viernes 20 de marzo de 2009

capítlo XIII

13

El sueño




La oscuridad de la noche nos envolvió de nuevo, la cuarta desde que habíamos salido de Paranfor. La enorme figura de la montaña del oso era ahora una gran sombra que nos hacía sombra durante el largo viaje.
Estaba completamente exhausto y mi cuerpo pedía a voces un descanso, y para variar una comida caliente. Tenía las piernas, y lo que no eran las piernas, doloridas de tantos días de continuo botes a lomos del caballo, y para colmo de males la herida del hombro no terminaba de cicatrizar y en cuanto me descuidaba comenzaba a sangrar. Aunque lo peor de todo era el penetrante dolor que se me clavaba en el hueso a cada movimiento. Sara no tenía mejor aspecto, aunque sin duda lo disimulaba mejor que yo. Cansado me acerqué a Ansel que cabalgaba delante de mí.
— Oye o paramos a descansar o tendré que seguir en camilla
Ansel me miro y enseguida sus ojos se desviaron al hombro donde la herida volvía a sangrar. Luego asintió y fue a detener a Tinsel que encabezaba la marcha.
— ¿Qué pasa ahora? – pregunto Sara cuando llego a mi altura
— Paramos a descansar
— Gracias a dios, una noche más durmiendo encima de este animal y me tiene que recoger con pinzas. En las películas del oeste esto de viajar a caballo parece más divertido.
A la hora de montar el campamento a Sara y a mi nos toco lo que en principio era la tarea más fácil, recoger leña para la hoguera, pero después de descubrir que la arboleda más cercana se encontraba a media hora de dura marchar, aquello se convirtió en una misión imposible. Así que no era de extrañar que cuando por fin conseguí ponerme en posición horizontal me quedara profundamente dormido. Me quede tan sopa que no me di cuenta de que Iles después de quitarme la camiseta con cuidado me aplicaba un ungüento sobre la herida.
Cuando abrí de nuevo los ojos, ya no estaba tirado en el duro suelo. Volvía a estar recostado en la cama de sabanas blancas y mi cuerpo había regresado a la edad de dos años. El perro también era pequeño y estaba sentado junto a mí, lamiéndome la cara. Aunque la habitación estaba igual, había un aura diferente. Las cortinas se agitaban como si alguien estuviera atrapada en ellas, y dentro del espejo, escondidos en las esquinas, se movían figuras sin forma definida. La habitación ya no era cálida ni acogedora, sino fría y siniestra. Salte de la cama y me dirigí a la puerta, con el perro detrás, pero a dos pasos esta se abrió y ante mí apareció la misma mujer. Llevaba puesta la misma ropa, además de una capa blanca con la que se cubría el rostro, extendió su mano y sin dudarlo la cogí, entonces sentí que agarrado de su mano todos los problemas se desaparecían y el miedo que momentos antes me atemorizaba se desvaneció.
Corrimos por pasillos de paredes blancas, bajamos y subimos innumerables escaleras hasta que por fin llegamos hasta un gran patio de caminos enlosados, franqueados por setos perfectamente recortados, y repletos de macizos de flores de todos los colores. También había árboles frutales de todo tipo, y varios arbustos con forma de animales mitológicos que se mezclaban con esculturas de piedra gris. El ambiente tenía un olor a madreselva, a romero y jazmín
Recorrimos despacio y en silencio los senderos. El último camino terminó en un estanque de aguas profundas y cristalinas, situado justo en el centro del patio, allí donde se cruzaban todos los caminos. En ese instante la mujer levanto las manos hasta la altura de los hombros e inició una letanía. Y mientras ella murmuraba palabras inconexas, el agua del estanque, antes transparentes, adquirió un color violáceo, y sin más toda aquella masa de agua comenzó a girar, primero lentamente y luego a más velocidad, hasta que al pronunciar la mujer la última palabra todo se detuvo. Entonces, de repente en el centro del estanque las aguas se abrieron y de la abertura salieron destellos dorados.
El roce del perro al girarse, gruñendo a la oscuridad, consiguió desviar mi atención del chorro de luz y al volverme pude ver una sombra escondida detrás de un gran seto con forma de dragón. Otra figura se movía junto a un naranjo y otra más se ocultaba detrás de la estatua de una hermosa mujer. No parecían humanas y tampoco se movían como seres humanos pues nada más verla desaparecían para luego reaparecer mucho más cerca, aunque siempre ocultas detrás de algún objeto. La mujer no se daba cuenta de la presencia de las sombras, porque en ese instante las aguas luchaban por volver a recuperar su natural movilidad, y la luz que salía de la abertura se hacía a cada instante más oscuras.
Al volverme de nuevo hacia el patio me encontré de frente con una de las sombras. Todo en él era oscuridad aunque a la vez era traslúcido, incluso a una distancia tan corta los contornos seguían sin estar bien definidos, pero podía diferenciarle de la oscuridad que le rodeaba, y que parecía surgir de él. No tenía rostro, ni tampoco manos, en su lugar solo había una concavidad rodeada de pústulas infectadas de las que manaba un verdoso pus. Olía a repollo podrido y a lilas, una combinación que consiguió que me entraran ganas de echar hasta la primera papilla. Intenté retroceder pero tropecé con la verja que rodeaba el estanque. La sombra estaba ya tan cerca de mí que si estiraba la mano podía tocarla. Trepé por el enrejado, y al pretender saltar el camisón se engancho tirándome hacia atrás, no me puede agarrar a tiempo y caí arañándome la pierna con uno de los hierros. Miré a mi alrededor desesperado, la mujer seguía luchando por mantener el hechizo y no podía ayudarme. El perro también estaba ocupado defendiendo a la mujer de otra sombra que pretendía atacarla por la espalda. Entonces sentí el roce de aquella imitación de mano sobre mi cara y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Cerré los ojos para no ver como aquella cosa me devoraba, pero cuando nada sucedió volví a abrirlos, entonces vi al perro que erguido sobre sus cuartos traseros desgarraba la garganta de la sombra.
Cuando mis paralizadas piernas respondieron por fin a mis órdenes eché a correr hacia la mujer que una vez más repetía la letanía, con mayor intensidad. Entonces un relámpago de luz dorada salió de la abertura creada en el centro del lago, proyectándose en el cielo. La luz borró de un solo golpe toda la oscuridad y luego se fraccionó convirtiéndose en líneas que se unían y cruzaban para adquirir la forma de dos circunferencias concéntricas. Dentro de la esfera más pequeña apareció el dibujo de una puerta abierta y entre ambas la palabra puerta, solo que no estaba escrita en mi idioma, sino en Orseo. Cuando el dibujo estuvo terminado dos finas hebras de luz descendieron del cielo y llegaron hasta mí rodeándome; aun cegado por la brillante luz, pude sentir como mis pies se alzaban del suelo. Luche buscando algo a lo que aferrarme, pero todo lo que había a mi alrededor era un dorado vacío. Al pasar junto a la mujer pude ver sus ojos azules cubierto de lágrimas y un mechón rubio suelto al viento.
— Te quiero hijo - alargó su mano pero no hizo ningún intento de cogerme.
Desesperado bracee intentado acercarme a ella sin conseguir otra cosa que agotarme. El resplandor era ahora tan intenso que me obligó a cerrar los ojos, y ya solo pude sentir un agradable calor golpeándome la cara. Entonces cuando la tranquilidad era absoluta, una devastadora energía tiró con fuerza de mi estomago precipitándome al vacío.
Desperté en mitad de la noche junto a Sara y el perro. Volvía a estar en no se sabe donde, echado sobre el duro suelo a pesar de tener el cuerpo hecho polvo, y todo para llegar a algún lugar desconocido, entregarle al magnifico Maestre el medallón y hacer a saber que. Y además a todo esto había que añadirle el hecho de que nos perseguía el demonio más temido de los últimos tiempo, un general loco y un Felimbre renegado, vamos como para no estar enfadado.
Al incorporarme me di cuentan de que estaba desnudo de cintura para arriba y una veda pesada y húmeda me cubría el hombro herido.
— Estás bien muchacho – la voz de Ansel me sobresaltó
— Si, he tenido un sueño y...
— Los sueños solo son sueños, no debes asustarte por soñar
— No estoy asustado – respondí malhumorado – solo digo que fue tan real que...
Entonces me acordé, con cuidado para que no se cayera la venda me remande la pernera del pantalón, y allí estaba la cicatriz minúscula, casi desaparecida.
— No fue un sueño.
Ansel me miró preocupado, una expresión que se le había hecho frecuente cada vez que me miraba.
— ¿Qué soñaste o recordaste?
— Bueno ahora todo está confuso, pero estoy seguro de una cosa, mi madre estaba allí – mire fijamente a Ansel, pero la expresión de su rostro no cambió – y también el medallón, o por lo menos su dibujo. El resto es una mezcla de luces y sombras.
— Debes descansar, mañana iniciaremos la subida de la montaña y me temo que no será fácil.
— ¿Conociste a mi madre? – la pregunta se me escapó antes de poder evitarlo, llevaba tiempo pensando como hacerla, y de seguro no era esta la manera que había imaginado.
Ansel se levanto para arrojar unos maderos al fuego, procurando en todo momento no mirarme a la cara. Por fin volvió a sentarse a mi lado.
— ¿Por qué piensas eso?
— Pensé que como conocías a mi padre pudiste también conocerla a ella.
— Y porque das por hecho que le conocí.
— Tu mismo lo dijiste, recuerda en la sala del trono “eres tan cabezota como tu padre”. Me costo bastante recordarlo pues no sé porque cada vez que lo intentaba acababa con dolor de cabeza, pero al final lo hice.
Tardo un instante en responder, pero cuando al fin lo hizo en su expresión había un sutil deje de tristeza.
— Si, conocí a tu padre.
— ¿Cómo lo conociste?
— Es una larga historia y tú necesitas descansar.
Sentí como la furia me ardía en el rostro.
— ¿Cómo lo conociste?
Suspiró con fuerza y comenzó a hablar.
— Yo estaba en unos de mis muchos peregrinajes por las tierras altas cuando sentí una perturbación. Desde pequeño se nos adiestra para este momento, pero la verdad es que nadie puede prepararte para eso, y por muchas veces que las sientas siempre te produce el mismo efecto. El estomago comienza a saltar como si te hubieras comido millones y millones de saltamontes, y todos los sentidos se te aceleran, pero cuando crees no poder aguatar más, que todo en tu cabeza va a estallar surge de la nada una melodía, es tan dulce que te sumerge en un mar de paz, no sé si puedes llegar a comprenderme.
— Es una melodía simple y pegadiza pero a la vez hermosa y magnífica, que cuando las escuchas es como si supieras que nada malo pudiera alcanzarte, todos tus problemas desaparecen y solo quedas tú y la música.
— Exacto, ya veo que te suena
Hice una mueca
— Bueno, la música estuvo sonando en mi cabeza unos minutos y cuando paro estaba a más de treinta kilómetros de donde recordaba que estaba. Todo estaba muy oscuro, la única luz procedía de la puerta semicerrada, y allí tirado en el suelo estaba tu padre. Al principio pensé que un joven Felimbre se me había adelantado y que la sorpresa y el esfuerzo lo habían dejado inconsciente, pero la sorpresa me la llevé yo cuando vi que solo era un hombre.
— ¿Qué paso después?
— Pues le llevé a mi pequeña cabaña y le cuide hasta que recuperó las fuerzas, luego simplemente ocurrió lo que tenía que ocurrir, nos hicimos amigos, buenos amigos, tu padre no dudo un instante en ofrecernos su ayuda en la guerra – suspiró mirando al cielo – pasamos tantos buenos momentos juntos y en noches como estas sentado frente a una hoguera me contaba todas las cosas maravillosas que hay en tu mundo ¿Es verdad que existen aparatos que vuelan?
— Si, se llaman aviones.
— ¡Maravilloso! eso es algo que me gustaría ver
Se produjo un silencio solo roto por los ocasionales ronquidos de Murik y el chisporreteo del fuego
— Tarde mucho – continuó Ansel fijando de nuevo la mirada en la hoguera – en descubrir la verdad sobre como había llegado tu padre a este mundo.
— Creía que había atravesado una ruptura del continuo espacio tiempo.
— Si, yo también lo pensaba hasta que un día él mismo me describió lo ocurrido aquella tarde.
— ¿Entonces cómo lo hizo? – pregunté al ver que Ansel no continuaba.
— Alguna vez has escuchado con absoluta claridad un río correr pero sabías que no había ninguno cerca, o a alguien gritar cuando te encontrabas en la más absoluta de la soledades - preguntó Ansel
Asentí recordando aquella tarde en el metro cuando escuché perfectamente las aspas de un molino, y que achaqué al ventilador del aire.
— Quiero que entiendas una cosa, existen infinitos mundos e infinitas realidades que se mantienen unidas gracias a la materia Unigenia. No puedo explicarte lo que es esa materia pues necesitaría varios meses, pero para que lo entiendas es como si infinitas habitaciones estuvieran separadas por muros y que gracias a dichos muros todas la habitaciones se armonizan. Sin embargo a veces ocurre que un muro es tan fino que una persona sensible puede percibir el mundo paralelo al tuyo, y si tienes el don puede plegar la materia ocasionando lo que conocemos como una puerta. Tu padre nunca pretendió hacerlo, e incluso mientras me lo contaba fue incapaz de explicarme como lo logró, pero aquella tarde tras, según él, sentir la percepción más intensa de toda su vida plegó la materia. Aquel hombre, uno de mis mejores amigos, era el único hombre que conozco que tenía el don de abrir puertas.
Por instante no supe como reaccionar, estaba tan aturdido que ni siquiera tenía una idea clara de lo que sentía en ese instante.
— Pero Esmile me dijo – conteste intentando aclara mis ideas – que solo los felimbres, no, que solo los guardianes supremos podían abrir puertas, y mi padre era humano.
— Esta regla solo se aplica en Angemund, no en la tierra.
— Entonces él regreso a casa abriendo su propia puerta, el colgante nada tuvo que ver - miré a Sara que dormía plácidamente apoyada sobre el lomo del perro, y el miedo y la rabia que había sentido al despertar me invadieron de nuevo – pero yo tengo que encontrar la forma de abrir una puerta, tengo que llevar a Sara a la tierra.
— Quién dice que no lo harás, cuando lleguemos junto Maestre haremos todo lo que sea necesario para lograrlo.
— Gracias – murmuré.
— Todavía no me has respondido a la pregunta original – dije tras unos minutos de silencio.
Ansel no respondió enseguida, se quedo allí mirando el fuego, luego lentamente se volvió y me miro a los ojos.
— No llegue a conocerla - la verdad no era la respuesta que esperaba y debió de notárseme en la cara porque se apresuro a añadir - la vi en una ocasión, pero fue mucho tiempo después cuando supe quien era.
Algo en la forma de hablar me dijo que había algo más que me ocultaba
— Entonces está muerta
Ansel negó con la cabeza
— ¿Qué no esta muerta?, o ¿qué no lo sabes?
Aguarde unos minutos una respuesta, pero el Felimbre había vuelto la vista al fuego
— Contéstame Ansel ¿que es lo que no quieres contarme?
Este siguió sin responder. De repente ya no lo pude aguantar más, me levante tan rápido que la venda se me cayó al suelo.
— Hace una semana mi vida era de lo más normal, todo mi tiempo trascurría entre la universidad y el deporte, por el amor de Dios, mi mayor problema era tener el valor suficiente para invitar a Sara a salir y te juro que maldigo la maldita hora en que lo hice – las palabras salían de mi boca tan deprisa que ni yo las entendía, aún así no me detuve - pero de repente, y sin saber como, me encontré en este lugar extraño, metido en un problema de narices que no entiendo y tampoco he empezado. Y para colmo las personas de las que supuestamente tengo que fiarme me ocultan cosas
— Cálmate ya sé que es duro pero debes confiar en mi - avanzo hasta quedar a mi altura – tu padre lo hacía
— Seguro que lo haría, pero sabes que, yo no soy como él, yo no dejaría a mi hijo solo en el mundo, ni me moriría en un estúpido accidente – lo había dicho, por fin lo había dicho. Sentí como la ira me abandonaba, pero era inmediatamente sustituida por rencor, miedo y una pena que me oprimía el corazón.
Note la larga mano de Ansel sobre mi hombro, era tranquilizadora y fuerte. Con un impulso que no pude resistir tiro de mí hasta hacerme sentar otra vez sobre la manta, luego sin soltarme el hombro me obligo a echarme de nuevo. Entonces se levantó, fue hasta la bolsa de Iles y regreso con más venda y ungüento.
— Tienes motivos para enfadarte, debió contártelo, debió decirte quien eres. Pero no puedes culparle por su muerte, no creo que él quisiera dejarte solo – retiró con cuidado la sangre que manaba de la herida y extendió de nuevo el ungüento. Apreté los dientes pues un latigazo de dolor me recorrió el brazo – también tienes razón te oculto algo, pero no me preguntes, pues no soy yo quien debe responderte, aún así te pido que confíes en mi, llegado el momento sabrás todo la verdad - con igual fuerza me levantó, lo justo para vendarme la herida – y ahora descansa mañana será un día duro.
Pero aunque en verdad estaba muy cansado, aún tenía una pregunta.
— ¿Por qué se quedó mi padre en este mundo?
Ansel me miró con media sonrisa en los labios.
— Quería escribir un libro, y este mundo era tan bueno como cualquier otro, al menos eso era lo que él aseguraba.
— Me alegro que lo hiciera – dije antes de quedarme dormido
La luz del sol me despertó a la mañana siguiente. Al incorporarme vi que era el único que aún dormía. Sara se sentó junto a mí y me ofreció un cuenco con agua. En su rostro había aparecidos ojeras y alguna que otra muestra de fatiga a pesar de que ella era la única que había descansado toda la noche.
— Tienes un aspecto espantoso – dije tras el primer trago.
— Eso lo dices porque no has te visto el careto.
Todavía seguíamos riendo cuando montamos en los caballos y los espoleamos para alcanzar a los demás. Inmediatamente después Murik e Iles se colocaron a nuestra espalda. La formación no había cambiado nada desde que habíamos salido de Paranfor, Tinsel y Ambio encabezaban la marcha seguidos de cerca por Ansel, Calson y Esmile, luego nosotros y por ultimo los otros dos Felimbres. El perro era el único que marchaba sin orden ni concierto, generalmente trotaba a mi lado o al lado de Sara, pero cuando le daba la vena desaparecía durante horas para luego reaparecer más contento que unas castañuelas. Mientras cabalgábamos le conté a Sara mi sueño y la conversación mantenida después con Ansel.

Siguiendo la predicción de Ansel, el camino se hizo más duro al comenzar la ascensión a la montaña del oso. Aunque no me hacía gracia el continuo paisaje de la llanura, lo prefería a las rocas y riscos que bañaban la ladera de la montaña, y a sus estrechos y empinados caminos, donde cualquier resoplido provocaba un desprendimiento. Las únicas muestras de vegetación que podían verse eran raquíticos arbustos y algún que otro árbol apoyado sobre una peña, como si no pudiera mantenerse en pie sin su férreo apoyo.
Cuanto más avanzaban los días, más empinado era el camino y los grados bajaban como si estuvieran en un tobogán. Además los agudos pinchazos que me proporcionaba el hombro a cada movimiento me provocaba mareos y un continuo cansancio y por eso mi humor no es que estuviera en su mejor momento.
A eso de la mitad de la montaña el camino se cortaba en un enorme desfiladero, con una caída como mínimo de unos veinte metros, y otros treinta la distancia que esperaba las dos orillas, por allí era imposible seguir. Tinsel se aproximo al borde y cogió la cuerda más gorda que había visto en mi vida, por un momento me lo imagine haciendo escalada, saltando de roca en roca como una pantera, y a pesar del agotamiento una sonrisa apareció en mi boca. Pero cuando Tinsel tiro más fuerte también pude ver lo que estaba unido a la cuerda y la sonrisa desapareció, lo que el Felimbre sostenía en la mano era los restos de un puente. Con más rabia que fuerza lanzó los restos a las profundidades del cañón y si no hubieran estado profundamente anclado al suelo rocoso se habrían estrellado en el fondo. El perro también se aproximo al borde seguido de Sara, de improviso un fuerte aire les empujo hacia atrás para luego lanzarlos hacia delante, y a punto estuvieron de ser arrastrado hasta las profundidades del cañón.
— Menudo aire, no me importaría nada tener cerca un parapente
La mire sorprendido
— Tú practicabas acampada y tiro con arco y yo vuelo sin motor – añadió como única explicación.
Todavía con la cara de lelo me acerque hasta donde estaba el resto del grupo.
— Tendremos que retroceder y rodear la montaña – escuche decir a Esmile cuando me senté.
— Y ¿qué hacemos con el general loco? – pregunto Sara
Con gesto rápido Esmile monto y blandió la espada con la clara intención de aniquilar al aire que en este caso hacía de general.
— Para Esmile que ya lo hemos entendido – Sara empuñó el mejorado cayado que Calson la había hecho como pago por sus clases de lectura – yo estoy preparada.
— No creo que esa sea la mejor solución – dijo Murik detrás de mí.
— ¿Es que hay otra solución? – dije volviéndome hacia él, cualquier cosa sería mejor que enfrentarse de nuevo al maldito demonio, incluso bajar haciendo escalada.
— Está el paso del duende - dijo Ansel detrás de la enorme espalada de Murik
Esmile miro a Murik, luego desvió la vista hacia Ansel
— Pero, y los duendes – exclamó Calson que se había puesto de pie de un salto – señora no se si es buen idea, estáis dispuesta a arriesgaros.
Esmile me miro, después miro a Sara y por último asintió. Era la primera vez desde que nos habíamos unido al grupo, que Calson trataba directamente con Esmile, y me sorprendió ver el respeto que había en su voz.
— Prometimos llegar hasta el final del viaje y si ese es el camino a seguir, lo seguiremos
Calson volvió a sentarse a su lado, aunque con el rabillo del ojo oteaba el horizonte en busca de alguna otra salida.
De los comentarios de aquí y allá pude averiguar que el paso del duende era un lugar prohibido porque estaba ocupado por nada más y nada menos que duendes, pero no por duendes del tipo David el gnomo, sino por criaturas repugnantes con cara de tronco, grandes ojos saltones y dientes puntiagudos capaces de desgarrar a una persona en menos que canta un gallo. Pero su mayor cualidad era la ser un pueblo irascible y muy vengativo, tanto que ni siquiera los demonios quisieron tratos con ellos. Y a pesar de que nadie había visto un duende en veinte años muy pocos eran los que se atrevían a pasar por allí.
Después de comer un poco de comida fría y una nueva cura a mi hombro (y no es que fuera médico pero se veía peor, o por lo menos a mi me dolía como si estuviera peor, y además la fiebre había hecho acto de presencia) emprendimos el camino de regreso montaña a bajo. Al mirar a tras vi al perro todavía sentado al borde del precipicio, mientras el intermitente aire alborotaba su pelaje blanco. Su peluda cola se movía de un lado a otro arrastrando en cada movimiento la tierra de su alrededor, y de repente me vino a la memoria un episodio del Equipo-A. Estaban en la selva y como siempre les perseguía los malos, entonces Aníbal o Fénix, ahora no recuerdo cuál de los dos, recogía unas ramas e iba borrando con ellas las huellas dejando otras para despistar a los malos. Como todavía no se había formado la comitiva Tinsel trotaba muy cerca de mí, espoleé mi caballo, aunque no con mucha fuerza para que no se me abriera la herida, y me puse a su altura.
— Tinsel dime una cosa ¿conoces bien a Dhopax?, quiero decir su forma de rastrear
Iles que montaba a su lado se quedó blanco al oír el nombre del Felimbre renegado, pero Tinsel me miró con cierta curiosidad
— Él me enseñó todo lo que sé.
— Bueno ¿crees que podremos despistarlo?
E felimbre negó con la mirada.
— Y si vamos borrando nuestras huellas crees que podremos al menos retrasarlo
— ¿Cómo?
— Bueno yo había pensado en atar un par de ramas a los caballos y así las hojas alisarían el terreno cuando fuéramos pasando, aunque tampoco tiene que ser una rama, no sé cualquier cosa que sirva para allanar la tierra.
Tinsel lo pensó durante unos minutos, luego llamo a Murik y le contó mi idea. Media hora después el invento estaba montado sobre los herrajes de los caballos de cola. Murik y Calson habían arrancado las pocas ramas frondosas de un árbol raquítico y las habían atado a los arneses, luego habían colocado un par de manta por encima de forma que también estas arrastraran, y para rematar la obra habían empapado la manta para hacerla más pesada. Por suerte para nosotros la tierra estaba seca, y los caballos no hundían mucho los cascos, lo justo para que el invento sirviera.
—Menuda idea muchacho – grito Murik desde la retaguardia
— Gracias pero no a sido idea mía, el merito es del perro y de la tele.
Me sorprendió que lanzara una carcajada, aunque su respuesta me quedó aún más helado
— Si, es un chisme útil – siguió riendo a pesar de que Sara y yo le acribillábamos a preguntas. Sara repetía ¿cómo es posible? Y yo ¿conociste a mi padre?, Por fin, cuando al chiste se le acabó la gracia, se dignó a responder a todas las preguntas con un simple guiño de ojos.

Después de un día y medio de dura bajada por senderos que por falta de uso habían perdido todo parecido con un camino, llegamos hasta la entrada del paso del duende. Me esperaba otro camino polvoriento repleto de altas piedras, e incluso algún que otro esqueleto emblanquecido por el sol, pero en vez de eso me encontré ante la entrada a una gran gruta.

martes 3 de marzo de 2009

capítulo XI Y XII

11

Renegado, amigos y un camino




Cuando conseguí abrir los ojos, después de emplear un par de minutos en adaptar mis pupilas a la luz del sol, apareció ante mí una colina de resplandeciente hierba verde, altas como espigas. Cuatro caballos pastaban tranquilos en la zona alta del cerro donde el pasto era más fresco. En la lejanía las murallas de la ciudad se veían diminutas
Un ruido de pasos a mi espalda consiguió poner a mis cansados músculos en tensión hasta que al cavo de unos instantes salieron de entre unos arbustos el perro seguido de Iles con el arco preparado para la batalla.
— Esta zona está despejada de momento – señalo a su espalda - pero una patrulla bastante numerosa se acerca por el oeste.
— ¿Cuánto tiempo tardarán en llegar? – preguntó Tinsel.
— Una hora.
— Entonces debemos partir enseguida hacia al sur, andando muchacho – y comenzó con enérgico paso la subida de la colina
A ninguno de los Felimbres, a excepción de Esmile, se les ocurrió mirar hacia atrás, donde los demás permanecíamos inmóviles. Al final fue Ambio quien los detuvo.
— Esperar, antes de tomar esa dirección debemos dar un rodeo.
Los cuatro Felimbre se giraron a la vez como si fueran un solo cuerpo.
— ¿Cómo que un rodeo? – preguntó de nuevo Tinsel
Al volver a hablar, Ambio lo hizo con la voz firme y el rostro sereno, lo único que denotaba su vacilación eran sus manos, fuertemente apretadas en un puño.
— Debemos recoger nuestros caballos antes de partir. No podemos ir andando
— El chico puede ir en la grupa con uno de nosotros hasta que encontremos un caballo para él – dijo Iles casi en susurros al oído de Tinsel
Este permaneció unos instantes callado, luego dijo
— No podemos esperaros lo siento, y si volvemos por las cercanías de la ciudad nos pondríamos de nuevo en peligro.
— Iremos de todos modos – sentenció Esmile. Parecía que el hecho de contradecir a Tinsel le producía dolor físico, aun así su expresión era tajante.
Azcel que hasta entonces había permanecido en un segundo plano, fue el siguiente en hablar
— A mí me gustaría acompañaros de verdad pero tengo un negocio que dirigir y ya soy demasiado viejo para las cruzadas – se enderezó y encendió una especie de pipa que sacó de no se sabe donde y sin más se marchó. Pero antes de desaparecer por entre la hierba húmeda añadió – y decidíos de una vez que los soldados no van a aparar a descansar.
Después de marcharse Azcel, lo que no me importo más bien agradecí, decidí zanjar la discusión, por ninguna circunstancia dejaría a Sara sola, y si para ello tenía que luchar contra ellos que así fuera.
— Somos nosotros – agarre la mano de Sara para darle más énfasis a mis palabras - quienes tenemos que ir a donde leches tengamos que ir aunque todavía no sepa por qué, pero os recuerdo que ya no somos unos niños y podemos tomar nuestras propias decisiones. Aunque también sé que sin vuestra ayuda no hubiéramos conseguido escapar, tampoco hubiéramos conseguiremos llegar hasta aquí sin ellos, así que no pienso despreciar la ayuda de ningún amigo - Intenté no precipitarme al hablar y que se me notara tranquilo y creo que lo conseguí.
Ambio puso su mano en mi hombro.
— Está bien, vamos a por vuestros caballos – dijo Murik
— ¿Dónde se encuentran? – pregunto Ansel mirándome como lo haría un abuelo que sabe que su travieso nieto se ha saldo con la suya.
— Unos amigos nos esperan en el bosque del soldado muerto – contesto Ambio señalando las copas de unos árboles altos y robustos que se podían ver desde la cima del conjunto de rocas que era la entrada del túnel - el bosque no está lejos a dos o tres kilómetros detrás de la verde colina.
— ¿Los hombres son de confianza? – Tinsel no parecía molesto por el pequeño motín o por lo menos no lo demostraba, su rostro seguía tan serio como lo pude ver en el túnel.
— Más de una vez he puesto mi vida en sus manos y nunca me han fallado - replico Ambio – sería prudente que nos dividiéramos en dos o tres grupos a fin de movernos con mayor rapidez.
— Si pero también estaremos más desprotegido en caso de un ataque – protesto Esmile
— Nos dividiremos en dos grupos – sentenció Tinsel – el primero rodeará la colina por el oeste y el segundo por el este ¿estás de acuerdo Ambio?
Este asintió
— Muy bien, los muchachos, Ansel y yo por el oeste, los demás por el este
Cogimos dos de los caballos y nos pusimos en marcha. El perro blanco, al que Tinsel no había asignado grupo, siguió caminando muy cerca de mí, aunque estaba seguro de que si el Felimbre le hubiera mandado seguir al otro grupo este se hubiera negado, lo cual, no sé por que, me hacía suspirar de alivio. De lo que no estaba tan seguro era de si Tinsel había ignorado la presencia del perro o si simplemente lo sabía y no se molestó en mencionarlo. Y si así era no pude evitar preguntarme ¿qué más sabían ellos de lo que estaba pasando?, Y lo más importante ¿sabrían la forma de salir de este mundo? En mi subconsciente se formaba otra pregunta pero intente no pensar en ella por el momento.
Tan metido estaba en mis pensamientos que a punto estuve de caerme del caballo en que Ansel y yo avanzábamos, pero las fuerte manos del felimbre me agarrado a tiempo. Al mirarle agradecido se me encendieron varias luces de emergencia y en mi disco duro un recuerdo pasó a cámara rápida. Era algo importante y estaba relacionado con el felimbre sonriente. Pero al intentar concretar de qué se trataba de repente mi mente se llenó de destellos verdes con cabeza de serpientes, provistas de dientes puntiagudos que se me clavaban en la carne. Y de cuernos rojos, de los que salían más rayos verdes. Entonces un dolor agudo me recorrió la espina dorsal consiguiendo que todo a mí alrededor bailara la danza del libre albedrío. Las manos de Ansel me agarraron de nuevo con más fuerza que antes.
— ¿Está bien muchacho?
— Si – el dolor remetía, y la tierra lentamente volvía a estar bajo las leyes de la física – no sé que me ha pasado solo intentaba recordar – la larga y rosada lengua del perro vino a consolarme y luego sin saber como me encontré subido en su lomo.
Tinsel frenó a su caballo para ponerse a nuestra altura. Me miró preocupado y luego le dirigió a Ansel una mirada inquisitoria. Sara también me miraba preocupada desde la grupa del caballo de Tinsel. Intente decirle que no se inquietara cuando se apoderó de mí la obligatoria necesidad de dormir. Ayudado con los suaves movimientos del perro me acerque a la peluda oreja del animal.
— Por favor quiero estar despierto para ayudar si llega el momento – no sé por que, pero estaba seguro de que mi repentina modorra era debida al animal.
No tardamos mucho en llegar a los límites del bosque y para entonces volvía a estar completamente despierto. Más que un bosque era una pequeña arbólela de altos pinos. Aun así las ramas bajas impedían que siguiéramos avanzando a lomos de los caballos o del perro en mi caso, así que seguimos caminado. Cuando llegamos a uno de los senderos que recorrían el bosque los Felimbres se pararon en seco moviendo sus puntiagudas orejas de abajo a arriba sin control, al tiempo que el perro olfateaba el aire, gruñía y mostraba amenazadoramente los colmillos.
— Escondeos – ordeno Tinsel, y en un abrir y cerrar de ojos los dos Felimbres, el perro y los caballos habían desaparecido
Yo sin embargo por mucho que miraba a todos lados no encontraba ningún arbusto o roca lo suficiente grande como para esconderme, y Sara parecía tener el mismo problema. En una de las frenéticas miradas en busca de un posible escondite me di cuenta del más obvió.
— Sara a los árboles deprisa.
Nos subimos a la rama salvadora justo cuando por el sendero aparecieron cinco soldados armados. Llevaban desde espadas hasta arcos, y seguro que bien escondidos tenían más de un cuchillo. El cabecilla del grupo avanzaba con cuidado buscando cualquier rastro que le indicara la presencia de su presa, pero por suerte no era un gran rastreador o se abría dado cuenta de las pisadas que Sara y yo habíamos dejado al subir al árbol. Sus compañeros, sin embargo, avanzaban arrastrando los pies, completamente agotados. Uno de los soldados medio andando, medio arrastrándose se dejo caer bajo el árbol donde Sara y yo estábamos subidos y un instante después estábamos completamente rodeados.
— Vamos hay que seguir buscando, ya no pueden estar muy lejos – les grito el cabecilla a unos metros del árbol
— Por favor señor, déjenos descansar unos minutos – suplicó uno de los soldados
— Maldita pandilla de holgazanes – dijo el cabecilla sentándose con el grupo.
Una vez hubieron refrescado los gaznates con el contenido de la cantimplora, que con toda certeza no era agua, empezaron una animada charla en la que no faltaron insultos al general y la mismísima madre que lo parió.
— ¿Qué tiene ese muchacho como para que el grandioso General arme tanto jaleo? – Dijo el primer soldado en sentarse – ¿qué tiene que es tan importante?
— Y lo que es más importante ¿qué valor tiene? – pregunto otro soldado.
— Fen tu siempre pensando en lo mismo – replico el cabecilla – aunque debe ser algo muy poderoso y valioso como para que los últimos Felimbres legendarios hayan salido del oscuro agujero en donde se escondían.
— Lo más sorprendente de todo es como la edad ha ablandado al general Somred – comentó otro soldado – es lo único que explica la orden de entregarle al muchacho vivo.
— No digas tonterías – replico el avaricioso Fen – ha dado esa orden para torturar al muchacho el mismo, con sus propias manos – sus huesudas manos estrangularon un cuello imaginario con verdadero deleite.
Con un acto reflejo me lleve las manos al cuello, y al soltarme estuve a punto de caerme del árbol.
— Si, es lo más seguro – admito el otro
De repente el cabecilla se puso en pie y todos los soldados le imitaron resignados, no era lo mismo despotricar sobre el general cuando este no estaba presente, que desafiarle abiertamente incumpliendo una orden.
— Alegraos, el dichoso general y su corte partirán en persecución del muchacho y los Felimbres, y con suerte no volveremos a verle – dijo el cabecilla.
— Esos deben de estar muy, muy lejos de aquí – murmuro Fen con una risa irónica
Esta vez fue Sara quien estuvo a punto de caerse, aún así logro que no se le escapara la carcajada.
— Pero no le servirán de nada, Somred ha mandado llamar a Dhopax, ya sólo pueden correr pero no esconderse.
Las últimas palabras del cabecilla se perdieron en la espesura al tiempo que desaparecían de mi vista, aun así permanecimos en el árbol hasta que estuvimos bien seguros de que no podrían oírnos, que fue cuando vimos aparecer la peluda y blanca cabeza del perro. De vuelta en tierra firme reemprendimos el camino en silencio.
Las facciones de Tinsel volvían ser de rabia incontrolable mientras avanzaba entre los pinos. Ansel en cambio intentaba aparentar su alegre expresión de siempre, aunque sus verdes ojos estaban rojos como brasas ardiendo. Avanzaban tan rápido que teníamos que correr para mantener el paso.
— ¿Quién es Dhopax? – Pregunto Sara – y ¿por qué estamos corriendo?
Ansel se detuvo y miró a Sara, sus ojos volvían a resplandecer con su natural brillo verde.
— No os preocupéis por él – suspiró, se giró de nuevo y siguió los pasos de Tinsel.
— ¡Ya! Porque será que no puedo dejar de preocuparme – dijo Sara cuando los Felimbres estuvieron a bastante distancia, no para evitar que la escucharan, simplemente porque no podíamos seguirle el ritmo.
— Porque eres una mujer supongo – dije con la boca chica
— Bueno, ya empezamos so machista – replico Sara entre enfadada y divertida, dándome suaves golpes en el hombro bueno – ¿a qué viene eso?
— Para, que estoy machacado – dije masajeándome el hombro herido que empezaba a dolerme, cuando por fin paro con un golpe un poco mas fuerte continué lo más serio que pude – lo digo porque, las mujeres tienen mucho más desarrollado el sentido común – al final de la frase se me escapo la risa floja y ella reanudo los golpes entre carcajadas.
Al chocar contra los Felimbres, tiesos como las estatuas de piedra de la cueva, se nos acabaron las ganas de reírnos. El viento traía el ruido de voces, clara aunque inteligibles. El perro fuel el primero en moverse, meneando la cola de un lado a otro, y tras desaparecer entre unos arbustos, le seguimos los demás. Al otro lado, junto a la orilla del riachuelo, descansaban el otro grupo acompañado de Tirós y Ricio. Los caballos estaban atados al tronco de un árbol.
Más que sentarme me deje caer junto al perro en la embarrada orilla. Al inclinarme a beber vi acercarse a Tirós, seguido de Ricio y Calson.
— Menuda noche – dijo Tirós sentándose a mi lado.
Asentí, sin decir nada, no me sentía lo suficientemente fuerte como para intentar recordar de nuevo.
— ¡Increíble!, ¡Asombroso!, ¡Los legendarios Felimbres! – Exclamo Ricio sentándose al lado de Sara y lo más lejos que pudo del perro – nunca pensé que viviría lo suficiente para verlos, ¡es increíble! – mientras hablaba no dejaba de mirar hacia el grupo compuesto por los Felimbres, de ambos sexo, y Ambio.
Calson fuel el último en sentarse justo entre Ricio y Sara. También él miraba al grupo aunque este más que excitado parecía preocupado.
— Y vosotros ¿cómo habéis conseguido salir de la ciudad? – pregunto Sara a Ricio que era el que estaba más cerca.
— No ha sido difícil, simplemente hemos esperado a que se abrieran las puertas para dejar paso a las caravanas que salían. Tirós y yo vamos a trasportar un cargamento de metalita, a la ciudad de Desanfor. Tuvimos que aceptar el primer encargo que nos salió al paso. Este no está mal, podría ser peor. Aunque lo interesante fue como despintamos a todo el ejército del Mariscal ¿vedad Tirós? – este asintió, y Ricio pasó a relatarnos la historia excitándose con cada palabra – nada más salir de la cueva del anciano corrimos calle abajo, y llegamos a una taberna de mala muerte, no me acuerdo del nombre aunque tampoco tiene mucha importancia, solo te diré que el mismísimo Somred se lo hubiera pensado dos veces antes de entrar allí a ciertas horas. Así que hicimos algo de ruido y cuado sentimos acercarse a la primera partida de soldado entramos en la taberna – aquí se detuvo obligado por sus propias necesidades (es que no se puede estar seis minutos seguidos sin respirar) y Tirós aprovecho el momento para seguir con la narración.
— Por fuera ya era mugriento pero por dentro lo era aún más, además de otras cosas, pero eso no viene al caso ¿verdad? – hincó los hombros y continuo con la historia - Nada más entrar elegimos al tipo más borracho que pudimos encontrar. Me acerque a él despacio, mientras Ricio vigilaba desde la puerta, al llegar fingí tropezarme y sin andarme con miramientos le quite la bolsa de un tirón – sonriendo se llevo la mano al cinto done sobresalían dos bolsitas de cuero – el tipo estaba borracho pero no era tonto, y al darse la vuelta para encararse con el ladrón se encontró de frente con otro tipejo que estaba tan o más borracho que el.
— Por aquel entonces la calle estaba a rebosar de soldados – interrumpió Ricio – así que simplemente abrí la puerta y grité SOLDADOS, y así comenzó la juerga.
— No te adelantes ¿quieres Ricio? – Protestó Tirós - dentro la pelea ya no era cosa de dos
— Ni de tres.
— Entonces fue cuando Ricio abrió la puerta, y todos sacaron las espadas y...
— ¿Qué os ha pasado en el camino? – me preguntó Calson muy bajito para no interrumpir a Tirós, que ahora relataba la refriega entre los parroquianos del local y el ejercito del Mariscal.
— Nos hemos encontrado con una cuadrilla de soldados que nos andaban buscando, pero nos escondimos justo a tiempo.
Calson negó con la cabeza
— No creo que sea eso los que los tiene tan preocupado.
Ambio y Tinsel charlaban un poco más alejados del grupo, aunque por sus expresiones aquello se asemejaba más a una discusión que a una charla amistosa.
— Puede que sea por un tal Dhopax, los soldados lo mencionaron ¿quién es Calson?
Calson me miró y por un momento pensé que se había quedado mudo de la impresión, pero poco a poco fue recordando como se hacía para juntar las palabras, formar frases, y cosas parecidas a esas.
— Bueno es un excelente rastreador, yo diría que el mejor del mundo conocido y...
— ¿Y qué? – le anime
— Era el mayor de los nueve Felimbres legendarios, el más valiente y sabio. Entre los suyos se le consideraba un héroe y sin duda se hubiera convertido en el nuevo Sarca, es su rey ¿sabes? pero se unió a los demonios. Ahora es un renegado, para los de su raza está muerto.
— ¿Por qué hizo tal cosa?
— Nadie lo sabe.
— ¿Qué hizo para que le consideraran un traidor?
— En la gran guerra había pocos lugares en los que pudieras sentirte seguro, pero el Bastión del Ángel era uno de ellos. Casi todas las ciudades de la zona se refugiaron allí. Es una ciudad enteramente Felimbre, de las pocas que existen, y está protegida con una magia tan antigua que los demonios no podían romper sus defensas. Pero una noche el renegado abrió las puertas de la ciudad dejando entrar al mal. Murió mucha gente aquella noche.
— ¿Cómo sabéis que fue él? - pregunté
— Varia gente le vio hacerlo, y cuando fue acusado no lo negó.
Observe con detenimiento a todos los Felimbres. De todos ellos el más afectado era Iles, de su rostro había desaparecido todo color, y su mirada estaba fija en el suelo. Me recordó al más pequeño de mis primos el día que descubrió que los reyes magos no existían.
Cuando me levanté Tirós seguía explicándole a Sara, su único publico, como habían conseguido escapar de la refriega. En ese momento Ricio volvía a interrumpirle con ciertas aclaraciones sobre lo ocurrido. Calsón también se levanto y los dos fuimos a reunirnos con los demás. Tinsel y Ambio ya no discutían, más ninguno de los presentes pronunciaba palabra.
— ¿Habéis llegado a un acuerdo? – pregunté, no esperaba que me contestaran, mi intención era despejar la tensión que podía cortarse con un cuchillo.
Tinsel suspiró resignado por primera vez desde que le vi en la sala del trono
— Escucha Ambio no es buena idea, tienes razón en una cosa, el colgante que lleva Roberto es el objeto del que hablan las leyendas, por eso tenemos que tener mucho cuidado a la hora de utilizarlo y si a eso le unimos el hecho de que el muchacho no sabe manejarlo – me miro y volvió a suspirar – podríamos causar un gran mal
De la explicación comprendí que Ambio pretendía utilizar el colgante para abrir una puerta, así no dejaríamos rastro que pudieran seguir.
— Además – continuo Ansel – lo más seguro es que Demsoger pueda sentir la perturbación que originaría la puerta, y lo hecho no serviría de nada.
— Entonces lo mejor será poner la mayor distancia posible entre ellos y nosotros y con el medallón podríamos lograrlo – sentenció el guardaespaldas de caravanas
— Estoy de acuerdo contigo – dijo Murik y su sonrisa disipó la tensión acumulada – eres un hombre sabio, tenemos suerte de tenerte de compañero de viaje, pero te pido que confíes en nosotros. No podemos utilizar el medallón, y si queremos poner la mayor distancia entre nosotros y nuestro enemigo tendremos que salir ya.
Ambio asintió auque no se si estaba del todo convencido.
Cuando Ansel pasó junto a mí le detuve. De toda la conversación solo una frase se me había quedado clavada en el coco. Tinsel tenía razón, no era la persona más adecuada para llevar el colgante, y ¿si por accidente abría una puerta al mismísimo infierno? ¿No era por eso por lo que quería el medallón Demsoger? pues no sería yo quien se lo pondría fácil a ese capullo. A cada instante la responsabilidad de llevar el colgante me pesaba más y más, así que se lo tendí a Ansel.
Este primero miró el colgante que pendía de mi mano, luego me miró a mi completamente desconcertado, pero no hizo el menor intento por cogerlo.
— Tinsel tiene razón – dije como única explicación. Por el rabillo del ojo vi como Tinsel se giraba al oír su nombre
— No lo cogeré así que guárdalo – se dio la vuelta y siguió andando.
En dos pasos me puse frente a él cortándole el paso, con el medallón aun en mi mano. Ahora todos miraban en nuestra dirección.
— Soy el único que se da cuenta que de todos los presentes soy el menos indicado para llevar esto.
— No, eres el único indicado para llevarlo, ¿tu padre no te lo ha explicado? – preguntó Tinsel a mi espalda
— No, no me lo ha explicado porque está muerto – no me di cuenta que estaba gritado hasta que sentí la mano de Ansel en mi hombro.
Sostuve con paciencia sus brillantes ojos verdes llenos de compasión, que era precisamente lo último que quería ver en estos momentos.
— No lo cogeré, ni yo ni ninguno de los presentes – me arrebato el colgante de las manos y me lo colgó al cuello – el colgante es tuyo, y lo creas o no mientras este contigo este mundo estará más seguro.
— Y si cometo un error y...
— No lo harás, estoy completamente seguro. Vamos tenemos que partir ahora.
Cuando llegué junto a Sara esta me miraba entre divertida y preocupada, pero en sus ojos negros no había ni rastro de compasión lo cual consiguió alegrarme un poco. El perro me consoló a su manera dejándome la cara llena de babas, lo que no me importo, más bien se lo agradecí. Media hora después estábamos en los límites del bosque, a nuestra izquierda ya se podía ver la colina. Todos estaban ya motados en sus respectivos caballos, esperando a que los últimos que éramos Sara y yo montásemos, entonces ella se acerco y me susurró al oído.
— Crees que es un buen momento para decir que no sé montar a caballo
Cuando pude dejar de reír vi que ella me miraba enojada y con gran esfuerzo me puse serio
— Pero si antes montaste con Tinsel.
— Tú lo has dicho con Tinsel, vamos que esa ha sido la única vez que he montado en un caballo.
Intente frenar la carcajada y solo conseguí hacer un ruido muy parecido al rebuznar de un burro. Tirós se acercó a nosotros haciendo girar a su caballo
— ¿Qué ocurre ahora?
— Nada – contesté – y por lo bajito le dije a Sara – monta conmigo, ya te iré enseñando pero te advierto que es algo muy complicado y no sé si podrás conseguirlo.
— Si tú has aprendido es que no tiene que ser tan difícil – objetó ella mientras montaba detrás de mí.
Delante de nosotros Ambio a modo de despedida estrechaba la mano de Ricio y Tirós. Esmile les dijo adiós de la misma forma, pero cuando le llego el turno a Calson este les rodeo con sus musculosos brazos. Cuando los dos amigos pudieron escapar de la muestra de amor del grandullón se acercaron a nosotros.
— Espero de corazón que tengáis suerte en vuestra misión – dijo Ricio, y como los demás estrechamos las manos
— Yo os deseo lo mismo – dijo Tirós ofreciéndonos los manos - y bueno yo quería devolverte algo muchacho pero... –abrió su alforja y de ella sacó el ordenador.
— No hace falta, ahora es tuyo, te lo regalo.
No dijo nada más
Até las riendas del caballo de Sara a mi montura y le di la orden al caballo para avanzar dejándolos atrás.











12

Venganzas




Dhopax llego a la ciudad de Paranfor cuando el sol se escondía por el horizonte, una vieja capucha le cubría el rostro, y la capa de viaje cubierta de polvo desfiguraba sus alargadas extremidades dándole un aspecto extraño. El caballo se detuvo ante las puertas entreabiertas de la ciudad, donde los tres soldados que la guardaban no hicieron ningún intento por detenerlo y el renegado entró en la ciudad.
Los encargados de encender las luces eran los únicos que circulaban por la oscura ciudad cuando Caballo y jinete recorrieron las solitarias calles ante la mirada de los hombres que vigilaban cada uno de sus movimientos, procurando siempre guardar una cierta distancia.
La puerta de la posada – la misma que sirvió de punto de encuentro a nuestros aventureros – estaban ahora cerrada, y el Felimbre tardo un par de minutos en conseguir que el posadero la abriera. Era un hombre alto, de poco pelo y carnes fofas. Al verlo sus pupilas marrones bailaron frenéticamente dentro de los redondos ojos. Con un empujón Dhopax aparto al tembloroso hombre y entró en la posada. La planta baja del local era una sola habitación grande y espaciosa repleta de mesas, la mayoría ocupadas por comerciantes de la región, que en silencio contemplaban al recién llegado. El renegado recorrió las mesas pausadamente hasta llegar a la gran chimenea donde todavía ardían grandes brasas. La mesa próxima al hogar estaba ocupada por tres mercenarios, y los tres hombres alzaron la cabeza para observar detenidamente al encapuchado. Este se giró y con paso decidido se acercó a ellos.
— Fuera – dijo el renegado con voz áspera
Uno de los hombres, el más joven, se llevó la mano al puño de la espada e intento levantarse, intento que sofoco el otro hombre sentado a su lado.
— Si quieres seguir viviendo forastero te aconsejo que te marches de aquí enseguida – el hombre hablo lenta y pausadamente consiguiendo que su voz sonara monótona e inexpresiva.
— Fuera – repitió el Felimbre.
Esta vez el joven se levantó. La mano apretaba el puño de la espada, aunque tuvo la sensatez de no desenvainarla.
— No me gusta matar a la gente sin verle el rostro – en los ojos pardos del joven mercenario apareció el brillo del asesino que ansia encontrar una presa.
Con lentitud el renegado aparto la capucha. La blanca melena le calló sobre la cara, aun así, se hicieron visibles el parche con el que se cubría uno de los ojos, y la enorme cicatriz que recorría su cuello. Se había rapado el bigote y las cejas, pero aún así no lograba disimular sus pronunciados rasgos felinos. Del ojo bueno salieron feroces destellos de rabia. Con un rápido movimiento apartó la vieja capa, dejando al descubierto la enorme empuñadura de hierro sujeta al cinturón.
Los parroquianos sentados cerca, se alejaron tirando sillas y mesas al levantarse. El joven no se apartó, siguió clavado en el sitió, aunque en su rostro aparecieron los primeros signos de duda y su mano tembló al empuñar su espada. Los otros dos mercenarios permanecieron sentados.
— Saule siéntate – dijo el hombre sentado a su lado, su voz seguía sin expresar emoción – Si quieres Felimbre puedes sentarte en nuestra mesa - añadió
El renegado levantó una de las sillas caídas y se sentó junto a los mercenarios. También el joven se sentó, mirando de reojo a los parroquianos.
— Mesero trae un plato de comida caliente para nuestro invitado – grito el mercenario
El tabernero se presento ante el renegado, con la viva expresión de querer estar en cualquier otro lugar. El bailoteo de las pupilas había adquirido cierta velocidad, mientras sus temblorosas manos sostenían a media una bandeja y sobre ella un plato de algo identificable pero caliente. Puso el plato ante el felimbre y salió disparado como alma que lleva el diablo, pero cuando ya agradecía a los ángeles su suerte el felimbre le agarró el brazo.
— Una botella del licor más fuerte que tengáis – ordenó.
— Como deseéis mi señor, ahora mismo – esta vez el hombre salió corriendo con los brazos bien pegados al cuerpo.
El tercer hombre, que hasta ahora había permanecido callado, espero hasta que el renegado hubo dado buena cuanta de su comida para iniciar la conversación. Era el mayor de los tres mercenarios. Su cabello blanco y corto estaba pegado al cuero cabelludo, y su rostro era igual que un paraje lunar, muy seguro que a causa de una viruela mal cuidad. Miraba al renegado con cierto interés, sin expresar ningún tipo de temor.
— Hablemos del asunto que te ha traído hasta aquí – susurro en orseo
En Dhopax no apareció ningún signo visible que se pudiera interpretarse como asombro o curiosidad, miraba al mercenario como si enfrente solo hubiera una pared desnuda. Cogió la botella y de un trago vació medio contenido de un brebaje amarillento. El renegado no sabía a ciencia cierta cual era el origen de la misión que le había traído hasta allí, pero sospechaba que se trataría de dar caza a otro asqueroso humano y por el rumbo que estaba tomando la conversación debía estar en lo cierto
— También yo tengo asuntos que tratar con las mismas personas, en particular con una de ellas – continuo el mercenario, ahora en el lenguaje coloquial – y quisiera aclararlas antes de que el general interviniera.
Esta vez el felimbre miró al mercenario con cierto de interés
— ¿Que es tan importante, como para desafiar a un demonio? – pregunto el renegado haciendo gala de una voz ronca y cortada.
— Vengar la muerte del menor de mis hermanos, además de otros pecadillos – en los ojos del viejo mercenarios aparecieron el fulgor rojo del odio más intenso.
El renegado termino del todo la botella de licor y dejo caer la espalda sobre el respaldo de la silla, luego y por primera vez miro detenidamente a los hombres sentados junto a él. El hombre sentado a su derecha era sin duda el líder de la banda de asesinos de la espada roja, además de un rastreador pues tenía dilatadas las fosas nasales y de vez en cuando empequeñecía los ojos, una costumbre que se adquiría al pasar tanto tiempo protegiendo la vista del brillante sol al mirar a la lejanía. En el rostro del joven sentado junto al rastreador podían verse rasgos muy parecidos a los del cabecilla, una mandíbula cuadrada y unos ojos pequeños y juntos que le otorgaban un aire de inteligencia y malignidad, lo que denotaba que eran padre e hijo. Al mirar directamente al muchacho este le devolvió una mirada arrogante y el Felimbre se prometió enseñarle modales antes de que la luna volviera a crecer en el cielo nocturno.
— ¿Por qué tendría yo que desafiar al demonio? – dijo al fin el renegado.
Como respuesta el mercenario puso sobre la mesa un saco grande de cuero negro, luego otro y por fin un tercero. Por el volumen de los sacos sobre la mesa había la no despreciable cantidad de 500 monedas de oro, cincuenta arriba cincuenta abajo. Al renegado el dinero no le interesaba, para él lo realmente importante, por lo que estaba allí sentado escuchando a esos tres seres que sin duda eran muy inferiores a él, era el hecho de poder entorpecer y mortificar al maldito demonio y matar a su perro faldero.
— Ese es mucho dinero – dijo sin dejar de mirar al líder de los cabecillas – y no puedo garantizarte un resultado favorable a tus intereses
— Vamos mi querido amigo, nadie duda aquí de tus facultades.
El renegado tubo que refrenar el impulso de rebanarle la cabeza en ese preciso instante, solo la idea de considerar a un humano su igual, conseguía revolverle el estómago.
— Estoy seguro que podrás conseguir retener al General el tiempo suficiente para darme la oportunidad de aclara asuntos – añadió el líder mercenario.
Con fingida codicia Dhopax recogió los sacos de la mesa y se levanto. A continuación llamo al posadero y cinco minutos después estaba en la mejor habitación del hotel con otra botella de licor en la mano.

El general vio como el renegado traspasaba las murallas del palacio desde la ventana del despacho del mariscal, y enseguida se apoderó de él el poderoso impulso de atravesarle el corazón con una flecha envenenada. El desprecio que sentía por el Felimbre renegado solo era igualado por el que este sentía hacia él. El general se prometió que en cuanto pudiera aprovecharía cualquier oportunidad para matar al maldito gato, pero no antes de utilizarlo para encontrar a los de su especie, y con ellos al muchacho. Aunque a estas alturas le separase una gran distancia, estaba seguro de que pronto la acortaría, el muchacho estaba herido en un hombro, la herida en si no es gran cosa, el problema estaba en que además había soportado el rayo paralizador del demonio que sin duda retrasaría el proceso de curación. Al recordar como el muchacho se había retorcido bajo sus brazos, le hizo sentir un atisbo de alegría, e incluso le ayudó a olvidar el molesto picor del hombro, allí donde le había alcanzado la flecha. Estaba desando volver a tenerlo en sus manos para hacérselo pagar. Aunque la orden del demonio le prohibía matarle no había especificado que no pudiera sufrir ningún daño físico grave y el pensaba infligirle un dolor tal que gritaría como nunca en su vida.
Un ruido sordo sobre la maciza puerta le sacó de las ensoñaciones de venganza. Antes de poder dar la orden de entrar la puerta se abrió y en el umbral apareció la larguirucha figura del Felimbre. Con premeditada lentitud el renegado se quitó la vieja y andrajosa capa, dejando bien a la vista la enorme empuñadura y su mano posada sobre ella. Su ojo sano resplandeció como un bosque ardiendo al cruzar su mirada con la del general, que permanecía sentado con la espalda firme y la espada desenvainada detrás de un elegante escritorio de madera de cerezo, un material por cierto escaso por aquellas regiones.
— ¿Por qué me has mandado llamar? - preguntó Dhopax
— Para servir a tu amo y señor – respondió el general y con igual lentitud y dejo sobre la mesa la plana moneda plateada.
— Yo no tengo dueño.
— Yo diría que si – una malévola sonrisa apareció en los labios del general haciendo que su cicatriz se contrajera – tan pronto has olvidado el pacto
— Yo cumplí con mi parte del trato, el pacto quedó cerrado – mientras hablaba su mano recorrió la cicatriz del cuello.
La carcajada del general resonó por toda la estancia. En ese momento la moneda plateada se elevo muy lentamente y sin más se lanzo como un rayo contra el renegado, parándose a escasos centímetros de su pecho. El Felimbre no tubo tiempo de protegerse antes de verse envuelto por el espeso humo negro, y ante sus ojos apareció la imagen del demonio enseñando unos dientes negros y puntiagudos. Sobre su mano resplandecía una perfecta esfera plateada, aunque al fijarse detenidamente vio como pequeñas sombras negras empezaban a cubrirlo lenta, pero inexorablemente, dejando en dichas zonas huecos grisáceos que giraban en cíclicos círculos. Cuando por fin consiguió librarse del poder hipnótico de las sombras, le dirigió al demonio la mirada más desafiante que fue capaz de componer. Demsonger lanzo una risotada demoníaca, después se calmo repentinamente y mirando al frente clavo sus oscuros ojos en el renegado.
— ¿Estás seguro de eso, asqueroso gato? – preguntó el general. Su voz parecía lejana y distorsionada al atravesar el muro de humo.
Dentro, en la grieta dimensional creada por la moneda, el demonio jugueteaba con la esfera, sosteniendo la mirada del Felimbre. Hasta que cansado introdujo una de sus afiladas garras en una de las superficies sombreadas. En ese instante el renegado perdió la sensibilidad en todos y cada uno de los músculos, y sin poder sostenerse ya en pie cayó redondo al suelo envuelto en un aura de fluorescente candor. Su piel, antes curtida y bronceada por el duro sol, adquirió de repente el pálido tono de la ceniza. También la pupila de su ojo sano perdió el color azulado, y gruesas gotas de sudor le recorrieron la frente a pesar de que lo único que sentía el Felimbre por todo el cuerpo era un fantasmal frío glacial. La demoníaca risa volvió a resonar por la sala, aún más fuerte si cabe, mientras la garra se hundía más y más dentro de la esfera. De repente la voz del demonio penetro en la mente del renegado
— ¿Quién es tu amo?
— Tú – respondió otra voz desde la parte más profunda de la mente del renegado
— ¿Me obedecerás?
— Si
— Si llevas a buen puerto tu misión es posible que te devuelva tu pedazo de alma, siempre y cuando no haya desaparecido en la oscuridad, lo cual sería una verdadera lástima ¿no crees?
La risa infernal volvió a sonar por última vez, antes de que humo y grieta desaparecieran y la moneda cayera inerte en el suelo. El Felimbre sintió una agradable sensación de calidez, que poco a poco fue instalándose por todo el cuerpo. Recuperó la movilidad, aunque tardó bastante en volver a ponerse de pie. Mientras el general le vigilaba sentado cómodamente detrás del escritorio.
— Partiremos dentro de dos horas – dijo el general cuando el renegado se encontraba ya en la puerta.
Este asintió sin volverse
— ¿No quieres saber a quien perseguimos?, gato
— No
— Es importante ¿no crees?
Como única respuesta el Felimbre abrió la puerta
— Bien como quieras, pero antes de irte te daré un consejo – vio como el renegado se giraba con pasos aun vacilantes – yo que tú pensaría que les diría a mis antiguos compañeros cuando les des caza y le arrebates el colgante y a su dueño.
Con gran satisfacción el general vio aparecer un estremecimiento en las antes arrogantes facciones del renegado.

jueves 19 de febrero de 2009

Capítulo X

10

Las estatuas viven




Deliberadamente desvié la mirada y vi a Sara que disimuladamente me indicaba un punto en el suelo junto a sus pies, donde un gran hocico blanco asomaba por el baldosín que minutos antes sostenía el trono, y junto a él distinguí la punta de una flecha.
Hice como que intentaba zafarme de mis guardianes para acercarme a la Felimbre, que por fin parecía haber recuperado el dominio de sus sentidos. Mi repentino forcejeo sorprendió a los soldados que me sujetaban y pude acercarme lo suficiente a Esmile para, con un susurro, señalarle la baldosa, el hocico y la flecha.
Renovadas las esperanzas se apodero de mí una fuerza misteriosa que me hizo mirar directamente a la ventana. Demsonger también me miraba. Enseguida note la atracción de sus ojos y su devastadora fuerza. Como pude aguante su mirada y mantuve la conciencia, no sé cuanto tiempo estuvimos así (para mí que una eternidad) pero al final fue el demonio quien bajo la mirada para mirar el medallón que reposaba sobre el pecho. Al volver su mirada hacia mí dijo.
— Bienvenido a casa, no sabes como ansiaba tu regreso – su voz fría y dura se me clavaba en el cuerpo con clavos ardiendo – pero disculpa mi falta de hospitalidad enseguida estarás mas cómodo y podrás descansar ¿verdad general Somred?
— Claro – este se llevo de nuevo la mano al cinto y saco un pequeño bote de cristal. El contenido, un líquido ámbar marino, se movía de un lado al otro zarandeado por sus amenazadoras manos. No sé cuál de los soldados que me sujetaban por los brazos me hizo levantar la barbilla con un soberbio tirón de pelo – solo unas gotas y dormirás plácidamente.
Lo último que se me paso por la cabeza antes de que se montara el meollo, fue que dos personas completamente opuesta, si se le puede llamar persona a una de ellas, me habían dicho lo mismo - bienvenido a casa-
Entonces la flecha destrozó el bote de cristal a escasos centímetros de mi boca, esparciendo su contenido por mi ropa.
— Sara - grito Esmile levantando las manos atadas. El cuchillo que minutos antes Ambio lanzó a Sara, voló de nuevo por los aires para acabar en las manos de la Felimbre, que corto las cuerdas a la vez que rodaba por el suelo, recupero la espada a tiempo para encararse con varios soldados.
— No les soltéis – grito Demsonger a los soldados que me sujetaban. Los dos cuernos que le salían de la cabeza antes negros, tenían ahora un color rojo brillante.
Obedeciendo a su amo uno de los soldados, supongo que el mismo que me había hecho levantar la barbilla, sacó una daga.
— No te muevas – dijo acercándome la hoja al cuello.
Desoyendo olímpicamente a mi sentido común, le patee con todas mis fuerzas una de las rodillas. No me soltó y tampoco bajo el cuchillo, aunque si sentí como sus manos aflojaban la presión. Aproveché ese instante, gire tanto como se me permitía y volví a golpearle la rodilla. En esta ocasión conseguí mi objetivo, me soltó. Enseguida echo mano a la daga, la hoja se me clavo en el hombro pero ni si quiera lo sentí, porque en ese momento me las veía con el otro soldado que intentaba derribarme. El hombre de la daga reapareció, le vi acercarse por el rabillo del ojo. Lanzó una estocada baja que conseguí evitar y fue a clavarse en la pantorrilla de su compañero. De nuevo libre, le asesté un puñetazo en la sien al recién herido, entonces me volví para enfrentarme al segundo soldado que reanudaba el ataque. Era una estocada baja justo al muslo como las anteriores. Conseguí esquivarla sin esfuerzo y cuando el soldado volvió a repetirla me hice a un lado y le agarre la muñeca, nos miramos unos segundos, yo con decidida rivalidad, el con absoluto asombro, entonces le lance una patada al cuello (como tantas veces había visto hacer a Sara) sin embargo la pierna de apoyo resbaló y me caí de culo, aunque conseguí golpearle lo bastante fuerte como para que el hombre quedara tendido en el suelo.
Al levantarme pude ver como poco a poco se iba cerrando la ventana. Demsonger seguía mirándome desde el otro lado. El tono rojo se había extendido a todo el cuerpo y de los cuernos de la cabeza salían finas llamaradas.
— No podrás escapar de mí – según hablaba las llamaradas que le salían de la cabeza se convertían en rayos escarlatas – mira a tu alrededor.
Por mi derecha se acercaba Somred espada en mano, aunque menos sonriente que antes. Detrás de él pude ver como Esmile, que parecía agotada, se batía con tres o cuatro adversarios a la vez junto a un par de cadáveres. Miré hacia la entrada secreta y el alma me bajo a los pies. Sara y los demás, ya libres de ataduras, no conseguían frenar la avalancha de soldado que con gran acierto impedían la entrada de los refuerzos. De vez en cuando salía alguna flecha dorada del hueco, pero eso era todo. Mis compañeros luchaban sin cuartel, ya no para intentar escapar, sino para salvar sus vidas. Si no conseguíamos abrir la dichosa puerta estaríamos perdidos.
Un rayo rojo atravesó la ventana, estrellándose en la pared que había detrás de mí.
— Relájate, te dolerá pero no te matará – dijo el demonio mostrándome unos dientes puntiagudos como púas de sierra. Otro rayo salió disparado, pero conseguí esquivarlo tirándome al suelo. Cuando me levantaba vi la daga del soldado muy cerca de mi mano, al intentar coger la un rayo impacto en ella apartándola aún más de mí.
— Ríndete de una vez muchacho – bramo Somred.
— Nunca – chillé yo más que nada para darme valor.
No sabía como pero tenía que conseguir abrir la losa. Me concentre en el medallón que me pesaba como nunca, si era tan poderoso como todos afirmaban ahora tenía que ayudarme a salir de esta. Cerré los ojos y noté su forma sobre mi pecho, su consistencia y de repente el ya conocido cosquilleo recorriéndome todo el cuerpo. Durante un angustioso segundo nada sucedió y sentí que mi concentración vacilaba, pero entonces en algún rincón de mi mente varias neuronas comprendieron lo que tenía que hacer. Apreté los puños y con un esfuerzo sobrehumano cerré la mente a todo lo que no fuera la losa y simplemente imagine que desaparecía. Momentos después un impulso de energía salía de mi, o del colgante no estoy seguro, acompañado de un la luz verdosa que traspasó mis párpados cerrados.
— Detenle – gritó demsoger desde la ventana.
A sabiendas de que el general Somred estaba junto a mí permanecí quieto con los ojos cerrados aprovechando cada segundo, hasta que un golpe en el hombro herido me hizo aullar de dolor y abrir los ojos. Cuando la escena que se desarrollaba ante mí volvió a estar enfocada, pude ver al demonio a través de la ventana sonriéndome, y al darme la vuelta para buscar al general este me agarró por la espalda y me levantó de un tirón. Una punzada en el hombro me hizo volver a gritar de dolor, pero ese dolor enseguida desapareció, para ser sustituido por un tormento aún mayor.
Al principio solo sentí un pinchazo allí, en punto exacto del pecho, donde el rayo escarlata había impactado, pero el dolor se hizo más intenso según se extendía por todo el cuerpo, hasta que cada célula, cada músculo, cada partícula de mi ser se estremeció de puro dolor. Era como si me picaran a la vez miles de agujas de abejas gigantes y esparcieran su veneno hasta convertir mi sangre en fuego. Las piernas dejaron de sostenerme y los brazos me cayeron inertes sobre el costado. Sin embargo los gritos de dolor salían de mi garganta como si mis pulmones solo pudieran chillar o explotar.
Entonces, tan rápido como había empezado, todo acabó. Por un instante me sentí ingrávido, luego note la fría losa del suelo junto a mi cara. La cabeza estaba a punto de estallarme y aún con los párpados cerrados todo parecía darme vueltas. En el suelo retumbaron los pasos de alguien acercándose y sentí como me alzaban de nuevo por los aires. Conseguí entreabrir los ojos pero un intenso pinchazo me obligo a cerrarlos otra vez. Cuando el mundo estuvo ya cansado de dar vuelta realice un nuevo intento. El pinchazo fue menos intenso así que aguante con los ojos entreabiertos. Me di cuenta de que ya no estaba volando por los aires sino codamente apoyado sobre la pared, delante de un inmenso mar blanco. Sacudí la cabeza para enfocar mejor, y poco a poco las líneas difusas fueron agrupándose en formas concretas hasta que el mar blanco se convirtió en el mejor amigo del hombre. El enorme perro blanco combatía el rayo escarlata mucho mejor que yo. A su lado Sara terminaba con la acometida de un soldado con el cuchillo de Ambio, que en algún momento debía haber recuperado, y venía hacia mí. Podía verla mover la boca pero no era capaz de escuchar sus palabras, sacudí de nuevo la cabeza para deshacerme de los últimos restos de aturdimiento, y como si de una radio se tratara a la que alguien le diera volumen, el ruido de mí alrededor reapareció.
— Puedes moverte – su cara mostraba verdadera preocupación.
Asentí. La recorrí con la mirada, sus dos brazos estaban recubiertos de sangre, también el pecho estaba manchado, si bien no toda era suya (por no decir la mayoría) algunos feos cortes asomaban entre los rotos de su túnica.
— ¿Estás bien? – nunca en mi vida me he sentido tan culpable.
También ella asintió, no era el momento de dar explicaciones largas.
Con un gran esfuerzo conseguí ponerme en pie, las piernas temblaron bajo mi peso y Sara tuvo que ayudarme mantenerme recto. Cuando ya llegábamos al hueco un soldado se interpuso en nuestro camino, Sara que tenía las manos ocupadas sosteniéndome no pudo hacer otra cosa que retroceder, y el soldado viendo la oportunidad se lanzo sin piedad, pero otra espada corto el ataque. La hoja era sin duda desmontable, así que di por hecho de que sería Esmile que la empuñaba, pero cuando alce la vista para darle las gracias me encontré con un hombre, bueno un Felimbre varón, que me sonreía con una sonrisa dulce y alegre. El soldado ya no estaba tan seguro de sus posibilidades así que retrocedió con pasos indecisos, hiendo a tropezar con el cuerpo de un compañero. En la caída perdió la espada y viéndose desarmado emprendió la huída.
Me permití ver lo que pasaba en la sala. La ventana prácticamente se había cerrado y con ella desaparecían el rayo carmesí y la airada cara del demonio. El perro permaneció atento a la abertura hasta que esta desapareció completamente, y durante ese tiempo media docena de soldados insistían en clavarle espadas que no penetraba más de un par de centímetros en su grueso pelaje. Luego sin muchos esfuerzos y con un par de zarpazos se los quito de encima.
En la otra punta de la sala el general Somred y uno de los recién llegados, otro Felimbre, se batían con verdadera furia y odio, la expresión de Esmile hubiera pasado por una simple ojeriza si se comparaba con las miradas que se mandaban el uno al otro. En este momento el general intentaba una arriesgada estocada en pleno salto, que no tuvo mucho éxito, si su intención era herir, pero si consiguió poner una discreta distancia entre él y su oponente, momento que aprovecho para reagrupar a su ya escasa tropa y reclamar la presencia de más soldados.
Los soldados que todavía quedaban en pie, no más de media docena, se agruparon en trono a su general.
Ambio, Esmile, Azcel y otros dos felimbre, que hasta ahora no había visto, al estar cerca de la puerta fueron los primeros en enfrentarse a ellos y retener a la nueva remesa de soldados, mientras Calson cerraba la puerta y la atrancaba con el trono. De pronto los cristales de las ventanas estallaron en mil pedazos y un centenar de flechas las atravesaron. El perro con paso tranquilo se coloco en medio deteniéndolas, permitiéndonos avanzar seguros hasta el hueco.
— Entra tu primero – dijo el sonriente Felimbre que, con espada en mano, no se había separado de nuestro lado.
— No – viendo su expresión añadí – lo único que haría sería retrasar la huida, lo mejor será que sea el último.
— No es buena idea – como yo seguía negando con la cabeza agregó – si es necesario yo te llevare a cuesta.
— No, no me iré hasta que todos estén fuera, lo siento.
— Cielo santo eres tan cabezota como tu padre.
Y sin decir nada más se fue para ayudar a los demás a abrir el paso hasta el hueco. Poco a poco los combates se fueron acabando, hasta que ningún soldado quedó en pie, a excepción del general Somred que seguía luchando, con más furia aun si eso era posible, contra el Felimbre.
— Este es un buen momento para salir de aquí – dijo Azcel que sin mirar atrás fue el primero en entrar por el hueco, seguido unos instantes después por Ambio. Calson y Esmile entraron no antes de intentar convencerme de que les precediera.
— Maldita sea entrad de una vez o no saldremos nunca de aquí- chillé desesperado.
Por último entraron los dos felimbres.
— Te toca – dijo el felimbre sonriente
Yo no le miraba, observaba como luchaba su compañero.
— El sabe cuidarse, no te preocupes por él – añadió.
— Vale, entra tu primero Sara.
Ella negó con la cabeza.
— Tú primero
En ese momento uno de los goznes de la ya astillada puerta salto por los aires. El ruido igualo en fuerza al resoplido del Felimbre.
— Vale, vale yo primero – grito Sara que con un salto entro en el hueco, enseguida desapareció en la oscuridad.
Las piernas empezaron a temblarme y perdí el equilibrio. La pared y el felimbre impidieron que diera con mis huesos en el suelo, hasta que pude recobrar el dominio de mi cuerpo. Un leve gruñido a mi espalda me hizo girar, el perro estaba detrás de mí ayudándome a avanzar con suaves empujones.
Estaba a punto de entrar cuando un grito retumbo en la habitación vacía, uno de los arqueros del exterior había alcanzado al Felimbre. La flecha le sobresalía del hombro, aun así, aguantaba como podía las asesinas envestidas de Somred. Su compañero salió en su ayuda, sin embargo estaba demasiado lejos, no llegaría a tiempo. Busque a mi alrededor algo con lo que poder ayudarle y milagrosamente encontré mi arco allí donde yo lo había tirado, resistiendo como pude las ganas de echar la pota lo cogí, pero cuando ya lo tenía en las manos me di cuanta que no tenía ninguna flecha, completamente frenético palpe el suelo a mi alrededor. Enfrente el Felimbre calló al suelo con la espada inerte en su mano, el general ya sin asomo de sonrisa en su rajada cara arrojo la última acometida.
— Muere de una maldita vez asqueroso gato.
En el momento en que levantaba los brazos mi mano dio con algo e instantes después mi flecha se clavo en el hombro del general que con el empuje del disparo callo de espalda. Mi intención habáis sido clavárselo en el corazón pero mi puntería no estaba en su mejor momento.
El felimbre sonriente ayudó a su compañero a ponerse en pie y juntos corrieron hacia el hueco. En ese momento el perro me empujó con el morro y caí por el agujero, pero antes de perder de vista la habitación pude ver como el general, agarrándose el hombro, le propinaba una patada al trono que impedía la entrada de sus tropas.
Luego solo vi oscuridad, por un instante pensé que volvía a estar inconsciente, hasta que sentí como unas manos frenaban mi caída y vi la débil luz anaranjada de una antorcha.
El felimbre sonriente y su compañero cayeron después seguidos del perro que aterrizó con extremada suavidad, como si en ved de caer hubiera levitado.
— Eso vuelve a estar a rebosar de soldados – dijo el felimbre herido señalando la luz que salía del agujero.
— ¿Cómo vamos a salir de aquí con el general pisándonos los talones? no llegaremos muy lejos, será mejor que...
— No te preocupes por eso – señalo el ancho brazalete de oro que llevaba en su muñeca derecha – ¿puedes andar tu solo?
— Eso creo, pero no puedo permitir...
— No, esta vez no valdrán de nada tus protestas – con un suave empujón me lanzo a los brazos de Esmile – sácalo de aquí – ordenó.
Esmile me sujetó del brazo y salió tras los demás que ya corrían por un corredor muy parecido al túnel de huída de la casa de juego, aunque este era mucho más ancho y estaba excavado en la dura piedra. Todavía eran audibles las voces de los cuatro Felimbres entonando unos extraños cánticos en lo que deduje sería Orseo. Entonces como en reemplazo de las voces todo el corredor quedo iluminado por un chorro de luz verdosa, y un momento después se produjo una onda explosiva que hizo temblar los cimientos del túnel y si me apuráis de toda la ciudad.
Cuando el suelo dejo de temblar reemprendimos la carrera. Esmile encabezaba ahora la marcha imprimiendo un ritmos exagerado con migo como remolque.
— Para – grite para acallar mis latidos, que amenazaban con traspasarme el pecho – por lo que más quieras para, no puedo dar un paso más.
Sara se dejo caer en el suelo a mi lado, su cara estaba tan roja como su pelo. Todos los demás siguieron en pie aunque parecían estar tan agotados como yo. A nuestras espaldas resonaron unos pasos y enseguida aparecieron los cuatro felimbres.
— Tenemos que continuar – dijo el contrincante del general. Todavía tenía la flecha clavada en el hombro y la sangre se le escurría de entre los dedos de la mano – no podemos parar ahora.
Al intentar levantarme las piernas volvieron a fallarme y esta vez nada me salvo, acabe con mis huesos, principalmente con la rabadilla, en el suelo. El perro que como por arte de magia se había materializó a mi lado nos lamía la cara por turnos a Sara y a mí.
Esta vez fue el Felimbre sonriente el que habló.
— Tinsel primero debes curarte – luego señalándome añadió – y él necesita descansar.
— Todos tenemos que descansar – agregué yo. No fueran a pensar que era el más blandengue
El tal Tinsel nos miro uno a uno deteniéndose más tiempo en mi persona, y debí darle verdadera lástima porque accedió a descansar unos minutos. El Felimbre que portaba el arco se arrodillo a su lado, no pude ver lo que hacían pero al cabo de unos minutos las dos mitades de la flecha estaban tiradas en el suelo.
— Creo que no me he presentado – el Felimbre sonriente se sentó a mi lado acariciando el lomo del perro – mi nombre es Ansel.
— Gracias por ayudarnos allí arriba Ansel – de cerca pude ver bien sus facciones - si bien la piedra no te hace justicia.
Me devolvió la mirada con el ceño fruncido
— Os ha enviado Maestre ¿verdad? – pregunte
Asintió
— En la cueva donde hablamos con él había unas representaciones vuestras en piedra – aclaró Sara
Volvió asentir con su cándida sonrisa y siguió con las presentaciones
— El que esta junto a Tinsel se llama Iles y el nombre del que lleva un blasón en la frente es Murik
— ¡Ha bueno! – Exclamé como si me acabase de revelar el secreto de las pirámides - mi nombre es Roberto y ella se llama Sara.
Sentí como los ojos de Ansel se posaban en el colgante, y para no tener que contestar a posibles preguntas me concentré en observar la escena que se desarrollaba frente a mí. Murik se acercó a Azcel y Ambio, sacó algo de un saquito colgado al cinto y se lo entrego, luego se dirigió con paso decidido hacia nosotros.
— Bueno muchacho de lo que nos hemos librado – dijo en tono alegre.
Su rostro estaba tan arrugado como una pasa y el bigote completamente blanco, pero sus ojos se movían incansablemente dentro de las cuencas, mirarle fijamente conducía a un tremendo mareo
Abrió de nuevo la bolsa y saco un pedazo de roca gris. La partió en dos trozos, el mío más grande por cierto, y nos lo entregó.
— Vamos coméroslo – dijo pero al ver que no hacíamos más que observarlo con el entrecejo fruncido añadió – os ayudará a recuperar fuerzas
Con los ojos cerrados me lleve la piedra a la boca, que contra todo pronóstico estaba buena, tenía un sabor muy parecido a melocotón, aunque un poco más amargo. En cuanto la grisácea sustancia se deshizo en mi boca sentí como a mí alrededor todo se aclaraba y con cierta gratitud comprobé que las piernas dejaban de temblarme. Mire a Sara, ella también parecía haberse recuperado, al menos su pelo volvía a ser el único de color rojo.
Ansel se acababa de tomar su trozo cuando se fijó en mi hombro.
—Menudo corte tienes ahí – no fui lo suficientemente rápido y antes de poder evitarlo ya estaba hurgando en la herida, produciéndome un dolo insoportable.
— Todos tenemos heridas – inconscientemente mire las manchas moradas de la sangre seca que se veían en los brazos de Sara – y casi no me duele — mentí.
No le dio tiempo a protestar porque en ese momento Tinsel se puso en pie, y sin pronunciar palabra comenzó la marcha. Todos los demás le seguimos en silencio. Iles el único de los cuatro Felimbres con quien todavía no había hablado se acerco a nosotros, bueno más bien al perro que trotaba entre Sara y yo. Sin duda era el más joven de los cuatro Felimbre. Su terso rostro contrastaba de manera cortante con las arrugas de Murik y también lo hacía su actitud pues mientras el primero se había comportado de manera jovial, este al llegar frente a mí inclinó la cabeza todo estirado, sin que un solo músculo de su cara se moviera lo más mínimo.
_ Gran perro – dijo aún inclinado - estamos a punto de salir y le pediría que me hiciera el honor de acompañarme a inspeccionar el terreno.
A mi tal comportamiento no se por que pero me hizo gracia y tuve que contenerme para que no se me escapara la risa floja. Esperaba que el felimbre no lo hubiera notado, auque si lo hizo no lo demostró.
El perro me miro
_ Estoy bien – refunfuñé, empezaba a mosquearme tantos desvelos hacia mi persona, leches ni que fuera de cristal.
El “a punto” de Iles se convirtió en una caminata de hora y media por un terreno lleno de baches húmedos y oscuros. Aunque lo más angustioso de todo era no apreciar como corría el tiempo, en más de una ocasión me sorprendí mirando la masa oscura que era mi reloj. Hasta que a la vuelta de un recodo pude distinguir la claridad del temprano sol mañanero.

capítulo IX

9

General Somred




Había trascurrido cinco minutos desde nuestra partida de la casa de juego y el túnel parecía no acabarse nunca. Azcel encabezaba la marcha, ya que el túnel estaba protegido con barias rutas que conducían a callejones sin salida, no eran trampas muy efectivas pero conseguían que el perseguido ganara tiempo. Por fin, unos metros más allá pude distinguir la claridad que se filtraba a través de una trampilla deteriorada.
El túnel desembocaba en un cobertizo a unos veinte metros de la casa de juego, y aún a esa distancia podía escuchar el zapateo de los soldados al pasar, como si estuvieran desfilando en la mismísima puerta, hasta que al acercarme a la entrada me di cuenta de que eso era lo que realmente estaba pasando. Salimos sigilosamente por un ventanal que daba a una calleja estrecha y tenebrosa y nos escabullimos entre la sombra. Pero nuestra huída no duro mucho pues en la siguiente esquina vimos venir a un pelotón de unos diez hombres al tiempo que a nuestra espalda podíamos escuchar a otro grupo acercándose.
Apagamos la luz del farol que iluminaba la calle y esperamos a que se acercara el primer pelotón escondidos entre las sombras, si éramos rápidos podíamos deshacernos de ellos antes de que se acercarán los soldados que teníamos detrás. Esmile me paso un cuchillo que rechace, pues no sabía como utilizarlo y solo me estorbaría. Si tenía que luchar sería cuerpo a cuerpo, además Sara estaba junto a mí y eso le daba a cualquiera una poderosa seguridad.
En cuanto llegaron a nuestra altura nos abalanzamos sobre ellos. Ambio y Esmile acabaron con los dos primero con sendos golpes, una estocada directa al corazón que atravesó la cota de cuero. Pero para cuando los demás quisimos atacar todos los soldados habían desenvainado. Uno de los soldados con la espada por delante acometió contra Calson que era el que tenía más cerca, este la desvió con un golpe seco y atacó clavándose la punta de su espada en el pecho del otro. En otra parte de la calle, Ricio entrechocaba su espada con barios soldados, al tiempo que Tirós remataba a otro. Entre tanto Sara se entretenía esquivando estocadas mientras buscaba algún hueco para golpear. En uno de los ataques fingió resbalarse y cuando el confiado soldado levanto su espada ella le pateó el pecho desprotegido. El soldado dejo caer su espada y se llevó los brazos al pecho mientras abría desmesuradamente la boca intentando llenar de oxígenos sus pulmones, pero ella no ceso de golpearlo hasta que este cayó redondo al suelo.
Azcel y yo luchábamos en la esquina que unía esa calle con otra. Me enfrente a uno de los tres soldados que todavía quedaban en pie. Con un giro me coloqué a su derecha e intente quitarle la espada de una patada, pero el hombre fue más rápido y se apartó justo a tiempo colocándose a mi espalda. Escuche el siseo del filo de la hoja al pasar junto a mi oreja, que no corto de un tajo porque ya me había agachado, y así en cuclillas me lance sobre él. Los dos rodamos por el suelo hasta quedar bajo la luz de uno de los faroles que iluminaban la calle adyacente. Nos levantamos de un salto y volvimos a quedar uno frente al otro. Entonces ocurrió algo muy raro, el soldado envaino la espada, renunciando a su ventaja, y se preparo para luchar cuerpo a cuerpo. Me lanzo un golpe bajo al estómago, que no conseguí esquivar, seguido de un buen derechazo a la mandíbula. Los dos golpes consiguieron hacerme perder el equilibrio y caer de nuevo al suelo, pero reaccione a tiempo y cuando el soldado se inclino para agarrarme, yo le propine una patada en las costillas y después un buen golpe en la nariz, que se rompió con un chasquido. Sin darle tiempo a recomponerse le ataque con una serie de golpes no muy bien dirigidos pero efectivos. No tardo en volver a desenfundar la espada pero en esta ocasión yo fui más rápido y le asesté una buena patada, la espada voló por lo menos a dos metros de nosotros. Completamente agotado le aseste el último y definitivo puñetazo que le mando derechito al mundo de los sueños.
— ¿Estás bien?- preguntó Azcel, a sus pies yacía el soldado que se había enfrentado a él.
— Eso creo – me dolía la patada en el estómago pero era un dolor pulsante que poco a poco iba disminuyendo.
— Pues vamos.
Nos reunimos con los demás en el callejón donde Tirós vendaba de forma apresurada un corte en el brazo derecho de Ricio, y Sara luchaba por recuperar el aliento apoyada en la pared. Muy cerca, los gritos de alarma de la segunda patrulla, alertados por la refriega, tronaban en la noche atrayendo a todos los soldados que estuvieran en un kilómetro a la redonda.
— Hay que salir de aquí o pronto estaremos rodeados – dijo Esmile.
— Seguidme se donde podemos escondernos – afirmó Azcel.
La loca carrera en pos del propietario del local de juegos nos llevó hasta una calle larga, estrecha y sin salida pues al fondo la cegaba la muralla sur. Por un momento se me pasó por la cabeza que al final Azcel nos había conducido a una trampa y me sobrevino el impulso de agazaparme en un oscuro rincón. Pero entonces se detuvo ante un grupo de peñas que los constructores de la muralla habían decidido incluir en la edificación en vez de rodearla, y empezó a tantear con las manos.
— Aquí está la entrada – dijo y tras apartar un telón camuflado como roca desapareció.
Le seguimos hasta una pequeña cueva que había sido acondicionada como vivienda. El propietario después de superar la sorpresa por nuestra acelerada entrada se preparó para defender su territorio con la espada bien en alto.
— Tranquilo Phonso soy yo – lo apaciguo Azcel – necesitamos que nos escondas por un rato.
El anciano dejo la espada encima de la envejecida mesa y se sentó al lado con la mano bien cerca de la empuñadura. Nos invitó a sentarnos pero como no había suficientes sillas (ni espacio), la mayoría nos quedamos de pie.
— Así que eres tú el que está armando tanto alboroto – señaló a las espadas manchadas de sangre – por lo visto esta noche has decidido divertirte un poco.
— Tranquilo viejo, básicamente está todo controlado – luego me miró y añadió – solo tenemos que encontrar la manera de entrar en el palacio del Mariscal.
No sé si fue por el cansancio o por la sorpresa pero los huesos de las piernas de repente se hicieron de plastilina, y si no llega a ser porque estaba apoyado sobre la pared de la cueva me hubiera caído redondo.
— Y ¿por qué demonios debemos ir allí? – Preguntó Esmile leyéndome el pensamiento.
— Porque la entrada a los túneles está allí – contestó Azcel muy tranquilo luego añadió – en aquellos tiempos la ciudad no era más que una pequeña aldea y el lugar en donde ahora está situado el palacio era el salón de reuniones.
— Genial, esto se pone cada vez más interesante, nunca podré decir que me abu... - el ruido de los chicos del Mariscal impidieron que Sara terminara la frase.
Un silencio sepulcral se apodero de la cueva, incluso el ruido que hacía al respirar me parecía demasiado fuerte, pero mis pulmones (que son muy sabios) me mandaron un mensaje en forma de pinchazo, que me decía claramente – oye o empiezas a respirar o vas a tener problemas –
Ambio fue el primero en hablar una vez hubo pasado el peligro.
— Si queremos entrar en el palacio lo primero que tenemos que hacer es despistar a las patrullas, Ricio y tiros seréis los señuelos ¿creéis que podéis hacerlo?
— Si, ya verán, estarán dando vueltas hasta el amanecer – contestó Tirós
_ Solo el tiempo que tardemos en llegar al palacio y no corráis riesgos inútiles – agregó Esmile con el ceño fruncido.
— Y cómo vamos a entrar en el palacio.
— Ya veremos la forma cuando estemos allí – continuó Ambio
— Oye Azcel ¿no habrá algún túnel que nos lleve hasta el palacio? – preguntó esperanzada Sara.
— No muchacha, pero deberían hacerlas, en cuanto tenga ocasión se lo propondré a su excelencia – contesto riéndose.
El plan era sencillo, Calson, Esmile, Azcel, Ambio, Sara y yo debíamos esperar unos diez minutos ante de salir de la cueva, ese era todo el tiempo del que disponían Ricio y Tirós para conseguir alejar a tantas patrullas como pudieran de la zona. Mientras esperábamos impacientes a que se consumiera el tiempo, Phonso, supongo que para hacer mas relajada la espera, sacó de un viejo arcón una botella de licor que Azcel no dudo en catar, el resto de los presentes teníamos completamente cerrada la traquea.
El palacio estaba ubicado en una colina, desde donde dominaba toda la ciudad. Era una casa enorme de aspecto señorial completamente amurallada. En los alrededores no había ningún otra edificación, así que era prácticamente imposible acercarse sin ser visto, o lo habría sido en cualquier otra noche, porque por suerte en esta la mayoría de los saldados estaban cazando fantasmas por las calles de la cuidad.
Llegar hasta la puerta sin ser detectados había sido relativamente fácil, solo tuvimos que esquivar más de una docena de patrullas. Lo difícil ahora era superar a los cinco hombres que vigilaban la entrada. Con una señal Ambio nos indicó que esperáramos mientras él y Esmile se acercaban sigilosamente a los vigías. El combate fue corto. Los dos atacaron a la vez cubriendo ambos lados de gran puesta amurallada. Con la primera estocada Esmile derrotó a dos de los desprotegidos hombres y consiguió terminar con el tercero antes de que diera la voz de alarma. Enfrente Ambio derrotaba al último de los soldados mientras su primer adversario se desangraba a sus pies. Por último apoyaron los cuerpos en la pared de tal forma que el que echara una hojeada desde el interior de la casa no se diera cuenta del repentino fallecimiento de sus vigilantes.
Nada más traspasar el pórtico nos recibió un gigantesco patio empedrado y el murmullo de voces que se dirigían hacia donde nosotros estábamos. Corriendo recorrimos el patio en penumbra hasta llegar a lo que identifiqué (por su nauseabundo olor a caballo) como las caballerizas, pero las voces, que correspondían a tres hombres, parecían seguirnos y pronto se hicieron entendibles.
— ¿Cómo que se han escapado?
Esmile acurrucada a mi lado de pronto puso todos sus músculos en tensión y su mano agarró veloz la empuñadura de su espada desmontable, y aunque no sabía quien era ese tipo no me pareció una reacción exagerada pues la voz del hombre era tan brutal que sin ningún esfuerzo conseguía que te mearas en los pantalones de puro miedo.
— Mi general – balbuceo el segundo hombre.
Bueno ya sabía quien era, el temido General Somred
— Tengo a todos mis hombres recorriendo cada centímetro de la ciudad y todas las puertas de la ciudad están cerradas y muy bien vigiladas, tarde o temprano les encontraremos no pueden escapar – dijo dando un paso hacia atrás.
— Por tu bien espero que así sea – el general Somred le agarró por la solapa de su coleto de piel y le atrajo hacia si para después soltarle con un empujón. El hombre tropezó con sus pies antes de caer de culo. Tras levantarse salió de allí tan deprisa como pudo.
El tercer hombre espero hasta que el otro se hubiera alejado para hablar por primera vez.
— General Somred le agradecería que mientras permanezca usted invitado en mi palacio – acentuó mas esas última palabras – se comporte como una persona no como un animal.
— Mi querido Mariscal mientras yo este en esta ciudad usted será el invitado en este palacio, suponía que eso había quedado claro.
Y sin más se fue siguiendo los pasos de su subalterno. El Mariscal aguardó un instante, que aprovecho para maldecir al general y a toda su familia, antes de seguir al otro hombre.
Cuando fue seguro los demás salieron de sus escondites. Yo por el contrario tarde lo mío en conseguir mover las piernas completamente acalambras. Esmile parecía más relajada ahora que el general se había marchado aunque seguía agarrando fuertemente la espada.
— ¿Dónde está la entrada? – preguntó en susurros Calson.
— En el salón de audiencia, creo – respondido Azcel también en susurros
— ¿Crees? ¿Cómo que crees?, ¿Es qué no estas seguro? – pregunto Sara alzando la voz.
Azcel simplemente se escogió de hombros y sonrió
— Bueno siempre podemos recorrer el palacio hasta encontrarla, seguro que si lo pedimos amablemente nos dejarán husmear – añadí yo.
— ¡Basta ya! – Ambio salió y dio una vuelta completa al establo – despejado – dijo.
— Busquemos primero en el salón ¿podrás reconocerla si la ves? – preguntó Calsón.
Este asintió con la cabeza.
Llegamos a una zona del patio repleto de árboles frutales junto un muro del palacio, desde allí pude ver con claridad la casa. Estaba diseñada para asemejarse a un castillo. La parte central del palacio, de no más de tres pisos de altura, poseía en su base una estructura cuadrada, pero según aumentaba la altura, el edifico se iba estrechando hasta acabar en una única estancia circular. De cada esquina surgían sendos pasillos que llevaban a cuatro torres circulares, que se igualaban en altura con el espacio central.
Conseguimos llegar hasta una de las ventanas de la planta baja sin ser visto, detrás solo había un amplio y lujoso vestíbulo. Varias lámparas iluminaban una escalera engalanada con alfombras negras, que terminaba en un rellano coronado con el escudo que viera en los edificios públicos de la plaza esa mañana. A la derecha de la escalera pude distinguir una pequeña puerta que prácticamente se confundía con la pared, y a medio metro otra un poco más grande. Colgados en el espacio entre las puertas había algunos cuadros, todos retratados de hombres que sin duda pertenecían a la misma familia pues todos tenían como común denominador una nariz aguileña y una mira inteligente.
Nada más entrar en el frió vestíbulo vino a mi nariz un olor muy desagradable, como a repollo podrido, proveniente de la pequeña puerta que justamente en ese momento comenzaba a abrirse. Solo nos dio tiempo a sacar las armas (aquellos que las tuvieran), antes de que la puerta se abriera completamente y de ella saliera una muchacha muy joven, prácticamente una niña, sosteniendo en sus manos una pesada bandeja. La sorpresa fue mutua, pero en la cara de la muchacha además de asombro había miedo. Sin dudarlo nos lanzó el apestoso contenido de la bandeja (con la bandeja incluida), mientras intentaba volver a salir por la puerta ya cerrada. El estrepitoso ruido resonó en cada rincón del vestíbulo vacío y para mí que también en todo el palacio.
Azcel fue el primero en reaccionar, sujetó a la muchacha cuando esta consiguió agarrar la manilla y la arrastró hacia el interior de la habitación que había detrás. A toda prisa intente tapar el estropicio empujándolo todo tras la puerta mientras Sara volcaba no sé que de una mesa cercana. No había dado la última patada a la bandeja cuando Esmile nos lanzo literalmente a la habitación justo cuando dos soldados aparecieron en el rellano de la escalera.
La gruesa puesta sólo nos permitía escuchar voces atenuadas y entrecortadas, imposibles de distinguir, hasta que el ruido cesó. Ambio esperó unos minutos más antes de entreabrir la puerta suavemente, luego con igual cuidado la volvió a cerrar.
— Se han ido y han cerrado la ventana – lanzo una preocupada mirada a la muchacha que seguía debatiéndose en los brazos de Azcel – por ahora nos hemos salvado.
También yo miraba a la muchacha, en sus ojos llorosos y enrojecidos solo se podía ver miedo. Un miedo que se convirtió en pánico cuando vio aparecer una daga en la mano de Azcel, y cuando sintió la fría hoja en su cuello comenzó a patalear desesperadamente. Una de las patadas me dio de lleno en la espinilla cuando intentar acercarme, así que cargue mi arco y apunte a la cabeza de Azcel.
— Quítale el cuchillo del cuello ahora mismo – para mi sorpresa la voz me sonaba serena y firme.
No lo aparto pero tampoco siguió apretando, la mujer también parecía haberse calmado. Azcel le dirigió una peculiar mirada a Ambio, como solicitando su ayuda, pero este solo inclino a un lado la cabeza. Luego volvió su mirada hacia mí, por fin había desparecido la expresión de seguridad de su rostro.
— Si la dejamos viva corremos peligro – presionó un poco más hasta que un hilillo de sangra surgió de la herida
Yo tense el arco hasta llevarlo al máximo, con lo que paro de nuevo.
— Correré el riesgo, por favor quítale el cuchillo.
Con una sacudida hizo girar a la chica. Lanzo el cuchillo al aire, lo volvió a coger por la hoja y la golpeo con el mango. La muchacha cayó inconsciente al suelo.
— Ya puedes bajar el arco muchacho – sus labios se curvaron en una sonrisa torcida.
Sara que había permanecido toda la escena detrás de Azcel, por si tenía que atacar, se puso ahora a mi lado.
_ Te has portado caballero andante – me susurró las palabras tan cerca del oído que podía sentir su respiración.
También yo sonreí, la primera vez en mucho tiempo.
Salimos de la habitación y regresamos al vestíbulo. Justo en frente, tras subir cuatro elaborados escalones, había una magnifica puerta labrada en oro y plata.
— La sala de audiencia espero – dijo Sara.
— Estas en lo cierto señorita – corroboró Azcel – entremos.
La estancia en donde nos encontrábamos era igual o más grande que el vestíbulo y completamente circular. Parecía estar vacía, a excepción de un único asiento, bien parecido a un trono, en el fondo de la sala, y colgado encima un gran cuadro. Quedaba claro que el retratado no era de la familia, ni siquiera era humano. Le salían pinchos por todos los miembros del cuerpo y sus ojos eran de un negros ponzoñoso que incluso dibujados transmitían maldad. No me hizo falta preguntar para saber quien era. Aunque sus ojos conseguían que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo no podía apartar la mirada, me sumergían más y más en la sugestiva oscuridad. Me concentré como no lo había hecho en mi vida y conseguí por fin cerrar los ojos, pero cuando los volví a abrir ya no estaba en la habitación. En vez de rodearme las paredes circulares del salón del Mariscal lo hacía una tranquilizadora luz azulada acompañada de una dulce canción sin letra, y de alguna manera ahora sujetaba el colgante que parecía increíblemente grande si lo comparabas con mis manos. Alguien me estaba susurrando al oído con un aliento cálido, pero por mucho que miraba a mí alrededor no vi a nadie, aún así el mensaje era increíblemente claro.
— Tenemos que salir de aquí – grite.
Volvía a estar en el salón de audiencias frente al retrato de Demsoger aunque todavía resonaban en mi mente las palabras de aviso
Todos permanecían quietos mirándome, Esmile y Sara tenía el ceño fruncido.
— Hay que salir de aquí pitando – repetí ya más calmado.
— Eso intentamos muchacho y nos vendría bien tu ayuda para encontrar la dichosa entrada – dijo Azcel volviendo a buscar entre los ladrillos de la pared de detrás del trono
— No maldita sea, saben que estamos aquí – sin pararme a ver su reacción me acerqué a una de las ventanas. Afuera estaba totalmente oscuro. Esmile todavía con el ceño fruncido también se acerco a mirar, cuando volvió a mirarme su expresión había cambiado, estaba a caballo entre el asombro y la preocupación.
— Estamos rodeados – dijo a los demás
Ambio, que por alguna razón no parecía sorprendido, tomo las riendas de la situación.
— Esmile, Sara utilizar las cortinas e intentar sacar el mayor número de antorchas – le lanzó a Sara el cuchillo que llevaba al cinto – procurar que los de fuera no se den cuenta, cuando hayáis terminado prenderlas y pasárselas a Roberto – mirándome añadió – lánzalas lo más separadas que puedas la una de la otra, hay que iluminar el mayor espacio posible – se volvió hacia el trono - Calsón ayúdame a mover este armatoste - ya al lado del trono se dirigió a Azcel que seguía detrás – si aprecias tu vida encuentra esa maldita entrada, no podremos resistir mucho tiempo.
Pero este no le miraba, observaba el hueco que había dejado el trono con una sonrisa de oreja a oreja.
— Amigo mío ya lo he hecho, me...
Le interrumpió el ruido le las puertas al abrirse bruscamente. Desde el marco de la puerta nos observaba el general Somred, y detrás de él se podían ver a una veintena de soldados.
— Baja ese arco muchacho que alguien puede salir herido – caminó tranquilamente hasta el centro de la habitación – y no queremos eso ¿verdad?
Mantuve el arco tenso apuntando a su entrecejo todo el tiempo. Los soldados, la mayoría armados con espadas, entraron en la habitación cubriendo todas las salidas posibles, a excepción de una.
— Muchacho tozudo – desenvainó su espada y con un suyo quince soldados se adelantaron, manteniéndose el resto en sus puestos junto a la puerta y ventanas – intentas enfrentarte a mí.
No sé si me lo decía a mí, pero fue Esmile la que se coloco frente a él con la espada montada. Somred lanzó tal carcajada que hasta el aire tembló.
— Si, esto está mejor.
La expresión de Esmile era de autentico odio cuando se lanzo al ataque. El general tubo que sudar lo suyo para esquivar sus golpes, pero en cuanto hubo afianzado los pies fue él quien ataco, con estocadas que solo eran eludibles con la extraordinaria agilidad de un Felimbre. El entrechocar de espadas duró unos minutos más y luego volvieron a quedar frente a frente vigilando cada movimiento.
— No esta mal para ser un despreciable gato – dijo el general casi sin aliento – aunque creo que es hora de terminar.
Pero no atacó, mantuvo la espada baja muy cerca del cinto con una sonrisa de desprecio en la comisura de los labios.
— Un miserable gato, como todos los de tu especie, nunca será rival para mí.
Esmile se lanzo al ataque llevada por la rabia, medio girando, saltó a matar. El general también giro, de tal manera que Esmile acabo dándole la espalda. La sonrisa del general Somred se hizo más amplia según su espada bajaba, pero desapareció cuando un destello metálico paro la estocada, y se transformo en mueca al darse cuenta de la trampa. Esmile se volvió con la espada en una mano y una daga en la otra, y sin consideración alguna acometió contra el vientre desprotegido del general, pero la cuchillada no le alcanzó porque este, viendo lo que se le avecinaba, salto hacía atrás.
Esmile volvió a atacar una y otra vez mientras que el grandioso general retrocedía parando estocadas a diestro y siniestro, hasta que la pared le acorralo. Somred en un movimiento desesperado intento un ataque frontal que Esmile esquivó con rapidez, pero no pudo eludir el golpe del cuchillo, que por arte de magia había aparecido en su mano izquierda, hiriendo a la Felimbre en un hombro, pillada por sorpresa soltó la espada, momento que aprovechó el general para lanzarle una serie de estocadas que a duras penas pudo para con la pequeña hoja de la daga.
Somred relamiéndose lanzó una estocada baja que solo se podía parar inclinando el cuerpo y dejando el cuello al descubierto; la punta de la espada paro a escasos centímetros del cuello la Felimbre.
— Bien muchacho – dijo casi sin aliento y sin apartar la vista de su presa – o bajas el arco o la mato.
Lo baje.
— Ahora tíralo, tirar todas las armas.
Varios hombres se acercaron, nos rodearon y agarraron, echando inexplicablemente a un lado a Sara de un empujón.
— Traédmelo – ordeno a los dos hombres que me sujetaban.
A empujones me llevaron hasta el centro de la habitación junto a Esmile. La mire pero sus ojos seguían fijos en el general, ni siquiera opuso resistencia cuando uno de los soldados la maniató. Pero Somred ya no la prestaba atención, me observaba con mucho interés, con la punta de la daga sacó el colgante de debajo de la túnica, luego se llevo la mano al cinto y sacó una moneda de plata que dejo caer al suelo.
En un instante la habitación se lleno de un espeso humo negro, que rodeó la zona donde había caído la moneda, y cuando la humareda aclaro, pude ver la cabeza del demonio mas odiado y temido.

jueves 5 de febrero de 2009

capítulo VIII

8

La ciudad de Paranfor




En el amanecer del quinto día de viaje pudimos ver las murallas que rodeaban la ciudad de Paranfor.
— Al mediodía llegaremos a la puerta Oeste – anunció Ambio - seguro que habrá centinelas en la entrada y si os ven con esas pintas lo más probables es que tengamos problemas, y en el improbable caso que pasamos ante ellos corremos el riesgo de ser delatado en la ciudad.
Esmile y yo habíamos discutido un par de veces sobre si sería conveniente que Sara y yo entráramos en la ciudad. Algo me decía que no era buena idea, supongo que el sentido común. Pero Esmile se negaba tajantemente a dejarnos solos fuera de las murallas y alegaba que no era conveniente que nos separamos. Así que con santa resignación cambié mi ropa de los domingos por una vieja túnica de Esmile, que me estaba larga. Sara no estuvo dispuesta a renunciar a sus levis y solo consintió ponerse la túnica por encima
La puerta Oeste era en realidad un portón de doble hoja tan alto como un edificio de dos pisos y enormemente ancho, tanto que no se me ocurre con que compararlo. Las dos hojas estaban abiertas de par en par, para poder abarcar la enorme afluencia de carromatos, grupos de jinetes y viajeros solitarios que acudían a la ciudad.
La mayoría eran campesinos o ganaderos de las aldeas próximas que venían a vender sus productos al mercado. Eran personajes fáciles de distinguir, ropas desgastadas, pequeños carromatos (llenos hasta rebosar) mas desgastados aun si cabe, y en sus rostros expresiones de preocupaciones y desanimo, incluso de miedo, sobretodo al pasar delante de los cuatros guardias armados hasta los dientes, y con cara de pocos amigos, que vigilaban la puerta. Parecían tener ganas de bronca aunque hasta ahora no habían detenido a ninguna caravana. Cunado nosotros pasamos ante ellos nos miraron con cierto interés pero no hicieron nada por detenernos.
Nada más entrar me llegó un olor nauseabundo parecido al tufo que hay en los vertederos clandestinos. Intenté no respirar fuerte porque el olor llegaba a metérsete en la garganta, y si lo dejabas corráis el peligro de que llegara al cerebro. Ricio sentado a mi lado se reía sin parar
— Tranquilo muchacho te acostumbrarás
— Lo dudo mucho — dije tapándome la boca con las manos en un intento desesperado de respirar
Encogió los hombros como diciendo – tu mismo -
Seguimos avanzando recorriendo las callejuelas empinadas y sucias de la ciudad hasta que llegamos una plaza. En el centro había una fuente y al lado un abrevadero donde bebían tranquilamente barios caballo. La plaza estaba rodeada por barios edificios públicos, los escudos en el frontal de la puerta los delataban. Todos los escudos eran diferentes aunque tenían un nexo en común, en el centro había un dragón y una serpiente entrelazada. El escudo del edificio de enfrente, que era el más grande de todos, tenía además una banda rodeando al dragón y a la serpiente, y en ella había escrito algo que no lograba ver bien.
Entre los edificios públicos había barias edificaciones más pequeños que se encargaban de quehaceres más comunes como por ejemplo un establo o una taberna. Ambio bajó de un salto del carromato y se dirigió hasta la taberna que se llamaba la Espada Veloz.
— Abrid – gritó aporreando la puerta.
Tuvimos que esperar un rato hasta que un individuo de aspecto tosco y desaliñado abriera.
— Por fin habéis llegado – dijo cuando se hubo habituado a la luz del sol - os esperaba ayer ¿es que no sabéis cumplir un acuerdo? por esto os reduciré el cinco por ciento del precio inicial.
Ambio desenvainó la espada con tanta rapidez que el hombre no se dio cuenta de que la tenía clavada en el cuello hasta que un hilillo de sangre corrió por su pecho. Seguro que cuando el tío le puso el nombre a la taberna lo hizo pensando en Ambio
— Bueno no es para ponerse así, todo se puede discutir.
— No hay discusión que valga, nos pagará lo acordado – y hundió un poco mas la espada en la carne.
— Claro, pero si no me sueltas no puedo pagarte amigo.
— Claro – Ambio bajo la espada pero no la envainó – te acompaño no vallas a perderte por el camino, amigo - y se perdieron en la oscuridad del local
Entre tanto en el lado de la luz, los demás nos encargamos de descargar todos los barriles y llevarlos a la entrada del local.
Una vez cobrado el dinero por el transporte de los barriles de licor, fuimos a un establo donde vendimos los tres carros y los bueyes a un precio razonable, gracias en parte al arte negociador de Ambio y su espada.
— Ahora nos falta abastecernos de provisiones – dijo Esmile que desde que había entrado en la ciudad se había convertido de nuevo en el encapuchado.
— Ya que vamos al mercado podemos ir a un local que conozco. Ya veréis sirven el mejor licor de la región y también un excelente guiso de cordero –dijo Tirós
Llegar hasta el mercado era fácil incluso para alguien que no fueras del lugar, incluso aunque no fueras de este mundo, solo tenías que dejarte guiar por el ruido y el mal olor que, según te ibas acercando, aumentaba hasta hacerse insoportable.
Primero fuimos a lo que sin duda era el mercado de bestias, donde barios grupos de animales de diferentes especies (unos conocidos y otros no tanto) pastaban tranquilamente en media docena de cercas. Pasamos delante de la cerca de los animales de carga, entre los que había algunos bueyes solitarios y algo que se parecía a un elefante pero sin trompa. Lo que si tenía el animalejo, y muy bien puestos, eran dos cuernos que podrían despedazar a un hombre con dos pasadas y sin despeinarse los cuatro pelos del cogote. En otra cerca un grupo de unos tres ciempiés gigantes dormitaban hechos una pelota,
— Se llaman excavadotes - dijo Tirós al verme mirándolos – y son animales muy apreciados por los mineros.
Al pasar delante de una tapia de piedra escuché al otro lado un zumbido semejante al de una colmena, intrigado comencé a escalar la tapia pero cuando estaba llegando a lo alto Ricio me agarro del cinto obligándome a bajar.
— Muchacho no seas cotilla
— ¿Qué hay detrás?
Con el dedo me indico que le siguiera. En uno de los laterales del cercado había una trampilla, la abrió y mire. Aunque al principió no conseguí ver nada, cada vez escuchaba más cerca un mareante zumbido. Incline la cabeza para poder ver la parte del recinto que permanecía oculta, y entonces lo vi. Era un enorme abejorro con alas membranosas con las que se mantenía suspendido en el aire y antenas como satélites. No tenía las tradicionales franjas amarillas alrededor del cuerpo, al contrario, su pelaje era completamente negro, y de sus largas patas salían hilos finos y traslúcidos.
— ¿Por qué encierran a una simple abeja en un cercado de piedra? – como respuesta el bichejo se abalanzó sobre la ventana, y en un instante los hilos finos y traslúcido de sus patas se colaron por la abertura y se me enroscaron en el cuello. Quise quitármelos de encima pero a pesar de su apariencia aquellos hilos eran tan fuertes como la más gruesa de las sogas y a cada instante apretaba más y más mi cuello. Mientras yo luchaba contra las cuerdas asesina Ricio introdujo una vara larga y metálica (sacada de no se sabe) por la ventanuco, entonces la vara comenzó a vibrar y de repente el bicho me soltó.
— Por eso – dijo.
Cerramos la trampilla y sin pronunciar palabra nos reunimos con los demás que ya se acercaban a la zona de los caballos.
— ¿Quieres comprar viajero? – la voz provenía de una muchacha de unos dieciséis años sentada sobre una cerca donde pastaban cinco o seis caballos
— Si, por que no vas a buscar a tu padre – apremió Ambio
— No tengo y tampoco marido – dijo secamente la muchacha - si quiere comprar un caballo hazme una oferta y ya veremos.
Hasta ahora Ambio solo había tratado con hombres, lo que facilitaba su peculiar manera de regatear, pero ante una mujer dicha ventaja se convertía en una desventaja.
— ¿Que pides por esos cuatros ejemplares de allí? – pregunto en un esfuerzo de intimidar a la muchacha, pero esta chica no era de las que se asustaban con facilidad
— ¿Cuanto me ofreces?
Pues no es tonta la niña, no.
— Cinco monedas de oro.
— ¡Cinco! Vamos hombre esos caballos valen por lo menos diez.
— Siete monedas de oro y no ofrezco más
— Ocho o no hay trato – Ambio no contesto y en la boca de la chica apareció una media sonrisa de triunfo, ya se veía en posesión de las ocho monedas de oro que la harían un poco más rica, y el silencio prolongado de Ambio no hacía más que confirmarlo. Lo que no sabía la astuta vendedora era que entre el grupo había alguien mucho más lista que ella.
— Pues no hay trato – dijo Sara, se alzó a pulso y con una agilidad propia de Esmile se coloco sobre la cerca, luego miro a ambos lados
— Podemos ir allí – señaló un cercado apostado un poco más adelante – desde aquí puedo ver buenos caballos.
Una vez hubo puesto los pies en el suelo se dirigió hacia el otro puesto sin mirar atrás.
— No espera – la media sonrisa había desaparecido de repente del rostro de la muchacha – siete monedas de oro y diez de plata.
— Siete monedas de oro – repitió Sara sin detenerse.
— Vale, trato hecho
— Vendremos a por ellos dentro de un par de horas y si por alguna razón no están aquí cuando vuelva tendrás problemas – Sara hizo una pausa y luego añadió – a mi no me importa pegar a una mujer.
Salimos del gentío del mercado de animales para meternos en otro mucho peor. Después de comprar el resto de las provisiones Tirós nos llevó a “El Duende” una taberna de mala muerte situada en la calle más concurrida del mercado. Era un local oscuro solo iluminado por el ventanal del techo y alguna que otra lámpara de gas. Al entrar barios de los hombres apoyados en la barra se giraron pero ninguno nos presto más atención de la debida. Con la misma consideración pasamos ante ellos y nos sentamos en la mesa más apartada y oscura del local. La tabernera vino unos segundos después, era una mujer de constitución fuerte si bien poseía una cara bonita
— ¿Que queréis?
— Tráiganos una gran jarra de aguamiel y un cordero – dijo Tiros.
La camarera se fue y al rato volvió con una gran jarra y siete vasos.
— ¿Cómo sabias que la chica cedería? – preguntó entonces Esmile a Sara
— Bueno mientras Ambio regateaba con la chica me fijé que el vendedor del otro puesto no nos quitaba ojo – interrumpió la historia para beber un trago de su vaso - así que supuse que debían tener alguna que otra rencilla, lance la jugada y me salió bien.
En ese momento regresó la tabernera con el cordeo asado. Comimos y bebimos hasta saciarnos, hablábamos de cualquier cosa menos de lo que haríamos a continuación. Ricio cantó una canción dedicada a no sé que batalla mientras Tirós nos contaba a Sara y a mí la historia de cuando lucho contra una horda de Simos (unos seres irracionales y prehistóricos que viven en los mares Perdido). Ambió escuchaba atentamente la historia de Tiros negando con la cabeza cuando creía que este exageraba. Y Calson subido ya un poco de tono acompañaba a Ricio en la canción que ya llegaba a su fin. Esmile por el contrario parecía ausente, no podía verle la cara ya que tenía echada la capucha pero estaba rígida y su copa seguía intacta.
— ¿Ocurre algo malo? – pregunte con disimulo.
— Hay un tipo sentado en esa esquina ¿lo ves?
Ni siquiera conseguía ver la esquina. La luz de la ventana no llegaba hasta allí y la lámpara, si es que la había, estaba apagada.
— No veo nada Esmile ¿estas segura de que hay alguien?
— ¿Crees que nos siguen? – pregunto Ambio que había estado escuchando la conversación
— No estoy segura pero es posible, entro poco después que nosotros, se sentó en esa esquina y apagó la lámpara.
— Deberíamos asegurarnos – dijo Sara.
— Estoy de acuerdo - dijo Ambio - esto es lo que haremos – Todos escuchaban atentamente aunque Ricio y Calson siguieran cantando (ahora una canción de amor) y Tirós hiciera con que hablaba sin parar – saldremos en grupos escalonados a ver que hace, luego nos reuniremos en la posada El Caminante.
— Me parece una buena idea – dijo Tirós.
En primer lugar salieron Calson y Tirós pero el hombre ni se inmuto. Unos segundos después abandonaron el local Ambió y Ricio con idéntico resultado. Después nos tocó el turno a Sara, a Esmile y a mi.
En cuanto salimos por la puerta echamos a correr mezclándonos con el gentío que deambulaba de puesto en puesto. Era una calle larga y estrecha que terminaba en una pequeña plaza repleta de puesto de comida. De la plaza salían tres caminos, el más cercano era una calleja estrecha y empinada. Un poco más allá, en el otro extremo de la plaza había una calle no tan estrecha y entre medio de los dos unas escaleras solo transitable por gente muy, pero que muy delgada.
En la esquina que unía la plaza con la primera calleja había una tapa del alcantarillado. Con una fuerza sorprendente Esmile levanto la pesada reja de hierro y nos empujo a dentro para luego meterse ella. Unos segundos después apareció por la calle y a la carrera el improvisado escolta. Sin duda era un soldado, no llevaba ningún distintivo a la vista pero su forma de moverse y sobretodo la espada que el llevaba al cinto, descubrían su formación. Al no vernos en la plaza se acercó a un puesto cercano, no podía escucharles hablar desde la alcantarilla, pero tampoco me hizo falta, sabía perfectamente cual era la pregunta. El solícito dependiente le señaló el callejón. Sin prisas el soldado escolta se encaminó hasta la entrada del callejón y permaneció allí quieto escuchando, si le daba por mirar al suelo nos descubriría, pero no lo hizo, siguió caminando muy despacio volviendo la cabeza atrás a cada instante.
Estuvimos esperando dentro de la alcantarilla cinco largos minutos antes de salir. El soldado bien podía estar esperándonos escondidos en la calleja pero yo no aguantaba mas el hedor pestilente que desprendía las aguas residuales de la ciudad (por decirlo finamente). Regresamos por donde habíamos venido. Ya no teníamos el problema de chocar contra la multitud, ella sola se apartaba de nuestro camino mirándonos con repugnancia. Cuando llegamos a la taberna nos escondimos en el callejón que había entre esta y el local de al lado. Estuvimos esperando unos minutos la aparición del soldado, pero este no se presentó.
Lo siguiente fue buscar una fuente o pozo donde poder lavarnos, gracias a dios encontramos un pozo no muy lejos de allí, si llegamos a tardar un poco más mi glándula pituitaria hubiera emigrado a narices mas limpia



El joven soldado llegó ante la puerta de los aposentos del general Somred con la respiración entrecortada pero decidido a entrar, ya no podía echarse atrás, no habiendo llegado tan lejos. La puerta estaba entreabierta, respiró profundamente y entro.
Al entrar no vio a nadie, más estaba seguro de haber escuchado dos voces procedentes de la habitación. Cuando se disponía a examinar el dormitorio escucho a su espalda un silbido, como el ruido que produce una espada al rozar con el aire. Giro rápidamente su cuerpo al tiempo que desenvainaba su espada y aprovechando el impulso del giro lazó una estocada baja, directa al vientre, que el asaltante escondido detrás de la puerta detuvo con suma facilidad. Las espadas chocaron un par de veces más, pero su atacante era mucho más fuerte y el joven soldado acabó tendido en el suelo y desarmado. Sin embargo, en el momento en el que el asaltante se preparaba para rematar el combate, el soldado, que no estaba dispuesto a rendirse tan pronto, propinó una patada al tobillo de su adversario, desequilibrándolo y proporcionándole el tiempo necesario para rodar hasta donde estaba tendida la espada. Para cuando su contrincante recupero el equilibrio el soldado ya estaba preparado para continuar con la pelea.
— No sé si eres valiente o estúpido pero pagarás caro esta osadía – dijo el general Somred saliendo de entre las sombras con la espada apoyada en el hombro,
— Si me matas mi general no sabrás el motivo de mi osadía – la voz del joven se mantuvo firme pues sabía que la información que traía le proporcionaría una recompensa.
— Habla ahora y tendrás una muerte rápida
El soldado envainó la espada
— He encontrado a las personas que buscas.
Somred con la espada todavía apoyada en su hombro cruzo la habitación y con clama se sentó en una silla.
— ¿Como te llamas soldado?
— Sord.
— Bien Sord que tienes que contarme.
— Esta mañana ha entrado en la ciudad una caravana que transportaba licor, es un grupo ya conocido en la ciudad, en total lo componen cuatro hombres y una hembra Felimbre, lo extraño es que esta vez les acompañaba un chico y una chica.
— Descríbemelo.
— Es alto y fuerte con el pelo rizado de color paja, vestía una túnica hecha sin duda para una persona más alta, por ejemplo un Felimbre, y llevaba un arco bastante rudimentario colgado a la espalda. Pero lo más extraño de todo es que tanto la mujer como el chico se movían de forma extraña, como si fueran niños que entrarán por primera vez en una ciudad.
Un resplandor traspasó el cinturón del general Somred, este sin darle importancia preguntó
— ¿Dónde podemos encontrarlos?
— Estuvieron comiendo y bebiendo en la taberna del duende pero allí se separaron, seguí al grupo donde estaba el muchacho y la Felimbre – por primera vez la voz del soldado tembló – pero los perdí
Somred se levantó, y con la espada todavía apoyada en el hombro, recorrió la habitación, cogió una botella de una mesa, se sirvió y volvió a sentarse.
— ¿Dónde?
— En el mercado.
— Eso no te ayuda mucho ¿verdad? ahora podrían estar fuera de la ciudad y tu información, como tu vida no valdrían nada.
— No han salido, he dado ordenes de que me avisaran si eso ocurría, además creo saber donde puedo encontrarlos pero tenemos que darnos prisa sin duda preparaban la partida.



Ambio nos esperaba escondido en la puerta de la posada El Caminante, un edificio de dos pisos de altura construido en ladrillo y piedra.
— Vamos no podemos quedarnos aquí.
— Maldita sea, ya me había hecho a la idea de dormir esta noche en una cama como Dios manda – protesto Sara
Seguimos a Ambio por media ciudad hasta llegar a la zona más pobre, justo a los pies de la muralla sur. Miraras por donde miraras encontrabas mendigos tendidos en el suelo y mujeres de mala vida ofreciendo sus servicios en las esquinas. Nuestro destino final fue un local medio derrumbado y cochambroso llamado “El ladrón” aunque una vez dentro el establecimiento mejoraba bastante. Los techos y paredes que desde fuera parecían apunto de ceder, por dentro estaban enyesados y pintados, y los suelos eran de la mejor madera pulida. Había una larga barra que prácticamente deba la vuelta al local, y del techo colgaban enormes lámparas de cristal que iluminaban cada rincón. Mujeres con poca ropa se paseaban de un lado a otro sirviendo bebidas y ofreciendo otra clase de servicio. Aunque lo que realmente atraía a los asiduos del aguamiel eran las mesas de juego esparcida por todo el local.
Ambio se dirigió a la barra, saludó al barman y subió por una estrecha escalera que había tras unas cortinas de terciopelo con nosotros siguiéndole los pasos. Ya en lo alto dos hombres nos cortaron el paso.
— Déjanos pasar nos están esperando – les ordenó Ambio.
Entonces uno de los hombres pareció reconocerle y haciéndose a un lado dijo:
— Perdón señor Ambio no le había reconocido,
Ricio, Tirós, Calson y un hombre sin identificar nos esperaban en una habitación sentada alrededor de una mesa bebiendo aguamiel.
— Bienvenidos a mi humilde local – dijo el desconocido - me llamo Azcel y estaré encantado de teneros en mi mesa.
— ¿Le seguiste? – preguntó Esmile a Ambio sin tan si siquiera mirar a Azcel.
Aunque la conversación empezaba a no tener sentido, adiviné que Ambio había decidido hacer de escolta de nuestro escolta, eso explicaba la segunda parada a la taberna “el duende”.
— Después de perderos a vosotros – explico – fue directamente al palacio de Preisus donde se hospeda el general Somred
— ¿Estás seguro?
— Si – contestó Azcel – llegó hace dos o tres noches acompañado de diez de sus hombres y nada mas llegar ordenó registrar todas las posadas, graneros o tabernas. Los soldados del Mariscal Preisus tenían órdenes de detener a todos los muchachos de la ciudad – me señalo con la boca de la botella – todos los que tuvieran tu edad.
— Entonces tendremos que partir esta misma noche – apunte yo. La expresión en los ojos de Esmile cuando Ambio había pronunciado el nombre de Somred era de autentico rencor y odio, y no me apetecía nada tener un encontronazo con ese tipo.
— Todas las puertas de la ciudad han sido cerradas, además son vigiladas día y noche por un regimiento de soldados. Por allí es imposible salir.
— Estamos atrapados – gritó Sara
De repente comprendí el error que había cometido al entrar en la ciudad y que por ese error había vuelto a poner a personas en peligro.
— No querida muchachita, no todas las salidas están vigiladas – siguió explicando Azcel - En tiempos de las primeras guerras esta ciudad estuvo gobernada por un gran hombre que mandó construir túneles para poder evacuar a los ciudadanos de manera segura mientras las fuerzas de la ciudad la defendían. Durante mucho tiempo los túneles estuvieron olvidados y sellados, hasta que en la gran guerra fueron reabiertos por las fuerzas de la luz. Hay muy pocas personas que conozcan esta información y entre ellas no se encuentra nuestro querido Mariscal, así que podéis utilizar esos túneles para salir con cierta seguridad. Solo hay un inconveniente... – en ese momento llamaron a la puerta
— Perdón señor pero ya están aquí – el mismo hombre que nos había dado el alto en la escalera asomaba ahora la cabeza por la puerta.
— Bien ya sabéis que tenéis que hacer – respondió Azcel.
No hacía falta que especificaran quienes eran, de un tiempo a esta parte me había vuelto muy perspicaz. Prepare mi arco y busque alguna ventana desde donde pudiera disparar. Hasta ese instante no me había fijado en la habitación. Estaba decorada con un muy buen gusto y mejores materiales, pero, aunque había cortinas colgadas en las paredes, no había ventanas tras ellas. La habitación estaba cerrada a cal y canto. La única salida era la puerta por la que habíamos entrado y lo mismo ocurría en la parte de abajo.
— Volvemos a estar atrapados, si consiguen entrar estamos perdidos.
Azcel sonrió, apuro su último trago y le indico a Calson que le ayudara a apartar la mesa, debajo de la alfombra había una trampilla y detrás de ella otras escaleras.
— Ya ves muchacho, yo también soy un tipo listo.

martes 27 de enero de 2009

capítulo VII

7

Maestre




La misteriosa luz desapareció en el mismo momento en que puse un pie dentro de la cueva, ya solo quedaba la luz del sol y esta de nada nos serviría en el interior
— Crees que debemos entrar.
— No lo se Sara, pero el medallón a reaccionado y creo que eso es bueno.
— Yo también lo creo, lo que pasa es que me da palo entrar ahí, está tan oscuro.
La oscuridad también me paraba los pies, me imaginaba chocando contra paredes de rocas afiladas o cayendo por abismos interminables.
Me adentré todo lo que la luz me permitía y logré distinguir un largo corredor delante de mí, y al parecer nada que pudiera obstaculizarnos el camino. Entonces, al regresar junto a Sara, la vi. La antorcha, o lo poco que quedaba de ella, esperaba colgada de una argolla a que alguien la utilizara.
— Creo que no somos los primeros que entramos aquí – dije mostrándole la antorcha.
— No se porque pero me lo esperaba – me arrebató la antorcha de la mano – no creo que lleguemos muy lejos con esto, está prácticamente consumida.
— La encenderemos solo cuando necesitemos orientarnos, así tal ve nos dure una hora o tal vez dos – no es que fuera mucho pero al menos serviría para acallar eficientemente mi imaginación.
Entramos en la cueva y caminamos pegados a la pared. De vez en cuado encendía la antorcha para asegurarme que todo seguía igual. No habíamos recorrido doscientos metros cuando un soplo de aire proveniente de mi derecha me sacudió la cara, encendí la antorcha y descubrí que la galería se bifurcaba en dos, o mejor dicho un nuevo pasadizo aparecía en la pared derecha de la galería principal.
— Ahora que caminos tomamos.
Mi determinación cedió en ese preciso instante a si que me quite el colgante y lo deje colgando de mi mano.
— Te toca decidir a ti
El colgante empezó a balancearse aunque la corriente que recorría las galerías no era tan fuerte como para provocar tanta inclinación en el ángulo del balanceo. Cuando ya casi había alcanzado la horizontal se paralizó en el aire señalando la galería de la derecha.
— Por la derecha
Sara encogió los hombros como diciendo – tu mismo chaval –
Alumbré el nuevo corredor que era más estrecho y tenía un techo más bajo, pero como en el pasadizo anterior el suelo parecía estar despejado.
— Vamos – seguimos caminando con el mismo sistema de antes.
La galería desembocó en una caverna, y no es que yo sea un experto en geología pero las paredes y suelos e incluso el techo eran tan lisos que no podían ser naturales y el hecho de encontrar otra antorcha colgada de la pared me lo confirmó. A la luz de esta antorcha, que a diferencia de la nuestra estaba entera, pudimos ver que en realidad no estaba sujeta a la pared, si no a la estatua de piedra de un guerrero Felimbre. La sostenía con su mano derecha mientras la mano izquierda descansaba placidamente sobre la empuñadura de una espada. Las facciones eran similares a las de Esmile pero con una nariz más recta y alargada encima de un fino bigote (de gato por supuesto). Aunque lo realmente impresionante eran sus ojos, no importaba mucho que solo fueran de piedra, al mirarlos parecían echar fuego. Me costó bastante sacar la antorcha y como premio a tanto esfuerzo solo conseguí un excelente culatazo.
Seguimos avanzando pegados a la pared, más que nada para poder comprobar lo grande que era la caverna, ya que la iluminación de la antorcha no daba para tanto. A seis u ocho pasos encontramos otra estatua con su respectiva antorcha, finalmente nueve estatuas alumbraban una estancia redonda de aproximadamente quince metros de diámetro. Todas las estatuas representaban a guerreros Filambres en distintas posturas unos en reposo como la primera, otras atacando a un enemigo imaginario o defendiéndose, pero todos radiaban esa mirada de fuego que conseguía ponerme la carne de gallina.
— Me recuerdas que hacemos aquí — dijo Sara.
— Creo que averiguar de donde salía la luz, aunque ya no estoy tan seguro.
En el centro de la estancia había una mesa de roca también redonda (como la del rey Arturo), y en su superficie se podía distinguir barios signos grabados que se asemejaban a los tallados en el colgante. Coloqué el medallón sobre la mesa pero no paso nada. Sara decepcionada lo recogió y lo examino por décima vez.
— No son los mismo – parecía haberme leído la mente – pero se parecen bastante. Mira el primero es una U invertida pero en el colgante además de la U invertida tiene un triángulo recolgando. Todos tiene algo, una pequeña diferencia, además estos son nueve y en el colgante solo hay seis.
— Nueve como el número de estatuas, además fíjate que coincidencia, los signos y las estatuas están alineados, como se cada signo nombrara a una estatua. Oye no se parece esto a una película de Indiana Jones
— Solo espero que no termine igual
— ¿Cómo? ¿Besando el prota a la chica?
— No vicioso, corriendo para no ser aplastado por una pelota de roca gigante, enterrado en arena o lo que es peor rodeado de serpientes – un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Recorrimos cada centímetro de esas estatuas buscando los signos y los encontramos, ya lo creo, y no es que estuvieran muy a la vista, justo en el borde inferior del pedestal que sostenía cada estatua, bien pegadito al suelo. Sin embargo no estaban grabados en la piedra como pensé al principio. Eran más bien tallas que alguien hubiera encajado allí, como esos juegos donde los niños deben colocar las formas geométricas en sus huecos correspondientes. El problema era que el tiempo había hecho de las suyas y los bordes habían perdido definición, además, de alguna forma, se había formado una costra que los había soldado a la roca, gracias a dios había traído mi fiel navaja.
Tardamos un rato pero al final coloqué cada signo sobre su homologo en la mesa. De repente, y sin darnos tiempo siquiera a respirar, surgieron de cada talla fogonazos de luces verdes y amarillas que pronto se hicieron más fuertes y continuas. Fue entonces cuando el suelo comenzó a temblar. La parte central de la mesa se desprendió del resto elevándose por los aires, como si una mano invisible la levantara, y del hueco que resultó surgió una columna de luz azulada y pálida. Y tan rápido como había comenzado, el temblor desapareció. Entonces ocurrió lo más extraño de todo lo que había visto hasta ahora, en la columna de luz comenzaba a definirse poco a poco la silueta de un hombre. No se le veía con total claridad, pero si lo suficiente como para distinguir a un hombre mayor de pelo canoso y cortado al uno. Su piel estaba bronceada o más bien quemada. Nos sonreía débilmente mostrándonos uno diente blancos que por un minuto me recordaron a Antoñete (que tiempos aquellos).
— Bienvenido a casa Roberto.
El hecho de que una figura flotante e incorpórea surgida de una luz (muy bonita eso si) y que además conociera mi nombre me sorprendió, o mejor dicho, me asusto pues eso implicaba que me reconocía y no me lo esperaba, todavía no. Debió verlo en mi cara porque añadió.
— No, no os asustéis, no pretendo haceros daño solo ayudaros a regresar a casa – la figura se desdibujo y volvió a dibujarse pero ahora se le veía con menor intensidad
— ¿Eres Maestre verdad? - Pregunto Sara
La figura clavo su mirada en ella y asintió luego se volvió hacia mi otra vez
— Seguid el libro hasta llegar a su último destino, allí me encontrareis y también la respuesta que buscáis, el tiempo se agota daos prisa – para darle mas suspense a la cosa la figura de Maestre volvió a desdibujarse, aunque esta vez tardó mas en recuperar la forma.
— Espera solo tienes que decirme como podemos regresar a nuestro mundo y ya está. Para eso si hay tiempo – sonrió de nuevo pero esta vez con ganas – si lo que quieres es el colgante tómalo, es tuyo te lo regalo, pero primero déjame llevar a Sara a su casa, luego prometo volver y entonces te llevaré el colgante te lo prometo, te doy mi palabra de honor
— Ni hablar – gritó Sara - si tu té quedas yo también – no quería quedarse se le notaba en la cara, pero también veía en sus ojos pura determinación, o sea que ni dios le hará cambiar de opinión.
— No es tan fácil joven Roberto, primero hay cosas que debes saber y entender, tu padre lo hubiera querido así. Daos prisa y tened cuidado el enemigo también quiere lo mismo y sabe donde estáis – la figura casi había desaparecido, con el último “suspiro” añadió – confiad en las estatuas ellas os ayudarán.
— ¿Que ha querido decir? no pretenderá que nos llevemos las estatuas
— Deja las estatuas y esa estúpida cabezonería tuya ¿por qué no te has querido ir? Maldita sea – en verdad nunca había estado tan enfadado con alguien (a excepción de mi padre) y no hubiera podido callarme aunque lo hubiera querido – no es un juego de ordenador ni nada parecido, es que no has tenido bastante con la pelea de esta mañana tanto te ha gustado.
En ese mismo instante me di cuenta de que me había pasado al menos veinte pueblos. No había pretendido decir eso, ni siquiera lo pensaba, simplemente las palabras salieron de mi boca, como si los labios hubieran pensado por si solos cual sería la mejor manera de ofenderla.
— No me gusto nada, nunca en toda mi vida me he sentido peor, aún así no cambió mi decisión.
Las lágrimas corrían por su mejilla y no hacía nada por ocultarlas. La estreche entre mis brazos para intentar consolarla. Sabía que no era la mejor de las disculpas pero esperaba que fuera suficiente. Ella demostraba una valentía que yo nunca tendría y eso me hizo comprender que nunca sobreviviría en este mundo sin ella, aunque mi orgullo se empeñara en demostrar lo contrario.
— Lo siento, además sin ti no podría haber llegado tan lejos, pero es que no quier... – termine la palabra dentro de su boca que sorprendentemente estaba unida a la mía, no fue un beso apasionado, ni siquiera duro mucho, pero fue el mejor beso que he tenido en mi larga carrera de Don Juan.
— Ves, al final hemos acabado imitando a Indiana Jones.
— Si, lo cual es preocupante. Deberíamos salir corriendo antes de que la cosa empeore.
Decidimos seguir junto hasta el final fuera cual fuera y hacer lo que nos había pedido Maestre, lo cual nos llevaba de nuevo a las estatuas ¿qué habría querido decir con eso? ¿podrían de alguna manera estar vivos estos cuerpos de piedra? Después de lo que acababa de ocurrir no me extrañaría nada, pero ya habíamos perdido mucho tiempo y no podíamos regresar al campamento sin una mísera ramita por lo que acordamos volver por la mañana ante de partir.
Cuando salíamos de la caverna con la antorcha en alto nos encontramos de frente con Esmile, sus ojos volvían a tener ese brillo tan especial y su mano empuñaba la espada desmontable bien montada.
— Tenía que haberlo supuesto desde el mismo momento en que os vi – avanzaba con la espada firme en su mano
— No es lo que te imaginas Esmile, te dijimos la verdad, no pretendíamos ni pretendernos pelear
— A no ser que nos obligues – aclaro Sara afianzando los pies en el suelo buscando la mejor manera de contrarrestar el ataque.
Pero Esmile no parecía escuchar nada, ni tan siquiera se fijo en Sara, avanzaba hacia mí como un torpedo a propulsión y antes de que pudiera reaccionar la tenía en frente. Sus ojos ya no echaban chispas, ahora parecían fuegos artificiales y por alguna razón aquel espectáculo pirotécnico tenía la facultad de paralizarme en el sitio, o tal vez era la espada que afortunadamente mantenía pegada al cuerpo.
— Por favor Esmile – le rogué, pero ella me hizo callar y con un lento movimiento sacó el colgante de debajo de la camiseta. Sara hizo un amago de detenerla pero en ese instante la felimbre desmontó su espada. Sostenía el medallón como si se tratara del santo grial o algo parecido, luego mirando a Sara dijo.
— No pelearé contra vosotros, de ahora en adelante os ayudaré en vuestro viaje.
— ¿Cuánto tiempos llevas escuchando? - pregunte
— Desde el principio – sus ojos ahora recorrían la sala – vi la luz. Luego a vosotros dirigiros hacia allí y decidí seguiros.
Recorrió las estatuas una a una y ante todas realizó la misma reverencia, a excepción de las cinco ultimas, ante ellas además susurró una pequeña oración. Cuando terminó volvió a plantarse delante de mí. Esta vez la tensión ambiental había desaparecido aunque me incomodaba tenerla tan cerca, con esos fuegos artificiales fijos en mi. Si lo notó no lo demostró y lo que es peor no hizo nada para remediarlo, fui yo quien di un paso a atrás pero sin apartar la mirada. Por fin terminó el escrutinio y no sé si porque en realidad había acabado o por que Sara se interpuso entre los dos con cara de malas pulgas.
— Si lo has escuchado es posible que sepas de qué va esto, porque nosotros andamos un poco perdidos.
De pronto las paredes crujieron como una casa vieja a punto de desmoronarse.
— Os contaré lo poco que sé por el camino pero no podemos quedarnos aquí por mas tiempo - Me quitó la antorcha de las manos y comenzó el camino de regreso al campamento, de repente se había puesto muy nerviosa y caminaba tan deprisa que la única manera de seguirle el paso era corriendo – por donde puedo empezar
— Prueba por intentar explicarme que pinta mi padre en todo esto – intentaba que mi voz sonara clara.
— Tu padre es un guardián del tiempo y espacio – lo dijo así como si eso aclarara las cosas mientras empezaba a correr.
Nos costo bastante seguirle el ritmo. La galería ahora parecía interminable, como si se hubiera alargado desde que la habíamos atravesado en sentido contrario, y para colmo las paredes comenzaron a brillar con la misma luz verdosa, aunque no me paré a investigarlo, mantener el ritmo que marcaba la Felimbre requería toda mi concentración. Después de salvar una curva (que no recordaba haber visto allí antes) llegamos al final del túnel. Cuando salimos a la galería principal comenzamos a correr hacia la derecha lo cual nos llevaba si remedio alguno hacia centro de la cueva en ved de hacia la salida. Intenté parar a Esmile poniéndome delante de ella pero solo conseguí cansarme más, por fin reuní todo el aliento que pude y grité
— Vamos en sentido contrario – no sé si me escucho o me ignoro, la cuestión es que no paro – Esmile escu... cha corre... mos mas ha... cia el interior, la entr... entrada estaba a la dere ..cha.
— Se lo que hago no os paréis, seguid corriendo.
— Segu... ro que ahora bro... tan serpie... ntes por todos lados – tartamudeó Sara.
Pero se equivocaba, lo que ocurrió fue que las paredes resplandecieron aún con mayor fuerza y comenzó a escucharse un leve susurro, seguí corriendo con todas mis fuerzas.
Entonces, y sin ninguna lógica, vi el final del túnel y eso me dio alas a los pies. En un plis-plas estuvimos fuera. Cuando recuperamos el aliento, proceso que para Sara y para mí fue lento y doloroso, mi compañera preguntó
— ¿Qué ha sido eso?
— Una ruptura del espació – y volvió a quedarse tan pancha, como si solo se estuviera refiriendo a un bocata de jamón
— ¿Lo que esta intentando decir es que nos hemos trasladado por el espacio? – Pregunté – vamos que echamos a correr por un pasillo y un segundo después corríamos por otro distinto.
La felimbre asintió.
— Genial, saber lo que ha pasado me da más tranquilidad, y ya para sentirme feliz del todo ¿qué hubiera pasado si no hubiéramos conseguido salir a tiempo? – preguntó Sara con cara de prefiero no saberlo
— Pues hubiéramos quedado atrapados en un bucle es decir seguiríamos...
— Ya me hago una idea, no sigas prefiero no saberlo, pero es que no podéis hacer trampas normales como cualquier hijo de vecino.
— Hubieses preferidos las serpientes Sara – argumente yo y un escalofrió recorrió el cuerpo de mi compañera.
Esmile sonrió ante la reacción de mi amiga.
Reemprendimos el camino hacia el campamento recogiendo cada rama que se nos pusiera a tiro.
— Lo que no entiendo es porque no sabes nada precisamente tú siendo hijo de quien eres – dijo Esmile.
El hablar de mi padre como si todavía estuviera vivo me produjo un malestar en pecho pero me hizo darme cuenta de una cosa, en la conversación con maestre este, al contrario que Esmile, había hablado de mi padre en pasado. El sabía que había muerto, pero ¿cómo? Decidí que sería lo primero que le preguntaría cuando lo tuviera delante.
— Mi padre murió hace un año dejándome como única explicación el colgante y el libro – aclaré.
Esmile puso su larga mano sobre mi hombro unos instantes
— Te contare todo lo que sé o pueda pero primero esconde eso – señalo el medallón que seguía colgado de mi cuello, a la vista de todo aquel que quisiera mirarlo.
— Antes as dicho que mi padre era un guardián del espacio y el tiempo – dije mientras guardaba el medallón - ¿qué es eso?
— Durante tiempos inmemorables los felimbres hemos sido los guardianes del espacio y el tiempo, quiero decir que todos los felimbres nacemos con el don de detectar cualquier ruptura del continuo espacio-tiempo además de algunas habilidades mágicas, como ya habéis podido ver, sin embargo no somos la única especie, algunos humanos también posees el don. Tu padre era uno de ellos.
Aquella afirmación me dejó sin aire en los pulmones y tuve que sostenerme sobre un árbol para no caer. Cada vez que recordaba a mi padre la mente se me llenaba de imágenes cotidianas: mi padre ante su ordenador; mi padre cocinando espaguetis a la boloñesa y poniendo la cocina hecha un asco, mi padre leyendo unos de sus libros ante la chimenea. Pero imaginándomelo detectando grietas en el aire como un superhéroe de comic cualquiera conseguía que se me nublara la vista.
— ¿Te encuentras bien? – Sara se había detenido junto a mí.
— Si – por mucho que me costara asimilarlo tenía que saber toda la verdad - ¿Cómo vino a parar a este mundo?
— Cuando se produce una ruptura entre el continuo espacio de dos mundo lo suficientemente grande alguien con el don de tu padre puede atravesarla, puede viajar.
— ¿Le conociste?
— No, en persona no, pero he oído hablar de él.
— ¿Quiénes son las estatuas? – preguntó Sara para cambiar de tema y darme tiempo para asimilar todo esto - Y ¿qué quiso decir Maestre?
— Las estatuas se irguieron en honor de los nueve guardianes supremos. En cada generación nacen nueve felimbre con la capacidad de trasmutar el continuo espacio, abrir ventanas como la que habéis visto en la cueva sin recurrir a la magia. Y si Maestre sabe que el colgante ha vuelto habrá mandado a los cuatro para protegerte.
— Solo cuatro, no has dicho que son nueve – dije.
— Tras la guerra sólo quedaron cuatro guardianes, los guerreros más poderosos de mi especie.
— Pues deben haber pillado un atasco – se burlo Sara.
— ¿Atasco? – inquirió la felimbre levantando una ceja extrañada.
— Déjalo Esmile tengo una pregunta más importante ¿qué es realmente mi medallón? Y ¿Por qué ni Maestre ni los ángeles pudieron controlarlo?
— Lo siento Roberto a eso no puedo responderte, solo Maestre puede.
— Yo tengo otras duda – dijo Sara – si como nos contó Ricio la guerra terminó porque el medallón selló este mundo, quiere decir que cerró todas las ventanas dimensiónales ¿cómo es que Maestre ha podido abrir esa ventana?
— Estas confundiendo el poder en si de controlar el espacio a la magia. Maestre ha utilizado un conjuro para abrir esa ventana, aunque como habéis visto desde aquel día ni siquiera el mago más poderoso puede mantener abierta una pequeña ventana durante mucho tiempo
— Pero ¿la trampa? ¿También era un conjuro? – Pregunto Sara – porque no me pareció que durara poco
— En verdad era una mezcla de conjuro y poder, supongo que como fue creado antes del gran día su poder de acción solo ha ido disminuyendo poco a poco, si hubiera estado a plena capacidad te aseguro que no hubiéramos salido sin saber el camino mágico.
— Sabes lo que significa estos símbolos – volví a sacar el colgante para poder enseñarle los signos grabado en su superficie
Los estudió durante un buen rato antes de responder
— Es Orseo un lenguaje muy antiguo, una lengua muerta pero lo siento no sé lo que significa.
Ya se podía oír el chisporreteo del fuego y las voces de nuestros compañeros de viaje sentados alrededor, seguramente bebiendo ese vino tan raro. En este punto Esmile se separó de nosotros para volver diez minutos después con varios conejos de doble cola atados al cinto. No continuamos con la conversación, no porque no tuviéramos mas preguntas que necesitaran ser contestadas inmediatamente (sobre todo yo), sino porque Esmile no podía darnos ninguna respuesta más, y así con cara de buenos chicos, de esos que nunca guardan secretos a los amigos, nos presentamos ante ellos.
— ¿De donde venís? – pregunto Tirós sonriente
No sabía que contestar y por primera vez en su vida tampoco Sara, fue Esmile la que relató con cuidado la historia dejándonos a nosotros los vacíos que ella desconocía. Al terminar se produjo un incomodo silencio que finalmente rompió Tiros
— Habéis luchado codo con codo a mi lado por eso os ayudaré a llegar a la ciudad de Paranfor, pero nada mas – y sentenció sus palabras con un buen trago de licor
— Yo también os ayudaré contad con migo – añadió Ricio
— Me salvaste la vida una ves Roberto así que puedes contar con migo hasta el final
— No Ambió _ lo último que necesitaba ahora era la vida de otra persona por la que preocuparme – no me debes nada bastante has hecho ya por mí y por Sara la deuda que puedes creer tener ya ha sido pagada y con creces.
— No te pido permiso la decisión está tomada – sus palabras no mostraban ninguna inflexión pero tampoco daba opción a discutir, así que me resigne. A quien quería engañar necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir
Calson simplemente dijo
— Donde vaya mi señora voy yo.
La conversación terminó con esas simples palabras.



A muchos kilómetros de allí cuatro figuras encapuchadas representaban la misma escena. Realizaban el primer descanso desde que habían salido del desierto. Todo a su alrededor permanecía en silencio y los cuatros enmascarados (ya no tan desconocidos porque seguro que habéis adivinado quienes son. En caso contrario no pienso decíroslo) respetaban el sepulcral silencio.
Mientras permanecían allí sentados empapándose del calor de la hoguera descendió del cielo una esfera de luz verdosa, se deslizo poco a poco de entre las oscuras nubes hasta quedar suspendida, justo en el centro del grupo. De repente la esfera de luz se dividió en cuatro fragmentos luminosos que lentamente se aproximaron a cada uno de los enmascarados. El primero de los encapuchados levantó el brazo derecho y el destello colisiono contra el brazalete de oro que llevaba sujeto a la muñeca. El segundo desenvainó la espada donde la luz verdosa se reflejo ante de unirse a ella. Otro resplandor verdoso se adhirió al blasón de plata que del tercero llevaba sobre la frente. El cuarto encapuchado alzó su arco del que surgió un destello amarillo que se unió al verde, y de la alianza surgieron chispas plateadas tan brillantes que apagaron toda fuente de luz
Recogieron sus cosas y reanudaron su viaje. La señal ya había sido recibida y el mensaje era alto y claro, el tiempo se agotaba.

lunes 19 de enero de 2009

capítulo VI

6

El cañón de Sarkada




Ya se podían ver a lo lejos las primeras luces de la ciudad, si seguían manteniendo el mismo paso el general y sus hombres llegarían a su destino en el transcurso de dos horas. La misión en principio no parecía complicada. El territorio a cubrir era pequeño y podrían conseguir ayuda de la guardia del Mariscal Preisus, pero su intuición le decía que no debía confiarse. El general nunca había visto al gran Demonio Demsoger tan impaciente, ni siquiera en la víspera de las grandes batallas, cuando su única obsesión había sido matar y devorar. Aunque ya le habían sido confiadas con anterioridad misiones parecidas, las ordenes habían sido siempre eliminar al enemigo, y esa era otra razón por la que no debía bajar la guardia, el Demonio no quería al chico muerto sino vivo, y bien vivo, y eso complicaba bastante las cosas.
Las puertas de la ciudad estaban cerradas cuando por fin llegaron. Al llamar se abrió una pequeña ventana desde donde se podía ver la cabeza del soldado de guardia.
— ¿Quién va?
— Somred - fue su única respuesta. Enseguida se escucho un sutil cuchicheo y luego el ruido de los pasos del soldado al ir a buscar a un superior, pagarían por hacerle esperar en la puerta.
Por fin la puerta se abrió y tres hombres esperaban tras ella.
— Mis respetos valeroso Somred bienvenidos a la ciudad de Paranfor – dijo el recién llegado tras hacer una reverencia – el Mariscal Preisus le espera en el palacio, si hace el favor de seguirme.
El hombre vestido con una túnica de seda azul emprendió la marcha hacia el palacio pero el general no le siguió, su atención estaba en los soldados postrados ante él. Desenvaino la espada con un rápido movimiento. El sirviente solo escucho un leve susurro, cuando se dio la vuelta vio con pavor los cuerpos decapitados de los soldados.
— No me gusta que me hagan esperar ¿queda entendido? – El sirviente inclinó lentamente la cabeza sin apartar la vista de los cuerpos – vamos
El heraldo emprendió la marcha manteniéndose a una cierta distancia. Cuando llegaron varios criados se encargaron de los caballos y otros tantos de conducir a los soldados a sus dormitorios.
— El Mariscal le espera en sus aposentos – el hombre del traje de seda azul le indico con un gesto que le siguiera.
La habitación privada del Mariscal estaba en el la ala norte del palacio, después de recorrer varios pasillos y subir numerosas escaleras llegaron ante una puerta de madera tallada con el escudo de la familia de Anka (un dragón y una serpiente entrelazados) la cuarta en importancia y poder. El sirviente llamó a la puerta y sin esperar respuesta se fue.
— Entra por favor
El general abrió la puerta y entro. El Mariscal estaba sentado mirando el fuego en un cómodo sillón, su mano sostenía una fina copa de cristal. Era un hombre viejo pero su mirada radiaba inteligencia y astucia, era la clase de hombre al que no se le podías subestimar.
— A que se debe esta inesperada visita general Somred
— Eso no le importa Mariscal, lo único que debe hacer es prestarme toda la colaboración que necesite, empezando por una partida de cincuenta hombres listos y armados.
— Bien – dijo el mariscal mientras estudiaba el contenido rosáceo de su copa - creo que podré proporcionarle esos hombres la semana que viene a más tardar.
— Creo señor, que no me ha entendido bien, quiero que estén listos ahora.
— Y dígame señor por que tendría que darle lo que me pide.
Un calor abrasador traspasó el cinto del general justo donde tenía la moneda de plata. La arrojo a los pies del Mariscal, que se levantó del sillón mucho más rápido de lo que su frágil cuerpo daba a entender. De repente sonó una explosión y la habitación se llenó de un humo negro y espeso, tras el cual, y después de un nuevo estallido de luz, apareció una ventana mágica en el centro de la humareda, mostrando a un Demsoger considerablemente enfadado. De sus cuernos salió un rayo que atravesó la abertura dimensional convirtiendo en polvo el sillón donde solo unos minutos antes había estado sentado el Mariscal.
— Porque yo lo ordeno
— Enseguida mi señor – se arrodillo – perdonar mi osadía estoy y estaré siempre a tus órdenes mi señor.
La ventan volvió a cerrarse tan rápidamente como había aparecido y el humo regresó a la moneda en un siseo ensordecedor. Cuando la calma regreso a la habitación el Mariscal se levantó realizando grandes esfuerzos, una vez de pie fue a sentarse en el sillón, pero lo encontró completamente chamuscado, al fin se dejo caer agotado en una silla cercana.
— Bien – suspiró – tendrás a esos hombres dentro de una hora – hizo sonar la campanilla, enseguida apareció el sirviente de traje azul – mientras el sirviente le acompañará hasta sus aposentos donde podrá refrescarse y comer algo.
Somred recogió la moneda y siguió al criado. Una hora después desfilaban ante un pelotón de veinte hombres rudos, malolientes y armados asta los dientes.
— Quiero que inspeccionéis todas las posadas, casas de huéspedes, tabernas, cualquier sitio donde pueda esconderse un extranjero. Buscáis un forastero de unos veinte años, cualquiera que coincida con esa descripción debe ser traído ante mí antes del amanecer.
— Pero mi general – un soldado muy joven salió de la formación – debe de haber cientos de personas que coincidan con esa descripción, no tendremos bastante con una sola noche.
Cuando el general se puso delante del soldado, este le miró directamente a los ojos. Era un muchacho valiente aunque algo un imprudente. Sin darle tiempo a reaccionar le propino un golpe en las costillas con la empuñadura de la espada.
— Si quieres seguir viviendo tendrás que lograrlo – levantando la voz y añadió – eso va para todos.
Sin romper la formación se encaminaron hacia las puertas de la muralla. Los hombres del general seguían formados esperando órdenes más concretas, al llegar ante ellos su segundo se adelantó.
— Quiero que cada uno dirija a un grupo de hombres y aseguraros que no matan a nadie por vuestro propio bien y el mío.
No tardaron en estar llenos los calabozos del palacio y solo habían inspeccionado la mitad de la ciudad. El general le examinaba uno a uno mientras iban entrando en el calabozo, o más bien lo hacía la moneda, pero hasta el momento no había reaccionado con nadie y cada vez era más difícil sostenerla sin que le abrasara la mano. El día ya iba asomando por el horizonte.



El amanecer ya asomaba por el horizonte y por fin se podía apreciar el terreno en su totalidad. Era un cañón poco profundo y no muy estrecho pero un cañón al fin y al cavo. Mucho tiempo atrás había pasado por allí un río, pero según Ricio se secó por la acción de los espíritus que mataban toda clase de vida, y no se si tendrá razón pero a la luz del día el cañón perecía un lugar completamente yermo. Había que buscar mucho entre las paredes rocosas para encontrar algo de vida. Si los espíritus habían intervenido habían hecho un buen trabajo
Habíamos tardado toda la noche en preparar las defensas, Ambio, Tirós y Calson se habían encargado del trabajo más duro, las trampas exteriores, pero que bien valía la pena por no tener que aguantar a Ricio. Él y yo (que se le vamos hacer, a fin de cuenta había sido idea mía) preparamos el terreno donde según Esmile se iba a desarrollar el grueso de la batalla, mientras Sara se fabricaba un arma que pudiera manejar con soltura, con la ocasional ayuda de Esmile. La felimbre, que había permanecido de vigía en lo alto del cañón, vino hasta donde nosotros estábamos trabajando.
— Ya están aquí, tardarán como mucho una hora en aparecer
— Bien, cada uno a sus puestos – Ambio que hasta entonces había permanecido callado y ausente recuperó el liderazgo – se acercó hasta Sara y le entregó una espada toma te hará falta.
— Gracias pero no me gustan esa clase de armas, además esta me será más eficaz – dijo levantando la lanza que se había hecho con una gruesa vara, a la que, además de sacar una punta tremendamente afilada, había reforzado con cuero endurecido de tal manera que ahora era tan sólida como una barra de hierro.
Me acerque hasta Sara que se había quedado sola.
— Cuídate mucho – la abracé con fuerza atrayéndola hacia mí - no soportaré que te hagan daño, así que no lo permitas ¿vale?
— Pero que actitud más machista – apoyó su cabeza sobre mi pecho – nunca lo hubiera pensado de ti caballero.
— Creo que está en nuestros genes - alce su lanza de la forma más orangután que pude – no podemos evitarlo a si que tendrás que quererme con todo el paquete.
— No te preocupes, no me pasará nada. Y a ti te digo lo mismo, no es que me importes pero bueno necesito que alguien me lleve a casa.
— Ya en serio – la aparte un poco para poder verle la cara – ten mucho cuidado y siento mucho haberte metido en este berenjenal.
Se alzó de puntillas y me beso. Por un momento se me olvidó, como era mi costumbre, lo apurado de la situación y el peligro que corríamos, hasta que Ambio vino a recordárnoslo. Entonces todas las preocupaciones y miedos volvieron de repente y a traición, sin ningún respeto por lo que había pasado solo unos minutos antes.
— No es el momento, ocupar vuestros puestos.
Continué en vos baja mientras nos separábamos
— Tengo que hablar con tigo pero a solas, e conseguido información
— Yo también – contestó ella también en vos baja – hasta luego.
Mi puesto de batalla estaba en un risco sobresaliente en mitad de la pared de roca, desde donde podía ver todo el campo de batalla y la entrada al cañón. Como había predicho Esmile llegaron una hora después, todos en fila india. Habían desmontado y avanzaban empuñando las armas. El que iba delante, seguramente el rastreador mantenía la vista fija en el suelo siguiendo las huellas que muy astutamente Esmile y Calson habían dejado y que los conducía directamente hacia las trampas. Según el plan tenía que dejar que los primeros hombres sobrepasaran la primera trampa antes de que comenzara la juerga, y ese momento había llegado. Cargué el arco con mi mejor flecha y con una seguridad que hasta a mí me sorprendió disparé. La flecha dio justo en el blanco derribando el soporte que frenaban el desprendimiento de tres grandes rocas, que comenzaron a rodar una tras otra arrastrando todo aquello que encontraban a su paso. Los mercenarios al ver lo que se les venía encima echaron a correr. Unos intentaron salvarse corriendo hacia delante mientras que el resto retrocedieron, al fin, cuando se disipo la polvareda solo quedaban en pie una docena de caballos y aproximadamente catorce hombres agrupados en circulo. Desde mi posición podía oírles hablar pero no conseguía entenderlos. El siguiente paso dependía de ellos así que contuve la respiración y esperé con el arco preparado.
Los hombres siguieron avanzando pero ahora con mucho cuidado, y cuando escucharon el sonido de la siguiente flecha y el consiguiente ruido de rocas al desprenderse, ya estaban preparados y echaron a correr como alma que lleva el diablo. No habían conseguido salir del alcance de las rocas cuando se encontraron de frente con la espada desmontable de la Felimbre y la lanza de Sara. Al ver por fin a sus contrincantes la mayoría dirigió sus ataques contra Sara. El primero que la embistió recibió como premio un potente garrotazo justo en la cabeza que le dejo fuera de juego. Otro adversario la atacó desde la derecha con una estocada directamente al abdomen, pero esquivó el golpe con una ágil cinta para luego girar ciento ochenta grados clavándole la punta de su lanza en la zona alta del pecho. Mientras ella remataba a este un tercero aprovechó la oportunidad e intentó un ataque por la espalada, solo que no consiguió terminar el golpe con una de mis flechas clavada en el pecho.
Unos metros más allá Esmile ya había vencido a dos y luchaba con un tercero. El hombre se abalanzo a la desesperada hacia delante sujetando el arma con las dos manos. Esmile retrocedió un paso mientras giraba el cuerpo hasta colocarse en paralelo con la hoja de la espada, que pasó de largo a pocos centímetros de su barbilla, entonces la espada desmontable trazó un arco de abajo a arriba consiguiendo atravesar el pecho desprotegido del mercenario. Rápidamente fue a ayudar a Sara que se defendía a duras penas de tres atacantes.
En aquel momento Ricio, Ambio, Tirós y Calson atacaron por detrás igualando la batalla seis a seis. El mercenario que estaba más cerca de Ambio paró en seco su espada y rápidamente invirtió la trayectoria de su hoja dirigiendo la estocada hacia su cuello, pero el impulso era tan fuerte que no pudo controlarla. Ambio solo tuvo que apartarse un poco para luego atravesarle el corazón con su espada. Tirós lanzó un grito de guerra y se abalanzó sobre los hombres que rodeaban a Sara y Esmile. La descomunal espada cercenó el cuello del primer hombre que encontró a su paso, luego cambió la dirección y repitió la escena. Los hombres que consiguieron escapar de la embestida asesina se encontraron de frente con la muerte a manos de Ricio o de Calsón.
Desde mi posición observaba atónito como se desarrollaba la batalla. Era increíble la velocidad con la que se movían los luchadores y eso me impedía intervenir. Aunque no tardé en encontrar una oportunidad cuando al observar los alrededores vi un destello que se movía entre el mar de rocas que había quedado tras las avalanchas. Tensé el arco y agudice la vista. Un segundo después tenía en el punto de mira a un par de mercenarios. El primero tenía una ballesta y, escondido tras una gran roca, se preparaba para atacar a mis amigos. Sin pensarlo dos veces disparé con tan mala suerte que la flecha se hundió a solo unos milímetros del mercenario, aunque conseguí llamar su atención y que se olvidara de la batalla que tenía delante. El otro hombre, que no era otro que el rastreador, siguió la dirección de mi disparo hasta localizó mi posición y como si estuviéramos en el viejo oeste comenzó un fuego cruzado de flechas. Su puntería no era como para tirar cohetes, pero parecía tener un arsenal ilimitado de proyectiles, en cambio a mi no me quedaban más de media docena de flechas. Si conseguía deslizarme un poco hacia la derecha podría tener un mejor ángulo de tiro, el inconveniente residía en que no había ningún saliente donde cubrirme, así que si fallaba el tiro me convertiría en un blanco perfecto. Solo tenía una oportunidad. Disparé dos flechas a la vez que salieron despedidas cada una por su lado. Entonces aprovechando el desconcierto del mercenario me coloqué de un salto en la posición adecuada y simplemente dispare, concentrándome como me había enseñado mi instructor en el objetivo no en el momento. La flecha se hundió justo en el centro de su mollera, es decir entre ceja y ceja. El rastreador al ver como su compañero caía muerto al suelo y comprobar además que era el único superviviente de la avanzadilla emprendió la huída.
La batalla había acabado al fin mientras el sol se colocaba en lo alto del cielo.
— ¿Por qué no has acabado con el rastreador? – Me pregunto Tiros cuando nos reunimos – dejar que los demás luchen mientras uno mira es de cobarde y los cobardes en la batalla merecen la muerte.
— ¿Quien es el cobarde? — dije y no pude evitar que mi voz sonara algo más aguda de lo normal — el que tiene miedo a morir y huye o el que mata a una persona desarmada y por la espalda
— Deberías haberlo matado – volvió a repetir con mayor énfasis.
Encogí los hombros como única respuesta y fui a sentarme junto a Sara. Mi compañera contemplaba hipnotizada sus manos manchadas de sangre y al darse cuenta de que todavía sostenía la lanza la arrojó lejos de ella, como si esta ardiera. La adrenalina debida al miedo y a la batalla ya había dejado de fluir por sus venas y ahora solo quedaba una extraña sensación de vacío y reproche.
— Yo ni siquiera estoy a favor de la pena de muerte — murmuró.
— O eran ellos o nosotros Sara – Esmile mantenía la mirada fija en Sara, que por fin apartó la vista de sus manos para mirarla a ella – y en tu caso hubiera sido peor, te habrían usado hasta cansarse y luego te habrían vendido como esclava en cualquier mercado. Matar por primera vez es duro – desvió su mirada hasta mí – pero en estos tiempos en donde la ley no existe o te defiendes tu mismo o mueres.
Sara asintió intentando recuperarse del todo
— Deberías haberlo matado – ahora era Ambio quien hablaba – no, no digo que no tengas razón –se apresuro a decir levantando la mano para frenar mi protesta – pero cuando llegue hasta el ejercito de mercenarios, no tardaremos mucho en volver a tener compañía no deseada y de estos no nos será tan fácil deshacernos.
— ¿Que es lo que estás intentando decir Ambio? – intervino Ricio abandonando por un momento los rezos y las plegarias.
_ Digo que tendremos que poner un obstáculo entre ellos y nosotros o no llegaremos a tiempo hasta la seguridad de la ciudad.
— No te estarás refiriendo a cerrar el cañón, porque acordamos que solo lo haríamos en caso de emergencia
— Y que te parece esta situación – se mofó Tirós.
No hubo nada que Ricio pudiera decir para convencer a los demás y la conversación quedó zanjada.
Lo único que no tenía claro era como provocaríamos la avalancha, y no solo eso sino una lo suficientemente poderosa como para taponar un cañón tan ancho. No me parecía que amontonar piedras en lo alto del acantilado y dejarlas correr pendiente abajo fuera suficiente, aunque ¿si lo hiciéramos mas de una vez? Pero así tardaríamos bastante y por la forma de hablar de mis compañeros de viaje se entendía que el tiempo no era algo que en este preciso momento nos sobrara.
— Hum, chicos no es por apoyar a Ricio pero me parece imposible que consigamos taponar esto – extendí los brazos para darle mas énfasis a mis palabras – y menos en tan poco tiempo, necesitaremos por lo menos un día entero.
Las carcajadas resonaron como truenos en una tempestad, todos menos Sara, se reía a mandíbula batiente.
— Pero Roberto utilizaremos Tronadores – Calson fue hasta su carromato, al volver sostenía en las manos varios tubos transparentes rellenos de un material pastoso y verde fluorescente.
— Tu pueblo es capaz de construir cosas tan raras como la caja negra pero no tiene Tronadores, si que sois de lo mas extraño – dijo Tirós.
— Si tenemos Tronadores pero nosotros lo llamamos dinamita y no sabíamos que vosotros tuvierais – contestó Sara ya mas animada, incluso con una media sombra de sonrisa en los labios.
— Dinamita que nombre más raro.
No tardaron mucho en decidir los lugares más adecuados para colocar las cargas explosivas, aunque no fuimos tan rápidos en instalarlas. Tirós se encargó de colocar la que sería la primera detonación en lo alto del barranco de la pared norte. Ambio situó la segunda carga más o menos a la mitad de dicha pared, mientras Calson y Ricio hacían lo mismo en la pared opuesta, aunque retrasadas ambas detonaciones cuatro metros con respecto a la primera. En el suelo Esmile, Sara y yo trasladamos los carromatos hasta situarlos a una distancia prudencial.
La incógnita ahora era saber que utilizarían para hacer explosionar las cargas, incógnita que Esmile no tardo en desvelar. La felimbre extendió las manos y en susurros recitó lo que supuse sería algún tipo de conjuro, entonces de sus manos surgió una llamarada en forma de arco que permaneció estática unos instantes, luego, tras una orden de Esmile, avanzó hacia el cañón aumentando en fuerza e intensidad según iba acercándose, a la vez que su longitud aumentaba hasta abarcar el ancho del cañón. La onda de fuego impactó con tal fuerza que prácticamente fundió las paredes rocosas. No me había repuesto del asombro cuando escuche el primer Buuuuuun, al que siguieron un segundo, un tercero y un cuarto. El espectáculo que apareció ante mí fue devastador. En pocos segundos las dos paredes habían estallado en pedazos, pedazos que comenzaron a chocar unos contra otros formando un muro infranqueable y una nube de polvo que seguro llegaría hasta la estratosfera.
— Bien, ya está hecho, solo podemos pedir perdón y esperar que los espíritus sean compasivos con nosotros – se lamentó Ricio
— Ricio no habitan espíritus en estas tierras así que deja de darnos la tabarra.
— Maldita sea Tirós, tu falta de respeto a los espíritus nos costara cara algún día.
— ¡Basta! dejar de discutir lo que tenga que venir ya vendrá así que porque preocuparse ahora - Ambio sacó el odre y bebió un largo trago hasta que Tirós se lo arrebató – acamparemos aquí esta noche, tenemos que reponer provisiones antes de reemprender el camino y ya no nos hace falta correr.
— Sara y yo recogeremos leña – la agarré del brazo y tiré de ella. No volvimos a hablar hasta que estuvimos lo bastante lejos del campamento.
— ¿Qué sabes? Empiezas tú y luego te cuento lo que sé – dijo mi compañera.
Le conté de principio a fin y con todo lujo de detalles la historia de la gran guerra entre ángeles y demonios y todo lo demás.
— Supongo que yo tengo lo mismo, más o menos. A Calson no le gusta hablar de aquello, si preguntaba enseguida cambiaba de tema. No le culpo, cuando tuvimos la suficiente confianza me contó su historia – suspiró pero no dijo nada más
— Bueno me vas a contar su historia si o no.
— Claro, pero es que me da cosa hablar de él a sus espaldas – dijo – una noche, cuando Calson tenía cinco años los demonios atacaron su aldea. Mataron a todas las mujeres, niños y ancianos. De los hombres, buenos la mayoría fueron poseídos por otros Demonios. La madre de Calson consiguió esconderle ante de morir y el pobre niño permaneció dos días muerto de miedo en su escondrijo hasta que Esmile lo encontró y desde entonces lo ha criado.
— De verdad, pero eso debió ocurrir hace veinte años más o menos, y Esmile no aparenta más de veinticinco ¿Cuantos años tiene?
— Ciento cincuenta
— Pues se conserva la mar de bien ¿no crees?, mira a ver si consigues que te diga su secreto, dejarás de parecer bueno... una persona mayor, tú ya me entiendes.
— La próxima vez que cuentes un chiste dime cuando tengo que reírme quieres, como no tienes gracia no quiero herirte, tu ya me entiendes
— Ya, en serio dime cuantos años tiene Esmile
— De verdad, los Felimbre viven un promedio de trescientos años, yo también alucine cuando Calsón me lo contó, pero es verdad.
— La versión felina de un elfo, ¡que guay!
Ninguno de los dos podíamos cargar con mas leña a si que regresamos
— Volviendo a lo que nos interesa, sabemos muchas cosas pero no lo importante, donde podemos encontrar al grandioso y magnífico mago Maestre, eso si aún está vivo porque Ricio no llegó a contestarte.
— Sinceramente creo que está vivo, es un presentimiento que tengo. Pero lo que a mi me preocupa realmente es que el objeto que provocó el final de la guerra puede ser mi colgante y si es así es muy posible que el Demonio quiera recuperarlo y eso nos pone en un serio peligro, a nosotros y a quien nos acompañe, a lo mejor por eso mi padre lo sacó de este mundo y lo llevo al nuestro.
— Pensé que creías que perteneció a tu madre y por eso lo guardaba tu padre.
— Ya no estoy seguro de lo que pienso, solo es que siento que... – no sabía como explicarlo sin parecer un completo estúpido – que el colgante más que suyo proviene de ella.
Sara me miró extrañada y yo solo pude encogerme de hombros.
— Vale, es una posibilidad – dijo Sara - pero como consiguió tu padre llegar aquí sin el colgante y lo que es más importante como volvió a nuestro mundo con él o sin él.
— No lo sé Sara, no tengo respuestas a esas preguntas pero si el colgante nos trajo seguro que nos lleva de vuelta – Sin quererlo Sara me había dado algo nuevo en que pensar ¿cómo había llegado mi padre a este mundo?
Andábamos en fila india, Sara caminaba delate, a si que no note que se había parado hasta que choqué con ella
— ¿Qué pasa Sara?
Sara permanecía muy quieta, los leños que habían recogido estaban ahora esparcidos por el suelo.
— Mira allí ¿no ves una luz?
Seguí su dedo hasta lo que parecía la boca de una cueva, y vi que de ella surgía una luz tenue
— No sé Rober, podría ser que alguien viva por aquí, tenemos que avisar a los otros.
— No creo que sea una buena idea – el colgante también estaba brillando – además no creo que esa cueva estuviera allí antes, más bien a aparecido como consecuencia de la explosión.
Me encamine hacia la cueva seguida de Sara. La cueva no estaba tan lejos como parecía a simple vista. Al llegar la luz que emanaba la cueva y la de mi colgante se hicieron más fuerte y aunque la situación parecía todo menos una reunión de té, mi instinto me decía que no había peligro alguno, a si que antes de darle tiempo a la razón para protestar entré.