia mí. Podía verla mover la boca pero no era capaz de escuchar sus palabras, sacudí de nuevo la cabeza para deshacerme de los últimos restos de aturdimiento, y como si de una radio se tratara a la que alguien le diera volumen, el ruido de mí alrededor reapareció.
— Puedes moverte – su cara mostraba verdadera preocupación.
Asentí. La recorrí con la mirada, sus dos brazos estaban recubiertos de sangre, también el pecho estaba manchado, si bien no toda era suya (por no decir la mayoría) algunos feos cortes asomaban entre los rotos de su túnica.
— ¿Estás bien? – nunca en mi vida me he sentido tan culpable.
También ella asintió, no era el momento de dar explicaciones largas.
Con un gran esfuerzo conseguí ponerme en pie, las piernas temblaron bajo mi peso y Sara tuvo que ayudarme mantenerme recto. Cuando ya llegábamos al hueco un soldado se interpuso en nuestro camino, Sara que tenía las manos ocupadas sosteniéndome no pudo hacer otra cosa que retroceder, y el soldado viendo la oportunidad se lanzo sin piedad, pero otra espada corto el ataque. La hoja era sin duda desmontable, así que di por hecho de que sería Esmile que la empuñaba, pero cuando alce la vista para darle las gracias me encontré con un hombre, bueno un Felimbre varón, que me sonreía con una sonrisa dulce y alegre. El soldado ya no estaba tan seguro de sus posibilidades así que retrocedió con pasos indecisos, hiendo a tropezar con el cuerpo de un compañero. En la caída perdió la espada y viéndose desarmado emprendió la huída.
Me permití ver lo que pasaba en la sala. La ventana prácticamente se había cerrado y con ella desaparecían el rayo carmesí y la airada cara del demonio. El perro permaneció atento a la abertura hasta que esta desapareció completamente, y durante ese tiempo media docena de soldados insistían en clavarle espadas que no penetraba más de un par de centímetros en su grueso pelaje. Luego sin muchos esfuerzos y con un par de zarpazos se los quito de encima.
En la otra punta de la sala el general Somred y uno de los recién llegados, otro Felimbre, se batían con verdadera furia y odio, la expresión de Esmile hubiera pasado por una simple ojeriza si se comparaba con las miradas que se mandaban el uno al otro. En este momento el general intentaba una arriesgada estocada en pleno salto, que no tuvo mucho éxito, si su intención era herir, pero si consiguió poner una discreta distancia entre él y su oponente, momento que aprovecho para reagrupar a su ya escasa tropa y reclamar la presencia de más soldados.
Los soldados que todavía quedaban en pie, no más de media docena, se agruparon en trono a su general.
Ambio, Esmile, Azcel y otros dos felimbre, que hasta ahora no había visto, al estar cerca de la puerta fueron los primeros en enfrentarse a ellos y retener a la nueva remesa de soldados, mientras Calson cerraba la puerta y la atrancaba con el trono. De pronto los cristales de las ventanas estallaron en mil pedazos y un centenar de flechas las atravesaron. El perro con paso tranquilo se coloco en medio deteniéndolas, permitiéndonos avanzar seguros hasta el hueco.
— Entra tu primero – dijo el sonriente Felimbre que, con espada en mano, no se había separado de nuestro lado.
— No – viendo su expresión añadí – lo único que haría sería retrasar la huida, lo mejor será que sea el último.
— No es buena idea – como yo seguía negando con la cabeza agregó – si es necesario yo te llevare a cuesta.
— No, no me iré hasta que todos estén fuera, lo siento.
— Cielo santo eres tan cabezota como tu padre.
Y sin decir nada más se fue para ayudar a los demás a abrir el paso hasta el hueco. Poco a poco los combates se fueron acabando, hasta que ningún soldado quedó en pie, a excepción del general Somred que seguía luchando, con más furia aun si eso era posible, contra el Felimbre.
— Este es un buen momento para salir de aquí – dijo Azcel que sin mirar atrás fue el primero en entrar por el hueco, seguido unos instantes después por Ambio. Calson y Esmile entraron no antes de intentar convencerme de que les precediera.
— Maldita sea entrad de una vez o no saldremos nunca de aquí- chillé desesperado.
Por último entraron los dos felimbres.
— Te toca – dijo el felimbre sonriente
Yo no le miraba, observaba como luchaba su compañero.
— El sabe cuidarse, no te preocupes por él – añadió.
— Vale, entra tu primero Sara.
Ella negó con la cabeza.
— Tú primero
En ese momento uno de los goznes de la ya astillada puerta salto por los aires. El ruido igualo en fuerza al resoplido del Felimbre.
— Vale, vale yo primero – grito Sara que con un salto entro en el hueco, enseguida desapareció en la oscuridad.
Las piernas empezaron a temblarme y perdí el equilibrio. La pared y el felimbre impidieron que diera con mis huesos en el suelo, hasta que pude recobrar el dominio de mi cuerpo. Un leve gruñido a mi espalda me hizo girar, el perro estaba detrás de mí ayudándome a avanzar con suaves empujones.
Estaba a punto de entrar cuando un grito retumbo en la habitación vacía, uno de los arqueros del exterior había alcanzado al Felimbre. La flecha le sobresalía del hombro, aun así, aguantaba como podía las asesinas envestidas de Somred. Su compañero salió en su ayuda, sin embargo estaba demasiado lejos, no llegaría a tiempo. Busque a mi alrededor algo con lo que poder ayudarle y milagrosamente encontré mi arco allí donde yo lo había tirado, resistiendo como pude las ganas de echar la pota lo cogí, pero cuando ya lo tenía en las manos me di cuanta que no tenía ninguna flecha, completamente frenético palpe el suelo a mi alrededor. Enfrente el Felimbre calló al suelo con la espada inerte en su mano, el general ya sin asomo de sonrisa en su rajada cara arrojo la última acometida.
— Muere de una maldita vez asqueroso gato.
En el momento en que levantaba los brazos mi mano dio con algo e instantes después mi flecha se clavo en el hombro del general que con el empuje del disparo callo de espalda. Mi intención habáis sido clavárselo en el corazón pero mi puntería no estaba en su mejor momento.
El felimbre sonriente ayudó a su compañero a ponerse en pie y juntos corrieron hacia el hueco. En ese momento el perro me empujó con el morro y caí por el agujero, pero antes de perder de vista la habitación pude ver como el general, agarrándose el hombro, le propinaba una patada al trono que impedía la entrada de sus tropas.
Luego solo vi oscuridad, por un instante pensé que volvía a estar inconsciente, hasta que sentí como unas manos frenaban mi caída y vi la débil luz anaranjada de una antorcha.
El felimbre sonriente y su compañero cayeron después seguidos del perro que aterrizó con extremada suavidad, como si en ved de caer hubiera levitado.
— Eso vuelve a estar a rebosar de soldados – dijo el felimbre herido señalando la luz que salía del agujero.
— ¿Cómo vamos a salir de aquí con el general pisándonos los talones? no llegaremos muy lejos, será mejor que...
— No te preocupes por eso – señalo el ancho brazalete de oro que llevaba en su muñeca derecha – ¿puedes andar tu solo?
— Eso creo, pero no puedo permitir...
— No, esta vez no valdrán de nada tus protestas – con un suave empujón me lanzo a los brazos de Esmile – sácalo de aquí – ordenó.
Esmile me sujetó del brazo y salió tras los demás que ya corrían por un corredor muy parecido al túnel de huída de la casa de juego, aunque este era mucho más ancho y estaba excavado en la dura piedra. Todavía eran audibles las voces de los cuatro Felimbres entonando unos extraños cánticos en lo que deduje sería Orseo. Entonces como en reemplazo de las voces todo el corredor quedo iluminado por un chorro de luz verdosa, y un momento después se produjo una onda explosiva que hizo temblar los cimientos del túnel y si me apuráis de toda la ciudad.
Cuando el suelo dejo de temblar reemprendimos la carrera. Esmile encabezaba ahora la marcha imprimiendo un ritmos exagerado con migo como remolque.
— Para – grite para acallar mis latidos, que amenazaban con traspasarme el pecho – por lo que más quieras para, no puedo dar un paso más.
Sara se dejo caer en el suelo a mi lado, su cara estaba tan roja como su pelo. Todos los demás siguieron en pie aunque parecían estar tan agotados como yo. A nuestras espaldas resonaron unos pasos y enseguida aparecieron los cuatro felimbres.
— Tenemos que continuar – dijo el contrincante del general. Todavía tenía la flecha clavada en el hombro y la sangre se le escurría de entre los dedos de la mano – no podemos parar ahora.
Al intentar levantarme las piernas volvieron a fallarme y esta vez nada me salvo, acabe con mis huesos, principalmente con la rabadilla, en el suelo. El perro que como por arte de magia se había materializó a mi lado nos lamía la cara por turnos a Sara y a mí.
Esta vez fue el Felimbre sonriente el que habló.
— Tinsel primero debes curarte – luego señalándome añadió – y él necesita descansar.
— Todos tenemos que descansar – agregué yo. No fueran a pensar que era el más blandengue
El tal Tinsel nos miro uno a uno deteniéndose más tiempo en mi persona, y debí darle verdadera lástima porque accedió a descansar unos minutos. El Felimbre que portaba el arco se arrodillo a su lado, no pude ver lo que hacían pero al cabo de unos minutos las dos mitades de la flecha estaban tiradas en el suelo.
— Creo que no me he presentado – el Felimbre sonriente se sentó a mi lado acariciando el lomo del perro – mi nombre es Ansel.
— Gracias por ayudarnos allí arriba Ansel – de cerca pude ver bien sus facciones - si bien la piedra no te hace justicia.
Me devolvió la mirada con el ceño fruncido
— Os ha enviado Maestre ¿verdad? – pregunte
Asintió
— En la cueva donde hablamos con él había unas representaciones vuestras en piedra – aclaró Sara
Volvió asentir con su cándida sonrisa y siguió con las presentaciones
— El que esta junto a Tinsel se llama Iles y el nombre del que lleva un blasón en la frente es Murik
— ¡Ha bueno! – Exclamé como si me acabase de revelar el secreto de las pirámides - mi nombre es Roberto y ella se llama Sara.
Sentí como los ojos de Ansel se posaban en el colgante, y para no tener que contestar a posibles preguntas me concentré en observar la escena que se desarrollaba frente a mí. Murik se acercó a Azcel y Ambio, sacó algo de un saquito colgado al cinto y se lo entrego, luego se dirigió con paso decidido hacia nosotros.
— Bueno muchacho de lo que nos hemos librado – dijo en tono alegre.
Su rostro estaba tan arrugado como una pasa y el bigote completamente blanco, pero sus ojos se movían incansablemente dentro de las cuencas, mirarle fijamente conducía a un tremendo mareo
Abrió de nuevo la bolsa y saco un pedazo de roca gris. La partió en dos trozos, el mío más grande por cierto, y nos lo entregó.
— Vamos coméroslo – dijo pero al ver que no hacíamos más que observarlo con el entrecejo fruncido añadió – os ayudará a recuperar fuerzas
Con los ojos cerrados me lleve la piedra a la boca, que contra todo pronóstico estaba buena, tenía un sabor muy parecido a melocotón, aunque un poco más amargo. En cuanto la grisácea sustancia se deshizo en mi boca sentí como a mí alrededor todo se aclaraba y con cierta gratitud comprobé que las piernas dejaban de temblarme. Mire a Sara, ella también parecía haberse recuperado, al menos su pelo volvía a ser el único de color rojo.
Ansel se acababa de tomar su trozo cuando se fijó en mi hombro.
—Menudo corte tienes ahí – no fui lo suficientemente rápido y antes de poder evitarlo ya estaba hurgando en la herida, produciéndome un dolo insoportable.
— Todos tenemos heridas – inconscientemente mire las manchas moradas de la sangre seca que se veían en los brazos de Sara – y casi no me duele — mentí.
No le dio tiempo a protestar porque en ese momento Tinsel se puso en pie, y sin pronunciar palabra comenzó la marcha. Todos los demás le seguimos en silencio. Iles el único de los cuatro Felimbres con quien todavía no había hablado se acerco a nosotros, bueno más bien al perro que trotaba entre Sara y yo. Sin duda era el más joven de los cuatro Felimbre. Su terso rostro contrastaba de manera cortante con las arrugas de Murik y también lo hacía su actitud pues mientras el primero se había comportado de manera jovial, este al llegar frente a mí inclinó la cabeza todo estirado, sin que un solo músculo de su cara se moviera lo más mínimo.
_ Gran perro – dijo aún inclinado - estamos a punto de salir y le pediría que me hiciera el honor de acompañarme a inspeccionar el terreno.
A mi tal comportamiento no se por que pero me hizo gracia y tuve que contenerme para que no se me escapara la risa floja. Esperaba que el felimbre no lo hubiera notado, auque si lo hizo no lo demostró.
El perro me miro
_ Estoy bien – refunfuñé, empezaba a mosquearme tantos desvelos hacia mi persona, leches ni que fuera de cristal.
El “a punto” de Iles se convirtió en una caminata de hora y media por un terreno lleno de baches húmedos y oscuros. Aunque lo más angustioso de todo era no apreciar como corría el tiempo, en más de una ocasión me sorprendí mirando la masa oscura que era mi reloj. Hasta que a la vuelta de un recodo pude distinguir la claridad del temprano sol mañanero.
jueves, 19 de febrero de 2009
capítulo IX
9
General Somred
Había trascurrido cinco minutos desde nuestra partida de la casa de juego y el túnel parecía no acabarse nunca. Azcel encabezaba la marcha, ya que el túnel estaba protegido con barias rutas que conducían a callejones sin salida, no eran trampas muy efectivas pero conseguían que el perseguido ganara tiempo. Por fin, unos metros más allá pude distinguir la claridad que se filtraba a través de una trampilla deteriorada.
El túnel desembocaba en un cobertizo a unos veinte metros de la casa de juego, y aún a esa distancia podía escuchar el zapateo de los soldados al pasar, como si estuvieran desfilando en la mismísima puerta, hasta que al acercarme a la entrada me di cuenta de que eso era lo que realmente estaba pasando. Salimos sigilosamente por un ventanal que daba a una calleja estrecha y tenebrosa y nos escabullimos entre la sombra. Pero nuestra huída no duro mucho pues en la siguiente esquina vimos venir a un pelotón de unos diez hombres al tiempo que a nuestra espalda podíamos escuchar a otro grupo acercándose.
Apagamos la luz del farol que iluminaba la calle y esperamos a que se acercara el primer pelotón escondidos entre las sombras, si éramos rápidos podíamos deshacernos de ellos antes de que se acercarán los soldados que teníamos detrás. Esmile me paso un cuchillo que rechace, pues no sabía como utilizarlo y solo me estorbaría. Si tenía que luchar sería cuerpo a cuerpo, además Sara estaba junto a mí y eso le daba a cualquiera una poderosa seguridad.
En cuanto llegaron a nuestra altura nos abalanzamos sobre ellos. Ambio y Esmile acabaron con los dos primero con sendos golpes, una estocada directa al corazón que atravesó la cota de cuero. Pero para cuando los demás quisimos atacar todos los soldados habían desenvainado. Uno de los soldados con la espada por delante acometió contra Calson que era el que tenía más cerca, este la desvió con un golpe seco y atacó clavándose la punta de su espada en el pecho del otro. En otra parte de la calle, Ricio entrechocaba su espada con barios soldados, al tiempo que Tirós remataba a otro. Entre tanto Sara se entretenía esquivando estocadas mientras buscaba algún hueco para golpear. En uno de los ataques fingió resbalarse y cuando el confiado soldado levanto su espada ella le pateó el pecho desprotegido. El soldado dejo caer su espada y se llevó los brazos al pecho mientras abría desmesuradamente la boca intentando llenar de oxígenos sus pulmones, pero ella no ceso de golpearlo hasta que este cayó redondo al suelo.
Azcel y yo luchábamos en la esquina que unía esa calle con otra. Me enfrente a uno de los tres soldados que todavía quedaban en pie. Con un giro me coloqué a su derecha e intente quitarle la espada de una patada, pero el hombre fue más rápido y se apartó justo a tiempo colocándose a mi espalda. Escuche el siseo del filo de la hoja al pasar junto a mi oreja, que no corto de un tajo porque ya me había agachado, y así en cuclillas me lance sobre él. Los dos rodamos por el suelo hasta quedar bajo la luz de uno de los faroles que iluminaban la calle adyacente. Nos levantamos de un salto y volvimos a quedar uno frente al otro. Entonces ocurrió algo muy raro, el soldado envaino la espada, renunciando a su ventaja, y se preparo para luchar cuerpo a cuerpo. Me lanzo un golpe bajo al estómago, que no conseguí esquivar, seguido de un buen derechazo a la mandíbula. Los dos golpes consiguieron hacerme perder el equilibrio y caer de nuevo al suelo, pero reaccione a tiempo y cuando el soldado se inclino para agarrarme, yo le propine una patada en las costillas y después un buen golpe en la nariz, que se rompió con un chasquido. Sin darle tiempo a recomponerse le ataque con una serie de golpes no muy bien dirigidos pero efectivos. No tardo en volver a desenfundar la espada pero en esta ocasión yo fui más rápido y le asesté una buena patada, la espada voló por lo menos a dos metros de nosotros. Completamente agotado le aseste el último y definitivo puñetazo que le mando derechito al mundo de los sueños.
— ¿Estás bien?- preguntó Azcel, a sus pies yacía el soldado que se había enfrentado a él.
— Eso creo – me dolía la patada en el estómago pero era un dolor pulsante que poco a poco iba disminuyendo.
— Pues vamos.
Nos reunimos con los demás en el callejón donde Tirós vendaba de forma apresurada un corte en el brazo derecho de Ricio, y Sara luchaba por recuperar el aliento apoyada en la pared. Muy cerca, los gritos de alarma de la segunda patrulla, alertados por la refriega, tronaban en la noche atrayendo a todos los soldados que estuvieran en un kilómetro a la redonda.
— Hay que salir de aquí o pronto estaremos rodeados – dijo Esmile.
— Seguidme se donde podemos escondernos – afirmó Azcel.
La loca carrera en pos del propietario del local de juegos nos llevó hasta una calle larga, estrecha y sin salida pues al fondo la cegaba la muralla sur. Por un momento se me pasó por la cabeza que al final Azcel nos había conducido a una trampa y me sobrevino el impulso de agazaparme en un oscuro rincón. Pero entonces se detuvo ante un grupo de peñas que los constructores de la muralla habían decidido incluir en la edificación en vez de rodearla, y empezó a tantear con las manos.
— Aquí está la entrada – dijo y tras apartar un telón camuflado como roca desapareció.
Le seguimos hasta una pequeña cueva que había sido acondicionada como vivienda. El propietario después de superar la sorpresa por nuestra acelerada entrada se preparó para defender su territorio con la espada bien en alto.
— Tranquilo Phonso soy yo – lo apaciguo Azcel – necesitamos que nos escondas por un rato.
El anciano dejo la espada encima de la envejecida mesa y se sentó al lado con la mano bien cerca de la empuñadura. Nos invitó a sentarnos pero como no había suficientes sillas (ni espacio), la mayoría nos quedamos de pie.
— Así que eres tú el que está armando tanto alboroto – señaló a las espadas manchadas de sangre – por lo visto esta noche has decidido divertirte un poco.
— Tranquilo viejo, básicamente está todo controlado – luego me miró y añadió – solo tenemos que encontrar la manera de entrar en el palacio del Mariscal.
No sé si fue por el cansancio o por la sorpresa pero los huesos de las piernas de repente se hicieron de plastilina, y si no llega a ser porque estaba apoyado sobre la pared de la cueva me hubiera caído redondo.
— Y ¿por qué demonios debemos ir allí? – Preguntó Esmile leyéndome el pensamiento.
— Porque la entrada a los túneles está allí – contestó Azcel muy tranquilo luego añadió – en aquellos tiempos la ciudad no era más que una pequeña aldea y el lugar en donde ahora está situado el palacio era el salón de reuniones.
— Genial, esto se pone cada vez más interesante, nunca podré decir que me abu... - el ruido de los chicos del Mariscal impidieron que Sara terminara la frase.
Un silencio sepulcral se apodero de la cueva, incluso el ruido que hacía al respirar me parecía demasiado fuerte, pero mis pulmones (que son muy sabios) me mandaron un mensaje en forma de pinchazo, que me decía claramente – oye o empiezas a respirar o vas a tener problemas –
Ambio fue el primero en hablar una vez hubo pasado el peligro.
— Si queremos entrar en el palacio lo primero que tenemos que hacer es despistar a las patrullas, Ricio y tiros seréis los señuelos ¿creéis que podéis hacerlo?
— Si, ya verán, estarán dando vueltas hasta el amanecer – contestó Tirós
_ Solo el tiempo que tardemos en llegar al palacio y no corráis riesgos inútiles – agregó Esmile con el ceño fruncido.
— Y cómo vamos a entrar en el palacio.
— Ya veremos la forma cuando estemos allí – continuó Ambio
— Oye Azcel ¿no habrá algún túnel que nos lleve hasta el palacio? – preguntó esperanzada Sara.
— No muchacha, pero deberían hacerlas, en cuanto tenga ocasión se lo propondré a su excelencia – contesto riéndose.
El plan era sencillo, Calson, Esmile, Azcel, Ambio, Sara y yo debíamos esperar unos diez minutos ante de salir de la cueva, ese era todo el tiempo del que disponían Ricio y Tirós para conseguir alejar a tantas patrullas como pudieran de la zona. Mientras esperábamos impacientes a que se consumiera el tiempo, Phonso, supongo que para hacer mas relajada la espera, sacó de un viejo arcón una botella de licor que Azcel no dudo en catar, el resto de los presentes teníamos completamente cerrada la traquea.
El palacio estaba ubicado en una colina, desde donde dominaba toda la ciudad. Era una casa enorme de aspecto señorial completamente amurallada. En los alrededores no había ningún otra edificación, así que era prácticamente imposible acercarse sin ser visto, o lo habría sido en cualquier otra noche, porque por suerte en esta la mayoría de los saldados estaban cazando fantasmas por las calles de la cuidad.
Llegar hasta la puerta sin ser detectados había sido relativamente fácil, solo tuvimos que esquivar más de una docena de patrullas. Lo difícil ahora era superar a los cinco hombres que vigilaban la entrada. Con una señal Ambio nos indicó que esperáramos mientras él y Esmile se acercaban sigilosamente a los vigías. El combate fue corto. Los dos atacaron a la vez cubriendo ambos lados de gran puesta amurallada. Con la primera estocada Esmile derrotó a dos de los desprotegidos hombres y consiguió terminar con el tercero antes de que diera la voz de alarma. Enfrente Ambio derrotaba al último de los soldados mientras su primer adversario se desangraba a sus pies. Por último apoyaron los cuerpos en la pared de tal forma que el que echara una hojeada desde el interior de la casa no se diera cuenta del repentino fallecimiento de sus vigilantes.
Nada más traspasar el pórtico nos recibió un gigantesco patio empedrado y el murmullo de voces que se dirigían hacia donde nosotros estábamos. Corriendo recorrimos el patio en penumbra hasta llegar a lo que identifiqué (por su nauseabundo olor a caballo) como las caballerizas, pero las voces, que correspondían a tres hombres, parecían seguirnos y pronto se hicieron entendibles.
— ¿Cómo que se han escapado?
Esmile acurrucada a mi lado de pronto puso todos sus músculos en tensión y su mano agarró veloz la empuñadura de su espada desmontable, y aunque no sabía quien era ese tipo no me pareció una reacción exagerada pues la voz del hombre era tan brutal que sin ningún esfuerzo conseguía que te mearas en los pantalones de puro miedo.
— Mi general – balbuceo el segundo hombre.
Bueno ya sabía quien era, el temido General Somred
— Tengo a todos mis hombres recorriendo cada centímetro de la ciudad y todas las puertas de la ciudad están cerradas y muy bien vigiladas, tarde o temprano les encontraremos no pueden escapar – dijo dando un paso hacia atrás.
— Por tu bien espero que así sea – el general Somred le agarró por la solapa de su coleto de piel y le atrajo hacia si para después soltarle con un empujón. El hombre tropezó con sus pies antes de caer de culo. Tras levantarse salió de allí tan deprisa como pudo.
El tercer hombre espero hasta que el otro se hubiera alejado para hablar por primera vez.
— General Somred le agradecería que mientras permanezca usted invitado en mi palacio – acentuó mas esas última palabras – se comporte como una persona no como un animal.
— Mi querido Mariscal mientras yo este en esta ciudad usted será el invitado en este palacio, suponía que eso había quedado claro.
Y sin más se fue siguiendo los pasos de su subalterno. El Mariscal aguardó un instante, que aprovecho para maldecir al general y a toda su familia, antes de seguir al otro hombre.
Cuando fue seguro los demás salieron de sus escondites. Yo por el contrario tarde lo mío en conseguir mover las piernas completamente acalambras. Esmile parecía más relajada ahora que el general se había marchado aunque seguía agarrando fuertemente la espada.
— ¿Dónde está la entrada? – preguntó en susurros Calson.
— En el salón de audiencia, creo – respondido Azcel también en susurros
— ¿Crees? ¿Cómo que crees?, ¿Es qué no estas seguro? – pregunto Sara alzando la voz.
Azcel simplemente se escogió de hombros y sonrió
— Bueno siempre podemos recorrer el palacio hasta encontrarla, seguro que si lo pedimos amablemente nos dejarán husmear – añadí yo.
— ¡Basta ya! – Ambio salió y dio una vuelta completa al establo – despejado – dijo.
— Busquemos primero en el salón ¿podrás reconocerla si la ves? – preguntó Calsón.
Este asintió con la cabeza.
Llegamos a una zona del patio repleto de árboles frutales junto un muro del palacio, desde allí pude ver con claridad la casa. Estaba diseñada para asemejarse a un castillo. La parte central del palacio, de no más de tres pisos de altura, poseía en su base una estructura cuadrada, pero según aumentaba la altura, el edifico se iba estrechando hasta acabar en una única estancia circular. De cada esquina surgían sendos pasillos que llevaban a cuatro torres circulares, que se igualaban en altura con el espacio central.
Conseguimos llegar hasta una de las ventanas de la planta baja sin ser visto, detrás solo había un amplio y lujoso vestíbulo. Varias lámparas iluminaban una escalera engalanada con alfombras negras, que terminaba en un rellano coronado con el escudo que viera en los edificios públicos de la plaza esa mañana. A la derecha de la escalera pude distinguir una pequeña puerta que prácticamente se confundía con la pared, y a medio metro otra un poco más grande. Colgados en el espacio entre las puertas había algunos cuadros, todos retratados de hombres que sin duda pertenecían a la misma familia pues todos tenían como común denominador una nariz aguileña y una mira inteligente.
Nada más entrar en el frió vestíbulo vino a mi nariz un olor muy desagradable, como a repollo podrido, proveniente de la pequeña puerta que justamente en ese momento comenzaba a abrirse. Solo nos dio tiempo a sacar las armas (aquellos que las tuvieran), antes de que la puerta se abriera completamente y de ella saliera una muchacha muy joven, prácticamente una niña, sosteniendo en sus manos una pesada bandeja. La sorpresa fue mutua, pero en la cara de la muchacha además de asombro había miedo. Sin dudarlo nos lanzó el apestoso contenido de la bandeja (con la bandeja incluida), mientras intentaba volver a salir por la puerta ya cerrada. El estrepitoso ruido resonó en cada rincón del vestíbulo vacío y para mí que también en todo el palacio.
Azcel fue el primero en reaccionar, sujetó a la muchacha cuando esta consiguió agarrar la manilla y la arrastró hacia el interior de la habitación que había detrás. A toda prisa intente tapar el estropicio empujándolo todo tras la puerta mientras Sara volcaba no sé que de una mesa cercana. No había dado la última patada a la bandeja cuando Esmile nos lanzo literalmente a la habitación justo cuando dos soldados aparecieron en el rellano de la escalera.
La gruesa puesta sólo nos permitía escuchar voces atenuadas y entrecortadas, imposibles de distinguir, hasta que el ruido cesó. Ambio esperó unos minutos más antes de entreabrir la puerta suavemente, luego con igual cuidado la volvió a cerrar.
— Se han ido y han cerrado la ventana – lanzo una preocupada mirada a la muchacha que seguía debatiéndose en los brazos de Azcel – por ahora nos hemos salvado.
También yo miraba a la muchacha, en sus ojos llorosos y enrojecidos solo se podía ver miedo. Un miedo que se convirtió en pánico cuando vio aparecer una daga en la mano de Azcel, y cuando sintió la fría hoja en su cuello comenzó a patalear desesperadamente. Una de las patadas me dio de lleno en la espinilla cuando intentar acercarme, así que cargue mi arco y apunte a la cabeza de Azcel.
— Quítale el cuchillo del cuello ahora mismo – para mi sorpresa la voz me sonaba serena y firme.
No lo aparto pero tampoco siguió apretando, la mujer también parecía haberse calmado. Azcel le dirigió una peculiar mirada a Ambio, como solicitando su ayuda, pero este solo inclino a un lado la cabeza. Luego volvió su mirada hacia mí, por fin había desparecido la expresión de seguridad de su rostro.
— Si la dejamos viva corremos peligro – presionó un poco más hasta que un hilillo de sangra surgió de la herida
Yo tense el arco hasta llevarlo al máximo, con lo que paro de nuevo.
— Correré el riesgo, por favor quítale el cuchillo.
Con una sacudida hizo girar a la chica. Lanzo el cuchillo al aire, lo volvió a coger por la hoja y la golpeo con el mango. La muchacha cayó inconsciente al suelo.
— Ya puedes bajar el arco muchacho – sus labios se curvaron en una sonrisa torcida.
Sara que había permanecido toda la escena detrás de Azcel, por si tenía que atacar, se puso ahora a mi lado.
_ Te has portado caballero andante – me susurró las palabras tan cerca del oído que podía sentir su respiración.
También yo sonreí, la primera vez en mucho tiempo.
Salimos de la habitación y regresamos al vestíbulo. Justo en frente, tras subir cuatro elaborados escalones, había una magnifica puerta labrada en oro y plata.
— La sala de audiencia espero – dijo Sara.
— Estas en lo cierto señorita – corroboró Azcel – entremos.
La estancia en donde nos encontrábamos era igual o más grande que el vestíbulo y completamente circular. Parecía estar vacía, a excepción de un único asiento, bien parecido a un trono, en el fondo de la sala, y colgado encima un gran cuadro. Quedaba claro que el retratado no era de la familia, ni siquiera era humano. Le salían pinchos por todos los miembros del cuerpo y sus ojos eran de un negros ponzoñoso que incluso dibujados transmitían maldad. No me hizo falta preguntar para saber quien era. Aunque sus ojos conseguían que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo no podía apartar la mirada, me sumergían más y más en la sugestiva oscuridad. Me concentré como no lo había hecho en mi vida y conseguí por fin cerrar los ojos, pero cuando los volví a abrir ya no estaba en la habitación. En vez de rodearme las paredes circulares del salón del Mariscal lo hacía una tranquilizadora luz azulada acompañada de una dulce canción sin letra, y de alguna manera ahora sujetaba el colgante que parecía increíblemente grande si lo comparabas con mis manos. Alguien me estaba susurrando al oído con un aliento cálido, pero por mucho que miraba a mí alrededor no vi a nadie, aún así el mensaje era increíblemente claro.
— Tenemos que salir de aquí – grite.
Volvía a estar en el salón de audiencias frente al retrato de Demsoger aunque todavía resonaban en mi mente las palabras de aviso
Todos permanecían quietos mirándome, Esmile y Sara tenía el ceño fruncido.
— Hay que salir de aquí pitando – repetí ya más calmado.
— Eso intentamos muchacho y nos vendría bien tu ayuda para encontrar la dichosa entrada – dijo Azcel volviendo a buscar entre los ladrillos de la pared de detrás del trono
— No maldita sea, saben que estamos aquí – sin pararme a ver su reacción me acerqué a una de las ventanas. Afuera estaba totalmente oscuro. Esmile todavía con el ceño fruncido también se acerco a mirar, cuando volvió a mirarme su expresión había cambiado, estaba a caballo entre el asombro y la preocupación.
— Estamos rodeados – dijo a los demás
Ambio, que por alguna razón no parecía sorprendido, tomo las riendas de la situación.
— Esmile, Sara utilizar las cortinas e intentar sacar el mayor número de antorchas – le lanzó a Sara el cuchillo que llevaba al cinto – procurar que los de fuera no se den cuenta, cuando hayáis terminado prenderlas y pasárselas a Roberto – mirándome añadió – lánzalas lo más separadas que puedas la una de la otra, hay que iluminar el mayor espacio posible – se volvió hacia el trono - Calsón ayúdame a mover este armatoste - ya al lado del trono se dirigió a Azcel que seguía detrás – si aprecias tu vida encuentra esa maldita entrada, no podremos resistir mucho tiempo.
Pero este no le miraba, observaba el hueco que había dejado el trono con una sonrisa de oreja a oreja.
— Amigo mío ya lo he hecho, me...
Le interrumpió el ruido le las puertas al abrirse bruscamente. Desde el marco de la puerta nos observaba el general Somred, y detrás de él se podían ver a una veintena de soldados.
— Baja ese arco muchacho que alguien puede salir herido – caminó tranquilamente hasta el centro de la habitación – y no queremos eso ¿verdad?
Mantuve el arco tenso apuntando a su entrecejo todo el tiempo. Los soldados, la mayoría armados con espadas, entraron en la habitación cubriendo todas las salidas posibles, a excepción de una.
— Muchacho tozudo – desenvainó su espada y con un suyo quince soldados se adelantaron, manteniéndose el resto en sus puestos junto a la puerta y ventanas – intentas enfrentarte a mí.
No sé si me lo decía a mí, pero fue Esmile la que se coloco frente a él con la espada montada. Somred lanzó tal carcajada que hasta el aire tembló.
— Si, esto está mejor.
La expresión de Esmile era de autentico odio cuando se lanzo al ataque. El general tubo que sudar lo suyo para esquivar sus golpes, pero en cuanto hubo afianzado los pies fue él quien ataco, con estocadas que solo eran eludibles con la extraordinaria agilidad de un Felimbre. El entrechocar de espadas duró unos minutos más y luego volvieron a quedar frente a frente vigilando cada movimiento.
— No esta mal para ser un despreciable gato – dijo el general casi sin aliento – aunque creo que es hora de terminar.
Pero no atacó, mantuvo la espada baja muy cerca del cinto con una sonrisa de desprecio en la comisura de los labios.
— Un miserable gato, como todos los de tu especie, nunca será rival para mí.
Esmile se lanzo al ataque llevada por la rabia, medio girando, saltó a matar. El general también giro, de tal manera que Esmile acabo dándole la espalda. La sonrisa del general Somred se hizo más amplia según su espada bajaba, pero desapareció cuando un destello metálico paro la estocada, y se transformo en mueca al darse cuenta de la trampa. Esmile se volvió con la espada en una mano y una daga en la otra, y sin consideración alguna acometió contra el vientre desprotegido del general, pero la cuchillada no le alcanzó porque este, viendo lo que se le avecinaba, salto hacía atrás.
Esmile volvió a atacar una y otra vez mientras que el grandioso general retrocedía parando estocadas a diestro y siniestro, hasta que la pared le acorralo. Somred en un movimiento desesperado intento un ataque frontal que Esmile esquivó con rapidez, pero no pudo eludir el golpe del cuchillo, que por arte de magia había aparecido en su mano izquierda, hiriendo a la Felimbre en un hombro, pillada por sorpresa soltó la espada, momento que aprovechó el general para lanzarle una serie de estocadas que a duras penas pudo para con la pequeña hoja de la daga.
Somred relamiéndose lanzó una estocada baja que solo se podía parar inclinando el cuerpo y dejando el cuello al descubierto; la punta de la espada paro a escasos centímetros del cuello la Felimbre.
— Bien muchacho – dijo casi sin aliento y sin apartar la vista de su presa – o bajas el arco o la mato.
Lo baje.
— Ahora tíralo, tirar todas las armas.
Varios hombres se acercaron, nos rodearon y agarraron, echando inexplicablemente a un lado a Sara de un empujón.
— Traédmelo – ordeno a los dos hombres que me sujetaban.
A empujones me llevaron hasta el centro de la habitación junto a Esmile. La mire pero sus ojos seguían fijos en el general, ni siquiera opuso resistencia cuando uno de los soldados la maniató. Pero Somred ya no la prestaba atención, me observaba con mucho interés, con la punta de la daga sacó el colgante de debajo de la túnica, luego se llevo la mano al cinto y sacó una moneda de plata que dejo caer al suelo.
En un instante la habitación se lleno de un espeso humo negro, que rodeó la zona donde había caído la moneda, y cuando la humareda aclaro, pude ver la cabeza del demonio mas odiado y temido.
General Somred
Había trascurrido cinco minutos desde nuestra partida de la casa de juego y el túnel parecía no acabarse nunca. Azcel encabezaba la marcha, ya que el túnel estaba protegido con barias rutas que conducían a callejones sin salida, no eran trampas muy efectivas pero conseguían que el perseguido ganara tiempo. Por fin, unos metros más allá pude distinguir la claridad que se filtraba a través de una trampilla deteriorada.
El túnel desembocaba en un cobertizo a unos veinte metros de la casa de juego, y aún a esa distancia podía escuchar el zapateo de los soldados al pasar, como si estuvieran desfilando en la mismísima puerta, hasta que al acercarme a la entrada me di cuenta de que eso era lo que realmente estaba pasando. Salimos sigilosamente por un ventanal que daba a una calleja estrecha y tenebrosa y nos escabullimos entre la sombra. Pero nuestra huída no duro mucho pues en la siguiente esquina vimos venir a un pelotón de unos diez hombres al tiempo que a nuestra espalda podíamos escuchar a otro grupo acercándose.
Apagamos la luz del farol que iluminaba la calle y esperamos a que se acercara el primer pelotón escondidos entre las sombras, si éramos rápidos podíamos deshacernos de ellos antes de que se acercarán los soldados que teníamos detrás. Esmile me paso un cuchillo que rechace, pues no sabía como utilizarlo y solo me estorbaría. Si tenía que luchar sería cuerpo a cuerpo, además Sara estaba junto a mí y eso le daba a cualquiera una poderosa seguridad.
En cuanto llegaron a nuestra altura nos abalanzamos sobre ellos. Ambio y Esmile acabaron con los dos primero con sendos golpes, una estocada directa al corazón que atravesó la cota de cuero. Pero para cuando los demás quisimos atacar todos los soldados habían desenvainado. Uno de los soldados con la espada por delante acometió contra Calson que era el que tenía más cerca, este la desvió con un golpe seco y atacó clavándose la punta de su espada en el pecho del otro. En otra parte de la calle, Ricio entrechocaba su espada con barios soldados, al tiempo que Tirós remataba a otro. Entre tanto Sara se entretenía esquivando estocadas mientras buscaba algún hueco para golpear. En uno de los ataques fingió resbalarse y cuando el confiado soldado levanto su espada ella le pateó el pecho desprotegido. El soldado dejo caer su espada y se llevó los brazos al pecho mientras abría desmesuradamente la boca intentando llenar de oxígenos sus pulmones, pero ella no ceso de golpearlo hasta que este cayó redondo al suelo.
Azcel y yo luchábamos en la esquina que unía esa calle con otra. Me enfrente a uno de los tres soldados que todavía quedaban en pie. Con un giro me coloqué a su derecha e intente quitarle la espada de una patada, pero el hombre fue más rápido y se apartó justo a tiempo colocándose a mi espalda. Escuche el siseo del filo de la hoja al pasar junto a mi oreja, que no corto de un tajo porque ya me había agachado, y así en cuclillas me lance sobre él. Los dos rodamos por el suelo hasta quedar bajo la luz de uno de los faroles que iluminaban la calle adyacente. Nos levantamos de un salto y volvimos a quedar uno frente al otro. Entonces ocurrió algo muy raro, el soldado envaino la espada, renunciando a su ventaja, y se preparo para luchar cuerpo a cuerpo. Me lanzo un golpe bajo al estómago, que no conseguí esquivar, seguido de un buen derechazo a la mandíbula. Los dos golpes consiguieron hacerme perder el equilibrio y caer de nuevo al suelo, pero reaccione a tiempo y cuando el soldado se inclino para agarrarme, yo le propine una patada en las costillas y después un buen golpe en la nariz, que se rompió con un chasquido. Sin darle tiempo a recomponerse le ataque con una serie de golpes no muy bien dirigidos pero efectivos. No tardo en volver a desenfundar la espada pero en esta ocasión yo fui más rápido y le asesté una buena patada, la espada voló por lo menos a dos metros de nosotros. Completamente agotado le aseste el último y definitivo puñetazo que le mando derechito al mundo de los sueños.
— ¿Estás bien?- preguntó Azcel, a sus pies yacía el soldado que se había enfrentado a él.
— Eso creo – me dolía la patada en el estómago pero era un dolor pulsante que poco a poco iba disminuyendo.
— Pues vamos.
Nos reunimos con los demás en el callejón donde Tirós vendaba de forma apresurada un corte en el brazo derecho de Ricio, y Sara luchaba por recuperar el aliento apoyada en la pared. Muy cerca, los gritos de alarma de la segunda patrulla, alertados por la refriega, tronaban en la noche atrayendo a todos los soldados que estuvieran en un kilómetro a la redonda.
— Hay que salir de aquí o pronto estaremos rodeados – dijo Esmile.
— Seguidme se donde podemos escondernos – afirmó Azcel.
La loca carrera en pos del propietario del local de juegos nos llevó hasta una calle larga, estrecha y sin salida pues al fondo la cegaba la muralla sur. Por un momento se me pasó por la cabeza que al final Azcel nos había conducido a una trampa y me sobrevino el impulso de agazaparme en un oscuro rincón. Pero entonces se detuvo ante un grupo de peñas que los constructores de la muralla habían decidido incluir en la edificación en vez de rodearla, y empezó a tantear con las manos.
— Aquí está la entrada – dijo y tras apartar un telón camuflado como roca desapareció.
Le seguimos hasta una pequeña cueva que había sido acondicionada como vivienda. El propietario después de superar la sorpresa por nuestra acelerada entrada se preparó para defender su territorio con la espada bien en alto.
— Tranquilo Phonso soy yo – lo apaciguo Azcel – necesitamos que nos escondas por un rato.
El anciano dejo la espada encima de la envejecida mesa y se sentó al lado con la mano bien cerca de la empuñadura. Nos invitó a sentarnos pero como no había suficientes sillas (ni espacio), la mayoría nos quedamos de pie.
— Así que eres tú el que está armando tanto alboroto – señaló a las espadas manchadas de sangre – por lo visto esta noche has decidido divertirte un poco.
— Tranquilo viejo, básicamente está todo controlado – luego me miró y añadió – solo tenemos que encontrar la manera de entrar en el palacio del Mariscal.
No sé si fue por el cansancio o por la sorpresa pero los huesos de las piernas de repente se hicieron de plastilina, y si no llega a ser porque estaba apoyado sobre la pared de la cueva me hubiera caído redondo.
— Y ¿por qué demonios debemos ir allí? – Preguntó Esmile leyéndome el pensamiento.
— Porque la entrada a los túneles está allí – contestó Azcel muy tranquilo luego añadió – en aquellos tiempos la ciudad no era más que una pequeña aldea y el lugar en donde ahora está situado el palacio era el salón de reuniones.
— Genial, esto se pone cada vez más interesante, nunca podré decir que me abu... - el ruido de los chicos del Mariscal impidieron que Sara terminara la frase.
Un silencio sepulcral se apodero de la cueva, incluso el ruido que hacía al respirar me parecía demasiado fuerte, pero mis pulmones (que son muy sabios) me mandaron un mensaje en forma de pinchazo, que me decía claramente – oye o empiezas a respirar o vas a tener problemas –
Ambio fue el primero en hablar una vez hubo pasado el peligro.
— Si queremos entrar en el palacio lo primero que tenemos que hacer es despistar a las patrullas, Ricio y tiros seréis los señuelos ¿creéis que podéis hacerlo?
— Si, ya verán, estarán dando vueltas hasta el amanecer – contestó Tirós
_ Solo el tiempo que tardemos en llegar al palacio y no corráis riesgos inútiles – agregó Esmile con el ceño fruncido.
— Y cómo vamos a entrar en el palacio.
— Ya veremos la forma cuando estemos allí – continuó Ambio
— Oye Azcel ¿no habrá algún túnel que nos lleve hasta el palacio? – preguntó esperanzada Sara.
— No muchacha, pero deberían hacerlas, en cuanto tenga ocasión se lo propondré a su excelencia – contesto riéndose.
El plan era sencillo, Calson, Esmile, Azcel, Ambio, Sara y yo debíamos esperar unos diez minutos ante de salir de la cueva, ese era todo el tiempo del que disponían Ricio y Tirós para conseguir alejar a tantas patrullas como pudieran de la zona. Mientras esperábamos impacientes a que se consumiera el tiempo, Phonso, supongo que para hacer mas relajada la espera, sacó de un viejo arcón una botella de licor que Azcel no dudo en catar, el resto de los presentes teníamos completamente cerrada la traquea.
El palacio estaba ubicado en una colina, desde donde dominaba toda la ciudad. Era una casa enorme de aspecto señorial completamente amurallada. En los alrededores no había ningún otra edificación, así que era prácticamente imposible acercarse sin ser visto, o lo habría sido en cualquier otra noche, porque por suerte en esta la mayoría de los saldados estaban cazando fantasmas por las calles de la cuidad.
Llegar hasta la puerta sin ser detectados había sido relativamente fácil, solo tuvimos que esquivar más de una docena de patrullas. Lo difícil ahora era superar a los cinco hombres que vigilaban la entrada. Con una señal Ambio nos indicó que esperáramos mientras él y Esmile se acercaban sigilosamente a los vigías. El combate fue corto. Los dos atacaron a la vez cubriendo ambos lados de gran puesta amurallada. Con la primera estocada Esmile derrotó a dos de los desprotegidos hombres y consiguió terminar con el tercero antes de que diera la voz de alarma. Enfrente Ambio derrotaba al último de los soldados mientras su primer adversario se desangraba a sus pies. Por último apoyaron los cuerpos en la pared de tal forma que el que echara una hojeada desde el interior de la casa no se diera cuenta del repentino fallecimiento de sus vigilantes.
Nada más traspasar el pórtico nos recibió un gigantesco patio empedrado y el murmullo de voces que se dirigían hacia donde nosotros estábamos. Corriendo recorrimos el patio en penumbra hasta llegar a lo que identifiqué (por su nauseabundo olor a caballo) como las caballerizas, pero las voces, que correspondían a tres hombres, parecían seguirnos y pronto se hicieron entendibles.
— ¿Cómo que se han escapado?
Esmile acurrucada a mi lado de pronto puso todos sus músculos en tensión y su mano agarró veloz la empuñadura de su espada desmontable, y aunque no sabía quien era ese tipo no me pareció una reacción exagerada pues la voz del hombre era tan brutal que sin ningún esfuerzo conseguía que te mearas en los pantalones de puro miedo.
— Mi general – balbuceo el segundo hombre.
Bueno ya sabía quien era, el temido General Somred
— Tengo a todos mis hombres recorriendo cada centímetro de la ciudad y todas las puertas de la ciudad están cerradas y muy bien vigiladas, tarde o temprano les encontraremos no pueden escapar – dijo dando un paso hacia atrás.
— Por tu bien espero que así sea – el general Somred le agarró por la solapa de su coleto de piel y le atrajo hacia si para después soltarle con un empujón. El hombre tropezó con sus pies antes de caer de culo. Tras levantarse salió de allí tan deprisa como pudo.
El tercer hombre espero hasta que el otro se hubiera alejado para hablar por primera vez.
— General Somred le agradecería que mientras permanezca usted invitado en mi palacio – acentuó mas esas última palabras – se comporte como una persona no como un animal.
— Mi querido Mariscal mientras yo este en esta ciudad usted será el invitado en este palacio, suponía que eso había quedado claro.
Y sin más se fue siguiendo los pasos de su subalterno. El Mariscal aguardó un instante, que aprovecho para maldecir al general y a toda su familia, antes de seguir al otro hombre.
Cuando fue seguro los demás salieron de sus escondites. Yo por el contrario tarde lo mío en conseguir mover las piernas completamente acalambras. Esmile parecía más relajada ahora que el general se había marchado aunque seguía agarrando fuertemente la espada.
— ¿Dónde está la entrada? – preguntó en susurros Calson.
— En el salón de audiencia, creo – respondido Azcel también en susurros
— ¿Crees? ¿Cómo que crees?, ¿Es qué no estas seguro? – pregunto Sara alzando la voz.
Azcel simplemente se escogió de hombros y sonrió
— Bueno siempre podemos recorrer el palacio hasta encontrarla, seguro que si lo pedimos amablemente nos dejarán husmear – añadí yo.
— ¡Basta ya! – Ambio salió y dio una vuelta completa al establo – despejado – dijo.
— Busquemos primero en el salón ¿podrás reconocerla si la ves? – preguntó Calsón.
Este asintió con la cabeza.
Llegamos a una zona del patio repleto de árboles frutales junto un muro del palacio, desde allí pude ver con claridad la casa. Estaba diseñada para asemejarse a un castillo. La parte central del palacio, de no más de tres pisos de altura, poseía en su base una estructura cuadrada, pero según aumentaba la altura, el edifico se iba estrechando hasta acabar en una única estancia circular. De cada esquina surgían sendos pasillos que llevaban a cuatro torres circulares, que se igualaban en altura con el espacio central.
Conseguimos llegar hasta una de las ventanas de la planta baja sin ser visto, detrás solo había un amplio y lujoso vestíbulo. Varias lámparas iluminaban una escalera engalanada con alfombras negras, que terminaba en un rellano coronado con el escudo que viera en los edificios públicos de la plaza esa mañana. A la derecha de la escalera pude distinguir una pequeña puerta que prácticamente se confundía con la pared, y a medio metro otra un poco más grande. Colgados en el espacio entre las puertas había algunos cuadros, todos retratados de hombres que sin duda pertenecían a la misma familia pues todos tenían como común denominador una nariz aguileña y una mira inteligente.
Nada más entrar en el frió vestíbulo vino a mi nariz un olor muy desagradable, como a repollo podrido, proveniente de la pequeña puerta que justamente en ese momento comenzaba a abrirse. Solo nos dio tiempo a sacar las armas (aquellos que las tuvieran), antes de que la puerta se abriera completamente y de ella saliera una muchacha muy joven, prácticamente una niña, sosteniendo en sus manos una pesada bandeja. La sorpresa fue mutua, pero en la cara de la muchacha además de asombro había miedo. Sin dudarlo nos lanzó el apestoso contenido de la bandeja (con la bandeja incluida), mientras intentaba volver a salir por la puerta ya cerrada. El estrepitoso ruido resonó en cada rincón del vestíbulo vacío y para mí que también en todo el palacio.
Azcel fue el primero en reaccionar, sujetó a la muchacha cuando esta consiguió agarrar la manilla y la arrastró hacia el interior de la habitación que había detrás. A toda prisa intente tapar el estropicio empujándolo todo tras la puerta mientras Sara volcaba no sé que de una mesa cercana. No había dado la última patada a la bandeja cuando Esmile nos lanzo literalmente a la habitación justo cuando dos soldados aparecieron en el rellano de la escalera.
La gruesa puesta sólo nos permitía escuchar voces atenuadas y entrecortadas, imposibles de distinguir, hasta que el ruido cesó. Ambio esperó unos minutos más antes de entreabrir la puerta suavemente, luego con igual cuidado la volvió a cerrar.
— Se han ido y han cerrado la ventana – lanzo una preocupada mirada a la muchacha que seguía debatiéndose en los brazos de Azcel – por ahora nos hemos salvado.
También yo miraba a la muchacha, en sus ojos llorosos y enrojecidos solo se podía ver miedo. Un miedo que se convirtió en pánico cuando vio aparecer una daga en la mano de Azcel, y cuando sintió la fría hoja en su cuello comenzó a patalear desesperadamente. Una de las patadas me dio de lleno en la espinilla cuando intentar acercarme, así que cargue mi arco y apunte a la cabeza de Azcel.
— Quítale el cuchillo del cuello ahora mismo – para mi sorpresa la voz me sonaba serena y firme.
No lo aparto pero tampoco siguió apretando, la mujer también parecía haberse calmado. Azcel le dirigió una peculiar mirada a Ambio, como solicitando su ayuda, pero este solo inclino a un lado la cabeza. Luego volvió su mirada hacia mí, por fin había desparecido la expresión de seguridad de su rostro.
— Si la dejamos viva corremos peligro – presionó un poco más hasta que un hilillo de sangra surgió de la herida
Yo tense el arco hasta llevarlo al máximo, con lo que paro de nuevo.
— Correré el riesgo, por favor quítale el cuchillo.
Con una sacudida hizo girar a la chica. Lanzo el cuchillo al aire, lo volvió a coger por la hoja y la golpeo con el mango. La muchacha cayó inconsciente al suelo.
— Ya puedes bajar el arco muchacho – sus labios se curvaron en una sonrisa torcida.
Sara que había permanecido toda la escena detrás de Azcel, por si tenía que atacar, se puso ahora a mi lado.
_ Te has portado caballero andante – me susurró las palabras tan cerca del oído que podía sentir su respiración.
También yo sonreí, la primera vez en mucho tiempo.
Salimos de la habitación y regresamos al vestíbulo. Justo en frente, tras subir cuatro elaborados escalones, había una magnifica puerta labrada en oro y plata.
— La sala de audiencia espero – dijo Sara.
— Estas en lo cierto señorita – corroboró Azcel – entremos.
La estancia en donde nos encontrábamos era igual o más grande que el vestíbulo y completamente circular. Parecía estar vacía, a excepción de un único asiento, bien parecido a un trono, en el fondo de la sala, y colgado encima un gran cuadro. Quedaba claro que el retratado no era de la familia, ni siquiera era humano. Le salían pinchos por todos los miembros del cuerpo y sus ojos eran de un negros ponzoñoso que incluso dibujados transmitían maldad. No me hizo falta preguntar para saber quien era. Aunque sus ojos conseguían que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo no podía apartar la mirada, me sumergían más y más en la sugestiva oscuridad. Me concentré como no lo había hecho en mi vida y conseguí por fin cerrar los ojos, pero cuando los volví a abrir ya no estaba en la habitación. En vez de rodearme las paredes circulares del salón del Mariscal lo hacía una tranquilizadora luz azulada acompañada de una dulce canción sin letra, y de alguna manera ahora sujetaba el colgante que parecía increíblemente grande si lo comparabas con mis manos. Alguien me estaba susurrando al oído con un aliento cálido, pero por mucho que miraba a mí alrededor no vi a nadie, aún así el mensaje era increíblemente claro.
— Tenemos que salir de aquí – grite.
Volvía a estar en el salón de audiencias frente al retrato de Demsoger aunque todavía resonaban en mi mente las palabras de aviso
Todos permanecían quietos mirándome, Esmile y Sara tenía el ceño fruncido.
— Hay que salir de aquí pitando – repetí ya más calmado.
— Eso intentamos muchacho y nos vendría bien tu ayuda para encontrar la dichosa entrada – dijo Azcel volviendo a buscar entre los ladrillos de la pared de detrás del trono
— No maldita sea, saben que estamos aquí – sin pararme a ver su reacción me acerqué a una de las ventanas. Afuera estaba totalmente oscuro. Esmile todavía con el ceño fruncido también se acerco a mirar, cuando volvió a mirarme su expresión había cambiado, estaba a caballo entre el asombro y la preocupación.
— Estamos rodeados – dijo a los demás
Ambio, que por alguna razón no parecía sorprendido, tomo las riendas de la situación.
— Esmile, Sara utilizar las cortinas e intentar sacar el mayor número de antorchas – le lanzó a Sara el cuchillo que llevaba al cinto – procurar que los de fuera no se den cuenta, cuando hayáis terminado prenderlas y pasárselas a Roberto – mirándome añadió – lánzalas lo más separadas que puedas la una de la otra, hay que iluminar el mayor espacio posible – se volvió hacia el trono - Calsón ayúdame a mover este armatoste - ya al lado del trono se dirigió a Azcel que seguía detrás – si aprecias tu vida encuentra esa maldita entrada, no podremos resistir mucho tiempo.
Pero este no le miraba, observaba el hueco que había dejado el trono con una sonrisa de oreja a oreja.
— Amigo mío ya lo he hecho, me...
Le interrumpió el ruido le las puertas al abrirse bruscamente. Desde el marco de la puerta nos observaba el general Somred, y detrás de él se podían ver a una veintena de soldados.
— Baja ese arco muchacho que alguien puede salir herido – caminó tranquilamente hasta el centro de la habitación – y no queremos eso ¿verdad?
Mantuve el arco tenso apuntando a su entrecejo todo el tiempo. Los soldados, la mayoría armados con espadas, entraron en la habitación cubriendo todas las salidas posibles, a excepción de una.
— Muchacho tozudo – desenvainó su espada y con un suyo quince soldados se adelantaron, manteniéndose el resto en sus puestos junto a la puerta y ventanas – intentas enfrentarte a mí.
No sé si me lo decía a mí, pero fue Esmile la que se coloco frente a él con la espada montada. Somred lanzó tal carcajada que hasta el aire tembló.
— Si, esto está mejor.
La expresión de Esmile era de autentico odio cuando se lanzo al ataque. El general tubo que sudar lo suyo para esquivar sus golpes, pero en cuanto hubo afianzado los pies fue él quien ataco, con estocadas que solo eran eludibles con la extraordinaria agilidad de un Felimbre. El entrechocar de espadas duró unos minutos más y luego volvieron a quedar frente a frente vigilando cada movimiento.
— No esta mal para ser un despreciable gato – dijo el general casi sin aliento – aunque creo que es hora de terminar.
Pero no atacó, mantuvo la espada baja muy cerca del cinto con una sonrisa de desprecio en la comisura de los labios.
— Un miserable gato, como todos los de tu especie, nunca será rival para mí.
Esmile se lanzo al ataque llevada por la rabia, medio girando, saltó a matar. El general también giro, de tal manera que Esmile acabo dándole la espalda. La sonrisa del general Somred se hizo más amplia según su espada bajaba, pero desapareció cuando un destello metálico paro la estocada, y se transformo en mueca al darse cuenta de la trampa. Esmile se volvió con la espada en una mano y una daga en la otra, y sin consideración alguna acometió contra el vientre desprotegido del general, pero la cuchillada no le alcanzó porque este, viendo lo que se le avecinaba, salto hacía atrás.
Esmile volvió a atacar una y otra vez mientras que el grandioso general retrocedía parando estocadas a diestro y siniestro, hasta que la pared le acorralo. Somred en un movimiento desesperado intento un ataque frontal que Esmile esquivó con rapidez, pero no pudo eludir el golpe del cuchillo, que por arte de magia había aparecido en su mano izquierda, hiriendo a la Felimbre en un hombro, pillada por sorpresa soltó la espada, momento que aprovechó el general para lanzarle una serie de estocadas que a duras penas pudo para con la pequeña hoja de la daga.
Somred relamiéndose lanzó una estocada baja que solo se podía parar inclinando el cuerpo y dejando el cuello al descubierto; la punta de la espada paro a escasos centímetros del cuello la Felimbre.
— Bien muchacho – dijo casi sin aliento y sin apartar la vista de su presa – o bajas el arco o la mato.
Lo baje.
— Ahora tíralo, tirar todas las armas.
Varios hombres se acercaron, nos rodearon y agarraron, echando inexplicablemente a un lado a Sara de un empujón.
— Traédmelo – ordeno a los dos hombres que me sujetaban.
A empujones me llevaron hasta el centro de la habitación junto a Esmile. La mire pero sus ojos seguían fijos en el general, ni siquiera opuso resistencia cuando uno de los soldados la maniató. Pero Somred ya no la prestaba atención, me observaba con mucho interés, con la punta de la daga sacó el colgante de debajo de la túnica, luego se llevo la mano al cinto y sacó una moneda de plata que dejo caer al suelo.
En un instante la habitación se lleno de un espeso humo negro, que rodeó la zona donde había caído la moneda, y cuando la humareda aclaro, pude ver la cabeza del demonio mas odiado y temido.
jueves, 5 de febrero de 2009
capítulo VIII
8
La ciudad de Paranfor
En el amanecer del quinto día de viaje pudimos ver las murallas que rodeaban la ciudad de Paranfor.
— Al mediodía llegaremos a la puerta Oeste – anunció Ambio - seguro que habrá centinelas en la entrada y si os ven con esas pintas lo más probables es que tengamos problemas, y en el improbable caso que pasamos ante ellos corremos el riesgo de ser delatado en la ciudad.
Esmile y yo habíamos discutido un par de veces sobre si sería conveniente que Sara y yo entráramos en la ciudad. Algo me decía que no era buena idea, supongo que el sentido común. Pero Esmile se negaba tajantemente a dejarnos solos fuera de las murallas y alegaba que no era conveniente que nos separamos. Así que con santa resignación cambié mi ropa de los domingos por una vieja túnica de Esmile, que me estaba larga. Sara no estuvo dispuesta a renunciar a sus levis y solo consintió ponerse la túnica por encima
La puerta Oeste era en realidad un portón de doble hoja tan alto como un edificio de dos pisos y enormemente ancho, tanto que no se me ocurre con que compararlo. Las dos hojas estaban abiertas de par en par, para poder abarcar la enorme afluencia de carromatos, grupos de jinetes y viajeros solitarios que acudían a la ciudad.
La mayoría eran campesinos o ganaderos de las aldeas próximas que venían a vender sus productos al mercado. Eran personajes fáciles de distinguir, ropas desgastadas, pequeños carromatos (llenos hasta rebosar) mas desgastados aun si cabe, y en sus rostros expresiones de preocupaciones y desanimo, incluso de miedo, sobretodo al pasar delante de los cuatros guardias armados hasta los dientes, y con cara de pocos amigos, que vigilaban la puerta. Parecían tener ganas de bronca aunque hasta ahora no habían detenido a ninguna caravana. Cunado nosotros pasamos ante ellos nos miraron con cierto interés pero no hicieron nada por detenernos.
Nada más entrar me llegó un olor nauseabundo parecido al tufo que hay en los vertederos clandestinos. Intenté no respirar fuerte porque el olor llegaba a metérsete en la garganta, y si lo dejabas corráis el peligro de que llegara al cerebro. Ricio sentado a mi lado se reía sin parar
— Tranquilo muchacho te acostumbrarás
— Lo dudo mucho — dije tapándome la boca con las manos en un intento desesperado de respirar
Encogió los hombros como diciendo – tu mismo -
Seguimos avanzando recorriendo las callejuelas empinadas y sucias de la ciudad hasta que llegamos una plaza. En el centro había una fuente y al lado un abrevadero donde bebían tranquilamente barios caballo. La plaza estaba rodeada por barios edificios públicos, los escudos en el frontal de la puerta los delataban. Todos los escudos eran diferentes aunque tenían un nexo en común, en el centro había un dragón y una serpiente entrelazada. El escudo del edificio de enfrente, que era el más grande de todos, tenía además una banda rodeando al dragón y a la serpiente, y en ella había escrito algo que no lograba ver bien.
Entre los edificios públicos había barias edificaciones más pequeños que se encargaban de quehaceres más comunes como por ejemplo un establo o una taberna. Ambio bajó de un salto del carromato y se dirigió hasta la taberna que se llamaba la Espada Veloz.
— Abrid – gritó aporreando la puerta.
Tuvimos que esperar un rato hasta que un individuo de aspecto tosco y desaliñado abriera.
— Por fin habéis llegado – dijo cuando se hubo habituado a la luz del sol - os esperaba ayer ¿es que no sabéis cumplir un acuerdo? por esto os reduciré el cinco por ciento del precio inicial.
Ambio desenvainó la espada con tanta rapidez que el hombre no se dio cuenta de que la tenía clavada en el cuello hasta que un hilillo de sangre corrió por su pecho. Seguro que cuando el tío le puso el nombre a la taberna lo hizo pensando en Ambio
— Bueno no es para ponerse así, todo se puede discutir.
— No hay discusión que valga, nos pagará lo acordado – y hundió un poco mas la espada en la carne.
— Claro, pero si no me sueltas no puedo pagarte amigo.
— Claro – Ambio bajo la espada pero no la envainó – te acompaño no vallas a perderte por el camino, amigo - y se perdieron en la oscuridad del local
Entre tanto en el lado de la luz, los demás nos encargamos de descargar todos los barriles y llevarlos a la entrada del local.
Una vez cobrado el dinero por el transporte de los barriles de licor, fuimos a un establo donde vendimos los tres carros y los bueyes a un precio razonable, gracias en parte al arte negociador de Ambio y su espada.
— Ahora nos falta abastecernos de provisiones – dijo Esmile que desde que había entrado en la ciudad se había convertido de nuevo en el encapuchado.
— Ya que vamos al mercado podemos ir a un local que conozco. Ya veréis sirven el mejor licor de la región y también un excelente guiso de cordero –dijo Tirós
Llegar hasta el mercado era fácil incluso para alguien que no fueras del lugar, incluso aunque no fueras de este mundo, solo tenías que dejarte guiar por el ruido y el mal olor que, según te ibas acercando, aumentaba hasta hacerse insoportable.
Primero fuimos a lo que sin duda era el mercado de bestias, donde barios grupos de animales de diferentes especies (unos conocidos y otros no tanto) pastaban tranquilamente en media docena de cercas. Pasamos delante de la cerca de los animales de carga, entre los que había algunos bueyes solitarios y algo que se parecía a un elefante pero sin trompa. Lo que si tenía el animalejo, y muy bien puestos, eran dos cuernos que podrían despedazar a un hombre con dos pasadas y sin despeinarse los cuatro pelos del cogote. En otra cerca un grupo de unos tres ciempiés gigantes dormitaban hechos una pelota,
— Se llaman excavadotes - dijo Tirós al verme mirándolos – y son animales muy apreciados por los mineros.
Al pasar delante de una tapia de piedra escuché al otro lado un zumbido semejante al de una colmena, intrigado comencé a escalar la tapia pero cuando estaba llegando a lo alto Ricio me agarro del cinto obligándome a bajar.
— Muchacho no seas cotilla
— ¿Qué hay detrás?
Con el dedo me indico que le siguiera. En uno de los laterales del cercado había una trampilla, la abrió y mire. Aunque al principió no conseguí ver nada, cada vez escuchaba más cerca un mareante zumbido. Incline la cabeza para poder ver la parte del recinto que permanecía oculta, y entonces lo vi. Era un enorme abejorro con alas membranosas con las que se mantenía suspendido en el aire y antenas como satélites. No tenía las tradicionales franjas amarillas alrededor del cuerpo, al contrario, su pelaje era completamente negro, y de sus largas patas salían hilos finos y traslúcidos.
— ¿Por qué encierran a una simple abeja en un cercado de piedra? – como respuesta el bichejo se abalanzó sobre la ventana, y en un instante los hilos finos y traslúcido de sus patas se colaron por la abertura y se me enroscaron en el cuello. Quise quitármelos de encima pero a pesar de su apariencia aquellos hilos eran tan fuertes como la más gruesa de las sogas y a cada instante apretaba más y más mi cuello. Mientras yo luchaba contra las cuerdas asesina Ricio introdujo una vara larga y metálica (sacada de no se sabe) por la ventanuco, entonces la vara comenzó a vibrar y de repente el bicho me soltó.
— Por eso – dijo.
Cerramos la trampilla y sin pronunciar palabra nos reunimos con los demás que ya se acercaban a la zona de los caballos.
— ¿Quieres comprar viajero? – la voz provenía de una muchacha de unos dieciséis años sentada sobre una cerca donde pastaban cinco o seis caballos
— Si, por que no vas a buscar a tu padre – apremió Ambio
— No tengo y tampoco marido – dijo secamente la muchacha - si quiere comprar un caballo hazme una oferta y ya veremos.
Hasta ahora Ambio solo había tratado con hombres, lo que facilitaba su peculiar manera de regatear, pero ante una mujer dicha ventaja se convertía en una desventaja.
— ¿Que pides por esos cuatros ejemplares de allí? – pregunto en un esfuerzo de intimidar a la muchacha, pero esta chica no era de las que se asustaban con facilidad
— ¿Cuanto me ofreces?
Pues no es tonta la niña, no.
— Cinco monedas de oro.
— ¡Cinco! Vamos hombre esos caballos valen por lo menos diez.
— Siete monedas de oro y no ofrezco más
— Ocho o no hay trato – Ambio no contesto y en la boca de la chica apareció una media sonrisa de triunfo, ya se veía en posesión de las ocho monedas de oro que la harían un poco más rica, y el silencio prolongado de Ambio no hacía más que confirmarlo. Lo que no sabía la astuta vendedora era que entre el grupo había alguien mucho más lista que ella.
— Pues no hay trato – dijo Sara, se alzó a pulso y con una agilidad propia de Esmile se coloco sobre la cerca, luego miro a ambos lados
— Podemos ir allí – señaló un cercado apostado un poco más adelante – desde aquí puedo ver buenos caballos.
Una vez hubo puesto los pies en el suelo se dirigió hacia el otro puesto sin mirar atrás.
— No espera – la media sonrisa había desaparecido de repente del rostro de la muchacha – siete monedas de oro y diez de plata.
— Siete monedas de oro – repitió Sara sin detenerse.
— Vale, trato hecho
— Vendremos a por ellos dentro de un par de horas y si por alguna razón no están aquí cuando vuelva tendrás problemas – Sara hizo una pausa y luego añadió – a mi no me importa pegar a una mujer.
Salimos del gentío del mercado de animales para meternos en otro mucho peor. Después de comprar el resto de las provisiones Tirós nos llevó a “El Duende” una taberna de mala muerte situada en la calle más concurrida del mercado. Era un local oscuro solo iluminado por el ventanal del techo y alguna que otra lámpara de gas. Al entrar barios de los hombres apoyados en la barra se giraron pero ninguno nos presto más atención de la debida. Con la misma consideración pasamos ante ellos y nos sentamos en la mesa más apartada y oscura del local. La tabernera vino unos segundos después, era una mujer de constitución fuerte si bien poseía una cara bonita
— ¿Que queréis?
— Tráiganos una gran jarra de aguamiel y un cordero – dijo Tiros.
La camarera se fue y al rato volvió con una gran jarra y siete vasos.
— ¿Cómo sabias que la chica cedería? – preguntó entonces Esmile a Sara
— Bueno mientras Ambio regateaba con la chica me fijé que el vendedor del otro puesto no nos quitaba ojo – interrumpió la historia para beber un trago de su vaso - así que supuse que debían tener alguna que otra rencilla, lance la jugada y me salió bien.
En ese momento regresó la tabernera con el cordeo asado. Comimos y bebimos hasta saciarnos, hablábamos de cualquier cosa menos de lo que haríamos a continuación. Ricio cantó una canción dedicada a no sé que batalla mientras Tirós nos contaba a Sara y a mí la historia de cuando lucho contra una horda de Simos (unos seres irracionales y prehistóricos que viven en los mares Perdido). Ambió escuchaba atentamente la historia de Tiros negando con la cabeza cuando creía que este exageraba. Y Calson subido ya un poco de tono acompañaba a Ricio en la canción que ya llegaba a su fin. Esmile por el contrario parecía ausente, no podía verle la cara ya que tenía echada la capucha pero estaba rígida y su copa seguía intacta.
— ¿Ocurre algo malo? – pregunte con disimulo.
— Hay un tipo sentado en esa esquina ¿lo ves?
Ni siquiera conseguía ver la esquina. La luz de la ventana no llegaba hasta allí y la lámpara, si es que la había, estaba apagada.
— No veo nada Esmile ¿estas segura de que hay alguien?
— ¿Crees que nos siguen? – pregunto Ambio que había estado escuchando la conversación
— No estoy segura pero es posible, entro poco después que nosotros, se sentó en esa esquina y apagó la lámpara.
— Deberíamos asegurarnos – dijo Sara.
— Estoy de acuerdo - dijo Ambio - esto es lo que haremos – Todos escuchaban atentamente aunque Ricio y Calson siguieran cantando (ahora una canción de amor) y Tirós hiciera con que hablaba sin parar – saldremos en grupos escalonados a ver que hace, luego nos reuniremos en la posada El Caminante.
— Me parece una buena idea – dijo Tirós.
En primer lugar salieron Calson y Tirós pero el hombre ni se inmuto. Unos segundos después abandonaron el local Ambió y Ricio con idéntico resultado. Después nos tocó el turno a Sara, a Esmile y a mi.
En cuanto salimos por la puerta echamos a correr mezclándonos con el gentío que deambulaba de puesto en puesto. Era una calle larga y estrecha que terminaba en una pequeña plaza repleta de puesto de comida. De la plaza salían tres caminos, el más cercano era una calleja estrecha y empinada. Un poco más allá, en el otro extremo de la plaza había una calle no tan estrecha y entre medio de los dos unas escaleras solo transitable por gente muy, pero que muy delgada.
En la esquina que unía la plaza con la primera calleja había una tapa del alcantarillado. Con una fuerza sorprendente Esmile levanto la pesada reja de hierro y nos empujo a dentro para luego meterse ella. Unos segundos después apareció por la calle y a la carrera el improvisado escolta. Sin duda era un soldado, no llevaba ningún distintivo a la vista pero su forma de moverse y sobretodo la espada que el llevaba al cinto, descubrían su formación. Al no vernos en la plaza se acercó a un puesto cercano, no podía escucharles hablar desde la alcantarilla, pero tampoco me hizo falta, sabía perfectamente cual era la pregunta. El solícito dependiente le señaló el callejón. Sin prisas el soldado escolta se encaminó hasta la entrada del callejón y permaneció allí quieto escuchando, si le daba por mirar al suelo nos descubriría, pero no lo hizo, siguió caminando muy despacio volviendo la cabeza atrás a cada instante.
Estuvimos esperando dentro de la alcantarilla cinco largos minutos antes de salir. El soldado bien podía estar esperándonos escondidos en la calleja pero yo no aguantaba mas el hedor pestilente que desprendía las aguas residuales de la ciudad (por decirlo finamente). Regresamos por donde habíamos venido. Ya no teníamos el problema de chocar contra la multitud, ella sola se apartaba de nuestro camino mirándonos con repugnancia. Cuando llegamos a la taberna nos escondimos en el callejón que había entre esta y el local de al lado. Estuvimos esperando unos minutos la aparición del soldado, pero este no se presentó.
Lo siguiente fue buscar una fuente o pozo donde poder lavarnos, gracias a dios encontramos un pozo no muy lejos de allí, si llegamos a tardar un poco más mi glándula pituitaria hubiera emigrado a narices mas limpia
El joven soldado llegó ante la puerta de los aposentos del general Somred con la respiración entrecortada pero decidido a entrar, ya no podía echarse atrás, no habiendo llegado tan lejos. La puerta estaba entreabierta, respiró profundamente y entro.
Al entrar no vio a nadie, más estaba seguro de haber escuchado dos voces procedentes de la habitación. Cuando se disponía a examinar el dormitorio escucho a su espalda un silbido, como el ruido que produce una espada al rozar con el aire. Giro rápidamente su cuerpo al tiempo que desenvainaba su espada y aprovechando el impulso del giro lazó una estocada baja, directa al vientre, que el asaltante escondido detrás de la puerta detuvo con suma facilidad. Las espadas chocaron un par de veces más, pero su atacante era mucho más fuerte y el joven soldado acabó tendido en el suelo y desarmado. Sin embargo, en el momento en el que el asaltante se preparaba para rematar el combate, el soldado, que no estaba dispuesto a rendirse tan pronto, propinó una patada al tobillo de su adversario, desequilibrándolo y proporcionándole el tiempo necesario para rodar hasta donde estaba tendida la espada. Para cuando su contrincante recupero el equilibrio el soldado ya estaba preparado para continuar con la pelea.
— No sé si eres valiente o estúpido pero pagarás caro esta osadía – dijo el general Somred saliendo de entre las sombras con la espada apoyada en el hombro,
— Si me matas mi general no sabrás el motivo de mi osadía – la voz del joven se mantuvo firme pues sabía que la información que traía le proporcionaría una recompensa.
— Habla ahora y tendrás una muerte rápida
El soldado envainó la espada
— He encontrado a las personas que buscas.
Somred con la espada todavía apoyada en su hombro cruzo la habitación y con clama se sentó en una silla.
— ¿Como te llamas soldado?
— Sord.
— Bien Sord que tienes que contarme.
— Esta mañana ha entrado en la ciudad una caravana que transportaba licor, es un grupo ya conocido en la ciudad, en total lo componen cuatro hombres y una hembra Felimbre, lo extraño es que esta vez les acompañaba un chico y una chica.
— Descríbemelo.
— Es alto y fuerte con el pelo rizado de color paja, vestía una túnica hecha sin duda para una persona más alta, por ejemplo un Felimbre, y llevaba un arco bastante rudimentario colgado a la espalda. Pero lo más extraño de todo es que tanto la mujer como el chico se movían de forma extraña, como si fueran niños que entrarán por primera vez en una ciudad.
Un resplandor traspasó el cinturón del general Somred, este sin darle importancia preguntó
— ¿Dónde podemos encontrarlos?
— Estuvieron comiendo y bebiendo en la taberna del duende pero allí se separaron, seguí al grupo donde estaba el muchacho y la Felimbre – por primera vez la voz del soldado tembló – pero los perdí
Somred se levantó, y con la espada todavía apoyada en el hombro, recorrió la habitación, cogió una botella de una mesa, se sirvió y volvió a sentarse.
— ¿Dónde?
— En el mercado.
— Eso no te ayuda mucho ¿verdad? ahora podrían estar fuera de la ciudad y tu información, como tu vida no valdrían nada.
— No han salido, he dado ordenes de que me avisaran si eso ocurría, además creo saber donde puedo encontrarlos pero tenemos que darnos prisa sin duda preparaban la partida.
Ambio nos esperaba escondido en la puerta de la posada El Caminante, un edificio de dos pisos de altura construido en ladrillo y piedra.
— Vamos no podemos quedarnos aquí.
— Maldita sea, ya me había hecho a la idea de dormir esta noche en una cama como Dios manda – protesto Sara
Seguimos a Ambio por media ciudad hasta llegar a la zona más pobre, justo a los pies de la muralla sur. Miraras por donde miraras encontrabas mendigos tendidos en el suelo y mujeres de mala vida ofreciendo sus servicios en las esquinas. Nuestro destino final fue un local medio derrumbado y cochambroso llamado “El ladrón” aunque una vez dentro el establecimiento mejoraba bastante. Los techos y paredes que desde fuera parecían apunto de ceder, por dentro estaban enyesados y pintados, y los suelos eran de la mejor madera pulida. Había una larga barra que prácticamente deba la vuelta al local, y del techo colgaban enormes lámparas de cristal que iluminaban cada rincón. Mujeres con poca ropa se paseaban de un lado a otro sirviendo bebidas y ofreciendo otra clase de servicio. Aunque lo que realmente atraía a los asiduos del aguamiel eran las mesas de juego esparcida por todo el local.
Ambio se dirigió a la barra, saludó al barman y subió por una estrecha escalera que había tras unas cortinas de terciopelo con nosotros siguiéndole los pasos. Ya en lo alto dos hombres nos cortaron el paso.
— Déjanos pasar nos están esperando – les ordenó Ambio.
Entonces uno de los hombres pareció reconocerle y haciéndose a un lado dijo:
— Perdón señor Ambio no le había reconocido,
Ricio, Tirós, Calson y un hombre sin identificar nos esperaban en una habitación sentada alrededor de una mesa bebiendo aguamiel.
— Bienvenidos a mi humilde local – dijo el desconocido - me llamo Azcel y estaré encantado de teneros en mi mesa.
— ¿Le seguiste? – preguntó Esmile a Ambio sin tan si siquiera mirar a Azcel.
Aunque la conversación empezaba a no tener sentido, adiviné que Ambio había decidido hacer de escolta de nuestro escolta, eso explicaba la segunda parada a la taberna “el duende”.
— Después de perderos a vosotros – explico – fue directamente al palacio de Preisus donde se hospeda el general Somred
— ¿Estás seguro?
— Si – contestó Azcel – llegó hace dos o tres noches acompañado de diez de sus hombres y nada mas llegar ordenó registrar todas las posadas, graneros o tabernas. Los soldados del Mariscal Preisus tenían órdenes de detener a todos los muchachos de la ciudad – me señalo con la boca de la botella – todos los que tuvieran tu edad.
— Entonces tendremos que partir esta misma noche – apunte yo. La expresión en los ojos de Esmile cuando Ambio había pronunciado el nombre de Somred era de autentico rencor y odio, y no me apetecía nada tener un encontronazo con ese tipo.
— Todas las puertas de la ciudad han sido cerradas, además son vigiladas día y noche por un regimiento de soldados. Por allí es imposible salir.
— Estamos atrapados – gritó Sara
De repente comprendí el error que había cometido al entrar en la ciudad y que por ese error había vuelto a poner a personas en peligro.
— No querida muchachita, no todas las salidas están vigiladas – siguió explicando Azcel - En tiempos de las primeras guerras esta ciudad estuvo gobernada por un gran hombre que mandó construir túneles para poder evacuar a los ciudadanos de manera segura mientras las fuerzas de la ciudad la defendían. Durante mucho tiempo los túneles estuvieron olvidados y sellados, hasta que en la gran guerra fueron reabiertos por las fuerzas de la luz. Hay muy pocas personas que conozcan esta información y entre ellas no se encuentra nuestro querido Mariscal, así que podéis utilizar esos túneles para salir con cierta seguridad. Solo hay un inconveniente... – en ese momento llamaron a la puerta
— Perdón señor pero ya están aquí – el mismo hombre que nos había dado el alto en la escalera asomaba ahora la cabeza por la puerta.
— Bien ya sabéis que tenéis que hacer – respondió Azcel.
No hacía falta que especificaran quienes eran, de un tiempo a esta parte me había vuelto muy perspicaz. Prepare mi arco y busque alguna ventana desde donde pudiera disparar. Hasta ese instante no me había fijado en la habitación. Estaba decorada con un muy buen gusto y mejores materiales, pero, aunque había cortinas colgadas en las paredes, no había ventanas tras ellas. La habitación estaba cerrada a cal y canto. La única salida era la puerta por la que habíamos entrado y lo mismo ocurría en la parte de abajo.
— Volvemos a estar atrapados, si consiguen entrar estamos perdidos.
Azcel sonrió, apuro su último trago y le indico a Calson que le ayudara a apartar la mesa, debajo de la alfombra había una trampilla y detrás de ella otras escaleras.
— Ya ves muchacho, yo también soy un tipo listo.
La ciudad de Paranfor
En el amanecer del quinto día de viaje pudimos ver las murallas que rodeaban la ciudad de Paranfor.
— Al mediodía llegaremos a la puerta Oeste – anunció Ambio - seguro que habrá centinelas en la entrada y si os ven con esas pintas lo más probables es que tengamos problemas, y en el improbable caso que pasamos ante ellos corremos el riesgo de ser delatado en la ciudad.
Esmile y yo habíamos discutido un par de veces sobre si sería conveniente que Sara y yo entráramos en la ciudad. Algo me decía que no era buena idea, supongo que el sentido común. Pero Esmile se negaba tajantemente a dejarnos solos fuera de las murallas y alegaba que no era conveniente que nos separamos. Así que con santa resignación cambié mi ropa de los domingos por una vieja túnica de Esmile, que me estaba larga. Sara no estuvo dispuesta a renunciar a sus levis y solo consintió ponerse la túnica por encima
La puerta Oeste era en realidad un portón de doble hoja tan alto como un edificio de dos pisos y enormemente ancho, tanto que no se me ocurre con que compararlo. Las dos hojas estaban abiertas de par en par, para poder abarcar la enorme afluencia de carromatos, grupos de jinetes y viajeros solitarios que acudían a la ciudad.
La mayoría eran campesinos o ganaderos de las aldeas próximas que venían a vender sus productos al mercado. Eran personajes fáciles de distinguir, ropas desgastadas, pequeños carromatos (llenos hasta rebosar) mas desgastados aun si cabe, y en sus rostros expresiones de preocupaciones y desanimo, incluso de miedo, sobretodo al pasar delante de los cuatros guardias armados hasta los dientes, y con cara de pocos amigos, que vigilaban la puerta. Parecían tener ganas de bronca aunque hasta ahora no habían detenido a ninguna caravana. Cunado nosotros pasamos ante ellos nos miraron con cierto interés pero no hicieron nada por detenernos.
Nada más entrar me llegó un olor nauseabundo parecido al tufo que hay en los vertederos clandestinos. Intenté no respirar fuerte porque el olor llegaba a metérsete en la garganta, y si lo dejabas corráis el peligro de que llegara al cerebro. Ricio sentado a mi lado se reía sin parar
— Tranquilo muchacho te acostumbrarás
— Lo dudo mucho — dije tapándome la boca con las manos en un intento desesperado de respirar
Encogió los hombros como diciendo – tu mismo -
Seguimos avanzando recorriendo las callejuelas empinadas y sucias de la ciudad hasta que llegamos una plaza. En el centro había una fuente y al lado un abrevadero donde bebían tranquilamente barios caballo. La plaza estaba rodeada por barios edificios públicos, los escudos en el frontal de la puerta los delataban. Todos los escudos eran diferentes aunque tenían un nexo en común, en el centro había un dragón y una serpiente entrelazada. El escudo del edificio de enfrente, que era el más grande de todos, tenía además una banda rodeando al dragón y a la serpiente, y en ella había escrito algo que no lograba ver bien.
Entre los edificios públicos había barias edificaciones más pequeños que se encargaban de quehaceres más comunes como por ejemplo un establo o una taberna. Ambio bajó de un salto del carromato y se dirigió hasta la taberna que se llamaba la Espada Veloz.
— Abrid – gritó aporreando la puerta.
Tuvimos que esperar un rato hasta que un individuo de aspecto tosco y desaliñado abriera.
— Por fin habéis llegado – dijo cuando se hubo habituado a la luz del sol - os esperaba ayer ¿es que no sabéis cumplir un acuerdo? por esto os reduciré el cinco por ciento del precio inicial.
Ambio desenvainó la espada con tanta rapidez que el hombre no se dio cuenta de que la tenía clavada en el cuello hasta que un hilillo de sangre corrió por su pecho. Seguro que cuando el tío le puso el nombre a la taberna lo hizo pensando en Ambio
— Bueno no es para ponerse así, todo se puede discutir.
— No hay discusión que valga, nos pagará lo acordado – y hundió un poco mas la espada en la carne.
— Claro, pero si no me sueltas no puedo pagarte amigo.
— Claro – Ambio bajo la espada pero no la envainó – te acompaño no vallas a perderte por el camino, amigo - y se perdieron en la oscuridad del local
Entre tanto en el lado de la luz, los demás nos encargamos de descargar todos los barriles y llevarlos a la entrada del local.
Una vez cobrado el dinero por el transporte de los barriles de licor, fuimos a un establo donde vendimos los tres carros y los bueyes a un precio razonable, gracias en parte al arte negociador de Ambio y su espada.
— Ahora nos falta abastecernos de provisiones – dijo Esmile que desde que había entrado en la ciudad se había convertido de nuevo en el encapuchado.
— Ya que vamos al mercado podemos ir a un local que conozco. Ya veréis sirven el mejor licor de la región y también un excelente guiso de cordero –dijo Tirós
Llegar hasta el mercado era fácil incluso para alguien que no fueras del lugar, incluso aunque no fueras de este mundo, solo tenías que dejarte guiar por el ruido y el mal olor que, según te ibas acercando, aumentaba hasta hacerse insoportable.
Primero fuimos a lo que sin duda era el mercado de bestias, donde barios grupos de animales de diferentes especies (unos conocidos y otros no tanto) pastaban tranquilamente en media docena de cercas. Pasamos delante de la cerca de los animales de carga, entre los que había algunos bueyes solitarios y algo que se parecía a un elefante pero sin trompa. Lo que si tenía el animalejo, y muy bien puestos, eran dos cuernos que podrían despedazar a un hombre con dos pasadas y sin despeinarse los cuatro pelos del cogote. En otra cerca un grupo de unos tres ciempiés gigantes dormitaban hechos una pelota,
— Se llaman excavadotes - dijo Tirós al verme mirándolos – y son animales muy apreciados por los mineros.
Al pasar delante de una tapia de piedra escuché al otro lado un zumbido semejante al de una colmena, intrigado comencé a escalar la tapia pero cuando estaba llegando a lo alto Ricio me agarro del cinto obligándome a bajar.
— Muchacho no seas cotilla
— ¿Qué hay detrás?
Con el dedo me indico que le siguiera. En uno de los laterales del cercado había una trampilla, la abrió y mire. Aunque al principió no conseguí ver nada, cada vez escuchaba más cerca un mareante zumbido. Incline la cabeza para poder ver la parte del recinto que permanecía oculta, y entonces lo vi. Era un enorme abejorro con alas membranosas con las que se mantenía suspendido en el aire y antenas como satélites. No tenía las tradicionales franjas amarillas alrededor del cuerpo, al contrario, su pelaje era completamente negro, y de sus largas patas salían hilos finos y traslúcidos.
— ¿Por qué encierran a una simple abeja en un cercado de piedra? – como respuesta el bichejo se abalanzó sobre la ventana, y en un instante los hilos finos y traslúcido de sus patas se colaron por la abertura y se me enroscaron en el cuello. Quise quitármelos de encima pero a pesar de su apariencia aquellos hilos eran tan fuertes como la más gruesa de las sogas y a cada instante apretaba más y más mi cuello. Mientras yo luchaba contra las cuerdas asesina Ricio introdujo una vara larga y metálica (sacada de no se sabe) por la ventanuco, entonces la vara comenzó a vibrar y de repente el bicho me soltó.
— Por eso – dijo.
Cerramos la trampilla y sin pronunciar palabra nos reunimos con los demás que ya se acercaban a la zona de los caballos.
— ¿Quieres comprar viajero? – la voz provenía de una muchacha de unos dieciséis años sentada sobre una cerca donde pastaban cinco o seis caballos
— Si, por que no vas a buscar a tu padre – apremió Ambio
— No tengo y tampoco marido – dijo secamente la muchacha - si quiere comprar un caballo hazme una oferta y ya veremos.
Hasta ahora Ambio solo había tratado con hombres, lo que facilitaba su peculiar manera de regatear, pero ante una mujer dicha ventaja se convertía en una desventaja.
— ¿Que pides por esos cuatros ejemplares de allí? – pregunto en un esfuerzo de intimidar a la muchacha, pero esta chica no era de las que se asustaban con facilidad
— ¿Cuanto me ofreces?
Pues no es tonta la niña, no.
— Cinco monedas de oro.
— ¡Cinco! Vamos hombre esos caballos valen por lo menos diez.
— Siete monedas de oro y no ofrezco más
— Ocho o no hay trato – Ambio no contesto y en la boca de la chica apareció una media sonrisa de triunfo, ya se veía en posesión de las ocho monedas de oro que la harían un poco más rica, y el silencio prolongado de Ambio no hacía más que confirmarlo. Lo que no sabía la astuta vendedora era que entre el grupo había alguien mucho más lista que ella.
— Pues no hay trato – dijo Sara, se alzó a pulso y con una agilidad propia de Esmile se coloco sobre la cerca, luego miro a ambos lados
— Podemos ir allí – señaló un cercado apostado un poco más adelante – desde aquí puedo ver buenos caballos.
Una vez hubo puesto los pies en el suelo se dirigió hacia el otro puesto sin mirar atrás.
— No espera – la media sonrisa había desaparecido de repente del rostro de la muchacha – siete monedas de oro y diez de plata.
— Siete monedas de oro – repitió Sara sin detenerse.
— Vale, trato hecho
— Vendremos a por ellos dentro de un par de horas y si por alguna razón no están aquí cuando vuelva tendrás problemas – Sara hizo una pausa y luego añadió – a mi no me importa pegar a una mujer.
Salimos del gentío del mercado de animales para meternos en otro mucho peor. Después de comprar el resto de las provisiones Tirós nos llevó a “El Duende” una taberna de mala muerte situada en la calle más concurrida del mercado. Era un local oscuro solo iluminado por el ventanal del techo y alguna que otra lámpara de gas. Al entrar barios de los hombres apoyados en la barra se giraron pero ninguno nos presto más atención de la debida. Con la misma consideración pasamos ante ellos y nos sentamos en la mesa más apartada y oscura del local. La tabernera vino unos segundos después, era una mujer de constitución fuerte si bien poseía una cara bonita
— ¿Que queréis?
— Tráiganos una gran jarra de aguamiel y un cordero – dijo Tiros.
La camarera se fue y al rato volvió con una gran jarra y siete vasos.
— ¿Cómo sabias que la chica cedería? – preguntó entonces Esmile a Sara
— Bueno mientras Ambio regateaba con la chica me fijé que el vendedor del otro puesto no nos quitaba ojo – interrumpió la historia para beber un trago de su vaso - así que supuse que debían tener alguna que otra rencilla, lance la jugada y me salió bien.
En ese momento regresó la tabernera con el cordeo asado. Comimos y bebimos hasta saciarnos, hablábamos de cualquier cosa menos de lo que haríamos a continuación. Ricio cantó una canción dedicada a no sé que batalla mientras Tirós nos contaba a Sara y a mí la historia de cuando lucho contra una horda de Simos (unos seres irracionales y prehistóricos que viven en los mares Perdido). Ambió escuchaba atentamente la historia de Tiros negando con la cabeza cuando creía que este exageraba. Y Calson subido ya un poco de tono acompañaba a Ricio en la canción que ya llegaba a su fin. Esmile por el contrario parecía ausente, no podía verle la cara ya que tenía echada la capucha pero estaba rígida y su copa seguía intacta.
— ¿Ocurre algo malo? – pregunte con disimulo.
— Hay un tipo sentado en esa esquina ¿lo ves?
Ni siquiera conseguía ver la esquina. La luz de la ventana no llegaba hasta allí y la lámpara, si es que la había, estaba apagada.
— No veo nada Esmile ¿estas segura de que hay alguien?
— ¿Crees que nos siguen? – pregunto Ambio que había estado escuchando la conversación
— No estoy segura pero es posible, entro poco después que nosotros, se sentó en esa esquina y apagó la lámpara.
— Deberíamos asegurarnos – dijo Sara.
— Estoy de acuerdo - dijo Ambio - esto es lo que haremos – Todos escuchaban atentamente aunque Ricio y Calson siguieran cantando (ahora una canción de amor) y Tirós hiciera con que hablaba sin parar – saldremos en grupos escalonados a ver que hace, luego nos reuniremos en la posada El Caminante.
— Me parece una buena idea – dijo Tirós.
En primer lugar salieron Calson y Tirós pero el hombre ni se inmuto. Unos segundos después abandonaron el local Ambió y Ricio con idéntico resultado. Después nos tocó el turno a Sara, a Esmile y a mi.
En cuanto salimos por la puerta echamos a correr mezclándonos con el gentío que deambulaba de puesto en puesto. Era una calle larga y estrecha que terminaba en una pequeña plaza repleta de puesto de comida. De la plaza salían tres caminos, el más cercano era una calleja estrecha y empinada. Un poco más allá, en el otro extremo de la plaza había una calle no tan estrecha y entre medio de los dos unas escaleras solo transitable por gente muy, pero que muy delgada.
En la esquina que unía la plaza con la primera calleja había una tapa del alcantarillado. Con una fuerza sorprendente Esmile levanto la pesada reja de hierro y nos empujo a dentro para luego meterse ella. Unos segundos después apareció por la calle y a la carrera el improvisado escolta. Sin duda era un soldado, no llevaba ningún distintivo a la vista pero su forma de moverse y sobretodo la espada que el llevaba al cinto, descubrían su formación. Al no vernos en la plaza se acercó a un puesto cercano, no podía escucharles hablar desde la alcantarilla, pero tampoco me hizo falta, sabía perfectamente cual era la pregunta. El solícito dependiente le señaló el callejón. Sin prisas el soldado escolta se encaminó hasta la entrada del callejón y permaneció allí quieto escuchando, si le daba por mirar al suelo nos descubriría, pero no lo hizo, siguió caminando muy despacio volviendo la cabeza atrás a cada instante.
Estuvimos esperando dentro de la alcantarilla cinco largos minutos antes de salir. El soldado bien podía estar esperándonos escondidos en la calleja pero yo no aguantaba mas el hedor pestilente que desprendía las aguas residuales de la ciudad (por decirlo finamente). Regresamos por donde habíamos venido. Ya no teníamos el problema de chocar contra la multitud, ella sola se apartaba de nuestro camino mirándonos con repugnancia. Cuando llegamos a la taberna nos escondimos en el callejón que había entre esta y el local de al lado. Estuvimos esperando unos minutos la aparición del soldado, pero este no se presentó.
Lo siguiente fue buscar una fuente o pozo donde poder lavarnos, gracias a dios encontramos un pozo no muy lejos de allí, si llegamos a tardar un poco más mi glándula pituitaria hubiera emigrado a narices mas limpia
El joven soldado llegó ante la puerta de los aposentos del general Somred con la respiración entrecortada pero decidido a entrar, ya no podía echarse atrás, no habiendo llegado tan lejos. La puerta estaba entreabierta, respiró profundamente y entro.
Al entrar no vio a nadie, más estaba seguro de haber escuchado dos voces procedentes de la habitación. Cuando se disponía a examinar el dormitorio escucho a su espalda un silbido, como el ruido que produce una espada al rozar con el aire. Giro rápidamente su cuerpo al tiempo que desenvainaba su espada y aprovechando el impulso del giro lazó una estocada baja, directa al vientre, que el asaltante escondido detrás de la puerta detuvo con suma facilidad. Las espadas chocaron un par de veces más, pero su atacante era mucho más fuerte y el joven soldado acabó tendido en el suelo y desarmado. Sin embargo, en el momento en el que el asaltante se preparaba para rematar el combate, el soldado, que no estaba dispuesto a rendirse tan pronto, propinó una patada al tobillo de su adversario, desequilibrándolo y proporcionándole el tiempo necesario para rodar hasta donde estaba tendida la espada. Para cuando su contrincante recupero el equilibrio el soldado ya estaba preparado para continuar con la pelea.
— No sé si eres valiente o estúpido pero pagarás caro esta osadía – dijo el general Somred saliendo de entre las sombras con la espada apoyada en el hombro,
— Si me matas mi general no sabrás el motivo de mi osadía – la voz del joven se mantuvo firme pues sabía que la información que traía le proporcionaría una recompensa.
— Habla ahora y tendrás una muerte rápida
El soldado envainó la espada
— He encontrado a las personas que buscas.
Somred con la espada todavía apoyada en su hombro cruzo la habitación y con clama se sentó en una silla.
— ¿Como te llamas soldado?
— Sord.
— Bien Sord que tienes que contarme.
— Esta mañana ha entrado en la ciudad una caravana que transportaba licor, es un grupo ya conocido en la ciudad, en total lo componen cuatro hombres y una hembra Felimbre, lo extraño es que esta vez les acompañaba un chico y una chica.
— Descríbemelo.
— Es alto y fuerte con el pelo rizado de color paja, vestía una túnica hecha sin duda para una persona más alta, por ejemplo un Felimbre, y llevaba un arco bastante rudimentario colgado a la espalda. Pero lo más extraño de todo es que tanto la mujer como el chico se movían de forma extraña, como si fueran niños que entrarán por primera vez en una ciudad.
Un resplandor traspasó el cinturón del general Somred, este sin darle importancia preguntó
— ¿Dónde podemos encontrarlos?
— Estuvieron comiendo y bebiendo en la taberna del duende pero allí se separaron, seguí al grupo donde estaba el muchacho y la Felimbre – por primera vez la voz del soldado tembló – pero los perdí
Somred se levantó, y con la espada todavía apoyada en el hombro, recorrió la habitación, cogió una botella de una mesa, se sirvió y volvió a sentarse.
— ¿Dónde?
— En el mercado.
— Eso no te ayuda mucho ¿verdad? ahora podrían estar fuera de la ciudad y tu información, como tu vida no valdrían nada.
— No han salido, he dado ordenes de que me avisaran si eso ocurría, además creo saber donde puedo encontrarlos pero tenemos que darnos prisa sin duda preparaban la partida.
Ambio nos esperaba escondido en la puerta de la posada El Caminante, un edificio de dos pisos de altura construido en ladrillo y piedra.
— Vamos no podemos quedarnos aquí.
— Maldita sea, ya me había hecho a la idea de dormir esta noche en una cama como Dios manda – protesto Sara
Seguimos a Ambio por media ciudad hasta llegar a la zona más pobre, justo a los pies de la muralla sur. Miraras por donde miraras encontrabas mendigos tendidos en el suelo y mujeres de mala vida ofreciendo sus servicios en las esquinas. Nuestro destino final fue un local medio derrumbado y cochambroso llamado “El ladrón” aunque una vez dentro el establecimiento mejoraba bastante. Los techos y paredes que desde fuera parecían apunto de ceder, por dentro estaban enyesados y pintados, y los suelos eran de la mejor madera pulida. Había una larga barra que prácticamente deba la vuelta al local, y del techo colgaban enormes lámparas de cristal que iluminaban cada rincón. Mujeres con poca ropa se paseaban de un lado a otro sirviendo bebidas y ofreciendo otra clase de servicio. Aunque lo que realmente atraía a los asiduos del aguamiel eran las mesas de juego esparcida por todo el local.
Ambio se dirigió a la barra, saludó al barman y subió por una estrecha escalera que había tras unas cortinas de terciopelo con nosotros siguiéndole los pasos. Ya en lo alto dos hombres nos cortaron el paso.
— Déjanos pasar nos están esperando – les ordenó Ambio.
Entonces uno de los hombres pareció reconocerle y haciéndose a un lado dijo:
— Perdón señor Ambio no le había reconocido,
Ricio, Tirós, Calson y un hombre sin identificar nos esperaban en una habitación sentada alrededor de una mesa bebiendo aguamiel.
— Bienvenidos a mi humilde local – dijo el desconocido - me llamo Azcel y estaré encantado de teneros en mi mesa.
— ¿Le seguiste? – preguntó Esmile a Ambio sin tan si siquiera mirar a Azcel.
Aunque la conversación empezaba a no tener sentido, adiviné que Ambio había decidido hacer de escolta de nuestro escolta, eso explicaba la segunda parada a la taberna “el duende”.
— Después de perderos a vosotros – explico – fue directamente al palacio de Preisus donde se hospeda el general Somred
— ¿Estás seguro?
— Si – contestó Azcel – llegó hace dos o tres noches acompañado de diez de sus hombres y nada mas llegar ordenó registrar todas las posadas, graneros o tabernas. Los soldados del Mariscal Preisus tenían órdenes de detener a todos los muchachos de la ciudad – me señalo con la boca de la botella – todos los que tuvieran tu edad.
— Entonces tendremos que partir esta misma noche – apunte yo. La expresión en los ojos de Esmile cuando Ambio había pronunciado el nombre de Somred era de autentico rencor y odio, y no me apetecía nada tener un encontronazo con ese tipo.
— Todas las puertas de la ciudad han sido cerradas, además son vigiladas día y noche por un regimiento de soldados. Por allí es imposible salir.
— Estamos atrapados – gritó Sara
De repente comprendí el error que había cometido al entrar en la ciudad y que por ese error había vuelto a poner a personas en peligro.
— No querida muchachita, no todas las salidas están vigiladas – siguió explicando Azcel - En tiempos de las primeras guerras esta ciudad estuvo gobernada por un gran hombre que mandó construir túneles para poder evacuar a los ciudadanos de manera segura mientras las fuerzas de la ciudad la defendían. Durante mucho tiempo los túneles estuvieron olvidados y sellados, hasta que en la gran guerra fueron reabiertos por las fuerzas de la luz. Hay muy pocas personas que conozcan esta información y entre ellas no se encuentra nuestro querido Mariscal, así que podéis utilizar esos túneles para salir con cierta seguridad. Solo hay un inconveniente... – en ese momento llamaron a la puerta
— Perdón señor pero ya están aquí – el mismo hombre que nos había dado el alto en la escalera asomaba ahora la cabeza por la puerta.
— Bien ya sabéis que tenéis que hacer – respondió Azcel.
No hacía falta que especificaran quienes eran, de un tiempo a esta parte me había vuelto muy perspicaz. Prepare mi arco y busque alguna ventana desde donde pudiera disparar. Hasta ese instante no me había fijado en la habitación. Estaba decorada con un muy buen gusto y mejores materiales, pero, aunque había cortinas colgadas en las paredes, no había ventanas tras ellas. La habitación estaba cerrada a cal y canto. La única salida era la puerta por la que habíamos entrado y lo mismo ocurría en la parte de abajo.
— Volvemos a estar atrapados, si consiguen entrar estamos perdidos.
Azcel sonrió, apuro su último trago y le indico a Calson que le ayudara a apartar la mesa, debajo de la alfombra había una trampilla y detrás de ella otras escaleras.
— Ya ves muchacho, yo también soy un tipo listo.
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