lunes, 29 de diciembre de 2008

capítulo v

5

Guardaespaldas de caravanas




— ¿Quién anda ahí? – intente que la voz me saliera lo más neutral posible – mira no queremos problemas solo queremos coger un poco de agua – le enseñe la cantimplora vacía.
— Deja el arco y las flechas en el suelo – el viento arrastraba la voz pero no conseguía ver quien pronunciaba las palabras.
— Primero déjate ver
Una figura encapuchada apareció justo delante de mí, con el brazo levantado empuñando su espada, o más bien la empuñadura de una espada porque la espada en cuestión no tenía hoja.
— Ahora deja el arco y las flechas lentamente en el suelo.
Al ver que no le obedecía acercó un poco más la empuñadura del arma. Yo por el rabillo del ojo buscaba a Sara que muy inteligentemente intentaba colocarse justo al lado de la figura. Mientras se ocupara de mi no se fijaría en ella.
— No sé si lo sabes pero a tu espada le falta algo
No había terminado de hablar cuando un fragmento de metal surgió de la empuñadura para ajustarse a la base de este, así comenzaron a salir fragmentos que se iban ensamblando unos con otros, formando una hoja larga y fina completamente soldada donde antes solo había estado el aire. La figura acercó más aún la hoja a mi cuello. Seguí sin moverme, Sara necesitaba solo unos minutos más para ponerse en la posición adecuada.
— Te he dicho que dejes el arco y la flecha en el suelo si no quieres que te haga un bonito agujero en el cuello
La paciencia del extraño se estaba agotando pero Sara solo necesitaba unos pasos más, a si que no me moví.
— Sabes una cosa, creo que te preocupas de la persona equivocada.
Sara aprovecho el momento de desconcierto para propinarle una patada en el costado, patada que el extraño paró a pocos centímetros del cuerpo con la mano desocupada. Intentó golpearlo de nuevo con una patada dirigida a la cabeza, y esta vez la figura tuvo que girar del todo para poder parar el golpe, ya estaban una en frente del otro. Comenzó entonces una lluvia de patadas, golpes y paradas. La figura se abalanzó sobre Sara que giró sobre si misma a la par que hincaba una rodilla en el suelo y lanzaba un golpe a la parte posterior del muslo de la figura, con lo que frenó su ataque. El encapuchado que hasta entonces no había utilizado la espada desmontable, cargó de nuevo lanzando estocadas que Sara esquivaba por los pelos. Yo ya tenía preparado el arco y estaba a punto para ayudarla en cuanto lo necesitase, como por ejemplo ahora.
— ¡Basta ya!, yo no tengo muy buena puntería pero te puedo asegurar que soy capaz de acertar a tan corta distancia.
El encapuchado no se dio por aludido e intento un último ataque. Disparé una la flecha que paso rozándole el hombro para luego clavarse en un árbol cercano, la figura detuvo en seco el ataque bajando la espada
— Tira la espada al suelo – volví a tensar el arco con una nueva flecha
Por fin el encapuchado guardó la espada, solo que ahora volvía a ser solo una empuñadura. Yo solté el arco para demostrar nuestras intenciones de paz, pues si llamaba a sus compañeros tendríamos verdaderos problemas.
— Te repito que no queremos pelear, solo beber y llenar la cantimplora – Sara había regresado a mi lado – me llamo Roberto y ella es Sara – le tendí la mano.
La figura ignoró el gesto, se giro y empezó a caminar en dirección al campamento, al darse cuenta que no lo seguíamos se paró y esperó hasta que comenzamos a seguirle.
— Peleas bien mujer – dijo la figura que siempre iba un paso delante de nosotros
— Gracias, pero me llamo Sara no mujer.
La figura se paró en seco y se giro para mirar a Sara o por lo menos eso parecía ya que con la capucha no podía verle la cara, inclinó la cabeza y siguió caminado. El primero en surgir de entre el follaje fue el encapuchado seguido de Sara y por último yo. La reacción de los hombres fue de sobresalto, todos excepto el grandullón que no parecía nada preocupado por la aparición de los extraños, sino por el estado del encapuchado. Este lo tranquilizo con un movimiento de cabeza y fue a sentarse junto a él.
El primero de los hombres, el supuesto jefe desenvainó la espada apuntándome con ella, el hombre bajito también desenvainó la espada pero este se encaró con el encapuchado.
— ¿Qué es esto? traes a nuestro campamento a unos extraños – nos miró de arriba abajo examinando nuestra ropa, entonces se fijó en el ordenador que llevaba colgado – podrían tener armas ocultas y...
— No, escuchad, no queremos atacaros solo beber y rellenar la cantimplora – les tendí el arco y las flechas – tomad.
— Eres un estúpido muchacho, podríamos ser ladrones o asesinos – el que perecía el jefe envainó la espada – jamás entregues tus armas a unos desconocidos – puso su mano sobre mi hombro - Mi nombre es Ambio
— El mío es Ricio – el hombre de cara afable se acercó hasta nosotros y nos dio unos sonoros abrazos, para él la aprobación del jefe era suficiente. Ya no éramos extraños.
— Bueno yo me llamo Roberto y mi compañera se llama...
— Sara – me dirigió una mirada sonriente.
El tipo bajito todavía no había envainado la espada, la mantenía en alto sin saber a quien apuntar no parecía tan convencido de nuestra buena fe. Cada vez miraba con mayor curiosidad el ordenador
— ¿Cómo podéis estar tan tranquilos? pero mirarlos bien, mirar sus ropas y que eso negro que llevan
_ ¡Va! no le hagáis caso, no se fía ni de su misma madre – dijo Ricio - su nombre es Tirós – Tirós por fin envainó la espada - pero la verdad es que a mi también me parecéis curiosos ¿de dónde venís? – Ricio se había sentado de nuevo alrededor de la hoguera y nos hacía señales para que nos uniéramos a ellos.
Yo me acerque y me senté a su lado pero Sara ya no aguantaba la sed y se encaminó a la fuente, regresó con la cantimplora llena, me la tendió y luego se sentó a mi lado. La verdad no sabía muy bien como contestar a la pregunta, fue Sara quien al ver mi indecisión respondió.
— Venimos del bosque
Todas las cabezas giraron hacia ella. Las expresiones variaban desde el asombro hasta el desconcierto, incluso el grandullón nos miraba con renovada curiosidad.
— De verdad no sabía que había ciudades en el bosque de Candafor - ahora era Ambio quien desconfiaba.
— Y nosotros no sabíamos que se llamase así, es la primera vez que, por decirlo de alguna manera, salimos al mundo exterior – esta respuesta pareció sorprenderles y desconcertarles aún más, pero no preguntaron más, no se si por consideración o por temor a la respuesta. Sin embargo Tirós seguía mirando con recelo al ordenador.
Cansado de sus miradas suspicaces encendí el ordenador, al ver la luz que salía de la pantalla todos se echaron hacia atrás, todos menos el encapuchado que permaneció impasible. Abrí Word y escribí algo sin sentido, luego di la vuelta al ordenador para enseñárselo a los demás, al ver que no ocurría nada se fueron acercando poco a poco. Repetí la acción pero esta vez, de frente para que todos pudieran verlo. Ambio, demostrando un gran valor, acerco su mano temblorosa y pulsó algunas teclas que enseguida aparecieron escritas en la pantalla. También lo intentaron los otros con idéntico resultado.
— Solo sirve para escribir, no es un arma – apagué el ordenador y lo dejé en el suelo frente a mí.
— Y ¿hacia donde tenéis pensado dirigiros? – el encapuchado que hasta entonces había estado callado me sobresalto con la pregunta.
— ¿Sabes? no es muy agradable hablar sin poder ver la cara del otro – Sara mantuvo fija la mirada en la sombra que ofrecía la capucha – y ya que estamos ¿podrías decirnos tu nombre si no es mucha molestia?
El encapuchado se quito la capa dejando al descubierto un rostro que bien podría haber salido de la pluma de Tolkien. Sus orejas eran alargadas y puntiagudas como la de los elfos pero estaban recubiertas con una fina capa de pelo negro. Un poco más abundante y espeso pero de igual color era su larga cabellera recogida en una trenza. Tenía unos iris verdes tan grandes que prácticamente ocupaban toda la superficie de los ojos, y sus pupilas era dos alargados óvalos negros. Su nariz y labios eran tan pequeños y finos que casi ni existían. En resumen aquel rostro era una acertada combinación entre gato y persona. Vestía una holgada camisa que poco hacía por disimular la asombrosa longitud de sus extremidades, que prácticamente eran el doble de lo normal en una mujer, pues en realidad el encapuchado era encapuchada.
— Mi nombre es Esmile y soy un Felimbre
— Encantado de conocerte Esmile – le tendí la mano de nuevo y esta vez ella aceptó el ofrecimiento.
— Siento el sobresalto Esmile – dijo Sara - pero es la primera vez que veo a alguno de tu raza – le tendió la mano y Esmile le devolvió el gesto – además tengo que decirte que hace un rato me hiciste sudar lo mío.
— Yo nunca he luchado con una hembra humana, verdaderamente me has sorprendido.
El grandullón que hasta entonces se había mantenido ausente de la conversación y a distancia, se acercó, nos rodeó con sus enormes brazos y nos estrechó sobre su pecho en un poderoso abrazo. El abrazo fue tan fuerte que las heridas de mi espalda amenazaron con abrirse. Intenté separarme pero solo sirvió para que sintiera un dolor más agudo, así que me relaje y espere a que me soltara.
— Yo soy Calson – intentó abrazarnos de nuevo pero conseguí zafarme. Otro abrazo como ese y tendrían que reconstruirme la espalda.
— Todavía no habéis contestado ¿hacia dónde os dirigís? – Ambio me pasó un odre lleno de un licor dulce que bajaba por la garganta como si de fuego se tratara.
— Supongo que hacia la ciudad de Paranfor – pase el odre a Sara – en realidad no buscamos un lugar en concreto sino a una persona determinada que esperamos encontrar en la ciudad o al menos alguna información sobre él.
La respuesta les bastó, cosa que agradecí. Después de ver su reacción a la afirmación de Sara me di cuenta que no sabía nada de este mundo, si el hecho de venir del bosque les preocupó tanto, averiguar el nombre de la persona que buscábamos a lo mejor podría haberlos hacho enfadar. Después de todo no sería tan fácil encontrar a Maestre.
Saqué el libro y lo puse encima del ordenador donde todos pudieran verlo, si alguno de ellos conocía el nombre de maestre reaccionaría al ver el libro. Todos se fijaron en él pero ninguno hizo el menor gesto de reconocerlo. Calson miró el libro entusiasmado luego levantó la vista hacia mí
— Roberto tu sabes entender los libros, quiero decir puedes abrirlo y saber lo que cuentan.
— Si Calson sé leer ¿tú no? – negó con la cabeza
— Ninguno de nosotros sabe – Tirós bebió un largo trago del odre - eso es una tontería ni mi padre, ni el padre de mi padre, ni ninguno de mi familia a sabido nunca, solo los reyes y magos saben entender los libros.
Eso explicaba que ninguno reaccionara al ver el libro, si alguno conocía el nombre de Maestre no lo habían podido leer en la portada, lo cual me dejaba como al principio. Miré a Sara también ella había comprendido la finalidad del experimento. Debía saber más de este mundo ante de comenzar a hacer preguntas por la ciudad. Lo que quedaba claro era que nos iba a resultar difícil encontrar una librería, aunque a lo mejor si una biblioteca. Ahora la cuestión era como preguntar sin levantar sospechas, y en eso pensaba cuando la voz de Esmile disipó mis pensamientos.
— Y dime Roberto ¿quien te enseñó a ti a leer?
— Supongo que mi padre – al parecer la respuesta le pareció insuficiente
— Y ¿qué hace tu padre? — preguntó Calsón
— Era escritor, quiero decir que escribía libros parecidos a este.
— Entonces es un sabio – la voz de Calson retumbó en el silencio de la tarde, no había dejado de mirar al libro con el rabillo del ojo – tiene que ser estupendo poder entender los libros, quiero decir saber que cuenta y esas cosas.
Sara que había seguido la conversación cogió el libro y se sentó más cerca de Calson
— Sabes, yo también sé leer y si quieres puedo enseñarte, de veras que no es difícil – el abrazo que siguió como premio a esas palabras pudo romper a Sara en dos mitades si no llega a intervenir Esmile.
— Calson la vas a hacer daño, suéltala.
— Si, perdón, es que estoy muy contento.
Sara cogió un palo y comenzó a escribir en la arena, Calson la escuchaba con suma atención repitiendo todo lo que Sara hacía o decía. Al cabo de unos minutos también Ricio se había acercado para poder escuchar mejor.
La oscuridad pronto se nos echaría encima, Ambio empezó a distribuir las tareas para pasar la noche, en las que nos incluyó a Sara y a mí. Ricio y Tirós recogieron leña para las numerosas hogueras que se harían de aquí a Paranfor, y Calson se encargó de los animales de carga con la inestimable ayuda de Sara que seguía intentando enseñarle a pronunciar las distintas letras del abecedario. Esmile, Ambio y yo nos adentramos en el bosque para cazar algo de cena. Tardamos bastante pero al final dimos con un rastro que se dirigía hacia una agrupación de rocas a medio kilómetro de donde habíamos acampado. A mi aquellas marcas de pezuñas me eran completamente desconocidas pero al mirar a Ambio vi que sonreía.
— La suerte nos sonríe, Anceles.
Sin pensarlo dos veces nos encaminamos hacia allí. La creciente oscuridad me impedía ver con claridad, pero había luz suficiente para poder distinguir una manada de lo que a primera vista me parecieron ciervos deformados pastando entre las rocas. Tenían una complexión robusta, patas altas y finas, y unos hocicos agudos, pero hasta aquí su similitud con los ciervos, pues en vez de cuernos estirados y ramosos estos animales poseían dos cuernos increíblemente largos y en espiral iguales a los de los unicornios, además de un pelaje de lo más colorido y tan largo como el de un San bernardo.
Ambio me toco el hombro y apuntó hacia la derecha, unos metros más allá había una roca desde donde podía apuntar con facilidad. Me encaramé a ella, no sin cierta dificultad, mientras él y Esmile iban acercándose a la manada con pies de plomo. De improviso, cuando ya solo les separaban dos o tres metros, el aire cambio de dirección. Al instante uno de los Ancel levantó la cabeza, olerles y salir huyendo fueron dos acciones simultáneas, sin embargo no llegó muy lejos pues mi flecha detuvo su carrera, aunque el daño ya estaba hecho, el resto de la manada salió despavorida. Una vez perdido el factor sorpresa los dos amigos emprendieron el ataque. Ambio desenvaino la espada y rebano el pescuezo al primer Ancel que se le puso a tiro, saltando justo antes de ser arrollado por una docena de animales enloquecidos. Por otra parte Esmile ya había montado su espada y girando sobre si decapitó a otro Ancel que al caer arrostró a otro animal. El pobre cuadrúpedo emitió un lastimero valido al dar contra el suelo y allí se quedó pateando y jadeando. La felimbre se acercó a examinarlo y al comprobar que se había roto las dos patas traseras le remató con un certero golpe en la nuca.
Desde la roca yo observaba como se desarrollaba todo con el arco preparado. Y entonces vi al macho más grande de la manada embestir a Ambio que con un rápido movimiento pudo echarse al suelo y rodar. El animal se giró en el acto y enfurecido alzó las patas delanteras manteniendo todo su peso sobre los cuartos traseros, ofreciéndome el mejor blanco posible. La flecha dio justo donde pensaba que estaría el corazón. Un instante después cayó muerto, por suerte Esmile llegó a tiempo y con un fuerte tirón evitó que el conductor de caravana fuera aplastado.
Cuando la polvareda se disipo la manada ya estaba lejos y en el suelo quedaban los cinco Ancels abatidos.
— Gracias – Ambio sacaba la flecha del pecho del animal.
— No ha sido nada, solo suerte, mucha, mucha suerte.
— Con esto tendremos alimento de sobra para llegar hasta Paranfor – Esmile ató en dos grupos a los bichos muertos y nos tendió una cuerda a cada uno.
Llegamos al campamento bien entrada la noche, la hoguera ya estaba encendida y el odre casi vacío. Ricio y Tirós se encargaron de las piezas evitándome la desagradable tarea de destripar, despellejar y por supuesto ensalar, lo cual era un agradable cambio. Cenamos y bebimos mientras Calson nos mostraba orgulloso sus progresos. El cansancio me daba punzadas detrás de los párpados, además la espalda empezaba a molestarme bastante así que simplemente deje que el sueño llegara y me sumergí en él. La voz de Esmile me aparto del descanso, aunque más que su voz lo que me despertó fue un leve roce. Cuando abrí los ojos estaba inclinada sobre mí.
— Te toca relevarme – seguía inclinada manteniéndome echado - ¿Te encuentras bien? - en su mirada había un brillo nuevo. Me levante intentando que nuestras miradas no se juntaran, Sara seguía durmiendo placidamente a mi lado.
— A que viene eso – dije mientras me sentaba. Antes de que me diera cuenta su mano estaba sobre mi espalda, el latigazo de dolor me sacudió todo el cuerpo, la exclamación de dolor se me escapo de los labios.
— Viene a que los cortes se te han vuelto a abrir con el esfuerzo de esta tarde. Deberías curártelos ante de que se te infecte.
— Si debería – el dolor ya no era tan abrumador - ¿cómo lo has sabido?
— Lo note cuando Calson te abrazó y después me lo confirmaste en al viaje de vuelta al campamento – estuvo un tiempo mirándome, luego se recostó y al rato se quedó dormida.
Me quité la camisa y me lave las heridas, el agua estaba fría y eso me ayudó a despejarme del todo. Llevaba media hora de guardia cuando algo plateado llamó mi atención. Dos segundos después el perro apareció de entre los arbustos llevando en la boca otro matojo de hierbas. Era extraño, porque a pesar de que era la primera vez que nos veíamos sin estar yo en un estado de semiinconsciencia, notaba su presencia familiar, como la de un hermano.
— Gracias – aplasté las hierbas como había visto hacer a Sara y me las esparcí por la espalda como buenamente pude. El perro me observaba sentado a mis pies y cuando terminé permanecimos el resto de la guardia en silencio, disfrutando del hecho de estar juntos de nuevo.
— Tengo que despertar a Tirós, no sé que dirá cuando te vea - el perro levantó la cabeza y me lamió la cara, parecía triste. Volvió a lamerme mientras se levantaba para luego encaminarse hacia el bosque.
— No tienes porque irte, seguro que entenderán que eres un amigo – paro unos minutos sin darse la vuelta, luego siguió caminando hasta que desapareció.
Desperté a Tirós y permanecí despierto hasta que me aseguré que no volvía a dormirse. Luego me eche de nuevo sobre la manta que me había prestado Calsón. Sabía que volvería a verlo por eso, aunque su ausencia me hacía sentir desprotegido, volví a dormirme.

El viaje continuó sin dificultad los dos días siguientes. Después de aquella primera noche nos ofrecieron continuar el viaje con ellos hasta la ciudad de Paranfor y nosotros aceptamos. Así que a la mañana siguiente nos dividimos en grupos de tres para conducir los carromatos llenos hasta los topes de barriles que contenían vete tu a saber que. En el primero viajaban Ambo y Tirós seguidos por Calson y Sara que seguían con sus clases de lectura. Después íbamos Ricio y yo, y por último montada en su caballo marchaba Esmile. Según los cálculos de Ambio llegaríamos al cañón de Sarkada en el tercer día de viaje, es decir al día siguiente, y a cada paso Ricio estaba más nervioso. Cualquier sombra le asustaba por lo cual tenía más tiempo el colgante en la boca, que aire en los pulmones. Por fin me decidí a preguntarle, de todos los carreteros era él más dispuesto a hablar.
— ¿Qué es lo que te asusta tanto? – la pregunta le sorprendió tanto que se le olvidó besar el colgante, luego por lo visto recordó mi supuesto aislamiento en el bosque.
— Que el cañón está maldito.
— ¿Maldito?
— ¡Ay! Muchacho tu inocencia es desquiciante. Si maldito, poseído por espíritus desde la gran guerra – anticipándose a mi elemental pregunta agregó – desde tiempos inmemoriales los ángeles y Demonios han mantenido una lucha encarnecida por el control del verdadero poder, sea cual sea. Hace treinta años aproximadamente un Demonio llamado Demsoger engañó a un joven e ingenuo aprendiz de mago para que abriera una puerta entre el mundo material y el de los espíritus. Una vez aquí mató al joven y poseyó su cuerpo además de su magia, después abrió otras puertas e irrumpieron en nuestro mundo un ejercito de Demonios llamados los destructores, así empezó la guerra.
— Y que pasó después – tragué saliva.
— Pues con la ayuda de un mago muy poderoso, los ángeles consiguieron entrar además de permanecer en el mundo material, porque debes saber que la única manera que tiene un espíritu, ya sea benigno o maligno, de subsistir en este mundo es poseyendo un cuerpo. Pero como iba diciendo, unidos construyeron unos objetos que permitía a los ángeles tener cuerpo propio pero sin perder ninguna de sus cualidades como tales. Entonces las batallas se sucedieron unas tras otras en todos los rincones del mundo arrasando todo a su paso, y el cañón de Sarkada fue el escenario de una de las más brutales batallas por eso está maldito. Se dice que las almas de los cuerpos que poseyeron los Demonios todavía vagan por allí.
— Si pero ¿cómo terminaron las batallas? Quiero decir no habrá todavía ángeles y Demonios peleándose por ahí ¿verdad?
— La guerra terminó unos veinte años atrás aunque nadie sabe como, solo te puedo contar lo que a mi me contaron algunos soldados que estuvieron en la batalla final, y es que por lo visto el mago y los ángeles construyeron un objeto tan poderosos que al intentar dominarlo se volvió en su contra y creó un agujero negro que engulló a todos los entes encerrándolos en su mundo espiritual. Sin embargo Demsoger se había hecho tan poderosos que logró resistirse a la atracción del agujero y quedó encerrado en el este mundo.
— Entonces aún esta aquí.
— Si, dominándolo todo, aunque desde hace algún tiempo permanece aislado en la torre de Martor y son sus aristócratas quien gobiernan en su nombre.
Por puro instinto pregunte
— ¿Cuál era el nombre del mago?
— Maestre – la verdad es que me esperaba esa respuesta, lo que no tenía claro era si saberlo me ayudaba o no. Toda la información circulaba por mi cabeza como si fuera la línea telefónica en navidad. No podía evitar sentir que todo me era conocido. Lo que estaba más claro que el agua era que el objeto misterioso bien podría ser mi colgante y eso lo hacía muy peligroso, porque si no tenía cuidado podía empezar otra guerra en este mundo. Tenía que hablar con Sara en privado en cuanto tuviera ocasión. Entonces me di cuenta de que se me estaba olvidando la pregunta más importante.
— Y ¿el mago Maestre sigue vivo?
— Muchacho preguntas demasiado ¿qué interés tienes tu en la gran guerra? – Esmile de alguna forma había conseguido ponerse a la derecha del carromato sin que yo la oyera, aunque al parecer ella no había perdido palabra de la conversación.
— Si quieres tener un buen futuro debes aprender del pasado, es un refrán que mi padre me enseñó.
— En verdad es sabio tu padre, pero dime ¿qué es lo que realmente piensas?
— Bueno, solo pensaba que si el mago Maestre siguiera vivo la guerra podría volver a empezar en cualquier momento, a fin de cuentas ya trajo a los ángeles una vez.
Ricio beso tantas veces su amuleto y tan fuerte que sus labios se pusieron blancos, pero seguro que no tan blanco como mi cara porque en un instante Esmile monto su espada.
— No es para ponerse así, tú has preguntado y yo he respondido
Avivó a su caballo hasta ponerse junto al primer carromato, dejando claro que su actitud no sé debía a mis palabras si no a algo que había visto en la lejanía. Después de mantener una pequeña charla con Ambio partió hacia el este. Ambio disminuyó la velocidad de la marcha y Ricio tubo que frenar para no chocar con el segundo carromato. Dejo por un momento de rezar para ver como la Felimbre se marchaba.
— ¿Solo tienes esas flechas muchacho? – Sin esperar mi respuesta sacó un cuchillo de su bota izquierda y me lo entregó – vete atrás, selecciona entre la leña que recogimos los troncos mas finos y sácales punta, puede ser que los necesitemos.
Ya era de noche cuando Esmile regreso con la espada todavía ensamblada. Habíamos acampado justo al lado del camino no muy lejos de donde nos separamos. Por precaución no habíamos encendido el fuego y el frío de la noche me estaba congelando hasta las ideas, pero había conseguido la numerosa cuantía de treinta flechas e iba aumentándolos mientras hablábamos
— ¿Qué has visto? – preguntó Tirós con expresión desabrida
— Una avanzadilla, no más de veinte jinetes y si la vista no me engaña su bandera tiene la marca de la espada roja.
— ¿Quiénes son? – pregunté
— Un grupo de salteadores y asesinos sin escrúpulos – calson escupió en el suelo
— ¿Cuando llegarán aquí? – Ambio, con la cara contraída en una expresión inidentificable, volvió a encauzar la conversación a lo que realmente importaba ahora
— Si no aumentan el paso mañana al amanecer.
— ¿No existe ninguna posibilidad de que cambien el rumbo o se dirijan a otra parte a fin de cuenta no nos ha visto? – quiso saber Sara.
— No, saben que estamos aquí, nos han visto como nosotros les hemos visto a ellos. Tendremos que luchar.
Ambio ordenó que se pusieran los carromatos en círculos para que nos sirvieran de escudo en el combate, aunque a mi parecer este sistema no es que nos ofreciera mucha protección. Lo que si tenía claro era que si nos quedábamos allí era muy probable que nos mataran, en cambió si luchábamos en el cañón a lo mejor teníamos una posibilidad.
— ¿A cuantas horas esta el cañ...? - Ricio ni siquiera me dejo que terminara la frase
— Me niego, esa no es una buena idea Ambio, no podemos luchar en un lugar maldito es una locura, un suicidio.
— El muchacho tiene razón es posible que aquí podamos hacer frente a la avanzada de mercenarios pero el grueso del ejercito no está lejos y no sé si podremos escapar a tiempo – El apoyo de Esmile no fue suficiente para convencer a Ambio que seguía debatiéndose entre la táctica y la superstición.
— ¿Qué opinas tú Tirós?
Este se mantuvo unos minutos pensando
— Creo que no sobreviviremos si nos quedamos aquí pero tampoco lo aremos en el cañón, así que más da donde muramos.
— Bien – Ambio mantuvo fija la mirada suplicante de Ricio – iremos al cañón.
— Yo no, conmigo no contéis.
— Bien pues quédate aquí – la respuesta de Calson zanjo la discusión.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

capitulo IV

4

Las montañas del cielo




La noche ya era cerrada cuando sonó la campanilla. Un cosquilleo recorrió la espalda de la mujer cuando inició la subida por las escaleras. Sabía que no debía hacerlo esperar, por alguna extraña razón el señor llevaba varios días enojado y sus reacciones eran más violentas de lo habitual. Todavía le dolía el cuerpo de la última sacudida. Las escaleras terminaron en un oscuro pasillo. Al dar los primeros pasos una poderosa antorcha apareció sobre su cabeza, avanzando según andaba la mujer. Al llegar a la habitación vio que la puerta estaba entreabierta.
— Entra – la voz del amo estaba agitada
Nada más entrar se arrodilló inclinando la cabeza hasta tocar el suelo con la frente. Lo que fuera que atormentase al amo, tenía que ser muy importante pues la mujer no lo había visto tan nervioso desde la gran guerra, por nada en el mundo deseaba hacerle enfadar.
— Necesita algo poderoso amo
— Levanta y ve enseguida en busca de Somred.
Se levanto tan rápido como pudo y sin mirarle salió de la habitación dando gracias a los ángeles por su buena suerte.
Las habitaciones de los soldados estaban situadas en el ala norte del castillo y para llegar hasta allí tenía que atravesar el patio de entrenamiento. El frío de la noche conservaba los cuerpos de los soldados que no habían podido soportar el duro entrenamiento al que Somred les sometía. Al llegar un guardia le cortó el paso.
— Mujer ¿qué haces aquí? ¿A qué has venido?
— El señor ha mandado llamar al general Somred, debe presentarse inmediatamente ante su presencia.
— Esperad aquí – el soldado se fue y al rato apareció acompañado de un hombre fuerte y musculoso, de ojos verde brillante e intensos. Sería bastante guapo si su cara no estuviera atravesada por una enorme cicatriz.
— Bien mujer ¿qué pasa?
— Valeroso Somred – hizo una reverencia – mi señor desea verle inmediatamente.
— Bien.
Inicio el camino apartando de una patada los cuerpos que le estorbaban el paso, le vio partir cabeza en alto como el orgulloso guerrero que era.



La puerta estaba abierta, cuando el general Somred llego ante ellas, entró y se arrodilló frente a él. El pecho del demonio estaba al descubierto dejando a la vista las púas que le recorrían los brazos. Dos bultos se podían distinguir en el inicio de la espalda, y sobre la frente sobresalían dos pequeños cuernos de un rojo intenso. Estaba estudiando varios mapas extendidos sobre una mesa.
_ Desea mis servicios mi señor Demsoger.
— Reúne a tus mejores hombres y partir de inmediato hacia Paranfor.
— Si mi señor, partiremos mañana al amanecer
— He dicho de inmediato – su piel cambió de color pasando del negro al rojo intenso, de sus cuernos salían rayos que destrozaban en mil pedazos todo aquello que tocaban. Sus manos repletas de garras, que hacían la vez de uñas, le agarro de la ropa alzándole hasta que sus pies no tocaron el suelo – partiréis en cuanto hayáis recogido algunas provisiones ¿queda claro?
— Si mi señor – le arrojo al suelo mientras su piel parecía recuperar el color normal – ¿cuál es mi misión?
Sus facciones se convirtieron en una mueca de ansiedad y nerviosismo.
— Debéis encontrar a un hombre de unos veinte años aproximadamente, en la zona de las montañas del cielo. Traérmelo vivo y en buen estado. El hombre que lo mate sufrirá el dolor de mil muertes, ¿has entendido? Además tiene un objeto que tengo que poseer, un colgante de oro, es muy importante que lo tenga.
— Como lo reconoceré, cual es su nombre.
— En cuanto le veas sabrás que es él. Ahora partid, pero antes tomad esto – le arrojo una moneda ovalada y plateada completamente plana, era tan pequeña que le cabía en la palma de la mano – llévalo siempre contigo y tened cuidado no será tan fácil como pensáis – su piel se enrojeció al instante - os advierto, si falláis el castigo será tan doloroso que desearás no haber nacido.
Dos horas antes del amanecer una patrulla de diez hombres partieron de la fortaleza de Martorr.



Mientras, cuatro jinetes enmascarados cabalgaban sobre sus monturas en la misma dirección y con motivos parecidos. No habían dormido desde que partieron del desierto de Carjar. Tanto ellos como sus monturas estaban cansados pero el tiempo se agotaba poco a poco y el enemigo estaba más cerca del objetivo. Ellos habían notado la fuerza del colgante mágico y suponían que los enemigos también lo habían hecho, y si llegaban antes hasta el objeto y su fuerza, las esperanzas que habían mantenido hasta ahora desaparecerían y el mundo se consumiría sin remedio en la temible oscuridad. Espolearon a sus monturas para ganar más velocidad, no estaban dispuesto a consentir que eso ocurriera, pasase lo que pasase. El sol ya asomaba por el horizonte cuando llegaron a la frontera montañosa de Escron. Pasado el cañón se adentrarían en el territorio del Demonio Demsoger su mayor y más cruel enemigo.



Me desperté cuando el sol ya estaba en lo alto, tendrían que ser las doce o cerca. Estaba echado boca abajo con la chaqueta cubriéndome los hombros. El fuego estaba prácticamente apagado, sólo quedaban brasas. No veía a Sara por ningún lado. Intenté sentarme pero un dolor en la espalda me lo impidió, entonces recordé la noche pasada y un miedo atroz me invadió. Llamé a Sara a gritos pero nadie contestó, ni ella ni el perro hicieron acto de presencia. Me incorporé de un salto ignorando el dolor que hizo que se me doblaran las piernas. Sabía que el perro nunca la haría daño pero no podía decir lo mismo de los lobos y si al final la habían atrapado y... La volví a llamar con idéntico resultado. Desesperado me acerque tambaleante hasta el linde del bosque desde donde habían salido los lobos, cuando la vi aparecer de entre unos arbustos con una especie de cuenco con agua en las manos.
— Donde estabas, me has asustado.
— Mira quién fue a hablar. Anda vuelve a sentarte y toma un poco de agua, creo que he visto una zarza con bayas o moras por allí, ahora vuelvo – se fue otra vez sin darme tiempo a protestar. Volvió con la chaqueta a modo de bolsa llena hasta los topes y se sentó a mi lado.
— ¿Dónde esta el perro?
— No lo sé, está mañana cuando me he despertado, ya no estaba
— ¿Qué paso cuando me desmaye? y ¿qué es eso tan pegajoso que tengo en la espalda?
— Cuando vi que los lobos te atacaban me quedé paralizada, no sabía que hacer – intenté hablar, decirle que no hubiera podido hacer nada, pero no me dejo, puso su dedo índice sobre mis labios para hacerme callar – la verdad es que no he pasado más miedo en mi vida. Ya lo daba todo por perdido cuando vi la luz del colgante y apareció ese perro, el animal mas hermoso que yo he visto en mi vida, entonces supe que estábamos salvados, no se por qué, simplemente desapareció el miedo, cuando por fin conseguí bajar del árbol tu ya te habías desmayado y el perro ya no estaba.
— Pero pensé que dijiste que había estado aquí hasta esta mañana.
— No te adelantes quieres, que todavía no he terminado, por donde ¡a sí! El perro no estaba y yo con tigo no sabía que hacer, las heridas parecían serias y no me atrevía a ir hasta el río, entonces el perro volvió a aparecer dándome un susto de muerte. Traía en la boca este especie de cuenco lleno de agua y unas hierbas. Al ver que yo no sabía que hacer con ellas cogió algunas y comenzó a aplastarla para luego meterlas en el cuenco, yo repetí la operación con las que quedaban y te lo puse sobre las heridas.
— Y ¿luego?
— Luego me quedé dormida, sabía que el perro estaba allí y pensé que le tocaba a él el turno de vigilancia, pero cuando me desperté ya no estaba.
Ya nos habíamos terminado todas las bayas. Me levanté para comprobar la estabilidad de mis piernas, no me apetecía pasar otra noche allí.
— Lo mejor que podemos hacer es marcharnos – dije.
— ¿Crees que puedes caminar? y ¿si vuelve el perro y no estamos?
— Si vuelve seguro que sabe como encontrarnos, pero no creo que sea muy seguro quedarse aquí otra noche – no estaba muy convencida - esas hierbas deben de ser buenas cicatrizantes, créeme puedo seguir
— Está bien, pero espera un momento – trepó hasta la rama más alta que podía sostener su peso y miró a los alrededores, cuando bajo estaba mas contenta que unas castañuelas — Mira que somos tontos, esto era lo que debimos hacer desde un principio.
— ¿Qué has visto?
— Las montañas del cielo, saca el libro – extendió el mapa y cogió un poco de tizón – mira el libro es como un guía de viaje te dice donde están las rutas, caminos y ciudades. Hasta ahora no lo hemos podido utilizar porque no sabíamos donde estábamos pero ya si – marcó un grupo de montañas en el mapa – estamos aquí, en las montañas del cielo. Reciben ese nombre porque las cumbres siempre están cubiertas de una espesa nubes. Según el libro hay un bosque cerca de una ruta comercial que llega hasta la ciudad de.. – Buscó en el libro en nombre de la ciudad – Paranfor, quien te dice que no es este el bosque.
— Bueno entonces ¿por dónde tiramos?
— Hacia el oeste.
Miré hacia arriba. El sol comenzaba ya su retirada para pasar la noche, y si daba por hecho que el sol salía por el este y se ocultaba por el oeste, entonces teníamos un problema.
— ¿Qué clase de problema? – quiso saber Sara cuando se lo comenté.
— Que hay que cruzar un río y a menos que tengas una balsa hinchadle debajo de la ropa no hay manera de vadear una corriente tan fuerte.
— Entonces sigamos la corriente del río, es posible que más abajo encontremos la forma de cruzarlo, incluso puede que encontremos un puente.
— Desde luego optimismo no te falta chica.
Empezamos a caminar despacio, pues a pesar de mis palabras, la espalda me molestaba bastante. Llevábamos andando barias horas cuando nos encontramos con un verdadero problema, el río giraba hacia el este.
— Bueno y ahora que hacemos, con esto no contábamos.
— No tengo ni idea pero mira el lado bueno – señalé una pequeña laguna que se había formado en la orilla, donde varios peces habían quedado atrapados – esta noche tenemos cena.
— Me gusta el pescado asado, coge alguno mientras yo voy a buscar un buen sitio para pasar la noche.
Me quité las zapatillas, me remangue los pantalones, cogí una flecha y me metí en la laguna. El agua estaba helada y enseguida empecé a tiritar pero por suerte no tardé mucho en coger varios peces.
En cuanto volví a estar calzado fui a buscar de Sara, pero no vi ni rastro de ella. Era como si se la hubiera tragado la tierra ¿dónde se había metido esta chica?
— ¡He! Campestre me buscabas.
La voz parecía provenir de mi derecha pero al mirar no vi a nadie
— Aquí arriba – estaba subida sobre una peña completamente recubierta de musgo, lo que la camuflaba con el entorno la mar de bien - ¿quieres entrar en mi chabola majete?
— No sé, mi papá me ha dicho que no hable con chicas malas, que son perjudiciales para la salud.
— Conque chica mala, pues ahora no entras fíjate lo que te digo
— Pues no comes fíjate lo que te respondo – enseñe los peces que empezaban a apestar.
— Si es así como me lo pones entra, sigue la peña y encontraras una abertura un poco más allá.
La choza era una corona de rocas completamente cerrada excepto por una pequeña abertura escondida detrás de unos arbustos, el interior era espacioso y acogedor pero lo más importante era que no se veían huellas de animales por ningún lado. Encendimos el fuego y asamos los peces. Una vez hubimos comido decidimos el orden de las guardia, dentro de la corona de rocas estábamos bien protegidos pero no podíamos fiarnos, por supuesto el primer turno me toco a mí.
— Todavía no tengo sueño – Sara permaneció mirando la inmensidad del cielo durante un buen rato – ¿no te has fijado? creo que reconozco ese grupo de estrellas, sabes algo de astrología.
— No mucho, pero esas que estás señalando parece ser la constelación de la Osa Mayor
— ¿Por que parece? no me digas que un campestre tan experimentado como tú no se puede guiar por las estrellas.
— No, la verdad, no creo que pudiera guiarme por ellas y menos aún en este mundo, y digo que se parece porque esta constelación tiene una estrella de más – señalé la estrella que estaba situada en el centro de cuadrado – ves esa estrella en nuestro mundo no está.
— Reconoces algunas más
— No mucho, todas parecen cambiadas y además no consigo localizar la estrella polar.
Un silencio se apoderó de nosotros, Sara parecía haberse dormido por fin. El fuego se estaba apagando y le arroje un trozo de leña. Dentro de la corona los sonidos del bosque parecían haberse apagado.
— ¿Crees que volveremos a ver al perro? – Sara seguía echada con los ojos cerrados.
— Si estoy seguro ¿porqué lo preguntas?
— Con él cerca me siento más segura.
— Que pasa mi presencia varonil no es suficiente para la señora, me siento ofendido.
— Estoy hablando en serio, deja el sarcasmo para otro momento, ¿sabes? la otra noche parecía que los dos os conocíais
— Si, ya le había visto antes en un sueño – intenté recostarme sobre una roca pero el dolor de espalda impedía todo rozamiento – la segunda noche que pasamos aquí tuve un hermoso sueño y el perro salía en el, pero todavía era un cachorro aunque a decir verdad yo no tenía mas de dos años, estaba en una habitación... – le conté el interrumpido sueño.
— Lo siento – le hice un gesto con la mano para no darle importancia – ¿crees de verdad que tu madre puede que viva aquí y que puedes encontrarla?
— Si, creo que ella es de este mundo y espero encontrarla o por lo menos algunas respuestas, pero lo más importante ahora es que tú vuelvas a casa, yo siempre puedo volver cuando quiera, recuerda tengo el colgante de mi madre.
— A lo mejor Maestre sabe algo de tu madre, déjame ver el colgante otra vez – saqué el colgante y se lo di – y también podrá decirnos que significan estos signos, a lo mejor son palabras del lenguaje de este mundo, lo que me lleva a pensar que es posible que no podamos comunicarnos cuando encontremos a Maestre.
— Con las manos se puede decir todo, hasta que aprendamos el lenguaje que por lo que me han dicho, tú en eso del idioma eres un hacha.
— Si, la verdad es una estupidez preocuparse por estos problemas ahora – bostezó y volvió a recostarse – cuando nos encontremos con un problema ya lo solucionaremos.
— Ya tenemos uno, tenemos que pensar como cruzar el río
— Hum – entraba ya en el mundo de los sueños
Las horas pasaban despacio y los párpados se me cerraban a pesar de mi empeño de permanecer despierto. Al final el cansancio me venció y me deje sumergir en el mundo de los sueños. Desperté con la luz del sol, Sara seguía dormida acurrucada junto a mí. Me desperece despacio para no despertar ni a mi compañera ni al dolor de espalda, y entonces vi a mis pies otro cuenco con agua y algunas hierbas, además también había dejado una especie de cantimplora alargada forrada de piel.
— Sara despierta – le di algunos golpecitos en el hombro.
— Ya me toca relevarte – abrió completamente los ojos – pero si ya es de día no habrás pasado toda la noche despierto verdad.
— No yo también me quede dormido, pero mira, el perro ha vuelto mientras dormíamos – le enseñe el cuenco de agua, las hierbas y el recipiente.
Cogió las hierbas y después de comprobar que eran las mismas, las molió sobre una piedra para luego meter las en el cuenco de agua como hizo la noche pasada.
— Quítate la camisa
Hice lo que me decía y me puso la plasta, que escocía como el diablo, en la espalda. Una vez apagado el fuego salimos de la protección de las rocas para dirigirnos hasta el río. Pasamos un buen rato comprobando el terreno. El río giraba hacia el este para luego seguir en esa dirección, no nos quedaba más remedio que cruzarlo.
— Es posible que más abajo encontremos algún pueblo o aldea – Sara buscaba en el libro alguna indicación que pudiera guiarnos.
— Pero es posible que no encontremos nada y entonces habremos perdido un tiempo precioso buscando – me acerque hasta la orilla, la corriente en la curva parecía menos fuerte, pero aun así seguía arrastrándonos, a no ser... – Sara busca una cuerda o algo que se le parezca, se me acaba de ocurrir la solución.
Estuvimos buscando entre el follaje algo que nos pudiera servir, y encontramos una planta cuyas hojas parecían lo suficientemente fuerte como para soportar el peso de una persona. Arrancamos tantas como pudimos, las entrelazamos y las atamos unas a otras para conseguir una cuerda bastante fiable.
— Una vez echa la cuerda me cuentas tu plan.
— Mira, en la curva el río se estrecha, además la fuerza de la corriente es menor, a si que, si conseguimos pasar la cuerda al otro lado y la anclamos podremos pasar nadando.
— Ya y como la amarramos en la otra orilla.
— ¿Ves, esos árboles de allí forman una uve? están tan cerca de la orilla que nos pueden servir de anclaje
Até una piedra en uno de los extremos de la cuerda y la lance. El tiro no tuvo la suficiente fuerza y no alcanzo la otra orilla. Lo intentamos una docena de veces antes de conseguir que la piedra encajara entre los dos troncos. Una vez afianzada tiramos de la cuerda para asegurarnos de que estaba bien sujeta y atamos el otro extremo a un árbol cercano. Para impedir que la ropa, el libro y el ordenador se mojaran los envolvimos en hojas, pero la corriente era más fuerte de lo que me pareció a primera vista y estaba tan fría que no pude evitar que se me escapara el fardo de la ropa. Por suerte Sara consiguió cogerlo, con una gran estirada, antes de que la corriente se lo llevara río abajo. Ya en el otro lado, otra vez vestido con las ropas húmedas, emprendimos de nuevo el viaje.
El viaje continuo sin complicaciones, en esta parte del bosque abundaba la caza, aunque a cada paso que nos alejábamos del río, escaseaba el agua. La vegetación también había empezado a cambiar, cada vez aparecían más claros y el bosque era menos frondoso. Las montañas del cielo ya se podían ver con claridad y eran impresionantes, en verdad parecía que tocaran el cielo.
Al sexto día de viaje prácticamente habíamos salido del bosque. El agua casi se había acabado y la comida empezaba a escasear.
— Estoy pensando que ha sido una mala idea salir del bosque es posible que allí no encontremos respuesta, pero por lo menos no nos morimos de hambre o de sed — dijo Sara.
— No te preocupes, el libro dice que cerca de aquí está el paso de la ruta comercial, si conseguimos encontrarlo pronto podremos llegar a Paranfor, además creo que para esta noche tenemos cena, no te muevas - una serpiente de tierra se acercaba sigilosamente a Sara por detrás. Agarré el arco y prepare la flecha. Sara intentó darse la vuelta para ver lo que le atacaba – no te muevas – la serpiente estaba a los pie de Sara, cuando levantó la cabeza lista para atacar disparé la flecha.
Sara no aguanto más y se dio la vuelta justo cuando la flecha clavó a la serpiente en la tierra, donde estuvo varios segundos coleteando antes de que Sara, en un ataque de ira incontrolada, le asestara un golpe en la cabeza con una piedra.
— Odio las serpientes, la detesto – miró al bicho muerto - no pretenderás que me coma eso verdad.
— A lo mejor la señora prefiere de primero una ensalada de tomate, de segundo un conejo al horno con vino tinto y de postre una tarta de chocolate con nata.
— Si, a la señora le apetece todo eso y más
— Pues sentimos comunicarle que no nos queda nada de nada pero podemos ofrecerle un excelente guiso de serpiente, considerado en Australia como un plato delicioso.
— Como demonios puedes seguir diciendo payasadas en un momento como este, no sé tú pero yo me muero de sed.
— Simplemente porque sé que encontraremos agua pronto.
— ¡Ya!
Asamos la serpiente al resguardo de unas rocas y nos bebimos el agua que nos quedaba. Al llegar la noche no encontramos ningún sitio donde resguardarnos así que acampamos en un pequeño claro, y por la mañana proseguimos el viaje, cansados y muertos de sed.
Llevábamos ya cinco horas caminando cuando oímos un sonido extraño, parecido al ruido que hacen los animales cuando pastan. Echamos a correr siguiendo el sonido y llegamos a un claro donde tres carromatos estaban acampados. Los animales libres de sus arneses pastaban tranquilos comiendo hierba y bebiendo de lo que parecía una fuente natural. Nos escondimos detrás de unos arbustos cercanos para observarlos mejor. Cuatro hombres charlaban tranquilos alrededor de una hoguera ya apagada. Tenían la piel oscura y vestían con grandes túnicas, de los cintos colgaban grandes espadas de acero y por como se movían quedaba claro que sabían manejarlas.
— Si seguimos por la ruta del valle evitando el cañón de Sarkada, podremos llegar a Paranfor en tres o cuatro días – dijo el hombre que estaba sentado de espalda a nosotros, por lo que no podíamos verle bien, pero aparentaba ser el mas fuerte de los cuatros y su tono de voz indicaba autoridad.
— Bien, no me gusta nada ese sitio y si queréis saber mi opinión este tampoco me gusta nada – comentó el hombre sentado a la diestra del primero mirando nervioso de un lado a otro en busca del enemigo, tenía una cara redonda y unas facciones agradables
— Y quien ha pedido tu opinión, si por ti fuera no pararíamos nunca – dijo un tercer hombre que era un tipo bajito y al parecer con bastantes malas pulgas, sus ojos reflejaban inteligencia a la par que suspicacia
— Yo que tú respetaría más a los espíritus – se defendió el segundo hombre - no cometas el error de ignorarlos o las consecuencias para ti pueden ser terroríficas – se llevó un pequeño colgante de plata a los labios y los besó tres veces
— El único error que hemos cometido ha sido traerte con nosotros
— Callaos ya, vuestras continuas peleas me levantan dolor de cabeza – el primer hambre se levanto y fue a sentarse lejos de los demás. Al levantarse pudimos verle la cara, tenía unos ojos azules claro y las facciones afiladas.
Un cuarto hombre permanecía callado a la espera de algo o alguien, era increíblemente grande, por lo menos era dos veces yo, aunque no parecía agresivo.
Regresamos al bosque para poder hablar sin que nos oyeran.
— Bueno ya hemos encontrado a alguien ahora ¿qué hacemos? nos presentemos allí como si tal cosa, no pasábamos por aquí y... – dije
— A mí me importa un pepino a quien hayamos encontrado, lo importante es que hay agua, te lo digo en serio si no bebo algo enseguida me da un tabardillo
— Por lo menos sabemos que hablan nuestro idioma, eso ya es algo
— Y porque no deberíamos hablar igual – dijo una vos que no parecía venir de ningún sitio pero de todos a la vez.

martes, 2 de diciembre de 2008

capítulo III

3

Angemund




Paramos en un bar del centro y está vez fui yo el que pedí una cerveza y ella un refresco. Estuvimos bebiendo sin decir nada bastante tiempo.
— Peleas bien – no se me ocurrió otra manera de empezar la conversación – ¿estas bien? — Al menos no me ha mandado a paseo después de lo que ha pasado
— Si – suspiró – la verdad estoy esperando una explicación.
— Pues ya somos dos. No sé muy bien lo que está pasando
— Eso no es una explicación – su cara empezaba a crisparse.
Se lo conté todo sin dejarme nada. La expresión de su cara pasaba de la preocupación a la curiosidad a la velocidad del rayo. Cuando acabé, su expresión era indeterminada, una mezcla entre preocupación y curiosidad. Estuvimos callados un rato.
— Mira no lo entiendo ¿por qué simplemente no le das el colgante? que según tú debe valer una fortuna o vas a la policía.
— No lo se, supongo.... bueno si que lo sé. Estoy seguro de que ese colgante pertenece a mi madre porque te aseguro que de mi abuela no es y mucho menos de mi tía. Así que no le voy a dar lo único que tengo de ella, y que me puede ayudar a averiguar quien es, a un tipo despreciable que es muy posible me mate en cuanto se lo de. Y con respecto a la policía no estoy muy seguro de que puedan ayudarme. En caso de que presentara una denuncia, te recuerdo que fuimos nosotros los que les agredimos y tiene las marcas para demostrarlo, y tampoco podemos demostrar que ellos nos amenazarán con unas navajas.
— Viéndolo de esa manera tienes bastante razón, pero no creo que ese tipo despreciable se conforme con nuestra negativa.
— ¿Nuestra?
— A mí también me han atacado ¿no?
— Si, pero porque estebas con migo. Si te llevo a tu casa es muy probable que te dejen en paz.
— Y dejarte solo con este marrón, ni hablar. Lo primero que hay que hacer es averiguar lo que tu padre guardaba en el ordenador – llamó al camarero – y pensar que Manolo decía que eras el hombre mas aburrido del mundo.
— Simpático el niño – sonreí – de todos modos entrar en mi piso no va a ser tan fácil
— ¿Por qué lo dices?
— Es posible que me estén esperando en el portal de mi casa – Sara se volvió a sentar en el taburete, ya no se la veía tan decidida.
— Bueno es posible que podamos entrar sin tener que pasar por el portal – la luz de la esperanza volvió a brillar – el arquitecto era un tipo bastante listo. Cuando construyó mi edificio, y los edificios de alrededor, decidió ahorrarse los muros y comunicar todos los garajes de la manzana, lo que ha acarreado más problemas que beneficios. Podemos entrar por el garaje de otro portal, por ejemplo el que está a la vuelta de la manzana.
Está vez no esperamos a que se presentara el camarero dejamos un billete de cinco euros y salimos pitando del establecimiento.
Estábamos apoyados en la esquina de mi edificio observando al coche aparcado en la acera de enfrente. Aun en la oscuridad se podía distinguir dos figuras. No se veían con claridad las caras, pero estaba claro que se trataban de Antonio y compañía. Los dejamos allí y regresamos al portal del edificio que estaba situado justo detrás del mío, donde habíamos dejado la moto. La entrada al garaje estaba justo al lado.
— ¿Conoces a alguien que nos pueda abrir la puerta del garaje? _ Sara daba saltitos de un pié a otro para contrarrestar el frío. Miro el reloj – de todas formas es muy tarde para llamar a alguien.
— Si, y no te preocupes por la hora, el señor Andrés trabaja hasta tarde – llame al telefonillo un par de veces. A la tercera llamada la voz del señor Andrés contesto.
— ¿Quién es?
— Soy yo, Roberto. He perdido la llave del garaje, por favor podría usted abrirme la suya
— Roberto ¿pero que haces tan tarde andando con la moto? Espera ya bajo.
Cinco minutos después ya estábamos en el garaje empujando la moto y explicándole al señor Andrés una mentira bastante creíble. No valía la pena asustar al pobre hombre. Subimos por la escalera del portal en un silencio sepulcral. Nos deteníamos en cada tramo por si oíamos cualquier sonido que delatara la presencia de Antonio o de su compinche, tal y como lo había hecho yo esa misma mañana. Por fin llegamos a mi casa. Nada más entrar Sara tanteó la pared en busca del interruptor.
— No enciendas la luz, si desde abajo la ven sabrán que estamos aquí.
— Si perdona, pero es que no veo un burro a tres pasos.
La agarré por la muñeca y guiándome con las paredes llegué hasta la cocina, donde con sumo cuidad fui subiendo la persiana. La luz que entraba de la calle era escasa y apenas si iluminaba el pasillo, pero me bastó para llegar hasta mi habitación donde si encendí la luz.
— Esta habitación da al patio de luces así que no creo que corramos peligro.
Cogí el ordenador que ya había terminado de cargarse. Lo encendí y no tardé nada en llegar hasta donde estaba la página. Sara se había sentado a mi lado, muy cerca de mí, casi nos tocábamos. De repente un calor me subió por la espalda haciéndome sudar como un pollo. Ella parecía no darse cuenta de mi repentino azoramiento porque se acercó un poco más.
— Antes de abrir la página deberías ir por el colgante y el libro, es posible que hablen de ellos - dijo Sara
Me levanté tan rápido que el ordenador estuvo a punto de caerse al suelo, y solo los reflejos de felina de Sara lo salvaron del desastre. Al salir de la habitación escuche sus risitas contenida. Volví a la habitación con el colgante en una mano y el libro en la otra, además de un buen golpe en la pierna derecha ¡maldita silla! Con mucha dignidad me senté a su lado dispuesto a no hacer el ridículo por segunda vez.
En el documento no había mucho escrito solo una palabra – Angemund.
— ¿Eso es todo? – La decepción estaba patente en el aire – espero que tu entiendas algo.
— No, nada... ¡Espera! Había algo parecido escrito en el mapa – cogí el libro y busque el mapa – aquí está, el mundo del ángel, no es la misma palabra pero se le parece.
— Si bastante... – no la deje terminar la frase
— A decir verdad esta diciendo lo mismo fíjate – tapé con el dedo la mitad de la palabra — si le ponemos la L a esta parte tenemos ángel – tapé la otra parte – si le ponemos la O a esta otra parte tenemos mundo.
— Elemental mí querido Sherloc. Bien listo, ya has demostrado que puedes deducir lo obvio, ahora me quieres decir ¿para qué sirve la dichosa palabrita?
La verdad es que no tenía ni idea que podía significar. Levanté el colgante para verlo mejor.
— El caso es que Angemund me sue....
De repente noté que el colgante se calentaba en mi mano y me iba arrebatando las fuerzas y la voluntad.
— Angemund – la palabra había salido de mis labios sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, consiguiendo que el calor se extendiera por todo mi cuerpo. Sentía a Sara a mi lado dándome golpecitos en el hombro y hablándome, pero no entendía nada de me que me decía. Ahora el calor era tan intenso que me quemaba las manos y me hacía temblar convulsivamente. Entonces, cuando ya creía que no podría aguantarlo más, todo cesó y del colgante surgió un rayo de luz tan intenso que al impactar contra el techo hizo añicos la lámpara. Por un breve instante la habitación permaneció en absoluta calma, y de repente el sólido techo de hormigón se hinchó hasta combarse, como una fina hoja de papel al ser arrastrado por el viento. Y ante mi estupor, como si fuera una película rebobinándose a cámara lenta, el rayo de luz volvió al colgante llevándose con sigo cada partícula del techo y de la realidad, dejando sólo un inmenso agujero negro. No sabía como pero ahora me encontraba en pie y podía sentir como el poder de atracción de aquella masa oscura actuaba sobre mi. Nada en el mundo hubiera podido evitar que el agujero me absorbiera, ni siquiera yo. Lo último que escuché antes de precipitarme en el abismo fue el agónico grito de Sara.

La luz de la mañana era tan intensa que me deslumbraba. Me levanté para bajar la persiana y lo que vi al abrir los ojos me dejo sin respiración. Estaba claro que ya no estaba en Kansas. Sara dormía a mi lado y aún agarraba mi pantalón. Estábamos en un pequeño claro del bosque más frondoso que había visto en mi vida. Un animal parecido a un conejo nos observaba desde la rama de un árbol cercano enrollando y desenrollando sus colas, pues sorprendentemente tenía dos, mientras sus pequeños ojos seguían atentos cada uno de mis movimientos. Me incorporé a medias pues estaba un poco mareado y por el rabillo del ojo vi como el animal desaparecía de un salto entre las espesas copas de los árboles. Nuestras ropas estaban mojadas por el rocío de la noche aunque el calor del sol mañanero empezaba a secarlas. El colgante seguía en mi mano y al mirar alrededor pude ver el libro y un poco más allá el ordenador. Cogí el libro para comprobar como estaba de mojado, por suerte las tapas de cuero habían protegido el interior, aunque no sé si podía decir lo mismo del ordenador. La pantalla estaba entreabierta y el teclado completamente empapado. Lo puse sobre mis piernas y fuera de todo pronóstico funcionó cuando lo encendí. El ruido debió despertar a Sara que al igual que yo se quedó sin respiración.
— ¿Qué ha pasado? – Me miró con verdadero pavor – lo último que recuerdo es que estábamos en tu cuarto buscando el significado de la dichosa palabra cuando...
— Bueno creo que al final la encontramos – me levante.
— ¿Dónde estamos?
— Ni idea, pero seguro que no en la Tierra.
— No, no, y no esto no puede estar pasando – meneó la cabeza de un lado a otro como si intentara despertarse.
— Sara...
— ¡No! Me estas intentando decir que hemos viajado a otro lugar, a potro mundo – volvió a sacudir la cabeza - esto debe ser un sueño, eso si es una explicación razonable
Me arrodillé a su lado y sin pensarlo la pellizqué.
— ¿Te duele? – como única respuesta recibí un empujón.
— Estás muy tranquilo – también ella se levantó y se puso a pasear de un lugar a otro, supongo que eso le ayudaba a buscar una explicación razonable.
Encogí los hombros como única respuesta. La verdad era que estaba tranquilo. No sentía ningún temor por no poder dar una explicación científica, para ser sinceros me encontraba expectante. Aunque si que había algo que me asustaba, me daba verdadero miedo lo que pudiera descubrir. Mi padre, por razones que no lograba entender, guardaba un colgante que podía transportar personas a otro mundo, por inexplicable que esto pueda parecer. Y ¿si mi madre fuera de este mundo? ¿Podría encontrarla?
— Vale, supongamos que esto no es un sueño, que estamos aquí – levantó los brazos señalando el bosque – ¿que hacemos para volver a casa?
— Supongo – tenía razón, debía pensar primero en ella, si no quería quedarse no podía obligarla, ya vendría yo solo después – supongo que como hemos venido – miré fijamente al colgante y pronuncie en voz alta – Angemund – no sucedió nada.
— A ver déjame a mí – le pase el colgante – Angemund – siguió sin suceder nada — ¡Espera! A lo mejor es otra palabra. Si para venir aquí se tiene que decir Angemund es porque este mundo debe llamarse Ángel o algo parecido. Entonces para volver solo tenemos que cambiar el principio por tierra, quiero decir por tierr – miró el colgante y cruzando los dedos dijo – Tierrmund – pero tampoco sucedió nada – inténtalo tú.
Cogí otra vez el colgante y dije en voz alta – Tierrmund – Pero tampoco era esa la palabra.
Sara se volvió a sentar decepcionada. Al arrodillarme a su lado para pedirle perdón vi que estaba haciendo un gran esfuerzo para no llorara, no sabía que hacer para consolarla así que simplemente la abrace.
— Llora — le dije.
Y valla si lloró. Lloró tanto que podría haber llenado ella solita el lago Ticicaca. Media hora después se separó de mí todo lo calmada y tranquila que se puede estar en una situación semejante.
— ¿Y si no podemos volver a casa? Ya echaba de menos a mi familia viviendo a 200 kilómetros y viéndolos solo algunos fines de semana para... – las lagrimas volvieron a asomarse en sus ojos, pero las controló – siento haberme comportado como una niña, sabes no voy de viaje a otro mundo muy a menudo.
— Volveremos a casa no te preocupe. Estoy seguro de que solo hay que encontrar la palabra adecuada, el colgante nos trajo y él nos devolverá a casa – me colgué el colgante al cuello y una vez de pie le tendí la mano para que se levantara – solo hay que encontrar a alguien que nos diga que palabra es.
Ella me cogió la mano y con un impulso se puso en pie. Pero el pequeño brillo de esperanza había aparecido en su cara desapareció tan rápido como había venido.
— ¿Y se puede saber a quien podemos recurrir? La verdad es que soy nueva por este barrio
— Me gusta tu sarcasmo, no es tan brillante como el mío pero puedes mejorar – le enseñe el libro – mi padre guardó la maldita palabra en el ordenador con el nombre de Maestre y adivina adivinanza ¿quién es el autor de este libro?
Me arrebató el libro de la mano y paseando de un lado a otro comenzó a leérselo. Leía varias hojas y pasaba otras, pero luego se arrepentía y volvía atrás para leerlas por encima. Así estuvo por lo menor una hora larga, por último cerro el libro con brusquedad.
— No viene ninguna palabra que nos pueda servir – sacudió el libro – es una guía de viaje si por lo menos supiéramos donde estamos nos podría servir, pero ni eso – suspiró y me tiró el libro – lo único sensato que podemos hacer es buscar una ciudad o algo parecido, a lo mejor hay una librería y todo.
— Eso mismo pienso yo, lo mejor es que busquemos un riachuelo o un río y seguirlo hasta encontrar una ciudad. En nuestro mundo la mayoría de las ciudades han sido construidas cerca de un río. Pero antes – le agarré una pierna y arranqué el tacón a las botas. No protestó, ella sola se arranco el otro tacón
— Ahora que hablas de agua tengo bastante sed y también tengo hambre ¿de donde vamos sacar algo de comida?
¿Pues no había pensado en eso? aunque ese era un problema que si podía resolver. Miré a mi alrededor en busca de un árbol que pudiera servirme, por suerte encontré uno justo a la medida. Era un árbol joven con ramas flexibles pero resistentes. Corte la rama más baja con una pequeña navaja que siempre llevo en el llavero, y la limpié de ramitas y hojas hasta que me quedó una vara ligera y flexible. Ahora lo único que necesitaba era algo para hacer de cuerda. Sara, que me miraba atentamente, comprendió mis intenciones y empezó a buscar ella también. Eran las dos pasadas cuando terminamos la tarea y nos encaminamos a la busca y captura de cualquier afluente de agua. De mi espalda colgaba un arco algo basto pero efectivo. Al final fue a Sara a quien se le ocurrió la brillante idea de utilizar finas tiras de cuero de mi chaqueta nueva entrelazadas a modo de cuerda. Además habíamos hecho barias flechas, no muchas la verdad, pero es que no era nada fácil afilar punta con mi diminuta navaja.
Encontramos un arroyo no muy lejos de allí. El problema consistió en atravesar aquella jara sin quedarte la piel en el intento (incluso llevando unos vaqueros) porque las zarzas más que pinchos tenían púas. En cuanto vimos el agua los dos nos lanzamos al riachuelo, el agua cristalina estaba algo fría pero sabía bien y no deje de beber hasta que me hinché tanto que creí que iba a reventar.
— Espero que sea potable – dijo Sara después del tercer trago.
— Si es potable, lo sé por esas marcas – le señalé la orilla donde varias huellas de animales aún se conservaban frescas. Me acerqué para verlas mejor. Aunque podía reconocer un gran número de especies estás me eran completamente desconocida, pero teniendo en cuenta el conejo de dos colas no me extrañó en absoluto,
— No sabía que te desenvolvías tan bien en el campo.
— ¿Eso es cachondeo? – pregunté. Sara se reía a mandíbula batiente, por lo menos ya no estaba triste, algo habíamos mejorado – no, en serio, he ido de acampada muchas veces con mi padre, es donde aprendí a tirar con el arco.
— ¡Ha! Pero tú sabes disparar, yo pensaba que tendría que encomendarme a la buena de dios.
— ¡Ja, ja, ja! Pues me defiendo bastante bien ya te lo demostraré.
Ya refrescados seguimos caminando. El terreno mejoró bastante en la rivera del río, ya no había tantas zarzas, pero si piedras esparcidas por todos lados. El problema ahora consistía en que faltaba poco para el anochecer, hacía frío y no habíamos conseguido nada de comer. Continuamos andando unas tres o cuatro horas más cuando pude demostrar mi valía como tirador. Un conejo de dos colas bebía placidamente en la otra orilla. Paré a Sara con la mano y apunté y, antes del que pobre animalillo pudiera darse cuenta, una flecha lo atravesó de lado a lado. No tardé mucho en encender un fuego y prepararlo para poder asar. En lo que si tardé fue en destripar y despellejar al pobre animal. El caso es que a eso de las diez empezamos a comer. Sara miraba a la carne con mala cara pero el hambre pudo más que la prudencia y comió hasta reventar.
— Estaría mejor con un poco de sal.
— Y un vino para acompañarlo.
— Si, esto estaría bien – terminó un muslo – debemos pensar donde vanos a acampar.
— Ese árbol de allí nos servirá – señalé unos metros a la derecha – las raíces nos cubrirá por lo menos del rocío.
Encendimos otro fuego cerca del árbol y recogimos ramas para mantenerlo encendido toda la noche. Nos acurrucamos uno al lado del otro entre las raíces.
— Ya no te acaloras cuando estoy cerca – dijo Sara – menuda pinta tengo que tener ¿tienes un peine?
— No, mira, creo que no – me registré los bolsillos – nada como ir de acampada con una chica para que te demuestren que todas son unas coquetas.
Con un pellizco me demostró que no estaba de acuerdo con la afirmación.
— ¿Quieres hacer tú el primer turno? Dije pero Sara dormía ya placidamente – y el ganador señores y señora es.... ¡yo!
Fue difícil mantener los ojos abiertos a partir de la dos pero no imposible tenía mucho que pensar. Quería volver a casa, sabía que éste no era mi mundo pero posiblemente si el de mi madre. Sentado allí mirando el fuego no pude dejar de preguntarme si me habría abandonado, o si fue mi padre quién lo decidió sin contar con ella. Enseguida deseche esa idea, mi padre había sido muchas en su vida cosas pero nunca fue un egoísta. ¿Y si ella había muerto? Esa posibilidad me hizo temblar. A las cuatro ya no pude mantener los ojos abiertos y desperté a Sara que se sacudió con un gruñido.
— ¿Qué pasa?
— Te toca vigilar
— ¿Vigilar? ¿Para que? – un rugido sonó en la lejanía y terminó de despertarla
— Para vigilar por si un animal salvaje nos ataca. Yo ya no puedo mantenerme despierto, a si que te toca relevarme – me dormí prácticamente hube terminado la frase.
Al despertar estaba en una habitación de paredes blancas completamente vacía a excepción de la cama en donde estaba echado y un espejo que cubría la pared de enfrente. El color de las sábanas que me cubrían eran de un blanco brillante y a mis pies dormía un perro completamente blanco. Al principio me costó verlo pero sabía que estaba allí. Cuando me incliné para acariciarlo me di cuenta que mis manos eran muy pequeñas, en realidad todo yo era muy pequeño. Al mirarme, el espejo me devolvió la imagen de mí a la edad de dos años. Entraba una suave brisa por la ventana abierta, refrescando la habitación, y me levanté para cerrarla. Al sentir mi movimiento el perro se despertó y moviendo la cola se acerco. Era tan grande como yo, su pelo era suave pero también fuerte. Un ruido proveniente de detrás de la puerta nos hizo girar la cabeza. La puerta comenzó a abrirse poco a poco, con un ágil salto el perro bajó de la cama y se sentó sobre sus patas traseras. La puerta estaba ya casi abierta y por ella apareció una figura. La luz proveniente del pasillo no me permitía ver sus facciones pero quedaba claro que era una mujer. Tenía el cabello largo de un color que me pareció claro, llevaba un vestido largo, aunque más bien era un camisón. Al entrar en la habitación sus facciones se fueron aclarando, estaba a punto de verla cuando unos fuertes empujones me despertaron. Al abrir los ojos volvía a estar en el bosque entre las raíces de un árbol con Sara a mi lado.
— Ya son más de las ocho, creo que deberíamos levantarnos ya.
Se puso en pie y se encaminó hacia la orilla del riachuelo, se lavó la cara además de los dientes, e intentó peinarse un poco. Mientras lo hacía me lanzó una mirada de reproche. Me puse a su lado y me lavé también pero no me peine.
— Yo tengo bastante hambre y creo que vi una zarza con frutas por aquella zona de allí – dijo señalando hacia la derecha.
Asentí, yo también tenía hambre, pero no podía quitarme de la cabeza el sueño ¡maldita sea! Si hubiera dormido unos segundos más. Echamos tierra sobre el fuego, más bien sobre las brasas y nos alejamos un poco de la orilla para buscar el desayuno, que encontramos en abundancia donde había dicho Sara. Comimos hasta reventar y guardamos bastantes en los bolsillos por si no encontrábamos más.
Comenzamos de nuevo a andar. Caminábamos, callados, uno al lado del cuando el terreno nos lo permitía, que empezaba a ser muy a menudo porque el cauce de río comenzaba a ensancharse.
— Se oye más agua – dijo Sara.
— Si, tienes razón ya debemos estar cerca de un río.
Unos metros más allá estaba la bifurcación donde se unía el riachuelo con el río. Era un río bastante caudaloso y además muy profundo. La orilla en donde estábamos era arenosa como una playa pero cambiaba según subías o bajabas. Sara se sentó en la orilla y se quitó las botas.
— Estas botas me están matando – se masajeó los pies para luego meter los en el agua fría.
Yo seguí su ejemplo y también puse mis pies a remojar. Miraba arriba y abajo en busca de un indicio de por donde deberíamos tirar pero en la orilla no había nada.
— Si te digo la verdad no sé por donde deberíamos tirar.
— Bajaremos - parecía muy segura, para darme una explicación añadió – estoy demasiado cansada como para subir cuestas, o peñas, o lo que sea.
— Estoy de acuerdo.
Así que nos pusimos las botas y comenzamos a caminar en silencio. Yo estaba atento a cualquier ruido en busca de un animal para la comida, pero al parecer habían emigrado todos. Al rato mi búsqueda surtió efecto. Apoyado de la rama de un árbol estaba el pájaro más grande que he visto en mi vida. Tenía un color amarillo verduzco y poseía un pico curvo tan grande como una mano. Las garras también eran curvas y grandes. Vamos que más de pájaro perecían de dinosaurio. Esta vez no tuve que detener a Sara pues ella también lo había visto. Apunté y disparé con tan mala suerte que la flecha fue a dar en el tronco al lado del animal. El pájaro levantó el vuelo pero no intentó huir, al contrario empezó a dar vueltas sobre nuestras cabezas. Disparé de nuevo esta vez y esta vez le di en un ala. El pájaro lanzo un graznido y cayó en picado. Corrimos hasta el claro cercano donde había caído, y al llegar lo vimos tendido en el suelo a pocos metros. Me acerqué para comprobar si el choque con el suelo le había matado, cuando de improviso se abalanzó sobre mí derribándome en el suelo. Y entonces pude comprobar, en propias carnes, la maestría con la que utilizaba el pico que lanzaba una y otra vez sobre mi cara. Una de sus garras se me clavó en el brazo derecho desgarrándome lo poco que quedaba de la chaqueta. Intenté golpearlo pero los golpes solo me dolían a mí. Al esquivar de nuevo el pico vi una piedra justo al lado de mi mano. La cogí y cuando volvió a atacar le golpeé con todas mis fuerzas. El golpe en si no le hizo mucho daño, pero ayudó lo suyo a Sara, que en ese instante le arreaba sin piedad en la cabeza con una rama. Cuando el bicho, por fin, se desplomó sobre mí muerto, le arreó uno más por si las moscas. Entre los dos conseguimos quitármelo de encima, y enseguida noté un dolor agudo en el brazo.
— ¡Menudo corte! – Lo apretó para cortar la hemorragia - ¿te duele?
Apreté con fuerzas los dientes.
— No - apretó un poco más
— Y ¿ahora?
—Si ahora si, ya vale
— Tengo que limpiarte la herida ante que se infecte
Volvimos junto a la orilla del río dejando allí el animal. Me lave la herida en el río, ella se rasgó la bajera de su camiseta a modo de vendaje.
— Espero que esto sirva para algo – me miró con preocupación.
— No me duele tanto, de verdad – para cambiar de tema añadí – a ver quién es el guapo que sube al árbol para bajar la dichosa flecha.
No respondió, simplemente corrió hasta el árbol y comenzó a trepar. Al poco volvía a estar en el suelo con la flecha en la mano. Se puso delate de mí y con una pomposa reverencia me entregó la entregó
— Guapa si no te importa.
— Muy bien reina de la belleza – di un paso a atrás por si las moscas – ahora tenemos que recoger la comida que tan duramente nos hemos ganado.
— Tú iras a por la comida, yo me quedo aquí preparando el fuego, no eres el único que ha ido de campamento ¿sabes?
— Muy bien pues tú lo despellejas y destripas.
— Ni hablar del peluquín
— Es que yo no puedo, ya sabes con lo del brazo y eso.
— Conque ahora te duele, pues si te duele te jorobas, que yo no toco esas cosa, menudo asco.
— Como cocinera vales poco.
— Mira, cuando quiero cocinar simplemente me voy al súper y compro un pollo ya destripado y para que lo sepas me sale un asado la mar de bueno.
La discusión duro poco más, al final me toco ir a por el pájaro despellejarlo y destriparlo. Cuando terminé ya estaba preparada la hoguera. La carne era un poco dura pero estaba sabrosa. Una vez comidos el cansancio se apoderó de nosotros y estuvimos allí tirado por lo menos una hora.
— Debemos irnos ya, pronto se hará de noche y este no es el mejor lugar para pasar la noche – señalé los restos del animal.
— Espero que pronto encontremos un pueblo.
— Es posible, pero no veo signos de caminos ni tampoco construcciones por ningún lado.
Continuamos el camino adentrándonos un poco más en el bosque por si acaso aparecía algún camino. La tarde se hacía más oscura por momentos y todavía no habíamos encontrado ningún sitio para pasar la noche. Al final hicimos la hoguera cerca de un conjunto de árboles que no es que nos ofrecían mucho cobijo. Como teníamos hambre nos comimos los frutos que guardábamos en los bolsillos.
— Esta noche te toca hacer la primera guardia.
—Vale.
Me puse la chaqueta a modo de manta e intenté dormirme, pero no lo conseguí a pesar de que estaba verdaderamente cansado. Entonces Sara empezó a canturrear una canción de no sé que artista y sin darme cuanta me quedé dormido. Hasta que algo me despertó bruscamente, ¿cuanto había dormido?, no podía ser tan pronto el cambio de guardia, Sara seguía zarandeándome a pesar de que ya estaba despierto, claro que ella no podía saberlo porque no me miraba a mí sino que miraba a los alrededores con verdadero pánico. Busque en la espesura lo que tanto le asustaba pero no vi nada.
— ¿Qué ocurre?
— Mira - dijo y señaló el bosque.
Volví a mirar pero solo se veía una espesura completamente negra
— Sara, no veo nada, dime que te ha asustado.
— Tú mira y espera
Eso hice, espere unos minutos y entonces lo vi. Unos ajos amarillos que nos observaban desde la oscuridad, y que de pronto, como por arte de magia, se convirtieron en miles. Cogí un tronco ardiendo y realicé una batida para llevar luz a las sombras desvelando lo que había detrás de aquellos ojos
— Sara, son lobos.
— Ya lo veo ¿qué hacemos?
— Sube al árbol ¡corre!
No hizo falta repetirlo dos veces, con la agilidad de un gato montes empezó a trepar mientras yo le guardaba la retirada. Como si supieran lo que pretendíamos hacer los lobos salieron de la oscuridad y al verlos un miedo atroz se apoderó de mí. Estos lobos no se parecían en nada a los animales que salen en los documentales. Más bien se asemejaban a los hombres lobos de las pelis de terror. Sara ya había llegado a una rama bastante alta y esperaba a que yo llegara, pero, aunque el árbol estaba a solo unos pasos de distancia no conseguí alcanzarlo, pues de repente un par de aquellos monstruos saltaron hacia delante cortándome la retirada.
— Roberto sube por favor – grito Sara aterrorizada
— Eso intento Sara
Avance hacia ellos blandiendo el tronco y otros tres aparecieron tras de mi, rodeándome. Apenas si tuve tiempo de pensar cuando el primer animal me atacó y solo por instinto conseguí esquivarle y golpearle. Le atice en el costado pero el golpe solo sirvió para mosquearle más. Enseñándome unos dientes enormemente grande volvió a abalanzarse sobre mí, pero esta vez yo ya estaba preparado, y con un ágil saltó que hasta a mi me sorprendió, me aparté de su camino y le asesté un segundo golpe en la cabeza del que no volvió a levantarse. Sin embargo no tuve tiempo de regodearme en mi victoria pues los dos bichos de detrás se me echaron en cima. Conseguí esquivar a uno pero el otro, mucho más rápido, me mordió en una pierna haciéndome caer. Me giré tan rápido como pude y le golpeé en el estómago con lo que conseguí que me soltara. Sin embargo nada pude hacer para evitar que un tercer lobo me abriera la espalda de un zarpazo. Oí gritar a Sara y supe que moriría allí. El brazo me dolía a rabiar y la espalda me ardía como si la hubiera remojado en lava, sin contar que la vista empezaba a nublárseme. No es verdad que en el último momento toda tu vida pasa por delante de tus ojos, lo único que yo veía eran lobos listos para devorarme vivo. Entonces comencé a sentir esa sensación de calor que ya conocía y, por segunda vez, una luz proveniente del colgante atravesó mi ropa. De pronto, como salida de la nada, ante mi se materializó una figura completamente blanca. Los lobos, llevados por la furia de verse privado de su cena, se arrojaron todos a la vez sobre su nueva presa. Sin embargo la figura blanca se los quitó de encima como si de gotas de agua se tratara. Los que cayeron cerca fueron sus primeras víctimas. Los despedazó en un abrir y cerrar de ojos, luego con movimientos y quiebros increíblemente rápidos los fue atrapando uno a uno, hasta que sólo quedaron en pie tres o cuatro lobos que emprendieron la retirada. Entonces la figura se encaminó hacia mí. Intente ponerme de pie pero el dolor de espalda me hizo cambiar de idea. Ya estaba ante mí y pude comprobar que era un perro blanco, más bien era el perro de mi sueño, pero había crecido y ahora era tan grande como yo o más, y tan blanco que parecía resplandecer. Sentí su húmeda lengua sobre mi cara pero y nada más pues las fuerzas por fin me abandonaron y la oscuridad me invadió.

sábado, 22 de noviembre de 2008

capitulo II

2

El medallón




Me detuve delante de la puerta de mi casa atento a cualquier ruido que viniera del portal, pero nadie subió por las escaleras, ni utilizó el ascensor. Gracias dios lo único que se percibía por allí era el familiar olor del guiso de Marga. Un poco más tranquilo abrí la puerta.
– Por dios, ya estas aquí –dijo Marga al salir de la cocina - vamos a comer que ya son horas
Fui a mi habitación para dejar la bolsa, y nada mas entrar vi el paquete encima del escritorio. Era pequeño, de unos treinta por vente centímetros, y estaba envuelto con el típico papel marrón de embalar con el logotipo del banco donde tenía abierta la cuenta corriente. En una esquina adjunto al paquete había un sobre. Me disponía a abrirlo cuando la voz de Marga me llamó para comer.
– Vamos Roberto que ya te he recalentado la comida dos veces – nada más me vio aparecer por la puerta de la cocina puso el plato en la mesa mientras me revolvía el pelo. Era una manía suya un poco infantil. Cuando de pequeño iba a comer me ponía delante de ella para que me revolviera el pelo, luego con mucho cuidado me lo volvía a peinar con la mano mientras me besaba la frente. En aquel tiempo de inocente infancia no podía comer sin aquel ritual. Al entrar en la adolescencia ya no me hacía tanta gracia eso de que me despeinara después de pasar la mitad de la mañana, sino toda, arreglándome el pelo en el servicio. Ahora, cuando ya se supone que soy un hombre maduro me daba igual.
La televisión estaba encendida y veía uno de esos programas basura que tanto le gustaban a ella. En ese momento la presentadora entrevistaba a una mujer.
– Cuéntenos Adelaida ¿qué problema tienes tú con tu vecino?
– Pues mira Ana que resulta que bajaba yo por las escaleras del portal cuando…
Deje de prestar atención a las explicaciones de la pobre mujer y seguí comiendo.
– ¿La estás escuchando Roberto? hay tipos que no se merecen que les llamen personas. Vamos, que se me pusiera a ese por delante, se iba a enterar – lanzó un derechazo al hombre invisible, al cual olvidó inmediatamente cuando se dio cuenta de que no le hacía el menor caso – no me digas que Sara te ha dicho que no.
– No – me reí - ha dicho que si, hemos quedado a las ocho es su casa
– Entonces que te ocurre – me puso la mano en la frente para asegurarse que no tenía fiebre – oye tienes muy mala cara.
–No es nada y no tengo ningún problema, que enseguida te preocupas – terminé de comer – oye ¿cuándo han traído el paquete?
– ¿Qué paquete? ¡A sí! Esta mañana temprano – respondió mirando a la tele donde en ese momento la presentadora consolaba, sin mucho esmero, a una señora que no se porque razón no podía dejar de llorar. Mientras Marga se limpiaba las manos en el delantal – pobrecita, que lastima de vida.
En cuanto entre en mi habitación abrí el sobre. El remitente era el director del banco, un viejo amigo de mi padre, los dos se habían conocido mientras hacían la mili en Ceuta



Querido Roberto
Tu padre, que en paz descanse, tenía contratado en nuestra sucursal una caja de seguridad desde hace veinte años. Las normas del banco estipulan un plazo máximo de veinte años en el contrato de cualquier caja de seguridad. Por lo que te envío el contenido en favor a los años de amistad y al recuerdo de tu padre. Si deseas renovar el contrato de la caja te insto a visitarme el lunes. Sin más dilación me despido

Dª Joaquín Sánchez
Director general
B/ CENTRAL HISPANO.

Miré detenidamente el pequeño paquete preguntándome que es lo que sería tan importante para que mi padre contratara la caja de seguridad de un banco. Teniendo como teníamos otra detrás del retrato del salón. La había mandado instalar cuando, una noche que fuimos a celebrar el cumpleaños de una tía lejana, entraron a robar. No es que tuviéramos cosas de mucho valor, pero si que se llevaron una joya que habían pertenecido a mi abuela y a las que mi padre tenía cierto cariño. Con manos temblorosas por los nervios y la impaciencia abrí el paquete desgarrando el papel de embalar. Lo primero que encontré fue un pequeño libro. Las tapas eran de un cuero muy duro color marrón. Las hojas estaban hechas de un papel fuerte, más parecido al pergamino que a las hojas que comúnmente se utilizan en los libros, con letras estampadas en oro. En la tapa del libro se veía el título – el caminante - escrito con letras grandes y rodeado por filigranas que se entrelazaban entre si. Al abrir el libro por la primera página pude leer.

El caminante que viaja sin temor realiza un viaje seguro, a si que viajero ten valor y que los ángeles te protejan.

En la segunda página solo había escrito un nombre – Maestre - y el título del primer capítulo que empezaba en la página siguiente – Las montañas del cielo –
. Al ojear el libro descubrí un papel escondido entre sus páginas. Era un mapa cuidadosamente plegado. Lo desplegué sobre la cama para verlo en su totalidad. En él distinguí varios grupos de montañas dispersos en la zona norte; una gran barrera montañosa situada en la parte central que separaba el norte del sur, y un gran desierto por el sureste. Al doblar el mapa para devolverlo al libro vi que una esquina había algo escrito con la letra de mi padre – el mundo del ángel – la inscripción me intrigaba ya que mi padre nunca había demostrado tener fe en ninguna religión y menos en Dios.
El siguiente objeto del paquete era un cofre de hierro con rubíes y diamantes incrustados, y dentro estaba el colgante de la discordia sobre unos diminutos cojines de terciopelo rojo. La descripción dada por el macarra era bastante exacta. La base (de un oro brillante) era tan grande como la palma de mi mano; la figura del centro, era una medialuna de diamantes rodeada de tres pequeñas estrellas de zafiros, y debajo del dibujo de una puerta semicircular abierta. Alrededor de la imagen estaban los signos más raros que yo halla podido ver en toda mi vida, que bien podía ser las letras de un lenguaje inventado por niños o un dialecto chino. La cuestión era que su significado seguía oculto para mí. Como el hecho de que un tipo, con bastante mala leche y más músculos, me amenazara con partirme la cara, sino algo mucho peor, si no le entregaba un colgante que hasta ahora nunca había visto, y que, esto es lo mejor de todo, aparecía en mi casa unas horas después como por encanto.









La voz de Marga cantando una canción de Rafael me guió hasta el comedor donde planchaba. Quité la pila de ropa ya planchada de encima del sillón y la puse en una silla cercana ante de sentarme.
– No me arrugues la ropa – dijo Marga una vez hubo terminado el estribillo de la canción – ¿no sales esta tarde?
– No. ¿Cuándo empezaste a trabajar en esta casa?
–Un mes de abril de hace diecisiete años, lo recuerdo como si fuera ayer, tú tenías tres añitos y medio y eras una preciosidad – levantó la ceja - ¿por qué?
– No es por nada, sólo quería saber si alguna vez habías visto esto – saqué el colgante del bolsillo y se lo tendí. Ella lo miró durante un par de minuto mientras le daba vueltas.
– No, pero es una preciosidad y bastante caro, porque esto es oro y menudos pedruscos tiene en el centro – esta vez arqueó las dos cejas – ¿de donde lo has sacado?
– Venía en el paquete que han traído esta mañana. ¿Sabes tú algo de una caja de seguridad?
– ¿Te refieres a la que está en el salón?
– No, me refiero a esa a la que mi padre contrató en el banco. - Marga siguió planchando pero ya sin cantar.
– No me extraña. Si yo tuviera un pedrusco como ese tampoco me sentiría segura tendiéndolo en casa, sobretodo sabiendo como está la cuidad en los últimos años. No te he contado que a mi vecina, la del cuarto, le robaron la semana pasada. Le quitaron todos los electrodomésticos, solo le dejaron una radio que debía tener lo menos cincuenta años. Creo que fue un regalo de boda de un primo suyo de Albacete, pero funcionaba bien no te creas, que no es como estos aparatos electrónicos de ahora que al año se rompen. Pues eso se fue a la compra y...
– ¿Dónde está la llave del trastero? – si la dejaba seguir era capaz de contarme el contenido de la compra hecha por la vecina del cuarto el fatídico día.
– ¿Hem? En el llavero que está detrás de la puerta de la cocina – cogió el pantalón recién planchado y me lo dio - Pues lo que te decía, Guadalupe que así se llama mi vecina...
– Me lo cuentas luego – puse el pantalón encima de la pila y la pila devuelta al sillón.
Dos meses después de la muerte de mí padre seguía tan enfadado con él, que empaquete todas sus cosas en cajas de cartón y los mandé derechos al trastero. No podía soportar pasar por delante de su habitación y ver sus cosas allí como si nunca se hubiera ido. Todavía podía oler su puro y su ordenador portátil seguía encima del escritorio abierto esperando a ser encendido.
El trastero estaba en el garaje enfrente de la plaza de garaje donde dormía el SEAT Córdoba de mi padre y mi moto. Era un cuartucho estrecho de no más de dos metros de ancho y cuatro de largo. En una de las paredes laterales había una mesa metálica junto con una silla de plástico blanca. En la pared del fondo estaban apoyadas las cajas. Cogí la que estaba encima del montón y esparcí su contenido sobre la mesa. Su agenda rebotó y cayó sobre la silla. La abrí en busca de información sobre Antonio Perales pero no estaba allí. En realidad solo había nombres y direcciones de familiares o compañeros de trabajo ¡menuda vida social! En la caja también había una carpeta en donde estaban clasificados por orden cronológico todas las facturas de las compañías de agua, luz y teléfono del al menos siete años atrás. Y en último lugar, clasificado como otros usos, estaban guardado todos los recibos de las compras hechas en los últimos treinta años, en los que no constaba la compra de ningún colgante o libro antiguo. Por último estaban todos los libros que mi padre tenía en su estantería la mayoría históricos. Las tres cajas siguientes solo contenían ropa, algunos accesorios de higiene y barios zapatos y zapatillas. En la última caja además del equipo y todos los compactos de música clásica estaba su ordenador portátil. Apreté el botón de encendido pero lo único que conseguí fue que parpadeara el piloto de la batería. La conecte a la red, esperé unos minutos y volví a encenderlo. Estuve enredando de aquí para allá sin encontrar nada de utilidad. Por fin encontré algo interesante cuando hice un clic en el icono de mis documentos, allí en una de las carpetas encontré un archivo que estaba guardado con el nombre de Maestre. No me había dado tiempo a abrirlo cuando el pitido del reloj me indico que eran las seis y media, y aún tenía que adecentarme como un caballero. El archivo tendría que esperar. Volví a casa cuando Marga se preparaba para irse a su casa
– Te he dejado la cena encima de la mesa de la cocina solo tienes que calentarla un poco. No te vayas sin cenar que luego bebes y se te sube el alcohol a la cabeza
– Tranquila, no voy a beber. Me llevo la moto
– Aun así cena ¿quieres?
No se fue muy tranquila, no le gustaba que sacara la moto por las noches. A mí tampoco me gustaba pero esta noche había que comportarse. Además esta mañana había comprobado en propias carnes lo mal que está el transporte público.
Una hora después ya estaba duchado, afeitado, perfumado y vestido con mis mejores ropas. Puse a recargar la batería del ordenador, cené el trozo de pizza ya frío y saqué la moto del garaje. El colgante y el libro estaban guardados en la caja de seguridad, por el momento era el sitió más seguro que podía encontrar. No me hace mucha gracia encontrarme de nuevo a Antonio Perales con el pedrusco encima.
Sara vivía en un piso de estudiante en la zona centro de la ciudad. Llamé a telefonillo y al cabo de un minuto la puerta se abrió con un chirrido que te helaba la sangre. El piso estaba en la quinto planta y el edificio no tenía ascensor. Al llegar la puerta estaba entreabierta. Llamé antes de entrar para que no se diga que no tengo educación. Una pequeña entrada me llevó a un comedor pequeño pero decorado de tal manera que daba la impresión de ser más amplio. Del comedor salían dos puertas. Una conducía a la cocina y la otra daba a un pasillo en donde pude distinguir cuatro puertas, seguramente tres habitaciones y el servicio. De la cocina salió una chica morena vestida tan solo con una camiseta larga.
– ¿A quién esperas? – preguntó sin darse cuenta de cómo la miraba de arriba a bajo, o si se daba cuenta y disfrutaba de la sensación de ser admirada. Pero si así era lo disimulaba la mar de bien – contesta, ¿se te ha comido la lengua el gato?
– A Sara – ahora fue ella la que me miró de arriba abajo.
– Siéntate en cualquier sitio – levantó la mano dejando la palma hacia arriba y volvió a meter se en la cocina. Me quité la chaqueta y me senté.
Otra compañera asomó la cabeza por la puerta del salón para preguntarle a la chica de la cocina si podía prestarle los pendientes de plumas rojas, a lo cual esta contestó que si. Y saludándome con la cabeza volvió de nuevo a los abismos del pasillo. Un minuto después, volvió a sonar el telefonillo.
– ¿Puedes abrir la puerta? – preguntó la chica desde la cocina
El telefonillo estaba entre la puerta principal y la pared, pulsé el botón unos instantes y volví al salón a esperar, dejando la puerta entreabierta. Por un momento tuve la impresión de que aparecería Manolo. Sin embargo quién se presentó fue un chico de unos veinte años que al entrar, el muy mal educado, ni siquiera llamó a la puerta. Y, para colmo, se quito el abrigo y sin pedir permiso se sentó en el sillón poniendo los pies sobre el reposabrazos
– Hola Paco – saludó la chica desvergonzada desde la cocina. O sea que el chico era asiduo al piso, eso explica su falta de educación – ¿quieres o sea queréis algo de beber?
– No gracias pilar – bien ya sabía que la desvergonzada chica se llamaba Pilar
– Yo tampoco gracias – contesté.
– ¿Estás esperando a Sara? – Paco sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno, el cual rechacé con la cabeza - me llamo Paco – añadió por si no había escuchado a Pilar
– Roberto.
Entonces Sara salió del abismo del pasillo vestida con un pantalón vaquero, unas botas con un tacón que parecía una aguja de coser, pero más larga, y un jersey rojo encima de una camiseta azul
– Nos vamos ya. Hasta luego Paco – se puso una chaqueta de cuero – adiós a todos
– ¿Te he hecho esperar mucho? – preguntó mientras bajábamos las escaleras
–No, además la compañía ha sido agradable
– Lo dices por Pilar
– si ¿es así siempre? Quiero decir ¿ siempre va vestida con tan poca ropa?
– Sí.
Llegamos hasta el lugar donde había aparcado la moto
– Servicio de chofer y todo, menudo lujo.
– No habíamos quedado en que tenía que comportarme como un caballero. Pues – le tendí el casco que había guardado debajo del asiento junto con el mío.
– Ya que vamos en moto y no tenemos prisa podemos ir a tomar algo. Conozco un bar que sirven unas tapas riquísimas y yo con las prisas no he cenado
Dejamos la moto donde estaba y nos encaminamos al bar situado al final de la calle. El bar era pequeño y olía a fritura. Nos sentamos en la barra, ella pidió una cerveza y yo pedí una Coca-cola. Cuando nos servían las bebidas el camarero nos pregunto que clase de pincho queríamos. Podíamos elegir entre muslitos de pollo, calamares, croquetas o chipirones a la plancha. Sara después de pensárselo bien eligió una hamburguesa
– De esas tan ricas que hacéis.
– ¿Quieres otra? – Levantó la mano para indicar al camarero que esperase – tenemos tiempo.
– No gracias yo ya he cenado – el camarero escuchó la respuesta desde la puerta de la cocina y solo pidió una hamburguesa.
Se hizo un silencio bastante embarazoso solo roto por el camarero al traer la hamburguesa.
– A sí que te gusta Estopa –comentó Sara.
– La verdad, no mucho, alguna que otras canciones y ¿a ti?
– Tampoco, bueno las canciones son pegadizas y eso, a mi me gusta Celine Dion o algo con mas marcha como Shakira.- le dio otro muerdo a la hamburguesa – a ti... déjame pensar, te gusta los Extremoduros o... los Mojinos ¿acierto?
– No, ni por asomo. Inténtalo otra vez
– No sé, te gustan los nuevos valores – puso las manos a la altura de la cara y movió de arriba a bajo los dedos índice y corazón – quiero decir operación triunfo y compañía
– ¡No! Este bien te lo diré. Me gusta Manolo García, M-clan, el Canto del loco y otros parecidos, quiero decir de estilos parecidos.
– Si esa música está bien
Estuvimos hablando media hora acerca de la facultad. De lo difícil que es el primer año. La nueva experiencia de vivir independizados, compartir piso y gastos. Porque si vives en una casa que no es la tuya sin los cuidados de tu madre, eso hoy por hoy es independizarse ¿no?
El concierto se celebraba en el estadio de fútbol a las afueras de la ciudad y cuando llegamos ya había bastante gente en la cola. La recorrimos en busca de algún conocido que nos pudiera colar, y al llegar más o menos por la mitad encontramos a un compañero de la facultad que esperaba con los amigos. Una vez dentro nos separamos del compañero y los amigos (simpáticos los tíos) y nos pusimos lo mas cerca posible del escenario. Nos hicieron esperar poco. Aparecieron dando las gracias por asistir. Entonces cuando los gritos desenfrenados del público cesaron empezaron cantando la canción que les hizo famosos “la raja de tu falda”. Siguieron con alguna canción del segundo disco de las que no recuerdo el título y varias del primero, así alternando el primer disco y el segundo cantaron todo el repertorio. Nosotros saltábamos y cantábamos las canciones que nos sabíamos por lo menos partes de ellas, el resto lo tarareábamos. Un grupo de chicas que estaban delante de nosotros gritaban tanto que de vez en cuando se les olvidaba respirar. Para poder llegar a la barra en el descanso tuvimos que pisar y empujar a bastantes personas. Cuando estábamos a punto de pedir alguien gritó el nombre de Sara. Dos metros mas allá estaban Paco, la chica con los pendientes de plumas rojas de Pilar y varias personas más. Abriéndonos paso otra vez a pisotones conseguimos llegar hasta ellos.
– Bien, ¿como os va? – Paco ya me pedía una cerveza que tuve que rechazar. Pedí una Coca-Cola. Sara saludaba ya a varias chicas y a sus respectivas parejas.
– Este es Roberto – todas las miradas se dirigieron a mi persona. Levanté la mano a modo de saludo
Una chica pelirroja de la que luego me enteré se llamaba Vanesa me dio dos besos. Su novio un chico bajito llamado Gustavo me estrecho la mano para luego contarme un chiste bastante malo de Lepe. Luego se presentaron los demás miembros del grupo.
– ¿Te lo estas pasando bien? - dijo la chica del pendiente de plumas rojas poniéndose a mi lado – no nos han presentado me llamo Julia – nos dimos los dos besos reglamentarios.
– Sí, hay mucha gente pero está bien.
Estuvimos en el bar hablando y riéndonos los chistes malos que contaba Gustavo con la estimada colaboración de Paco, el genio humorístico del grupo.
– Deberíamos ir cogiendo sitio – todos apuramos las bebidas y pagamos a los ocupados camareros que no daban abasto.
– ¿Os quedáis con nosotros? – preguntó Julia cuando nos alejábamos de la barra
– No – Sara se puso a mi lado – esto es una cita y aquí el caballero tiene que terminar la noche sin vuestra ayuda, gracias.
Varios al despedirse me dijeron.
– Buena suerte, esta chica es difícil de contentar.
Nos encaminamos de nuevo hacia el centro del estadio para poder ver mejor a los hermanos Muñoz. Cuando estaban cantando su última canción sentí como algo me pinchaba en el costado y al darme la vuelta me encontré con la cara Antonio Perales. Bajé la vista, en una mano sostenía una navaja bien pegada a mi hígado, vamos que si respiró un poco más fuerte me lo clavo. Sara tenía mas o menos el mismo problema aunque no sé si con navaja o sin ella. Nos llevaron fuera del recinto a empujones y con bastante mala leche. Me empujaron contra un coche y sin darme tiempo a recomponerme unas manos recorrieron todos los bolsillos del pantalón y la chaqueta. Lo que se dice un cacheo en toda regla.
– Le agradezco que haya esperado hasta el final del concierto – ya veis, frente a una navajas o a las armas en general, me sale la vena sarcástica.
– Menos cachondeo chaval que te clavo esto. No me importaría nada. – para que no quedara alguna duda apretó la navaja un poco más. El dolor borró todo tono sarcástico de mi personalidad, además de la sangre de mi cara – está dispuesto a hablar ahora ¿dónde tienes el colgante?
– Ya le dije que no sé de lo que estás hablando, no he visto el colgante en mi vida – rogué a todos los santos que no se notara la mentira.
– Ya lo veremos. Vamos a echarle una ojeadita a tu casa.- me agarró de la chaqueta y tiro de mí para luego empujarme hacia delante, tropecé aunque conseguí mantener el equilibrio. Antonio levantó una pierna que no llego a su destino porque en ese mismo instante su compañero gritó. Sara, mi supuestamente indefensa amiga, le estaba propinando una señora paliza a lo Kárate Kid al pobre hombre. Para que luego digan del sexo débil. No perdí el tiempo en contemplarla. Mientras Antonio Perales giraba la cabeza para ver como Sara le daba una patada en la entrepierna a su compañero, yo le di un manotazo a la mano que sujetaba la navaja, para luego rematar con la misma jugada que Sara. Una vez los dos estuvieron en el suelo con sus manos sujetándose las partes nobles, echamos a correr hacia donde habíamos dejado la moto. Nos montamos sin casco y sin nada (no estaba el asunto para cascos) y salimos pitando esquivando los autobuses que ya empezaban a llegar.