viernes, 20 de marzo de 2009

capítlo XIII

13

El sueño




La oscuridad de la noche nos envolvió de nuevo, la cuarta desde que habíamos salido de Paranfor. La enorme figura de la montaña del oso era ahora una gran sombra que nos hacía sombra durante el largo viaje.
Estaba completamente exhausto y mi cuerpo pedía a voces un descanso, y para variar una comida caliente. Tenía las piernas, y lo que no eran las piernas, doloridas de tantos días de continuo botes a lomos del caballo, y para colmo de males la herida del hombro no terminaba de cicatrizar y en cuanto me descuidaba comenzaba a sangrar. Aunque lo peor de todo era el penetrante dolor que se me clavaba en el hueso a cada movimiento. Sara no tenía mejor aspecto, aunque sin duda lo disimulaba mejor que yo. Cansado me acerqué a Ansel que cabalgaba delante de mí.
— Oye o paramos a descansar o tendré que seguir en camilla
Ansel me miro y enseguida sus ojos se desviaron al hombro donde la herida volvía a sangrar. Luego asintió y fue a detener a Tinsel que encabezaba la marcha.
— ¿Qué pasa ahora? – pregunto Sara cuando llego a mi altura
— Paramos a descansar
— Gracias a dios, una noche más durmiendo encima de este animal y me tiene que recoger con pinzas. En las películas del oeste esto de viajar a caballo parece más divertido.
A la hora de montar el campamento a Sara y a mi nos toco lo que en principio era la tarea más fácil, recoger leña para la hoguera, pero después de descubrir que la arboleda más cercana se encontraba a media hora de dura marchar, aquello se convirtió en una misión imposible. Así que no era de extrañar que cuando por fin conseguí ponerme en posición horizontal me quedara profundamente dormido. Me quede tan sopa que no me di cuenta de que Iles después de quitarme la camiseta con cuidado me aplicaba un ungüento sobre la herida.
Cuando abrí de nuevo los ojos, ya no estaba tirado en el duro suelo. Volvía a estar recostado en la cama de sabanas blancas y mi cuerpo había regresado a la edad de dos años. El perro también era pequeño y estaba sentado junto a mí, lamiéndome la cara. Aunque la habitación estaba igual, había un aura diferente. Las cortinas se agitaban como si alguien estuviera atrapada en ellas, y dentro del espejo, escondidos en las esquinas, se movían figuras sin forma definida. La habitación ya no era cálida ni acogedora, sino fría y siniestra. Salte de la cama y me dirigí a la puerta, con el perro detrás, pero a dos pasos esta se abrió y ante mí apareció la misma mujer. Llevaba puesta la misma ropa, además de una capa blanca con la que se cubría el rostro, extendió su mano y sin dudarlo la cogí, entonces sentí que agarrado de su mano todos los problemas se desaparecían y el miedo que momentos antes me atemorizaba se desvaneció.
Corrimos por pasillos de paredes blancas, bajamos y subimos innumerables escaleras hasta que por fin llegamos hasta un gran patio de caminos enlosados, franqueados por setos perfectamente recortados, y repletos de macizos de flores de todos los colores. También había árboles frutales de todo tipo, y varios arbustos con forma de animales mitológicos que se mezclaban con esculturas de piedra gris. El ambiente tenía un olor a madreselva, a romero y jazmín
Recorrimos despacio y en silencio los senderos. El último camino terminó en un estanque de aguas profundas y cristalinas, situado justo en el centro del patio, allí donde se cruzaban todos los caminos. En ese instante la mujer levanto las manos hasta la altura de los hombros e inició una letanía. Y mientras ella murmuraba palabras inconexas, el agua del estanque, antes transparentes, adquirió un color violáceo, y sin más toda aquella masa de agua comenzó a girar, primero lentamente y luego a más velocidad, hasta que al pronunciar la mujer la última palabra todo se detuvo. Entonces, de repente en el centro del estanque las aguas se abrieron y de la abertura salieron destellos dorados.
El roce del perro al girarse, gruñendo a la oscuridad, consiguió desviar mi atención del chorro de luz y al volverme pude ver una sombra escondida detrás de un gran seto con forma de dragón. Otra figura se movía junto a un naranjo y otra más se ocultaba detrás de la estatua de una hermosa mujer. No parecían humanas y tampoco se movían como seres humanos pues nada más verla desaparecían para luego reaparecer mucho más cerca, aunque siempre ocultas detrás de algún objeto. La mujer no se daba cuenta de la presencia de las sombras, porque en ese instante las aguas luchaban por volver a recuperar su natural movilidad, y la luz que salía de la abertura se hacía a cada instante más oscuras.
Al volverme de nuevo hacia el patio me encontré de frente con una de las sombras. Todo en él era oscuridad aunque a la vez era traslúcido, incluso a una distancia tan corta los contornos seguían sin estar bien definidos, pero podía diferenciarle de la oscuridad que le rodeaba, y que parecía surgir de él. No tenía rostro, ni tampoco manos, en su lugar solo había una concavidad rodeada de pústulas infectadas de las que manaba un verdoso pus. Olía a repollo podrido y a lilas, una combinación que consiguió que me entraran ganas de echar hasta la primera papilla. Intenté retroceder pero tropecé con la verja que rodeaba el estanque. La sombra estaba ya tan cerca de mí que si estiraba la mano podía tocarla. Trepé por el enrejado, y al pretender saltar el camisón se engancho tirándome hacia atrás, no me puede agarrar a tiempo y caí arañándome la pierna con uno de los hierros. Miré a mi alrededor desesperado, la mujer seguía luchando por mantener el hechizo y no podía ayudarme. El perro también estaba ocupado defendiendo a la mujer de otra sombra que pretendía atacarla por la espalda. Entonces sentí el roce de aquella imitación de mano sobre mi cara y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Cerré los ojos para no ver como aquella cosa me devoraba, pero cuando nada sucedió volví a abrirlos, entonces vi al perro que erguido sobre sus cuartos traseros desgarraba la garganta de la sombra.
Cuando mis paralizadas piernas respondieron por fin a mis órdenes eché a correr hacia la mujer que una vez más repetía la letanía, con mayor intensidad. Entonces un relámpago de luz dorada salió de la abertura creada en el centro del lago, proyectándose en el cielo. La luz borró de un solo golpe toda la oscuridad y luego se fraccionó convirtiéndose en líneas que se unían y cruzaban para adquirir la forma de dos circunferencias concéntricas. Dentro de la esfera más pequeña apareció el dibujo de una puerta abierta y entre ambas la palabra puerta, solo que no estaba escrita en mi idioma, sino en Orseo. Cuando el dibujo estuvo terminado dos finas hebras de luz descendieron del cielo y llegaron hasta mí rodeándome; aun cegado por la brillante luz, pude sentir como mis pies se alzaban del suelo. Luche buscando algo a lo que aferrarme, pero todo lo que había a mi alrededor era un dorado vacío. Al pasar junto a la mujer pude ver sus ojos azules cubierto de lágrimas y un mechón rubio suelto al viento.
— Te quiero hijo - alargó su mano pero no hizo ningún intento de cogerme.
Desesperado bracee intentado acercarme a ella sin conseguir otra cosa que agotarme. El resplandor era ahora tan intenso que me obligó a cerrar los ojos, y ya solo pude sentir un agradable calor golpeándome la cara. Entonces cuando la tranquilidad era absoluta, una devastadora energía tiró con fuerza de mi estomago precipitándome al vacío.
Desperté en mitad de la noche junto a Sara y el perro. Volvía a estar en no se sabe donde, echado sobre el duro suelo a pesar de tener el cuerpo hecho polvo, y todo para llegar a algún lugar desconocido, entregarle al magnifico Maestre el medallón y hacer a saber que. Y además a todo esto había que añadirle el hecho de que nos perseguía el demonio más temido de los últimos tiempo, un general loco y un Felimbre renegado, vamos como para no estar enfadado.
Al incorporarme me di cuentan de que estaba desnudo de cintura para arriba y una veda pesada y húmeda me cubría el hombro herido.
— Estás bien muchacho – la voz de Ansel me sobresaltó
— Si, he tenido un sueño y...
— Los sueños solo son sueños, no debes asustarte por soñar
— No estoy asustado – respondí malhumorado – solo digo que fue tan real que...
Entonces me acordé, con cuidado para que no se cayera la venda me remande la pernera del pantalón, y allí estaba la cicatriz minúscula, casi desaparecida.
— No fue un sueño.
Ansel me miró preocupado, una expresión que se le había hecho frecuente cada vez que me miraba.
— ¿Qué soñaste o recordaste?
— Bueno ahora todo está confuso, pero estoy seguro de una cosa, mi madre estaba allí – mire fijamente a Ansel, pero la expresión de su rostro no cambió – y también el medallón, o por lo menos su dibujo. El resto es una mezcla de luces y sombras.
— Debes descansar, mañana iniciaremos la subida de la montaña y me temo que no será fácil.
— ¿Conociste a mi madre? – la pregunta se me escapó antes de poder evitarlo, llevaba tiempo pensando como hacerla, y de seguro no era esta la manera que había imaginado.
Ansel se levanto para arrojar unos maderos al fuego, procurando en todo momento no mirarme a la cara. Por fin volvió a sentarse a mi lado.
— ¿Por qué piensas eso?
— Pensé que como conocías a mi padre pudiste también conocerla a ella.
— Y porque das por hecho que le conocí.
— Tu mismo lo dijiste, recuerda en la sala del trono “eres tan cabezota como tu padre”. Me costo bastante recordarlo pues no sé porque cada vez que lo intentaba acababa con dolor de cabeza, pero al final lo hice.
Tardo un instante en responder, pero cuando al fin lo hizo en su expresión había un sutil deje de tristeza.
— Si, conocí a tu padre.
— ¿Cómo lo conociste?
— Es una larga historia y tú necesitas descansar.
Sentí como la furia me ardía en el rostro.
— ¿Cómo lo conociste?
Suspiró con fuerza y comenzó a hablar.
— Yo estaba en unos de mis muchos peregrinajes por las tierras altas cuando sentí una perturbación. Desde pequeño se nos adiestra para este momento, pero la verdad es que nadie puede prepararte para eso, y por muchas veces que las sientas siempre te produce el mismo efecto. El estomago comienza a saltar como si te hubieras comido millones y millones de saltamontes, y todos los sentidos se te aceleran, pero cuando crees no poder aguatar más, que todo en tu cabeza va a estallar surge de la nada una melodía, es tan dulce que te sumerge en un mar de paz, no sé si puedes llegar a comprenderme.
— Es una melodía simple y pegadiza pero a la vez hermosa y magnífica, que cuando las escuchas es como si supieras que nada malo pudiera alcanzarte, todos tus problemas desaparecen y solo quedas tú y la música.
— Exacto, ya veo que te suena
Hice una mueca
— Bueno, la música estuvo sonando en mi cabeza unos minutos y cuando paro estaba a más de treinta kilómetros de donde recordaba que estaba. Todo estaba muy oscuro, la única luz procedía de la puerta semicerrada, y allí tirado en el suelo estaba tu padre. Al principio pensé que un joven Felimbre se me había adelantado y que la sorpresa y el esfuerzo lo habían dejado inconsciente, pero la sorpresa me la llevé yo cuando vi que solo era un hombre.
— ¿Qué paso después?
— Pues le llevé a mi pequeña cabaña y le cuide hasta que recuperó las fuerzas, luego simplemente ocurrió lo que tenía que ocurrir, nos hicimos amigos, buenos amigos, tu padre no dudo un instante en ofrecernos su ayuda en la guerra – suspiró mirando al cielo – pasamos tantos buenos momentos juntos y en noches como estas sentado frente a una hoguera me contaba todas las cosas maravillosas que hay en tu mundo ¿Es verdad que existen aparatos que vuelan?
— Si, se llaman aviones.
— ¡Maravilloso! eso es algo que me gustaría ver
Se produjo un silencio solo roto por los ocasionales ronquidos de Murik y el chisporreteo del fuego
— Tarde mucho – continuó Ansel fijando de nuevo la mirada en la hoguera – en descubrir la verdad sobre como había llegado tu padre a este mundo.
— Creía que había atravesado una ruptura del continuo espacio tiempo.
— Si, yo también lo pensaba hasta que un día él mismo me describió lo ocurrido aquella tarde.
— ¿Entonces cómo lo hizo? – pregunté al ver que Ansel no continuaba.
— Alguna vez has escuchado con absoluta claridad un río correr pero sabías que no había ninguno cerca, o a alguien gritar cuando te encontrabas en la más absoluta de la soledades - preguntó Ansel
Asentí recordando aquella tarde en el metro cuando escuché perfectamente las aspas de un molino, y que achaqué al ventilador del aire.
— Quiero que entiendas una cosa, existen infinitos mundos e infinitas realidades que se mantienen unidas gracias a la materia Unigenia. No puedo explicarte lo que es esa materia pues necesitaría varios meses, pero para que lo entiendas es como si infinitas habitaciones estuvieran separadas por muros y que gracias a dichos muros todas la habitaciones se armonizan. Sin embargo a veces ocurre que un muro es tan fino que una persona sensible puede percibir el mundo paralelo al tuyo, y si tienes el don puede plegar la materia ocasionando lo que conocemos como una puerta. Tu padre nunca pretendió hacerlo, e incluso mientras me lo contaba fue incapaz de explicarme como lo logró, pero aquella tarde tras, según él, sentir la percepción más intensa de toda su vida plegó la materia. Aquel hombre, uno de mis mejores amigos, era el único hombre que conozco que tenía el don de abrir puertas.
Por instante no supe como reaccionar, estaba tan aturdido que ni siquiera tenía una idea clara de lo que sentía en ese instante.
— Pero Esmile me dijo – conteste intentando aclara mis ideas – que solo los felimbres, no, que solo los guardianes supremos podían abrir puertas, y mi padre era humano.
— Esta regla solo se aplica en Angemund, no en la tierra.
— Entonces él regreso a casa abriendo su propia puerta, el colgante nada tuvo que ver - miré a Sara que dormía plácidamente apoyada sobre el lomo del perro, y el miedo y la rabia que había sentido al despertar me invadieron de nuevo – pero yo tengo que encontrar la forma de abrir una puerta, tengo que llevar a Sara a la tierra.
— Quién dice que no lo harás, cuando lleguemos junto Maestre haremos todo lo que sea necesario para lograrlo.
— Gracias – murmuré.
— Todavía no me has respondido a la pregunta original – dije tras unos minutos de silencio.
Ansel no respondió enseguida, se quedo allí mirando el fuego, luego lentamente se volvió y me miro a los ojos.
— No llegue a conocerla - la verdad no era la respuesta que esperaba y debió de notárseme en la cara porque se apresuro a añadir - la vi en una ocasión, pero fue mucho tiempo después cuando supe quien era.
Algo en la forma de hablar me dijo que había algo más que me ocultaba
— Entonces está muerta
Ansel negó con la cabeza
— ¿Qué no esta muerta?, o ¿qué no lo sabes?
Aguarde unos minutos una respuesta, pero el Felimbre había vuelto la vista al fuego
— Contéstame Ansel ¿que es lo que no quieres contarme?
Este siguió sin responder. De repente ya no lo pude aguantar más, me levante tan rápido que la venda se me cayó al suelo.
— Hace una semana mi vida era de lo más normal, todo mi tiempo trascurría entre la universidad y el deporte, por el amor de Dios, mi mayor problema era tener el valor suficiente para invitar a Sara a salir y te juro que maldigo la maldita hora en que lo hice – las palabras salían de mi boca tan deprisa que ni yo las entendía, aún así no me detuve - pero de repente, y sin saber como, me encontré en este lugar extraño, metido en un problema de narices que no entiendo y tampoco he empezado. Y para colmo las personas de las que supuestamente tengo que fiarme me ocultan cosas
— Cálmate ya sé que es duro pero debes confiar en mi - avanzo hasta quedar a mi altura – tu padre lo hacía
— Seguro que lo haría, pero sabes que, yo no soy como él, yo no dejaría a mi hijo solo en el mundo, ni me moriría en un estúpido accidente – lo había dicho, por fin lo había dicho. Sentí como la ira me abandonaba, pero era inmediatamente sustituida por rencor, miedo y una pena que me oprimía el corazón.
Note la larga mano de Ansel sobre mi hombro, era tranquilizadora y fuerte. Con un impulso que no pude resistir tiro de mí hasta hacerme sentar otra vez sobre la manta, luego sin soltarme el hombro me obligo a echarme de nuevo. Entonces se levantó, fue hasta la bolsa de Iles y regreso con más venda y ungüento.
— Tienes motivos para enfadarte, debió contártelo, debió decirte quien eres. Pero no puedes culparle por su muerte, no creo que él quisiera dejarte solo – retiró con cuidado la sangre que manaba de la herida y extendió de nuevo el ungüento. Apreté los dientes pues un latigazo de dolor me recorrió el brazo – también tienes razón te oculto algo, pero no me preguntes, pues no soy yo quien debe responderte, aún así te pido que confíes en mi, llegado el momento sabrás todo la verdad - con igual fuerza me levantó, lo justo para vendarme la herida – y ahora descansa mañana será un día duro.
Pero aunque en verdad estaba muy cansado, aún tenía una pregunta.
— ¿Por qué se quedó mi padre en este mundo?
Ansel me miró con media sonrisa en los labios.
— Quería escribir un libro, y este mundo era tan bueno como cualquier otro, al menos eso era lo que él aseguraba.
— Me alegro que lo hiciera – dije antes de quedarme dormido
La luz del sol me despertó a la mañana siguiente. Al incorporarme vi que era el único que aún dormía. Sara se sentó junto a mí y me ofreció un cuenco con agua. En su rostro había aparecidos ojeras y alguna que otra muestra de fatiga a pesar de que ella era la única que había descansado toda la noche.
— Tienes un aspecto espantoso – dije tras el primer trago.
— Eso lo dices porque no has te visto el careto.
Todavía seguíamos riendo cuando montamos en los caballos y los espoleamos para alcanzar a los demás. Inmediatamente después Murik e Iles se colocaron a nuestra espalda. La formación no había cambiado nada desde que habíamos salido de Paranfor, Tinsel y Ambio encabezaban la marcha seguidos de cerca por Ansel, Calson y Esmile, luego nosotros y por ultimo los otros dos Felimbres. El perro era el único que marchaba sin orden ni concierto, generalmente trotaba a mi lado o al lado de Sara, pero cuando le daba la vena desaparecía durante horas para luego reaparecer más contento que unas castañuelas. Mientras cabalgábamos le conté a Sara mi sueño y la conversación mantenida después con Ansel.

Siguiendo la predicción de Ansel, el camino se hizo más duro al comenzar la ascensión a la montaña del oso. Aunque no me hacía gracia el continuo paisaje de la llanura, lo prefería a las rocas y riscos que bañaban la ladera de la montaña, y a sus estrechos y empinados caminos, donde cualquier resoplido provocaba un desprendimiento. Las únicas muestras de vegetación que podían verse eran raquíticos arbustos y algún que otro árbol apoyado sobre una peña, como si no pudiera mantenerse en pie sin su férreo apoyo.
Cuanto más avanzaban los días, más empinado era el camino y los grados bajaban como si estuvieran en un tobogán. Además los agudos pinchazos que me proporcionaba el hombro a cada movimiento me provocaba mareos y un continuo cansancio y por eso mi humor no es que estuviera en su mejor momento.
A eso de la mitad de la montaña el camino se cortaba en un enorme desfiladero, con una caída como mínimo de unos veinte metros, y otros treinta la distancia que esperaba las dos orillas, por allí era imposible seguir. Tinsel se aproximo al borde y cogió la cuerda más gorda que había visto en mi vida, por un momento me lo imagine haciendo escalada, saltando de roca en roca como una pantera, y a pesar del agotamiento una sonrisa apareció en mi boca. Pero cuando Tinsel tiro más fuerte también pude ver lo que estaba unido a la cuerda y la sonrisa desapareció, lo que el Felimbre sostenía en la mano era los restos de un puente. Con más rabia que fuerza lanzó los restos a las profundidades del cañón y si no hubieran estado profundamente anclado al suelo rocoso se habrían estrellado en el fondo. El perro también se aproximo al borde seguido de Sara, de improviso un fuerte aire les empujo hacia atrás para luego lanzarlos hacia delante, y a punto estuvieron de ser arrastrado hasta las profundidades del cañón.
— Menudo aire, no me importaría nada tener cerca un parapente
La mire sorprendido
— Tú practicabas acampada y tiro con arco y yo vuelo sin motor – añadió como única explicación.
Todavía con la cara de lelo me acerque hasta donde estaba el resto del grupo.
— Tendremos que retroceder y rodear la montaña – escuche decir a Esmile cuando me senté.
— Y ¿qué hacemos con el general loco? – pregunto Sara
Con gesto rápido Esmile monto y blandió la espada con la clara intención de aniquilar al aire que en este caso hacía de general.
— Para Esmile que ya lo hemos entendido – Sara empuñó el mejorado cayado que Calson la había hecho como pago por sus clases de lectura – yo estoy preparada.
— No creo que esa sea la mejor solución – dijo Murik detrás de mí.
— ¿Es que hay otra solución? – dije volviéndome hacia él, cualquier cosa sería mejor que enfrentarse de nuevo al maldito demonio, incluso bajar haciendo escalada.
— Está el paso del duende - dijo Ansel detrás de la enorme espalada de Murik
Esmile miro a Murik, luego desvió la vista hacia Ansel
— Pero, y los duendes – exclamó Calson que se había puesto de pie de un salto – señora no se si es buen idea, estáis dispuesta a arriesgaros.
Esmile me miro, después miro a Sara y por último asintió. Era la primera vez desde que nos habíamos unido al grupo, que Calson trataba directamente con Esmile, y me sorprendió ver el respeto que había en su voz.
— Prometimos llegar hasta el final del viaje y si ese es el camino a seguir, lo seguiremos
Calson volvió a sentarse a su lado, aunque con el rabillo del ojo oteaba el horizonte en busca de alguna otra salida.
De los comentarios de aquí y allá pude averiguar que el paso del duende era un lugar prohibido porque estaba ocupado por nada más y nada menos que duendes, pero no por duendes del tipo David el gnomo, sino por criaturas repugnantes con cara de tronco, grandes ojos saltones y dientes puntiagudos capaces de desgarrar a una persona en menos que canta un gallo. Pero su mayor cualidad era la ser un pueblo irascible y muy vengativo, tanto que ni siquiera los demonios quisieron tratos con ellos. Y a pesar de que nadie había visto un duende en veinte años muy pocos eran los que se atrevían a pasar por allí.
Después de comer un poco de comida fría y una nueva cura a mi hombro (y no es que fuera médico pero se veía peor, o por lo menos a mi me dolía como si estuviera peor, y además la fiebre había hecho acto de presencia) emprendimos el camino de regreso montaña a bajo. Al mirar a tras vi al perro todavía sentado al borde del precipicio, mientras el intermitente aire alborotaba su pelaje blanco. Su peluda cola se movía de un lado a otro arrastrando en cada movimiento la tierra de su alrededor, y de repente me vino a la memoria un episodio del Equipo-A. Estaban en la selva y como siempre les perseguía los malos, entonces Aníbal o Fénix, ahora no recuerdo cuál de los dos, recogía unas ramas e iba borrando con ellas las huellas dejando otras para despistar a los malos. Como todavía no se había formado la comitiva Tinsel trotaba muy cerca de mí, espoleé mi caballo, aunque no con mucha fuerza para que no se me abriera la herida, y me puse a su altura.
— Tinsel dime una cosa ¿conoces bien a Dhopax?, quiero decir su forma de rastrear
Iles que montaba a su lado se quedó blanco al oír el nombre del Felimbre renegado, pero Tinsel me miró con cierta curiosidad
— Él me enseñó todo lo que sé.
— Bueno ¿crees que podremos despistarlo?
E felimbre negó con la mirada.
— Y si vamos borrando nuestras huellas crees que podremos al menos retrasarlo
— ¿Cómo?
— Bueno yo había pensado en atar un par de ramas a los caballos y así las hojas alisarían el terreno cuando fuéramos pasando, aunque tampoco tiene que ser una rama, no sé cualquier cosa que sirva para allanar la tierra.
Tinsel lo pensó durante unos minutos, luego llamo a Murik y le contó mi idea. Media hora después el invento estaba montado sobre los herrajes de los caballos de cola. Murik y Calson habían arrancado las pocas ramas frondosas de un árbol raquítico y las habían atado a los arneses, luego habían colocado un par de manta por encima de forma que también estas arrastraran, y para rematar la obra habían empapado la manta para hacerla más pesada. Por suerte para nosotros la tierra estaba seca, y los caballos no hundían mucho los cascos, lo justo para que el invento sirviera.
—Menuda idea muchacho – grito Murik desde la retaguardia
— Gracias pero no a sido idea mía, el merito es del perro y de la tele.
Me sorprendió que lanzara una carcajada, aunque su respuesta me quedó aún más helado
— Si, es un chisme útil – siguió riendo a pesar de que Sara y yo le acribillábamos a preguntas. Sara repetía ¿cómo es posible? Y yo ¿conociste a mi padre?, Por fin, cuando al chiste se le acabó la gracia, se dignó a responder a todas las preguntas con un simple guiño de ojos.

Después de un día y medio de dura bajada por senderos que por falta de uso habían perdido todo parecido con un camino, llegamos hasta la entrada del paso del duende. Me esperaba otro camino polvoriento repleto de altas piedras, e incluso algún que otro esqueleto emblanquecido por el sol, pero en vez de eso me encontré ante la entrada a una gran gruta.

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