11
Renegado, amigos y un camino
Cuando conseguí abrir los ojos, después de emplear un par de minutos en adaptar mis pupilas a la luz del sol, apareció ante mí una colina de resplandeciente hierba verde, altas como espigas. Cuatro caballos pastaban tranquilos en la zona alta del cerro donde el pasto era más fresco. En la lejanía las murallas de la ciudad se veían diminutas
Un ruido de pasos a mi espalda consiguió poner a mis cansados músculos en tensión hasta que al cavo de unos instantes salieron de entre unos arbustos el perro seguido de Iles con el arco preparado para la batalla.
— Esta zona está despejada de momento – señalo a su espalda - pero una patrulla bastante numerosa se acerca por el oeste.
— ¿Cuánto tiempo tardarán en llegar? – preguntó Tinsel.
— Una hora.
— Entonces debemos partir enseguida hacia al sur, andando muchacho – y comenzó con enérgico paso la subida de la colina
A ninguno de los Felimbres, a excepción de Esmile, se les ocurrió mirar hacia atrás, donde los demás permanecíamos inmóviles. Al final fue Ambio quien los detuvo.
— Esperar, antes de tomar esa dirección debemos dar un rodeo.
Los cuatro Felimbre se giraron a la vez como si fueran un solo cuerpo.
— ¿Cómo que un rodeo? – preguntó de nuevo Tinsel
Al volver a hablar, Ambio lo hizo con la voz firme y el rostro sereno, lo único que denotaba su vacilación eran sus manos, fuertemente apretadas en un puño.
— Debemos recoger nuestros caballos antes de partir. No podemos ir andando
— El chico puede ir en la grupa con uno de nosotros hasta que encontremos un caballo para él – dijo Iles casi en susurros al oído de Tinsel
Este permaneció unos instantes callado, luego dijo
— No podemos esperaros lo siento, y si volvemos por las cercanías de la ciudad nos pondríamos de nuevo en peligro.
— Iremos de todos modos – sentenció Esmile. Parecía que el hecho de contradecir a Tinsel le producía dolor físico, aun así su expresión era tajante.
Azcel que hasta entonces había permanecido en un segundo plano, fue el siguiente en hablar
— A mí me gustaría acompañaros de verdad pero tengo un negocio que dirigir y ya soy demasiado viejo para las cruzadas – se enderezó y encendió una especie de pipa que sacó de no se sabe donde y sin más se marchó. Pero antes de desaparecer por entre la hierba húmeda añadió – y decidíos de una vez que los soldados no van a aparar a descansar.
Después de marcharse Azcel, lo que no me importo más bien agradecí, decidí zanjar la discusión, por ninguna circunstancia dejaría a Sara sola, y si para ello tenía que luchar contra ellos que así fuera.
— Somos nosotros – agarre la mano de Sara para darle más énfasis a mis palabras - quienes tenemos que ir a donde leches tengamos que ir aunque todavía no sepa por qué, pero os recuerdo que ya no somos unos niños y podemos tomar nuestras propias decisiones. Aunque también sé que sin vuestra ayuda no hubiéramos conseguido escapar, tampoco hubiéramos conseguiremos llegar hasta aquí sin ellos, así que no pienso despreciar la ayuda de ningún amigo - Intenté no precipitarme al hablar y que se me notara tranquilo y creo que lo conseguí.
Ambio puso su mano en mi hombro.
— Está bien, vamos a por vuestros caballos – dijo Murik
— ¿Dónde se encuentran? – pregunto Ansel mirándome como lo haría un abuelo que sabe que su travieso nieto se ha saldo con la suya.
— Unos amigos nos esperan en el bosque del soldado muerto – contesto Ambio señalando las copas de unos árboles altos y robustos que se podían ver desde la cima del conjunto de rocas que era la entrada del túnel - el bosque no está lejos a dos o tres kilómetros detrás de la verde colina.
— ¿Los hombres son de confianza? – Tinsel no parecía molesto por el pequeño motín o por lo menos no lo demostraba, su rostro seguía tan serio como lo pude ver en el túnel.
— Más de una vez he puesto mi vida en sus manos y nunca me han fallado - replico Ambio – sería prudente que nos dividiéramos en dos o tres grupos a fin de movernos con mayor rapidez.
— Si pero también estaremos más desprotegido en caso de un ataque – protesto Esmile
— Nos dividiremos en dos grupos – sentenció Tinsel – el primero rodeará la colina por el oeste y el segundo por el este ¿estás de acuerdo Ambio?
Este asintió
— Muy bien, los muchachos, Ansel y yo por el oeste, los demás por el este
Cogimos dos de los caballos y nos pusimos en marcha. El perro blanco, al que Tinsel no había asignado grupo, siguió caminando muy cerca de mí, aunque estaba seguro de que si el Felimbre le hubiera mandado seguir al otro grupo este se hubiera negado, lo cual, no sé por que, me hacía suspirar de alivio. De lo que no estaba tan seguro era de si Tinsel había ignorado la presencia del perro o si simplemente lo sabía y no se molestó en mencionarlo. Y si así era no pude evitar preguntarme ¿qué más sabían ellos de lo que estaba pasando?, Y lo más importante ¿sabrían la forma de salir de este mundo? En mi subconsciente se formaba otra pregunta pero intente no pensar en ella por el momento.
Tan metido estaba en mis pensamientos que a punto estuve de caerme del caballo en que Ansel y yo avanzábamos, pero las fuerte manos del felimbre me agarrado a tiempo. Al mirarle agradecido se me encendieron varias luces de emergencia y en mi disco duro un recuerdo pasó a cámara rápida. Era algo importante y estaba relacionado con el felimbre sonriente. Pero al intentar concretar de qué se trataba de repente mi mente se llenó de destellos verdes con cabeza de serpientes, provistas de dientes puntiagudos que se me clavaban en la carne. Y de cuernos rojos, de los que salían más rayos verdes. Entonces un dolor agudo me recorrió la espina dorsal consiguiendo que todo a mí alrededor bailara la danza del libre albedrío. Las manos de Ansel me agarraron de nuevo con más fuerza que antes.
— ¿Está bien muchacho?
— Si – el dolor remetía, y la tierra lentamente volvía a estar bajo las leyes de la física – no sé que me ha pasado solo intentaba recordar – la larga y rosada lengua del perro vino a consolarme y luego sin saber como me encontré subido en su lomo.
Tinsel frenó a su caballo para ponerse a nuestra altura. Me miró preocupado y luego le dirigió a Ansel una mirada inquisitoria. Sara también me miraba preocupada desde la grupa del caballo de Tinsel. Intente decirle que no se inquietara cuando se apoderó de mí la obligatoria necesidad de dormir. Ayudado con los suaves movimientos del perro me acerque a la peluda oreja del animal.
— Por favor quiero estar despierto para ayudar si llega el momento – no sé por que, pero estaba seguro de que mi repentina modorra era debida al animal.
No tardamos mucho en llegar a los límites del bosque y para entonces volvía a estar completamente despierto. Más que un bosque era una pequeña arbólela de altos pinos. Aun así las ramas bajas impedían que siguiéramos avanzando a lomos de los caballos o del perro en mi caso, así que seguimos caminado. Cuando llegamos a uno de los senderos que recorrían el bosque los Felimbres se pararon en seco moviendo sus puntiagudas orejas de abajo a arriba sin control, al tiempo que el perro olfateaba el aire, gruñía y mostraba amenazadoramente los colmillos.
— Escondeos – ordeno Tinsel, y en un abrir y cerrar de ojos los dos Felimbres, el perro y los caballos habían desaparecido
Yo sin embargo por mucho que miraba a todos lados no encontraba ningún arbusto o roca lo suficiente grande como para esconderme, y Sara parecía tener el mismo problema. En una de las frenéticas miradas en busca de un posible escondite me di cuenta del más obvió.
— Sara a los árboles deprisa.
Nos subimos a la rama salvadora justo cuando por el sendero aparecieron cinco soldados armados. Llevaban desde espadas hasta arcos, y seguro que bien escondidos tenían más de un cuchillo. El cabecilla del grupo avanzaba con cuidado buscando cualquier rastro que le indicara la presencia de su presa, pero por suerte no era un gran rastreador o se abría dado cuenta de las pisadas que Sara y yo habíamos dejado al subir al árbol. Sus compañeros, sin embargo, avanzaban arrastrando los pies, completamente agotados. Uno de los soldados medio andando, medio arrastrándose se dejo caer bajo el árbol donde Sara y yo estábamos subidos y un instante después estábamos completamente rodeados.
— Vamos hay que seguir buscando, ya no pueden estar muy lejos – les grito el cabecilla a unos metros del árbol
— Por favor señor, déjenos descansar unos minutos – suplicó uno de los soldados
— Maldita pandilla de holgazanes – dijo el cabecilla sentándose con el grupo.
Una vez hubieron refrescado los gaznates con el contenido de la cantimplora, que con toda certeza no era agua, empezaron una animada charla en la que no faltaron insultos al general y la mismísima madre que lo parió.
— ¿Qué tiene ese muchacho como para que el grandioso General arme tanto jaleo? – Dijo el primer soldado en sentarse – ¿qué tiene que es tan importante?
— Y lo que es más importante ¿qué valor tiene? – pregunto otro soldado.
— Fen tu siempre pensando en lo mismo – replico el cabecilla – aunque debe ser algo muy poderoso y valioso como para que los últimos Felimbres legendarios hayan salido del oscuro agujero en donde se escondían.
— Lo más sorprendente de todo es como la edad ha ablandado al general Somred – comentó otro soldado – es lo único que explica la orden de entregarle al muchacho vivo.
— No digas tonterías – replico el avaricioso Fen – ha dado esa orden para torturar al muchacho el mismo, con sus propias manos – sus huesudas manos estrangularon un cuello imaginario con verdadero deleite.
Con un acto reflejo me lleve las manos al cuello, y al soltarme estuve a punto de caerme del árbol.
— Si, es lo más seguro – admito el otro
De repente el cabecilla se puso en pie y todos los soldados le imitaron resignados, no era lo mismo despotricar sobre el general cuando este no estaba presente, que desafiarle abiertamente incumpliendo una orden.
— Alegraos, el dichoso general y su corte partirán en persecución del muchacho y los Felimbres, y con suerte no volveremos a verle – dijo el cabecilla.
— Esos deben de estar muy, muy lejos de aquí – murmuro Fen con una risa irónica
Esta vez fue Sara quien estuvo a punto de caerse, aún así logro que no se le escapara la carcajada.
— Pero no le servirán de nada, Somred ha mandado llamar a Dhopax, ya sólo pueden correr pero no esconderse.
Las últimas palabras del cabecilla se perdieron en la espesura al tiempo que desaparecían de mi vista, aun así permanecimos en el árbol hasta que estuvimos bien seguros de que no podrían oírnos, que fue cuando vimos aparecer la peluda y blanca cabeza del perro. De vuelta en tierra firme reemprendimos el camino en silencio.
Las facciones de Tinsel volvían ser de rabia incontrolable mientras avanzaba entre los pinos. Ansel en cambio intentaba aparentar su alegre expresión de siempre, aunque sus verdes ojos estaban rojos como brasas ardiendo. Avanzaban tan rápido que teníamos que correr para mantener el paso.
— ¿Quién es Dhopax? – Pregunto Sara – y ¿por qué estamos corriendo?
Ansel se detuvo y miró a Sara, sus ojos volvían a resplandecer con su natural brillo verde.
— No os preocupéis por él – suspiró, se giró de nuevo y siguió los pasos de Tinsel.
— ¡Ya! Porque será que no puedo dejar de preocuparme – dijo Sara cuando los Felimbres estuvieron a bastante distancia, no para evitar que la escucharan, simplemente porque no podíamos seguirle el ritmo.
— Porque eres una mujer supongo – dije con la boca chica
— Bueno, ya empezamos so machista – replico Sara entre enfadada y divertida, dándome suaves golpes en el hombro bueno – ¿a qué viene eso?
— Para, que estoy machacado – dije masajeándome el hombro herido que empezaba a dolerme, cuando por fin paro con un golpe un poco mas fuerte continué lo más serio que pude – lo digo porque, las mujeres tienen mucho más desarrollado el sentido común – al final de la frase se me escapo la risa floja y ella reanudo los golpes entre carcajadas.
Al chocar contra los Felimbres, tiesos como las estatuas de piedra de la cueva, se nos acabaron las ganas de reírnos. El viento traía el ruido de voces, clara aunque inteligibles. El perro fuel el primero en moverse, meneando la cola de un lado a otro, y tras desaparecer entre unos arbustos, le seguimos los demás. Al otro lado, junto a la orilla del riachuelo, descansaban el otro grupo acompañado de Tirós y Ricio. Los caballos estaban atados al tronco de un árbol.
Más que sentarme me deje caer junto al perro en la embarrada orilla. Al inclinarme a beber vi acercarse a Tirós, seguido de Ricio y Calson.
— Menuda noche – dijo Tirós sentándose a mi lado.
Asentí, sin decir nada, no me sentía lo suficientemente fuerte como para intentar recordar de nuevo.
— ¡Increíble!, ¡Asombroso!, ¡Los legendarios Felimbres! – Exclamo Ricio sentándose al lado de Sara y lo más lejos que pudo del perro – nunca pensé que viviría lo suficiente para verlos, ¡es increíble! – mientras hablaba no dejaba de mirar hacia el grupo compuesto por los Felimbres, de ambos sexo, y Ambio.
Calson fuel el último en sentarse justo entre Ricio y Sara. También él miraba al grupo aunque este más que excitado parecía preocupado.
— Y vosotros ¿cómo habéis conseguido salir de la ciudad? – pregunto Sara a Ricio que era el que estaba más cerca.
— No ha sido difícil, simplemente hemos esperado a que se abrieran las puertas para dejar paso a las caravanas que salían. Tirós y yo vamos a trasportar un cargamento de metalita, a la ciudad de Desanfor. Tuvimos que aceptar el primer encargo que nos salió al paso. Este no está mal, podría ser peor. Aunque lo interesante fue como despintamos a todo el ejército del Mariscal ¿vedad Tirós? – este asintió, y Ricio pasó a relatarnos la historia excitándose con cada palabra – nada más salir de la cueva del anciano corrimos calle abajo, y llegamos a una taberna de mala muerte, no me acuerdo del nombre aunque tampoco tiene mucha importancia, solo te diré que el mismísimo Somred se lo hubiera pensado dos veces antes de entrar allí a ciertas horas. Así que hicimos algo de ruido y cuado sentimos acercarse a la primera partida de soldado entramos en la taberna – aquí se detuvo obligado por sus propias necesidades (es que no se puede estar seis minutos seguidos sin respirar) y Tirós aprovecho el momento para seguir con la narración.
— Por fuera ya era mugriento pero por dentro lo era aún más, además de otras cosas, pero eso no viene al caso ¿verdad? – hincó los hombros y continuo con la historia - Nada más entrar elegimos al tipo más borracho que pudimos encontrar. Me acerque a él despacio, mientras Ricio vigilaba desde la puerta, al llegar fingí tropezarme y sin andarme con miramientos le quite la bolsa de un tirón – sonriendo se llevo la mano al cinto done sobresalían dos bolsitas de cuero – el tipo estaba borracho pero no era tonto, y al darse la vuelta para encararse con el ladrón se encontró de frente con otro tipejo que estaba tan o más borracho que el.
— Por aquel entonces la calle estaba a rebosar de soldados – interrumpió Ricio – así que simplemente abrí la puerta y grité SOLDADOS, y así comenzó la juerga.
— No te adelantes ¿quieres Ricio? – Protestó Tirós - dentro la pelea ya no era cosa de dos
— Ni de tres.
— Entonces fue cuando Ricio abrió la puerta, y todos sacaron las espadas y...
— ¿Qué os ha pasado en el camino? – me preguntó Calson muy bajito para no interrumpir a Tirós, que ahora relataba la refriega entre los parroquianos del local y el ejercito del Mariscal.
— Nos hemos encontrado con una cuadrilla de soldados que nos andaban buscando, pero nos escondimos justo a tiempo.
Calson negó con la cabeza
— No creo que sea eso los que los tiene tan preocupado.
Ambio y Tinsel charlaban un poco más alejados del grupo, aunque por sus expresiones aquello se asemejaba más a una discusión que a una charla amistosa.
— Puede que sea por un tal Dhopax, los soldados lo mencionaron ¿quién es Calson?
Calson me miró y por un momento pensé que se había quedado mudo de la impresión, pero poco a poco fue recordando como se hacía para juntar las palabras, formar frases, y cosas parecidas a esas.
— Bueno es un excelente rastreador, yo diría que el mejor del mundo conocido y...
— ¿Y qué? – le anime
— Era el mayor de los nueve Felimbres legendarios, el más valiente y sabio. Entre los suyos se le consideraba un héroe y sin duda se hubiera convertido en el nuevo Sarca, es su rey ¿sabes? pero se unió a los demonios. Ahora es un renegado, para los de su raza está muerto.
— ¿Por qué hizo tal cosa?
— Nadie lo sabe.
— ¿Qué hizo para que le consideraran un traidor?
— En la gran guerra había pocos lugares en los que pudieras sentirte seguro, pero el Bastión del Ángel era uno de ellos. Casi todas las ciudades de la zona se refugiaron allí. Es una ciudad enteramente Felimbre, de las pocas que existen, y está protegida con una magia tan antigua que los demonios no podían romper sus defensas. Pero una noche el renegado abrió las puertas de la ciudad dejando entrar al mal. Murió mucha gente aquella noche.
— ¿Cómo sabéis que fue él? - pregunté
— Varia gente le vio hacerlo, y cuando fue acusado no lo negó.
Observe con detenimiento a todos los Felimbres. De todos ellos el más afectado era Iles, de su rostro había desaparecido todo color, y su mirada estaba fija en el suelo. Me recordó al más pequeño de mis primos el día que descubrió que los reyes magos no existían.
Cuando me levanté Tirós seguía explicándole a Sara, su único publico, como habían conseguido escapar de la refriega. En ese momento Ricio volvía a interrumpirle con ciertas aclaraciones sobre lo ocurrido. Calsón también se levanto y los dos fuimos a reunirnos con los demás. Tinsel y Ambio ya no discutían, más ninguno de los presentes pronunciaba palabra.
— ¿Habéis llegado a un acuerdo? – pregunté, no esperaba que me contestaran, mi intención era despejar la tensión que podía cortarse con un cuchillo.
Tinsel suspiró resignado por primera vez desde que le vi en la sala del trono
— Escucha Ambio no es buena idea, tienes razón en una cosa, el colgante que lleva Roberto es el objeto del que hablan las leyendas, por eso tenemos que tener mucho cuidado a la hora de utilizarlo y si a eso le unimos el hecho de que el muchacho no sabe manejarlo – me miro y volvió a suspirar – podríamos causar un gran mal
De la explicación comprendí que Ambio pretendía utilizar el colgante para abrir una puerta, así no dejaríamos rastro que pudieran seguir.
— Además – continuo Ansel – lo más seguro es que Demsoger pueda sentir la perturbación que originaría la puerta, y lo hecho no serviría de nada.
— Entonces lo mejor será poner la mayor distancia posible entre ellos y nosotros y con el medallón podríamos lograrlo – sentenció el guardaespaldas de caravanas
— Estoy de acuerdo contigo – dijo Murik y su sonrisa disipó la tensión acumulada – eres un hombre sabio, tenemos suerte de tenerte de compañero de viaje, pero te pido que confíes en nosotros. No podemos utilizar el medallón, y si queremos poner la mayor distancia entre nosotros y nuestro enemigo tendremos que salir ya.
Ambio asintió auque no se si estaba del todo convencido.
Cuando Ansel pasó junto a mí le detuve. De toda la conversación solo una frase se me había quedado clavada en el coco. Tinsel tenía razón, no era la persona más adecuada para llevar el colgante, y ¿si por accidente abría una puerta al mismísimo infierno? ¿No era por eso por lo que quería el medallón Demsoger? pues no sería yo quien se lo pondría fácil a ese capullo. A cada instante la responsabilidad de llevar el colgante me pesaba más y más, así que se lo tendí a Ansel.
Este primero miró el colgante que pendía de mi mano, luego me miró a mi completamente desconcertado, pero no hizo el menor intento por cogerlo.
— Tinsel tiene razón – dije como única explicación. Por el rabillo del ojo vi como Tinsel se giraba al oír su nombre
— No lo cogeré así que guárdalo – se dio la vuelta y siguió andando.
En dos pasos me puse frente a él cortándole el paso, con el medallón aun en mi mano. Ahora todos miraban en nuestra dirección.
— Soy el único que se da cuenta que de todos los presentes soy el menos indicado para llevar esto.
— No, eres el único indicado para llevarlo, ¿tu padre no te lo ha explicado? – preguntó Tinsel a mi espalda
— No, no me lo ha explicado porque está muerto – no me di cuenta que estaba gritado hasta que sentí la mano de Ansel en mi hombro.
Sostuve con paciencia sus brillantes ojos verdes llenos de compasión, que era precisamente lo último que quería ver en estos momentos.
— No lo cogeré, ni yo ni ninguno de los presentes – me arrebato el colgante de las manos y me lo colgó al cuello – el colgante es tuyo, y lo creas o no mientras este contigo este mundo estará más seguro.
— Y si cometo un error y...
— No lo harás, estoy completamente seguro. Vamos tenemos que partir ahora.
Cuando llegué junto a Sara esta me miraba entre divertida y preocupada, pero en sus ojos negros no había ni rastro de compasión lo cual consiguió alegrarme un poco. El perro me consoló a su manera dejándome la cara llena de babas, lo que no me importo, más bien se lo agradecí. Media hora después estábamos en los límites del bosque, a nuestra izquierda ya se podía ver la colina. Todos estaban ya motados en sus respectivos caballos, esperando a que los últimos que éramos Sara y yo montásemos, entonces ella se acerco y me susurró al oído.
— Crees que es un buen momento para decir que no sé montar a caballo
Cuando pude dejar de reír vi que ella me miraba enojada y con gran esfuerzo me puse serio
— Pero si antes montaste con Tinsel.
— Tú lo has dicho con Tinsel, vamos que esa ha sido la única vez que he montado en un caballo.
Intente frenar la carcajada y solo conseguí hacer un ruido muy parecido al rebuznar de un burro. Tirós se acercó a nosotros haciendo girar a su caballo
— ¿Qué ocurre ahora?
— Nada – contesté – y por lo bajito le dije a Sara – monta conmigo, ya te iré enseñando pero te advierto que es algo muy complicado y no sé si podrás conseguirlo.
— Si tú has aprendido es que no tiene que ser tan difícil – objetó ella mientras montaba detrás de mí.
Delante de nosotros Ambio a modo de despedida estrechaba la mano de Ricio y Tirós. Esmile les dijo adiós de la misma forma, pero cuando le llego el turno a Calson este les rodeo con sus musculosos brazos. Cuando los dos amigos pudieron escapar de la muestra de amor del grandullón se acercaron a nosotros.
— Espero de corazón que tengáis suerte en vuestra misión – dijo Ricio, y como los demás estrechamos las manos
— Yo os deseo lo mismo – dijo Tirós ofreciéndonos los manos - y bueno yo quería devolverte algo muchacho pero... –abrió su alforja y de ella sacó el ordenador.
— No hace falta, ahora es tuyo, te lo regalo.
No dijo nada más
Até las riendas del caballo de Sara a mi montura y le di la orden al caballo para avanzar dejándolos atrás.
12
Venganzas
Dhopax llego a la ciudad de Paranfor cuando el sol se escondía por el horizonte, una vieja capucha le cubría el rostro, y la capa de viaje cubierta de polvo desfiguraba sus alargadas extremidades dándole un aspecto extraño. El caballo se detuvo ante las puertas entreabiertas de la ciudad, donde los tres soldados que la guardaban no hicieron ningún intento por detenerlo y el renegado entró en la ciudad.
Los encargados de encender las luces eran los únicos que circulaban por la oscura ciudad cuando Caballo y jinete recorrieron las solitarias calles ante la mirada de los hombres que vigilaban cada uno de sus movimientos, procurando siempre guardar una cierta distancia.
La puerta de la posada – la misma que sirvió de punto de encuentro a nuestros aventureros – estaban ahora cerrada, y el Felimbre tardo un par de minutos en conseguir que el posadero la abriera. Era un hombre alto, de poco pelo y carnes fofas. Al verlo sus pupilas marrones bailaron frenéticamente dentro de los redondos ojos. Con un empujón Dhopax aparto al tembloroso hombre y entró en la posada. La planta baja del local era una sola habitación grande y espaciosa repleta de mesas, la mayoría ocupadas por comerciantes de la región, que en silencio contemplaban al recién llegado. El renegado recorrió las mesas pausadamente hasta llegar a la gran chimenea donde todavía ardían grandes brasas. La mesa próxima al hogar estaba ocupada por tres mercenarios, y los tres hombres alzaron la cabeza para observar detenidamente al encapuchado. Este se giró y con paso decidido se acercó a ellos.
— Fuera – dijo el renegado con voz áspera
Uno de los hombres, el más joven, se llevó la mano al puño de la espada e intento levantarse, intento que sofoco el otro hombre sentado a su lado.
— Si quieres seguir viviendo forastero te aconsejo que te marches de aquí enseguida – el hombre hablo lenta y pausadamente consiguiendo que su voz sonara monótona e inexpresiva.
— Fuera – repitió el Felimbre.
Esta vez el joven se levantó. La mano apretaba el puño de la espada, aunque tuvo la sensatez de no desenvainarla.
— No me gusta matar a la gente sin verle el rostro – en los ojos pardos del joven mercenario apareció el brillo del asesino que ansia encontrar una presa.
Con lentitud el renegado aparto la capucha. La blanca melena le calló sobre la cara, aun así, se hicieron visibles el parche con el que se cubría uno de los ojos, y la enorme cicatriz que recorría su cuello. Se había rapado el bigote y las cejas, pero aún así no lograba disimular sus pronunciados rasgos felinos. Del ojo bueno salieron feroces destellos de rabia. Con un rápido movimiento apartó la vieja capa, dejando al descubierto la enorme empuñadura de hierro sujeta al cinturón.
Los parroquianos sentados cerca, se alejaron tirando sillas y mesas al levantarse. El joven no se apartó, siguió clavado en el sitió, aunque en su rostro aparecieron los primeros signos de duda y su mano tembló al empuñar su espada. Los otros dos mercenarios permanecieron sentados.
— Saule siéntate – dijo el hombre sentado a su lado, su voz seguía sin expresar emoción – Si quieres Felimbre puedes sentarte en nuestra mesa - añadió
El renegado levantó una de las sillas caídas y se sentó junto a los mercenarios. También el joven se sentó, mirando de reojo a los parroquianos.
— Mesero trae un plato de comida caliente para nuestro invitado – grito el mercenario
El tabernero se presento ante el renegado, con la viva expresión de querer estar en cualquier otro lugar. El bailoteo de las pupilas había adquirido cierta velocidad, mientras sus temblorosas manos sostenían a media una bandeja y sobre ella un plato de algo identificable pero caliente. Puso el plato ante el felimbre y salió disparado como alma que lleva el diablo, pero cuando ya agradecía a los ángeles su suerte el felimbre le agarró el brazo.
— Una botella del licor más fuerte que tengáis – ordenó.
— Como deseéis mi señor, ahora mismo – esta vez el hombre salió corriendo con los brazos bien pegados al cuerpo.
El tercer hombre, que hasta ahora había permanecido callado, espero hasta que el renegado hubo dado buena cuanta de su comida para iniciar la conversación. Era el mayor de los tres mercenarios. Su cabello blanco y corto estaba pegado al cuero cabelludo, y su rostro era igual que un paraje lunar, muy seguro que a causa de una viruela mal cuidad. Miraba al renegado con cierto interés, sin expresar ningún tipo de temor.
— Hablemos del asunto que te ha traído hasta aquí – susurro en orseo
En Dhopax no apareció ningún signo visible que se pudiera interpretarse como asombro o curiosidad, miraba al mercenario como si enfrente solo hubiera una pared desnuda. Cogió la botella y de un trago vació medio contenido de un brebaje amarillento. El renegado no sabía a ciencia cierta cual era el origen de la misión que le había traído hasta allí, pero sospechaba que se trataría de dar caza a otro asqueroso humano y por el rumbo que estaba tomando la conversación debía estar en lo cierto
— También yo tengo asuntos que tratar con las mismas personas, en particular con una de ellas – continuo el mercenario, ahora en el lenguaje coloquial – y quisiera aclararlas antes de que el general interviniera.
Esta vez el felimbre miró al mercenario con cierto de interés
— ¿Que es tan importante, como para desafiar a un demonio? – pregunto el renegado haciendo gala de una voz ronca y cortada.
— Vengar la muerte del menor de mis hermanos, además de otros pecadillos – en los ojos del viejo mercenarios aparecieron el fulgor rojo del odio más intenso.
El renegado termino del todo la botella de licor y dejo caer la espalda sobre el respaldo de la silla, luego y por primera vez miro detenidamente a los hombres sentados junto a él. El hombre sentado a su derecha era sin duda el líder de la banda de asesinos de la espada roja, además de un rastreador pues tenía dilatadas las fosas nasales y de vez en cuando empequeñecía los ojos, una costumbre que se adquiría al pasar tanto tiempo protegiendo la vista del brillante sol al mirar a la lejanía. En el rostro del joven sentado junto al rastreador podían verse rasgos muy parecidos a los del cabecilla, una mandíbula cuadrada y unos ojos pequeños y juntos que le otorgaban un aire de inteligencia y malignidad, lo que denotaba que eran padre e hijo. Al mirar directamente al muchacho este le devolvió una mirada arrogante y el Felimbre se prometió enseñarle modales antes de que la luna volviera a crecer en el cielo nocturno.
— ¿Por qué tendría yo que desafiar al demonio? – dijo al fin el renegado.
Como respuesta el mercenario puso sobre la mesa un saco grande de cuero negro, luego otro y por fin un tercero. Por el volumen de los sacos sobre la mesa había la no despreciable cantidad de 500 monedas de oro, cincuenta arriba cincuenta abajo. Al renegado el dinero no le interesaba, para él lo realmente importante, por lo que estaba allí sentado escuchando a esos tres seres que sin duda eran muy inferiores a él, era el hecho de poder entorpecer y mortificar al maldito demonio y matar a su perro faldero.
— Ese es mucho dinero – dijo sin dejar de mirar al líder de los cabecillas – y no puedo garantizarte un resultado favorable a tus intereses
— Vamos mi querido amigo, nadie duda aquí de tus facultades.
El renegado tubo que refrenar el impulso de rebanarle la cabeza en ese preciso instante, solo la idea de considerar a un humano su igual, conseguía revolverle el estómago.
— Estoy seguro que podrás conseguir retener al General el tiempo suficiente para darme la oportunidad de aclara asuntos – añadió el líder mercenario.
Con fingida codicia Dhopax recogió los sacos de la mesa y se levanto. A continuación llamo al posadero y cinco minutos después estaba en la mejor habitación del hotel con otra botella de licor en la mano.
El general vio como el renegado traspasaba las murallas del palacio desde la ventana del despacho del mariscal, y enseguida se apoderó de él el poderoso impulso de atravesarle el corazón con una flecha envenenada. El desprecio que sentía por el Felimbre renegado solo era igualado por el que este sentía hacia él. El general se prometió que en cuanto pudiera aprovecharía cualquier oportunidad para matar al maldito gato, pero no antes de utilizarlo para encontrar a los de su especie, y con ellos al muchacho. Aunque a estas alturas le separase una gran distancia, estaba seguro de que pronto la acortaría, el muchacho estaba herido en un hombro, la herida en si no es gran cosa, el problema estaba en que además había soportado el rayo paralizador del demonio que sin duda retrasaría el proceso de curación. Al recordar como el muchacho se había retorcido bajo sus brazos, le hizo sentir un atisbo de alegría, e incluso le ayudó a olvidar el molesto picor del hombro, allí donde le había alcanzado la flecha. Estaba desando volver a tenerlo en sus manos para hacérselo pagar. Aunque la orden del demonio le prohibía matarle no había especificado que no pudiera sufrir ningún daño físico grave y el pensaba infligirle un dolor tal que gritaría como nunca en su vida.
Un ruido sordo sobre la maciza puerta le sacó de las ensoñaciones de venganza. Antes de poder dar la orden de entrar la puerta se abrió y en el umbral apareció la larguirucha figura del Felimbre. Con premeditada lentitud el renegado se quitó la vieja y andrajosa capa, dejando bien a la vista la enorme empuñadura y su mano posada sobre ella. Su ojo sano resplandeció como un bosque ardiendo al cruzar su mirada con la del general, que permanecía sentado con la espalda firme y la espada desenvainada detrás de un elegante escritorio de madera de cerezo, un material por cierto escaso por aquellas regiones.
— ¿Por qué me has mandado llamar? - preguntó Dhopax
— Para servir a tu amo y señor – respondió el general y con igual lentitud y dejo sobre la mesa la plana moneda plateada.
— Yo no tengo dueño.
— Yo diría que si – una malévola sonrisa apareció en los labios del general haciendo que su cicatriz se contrajera – tan pronto has olvidado el pacto
— Yo cumplí con mi parte del trato, el pacto quedó cerrado – mientras hablaba su mano recorrió la cicatriz del cuello.
La carcajada del general resonó por toda la estancia. En ese momento la moneda plateada se elevo muy lentamente y sin más se lanzo como un rayo contra el renegado, parándose a escasos centímetros de su pecho. El Felimbre no tubo tiempo de protegerse antes de verse envuelto por el espeso humo negro, y ante sus ojos apareció la imagen del demonio enseñando unos dientes negros y puntiagudos. Sobre su mano resplandecía una perfecta esfera plateada, aunque al fijarse detenidamente vio como pequeñas sombras negras empezaban a cubrirlo lenta, pero inexorablemente, dejando en dichas zonas huecos grisáceos que giraban en cíclicos círculos. Cuando por fin consiguió librarse del poder hipnótico de las sombras, le dirigió al demonio la mirada más desafiante que fue capaz de componer. Demsonger lanzo una risotada demoníaca, después se calmo repentinamente y mirando al frente clavo sus oscuros ojos en el renegado.
— ¿Estás seguro de eso, asqueroso gato? – preguntó el general. Su voz parecía lejana y distorsionada al atravesar el muro de humo.
Dentro, en la grieta dimensional creada por la moneda, el demonio jugueteaba con la esfera, sosteniendo la mirada del Felimbre. Hasta que cansado introdujo una de sus afiladas garras en una de las superficies sombreadas. En ese instante el renegado perdió la sensibilidad en todos y cada uno de los músculos, y sin poder sostenerse ya en pie cayó redondo al suelo envuelto en un aura de fluorescente candor. Su piel, antes curtida y bronceada por el duro sol, adquirió de repente el pálido tono de la ceniza. También la pupila de su ojo sano perdió el color azulado, y gruesas gotas de sudor le recorrieron la frente a pesar de que lo único que sentía el Felimbre por todo el cuerpo era un fantasmal frío glacial. La demoníaca risa volvió a resonar por la sala, aún más fuerte si cabe, mientras la garra se hundía más y más dentro de la esfera. De repente la voz del demonio penetro en la mente del renegado
— ¿Quién es tu amo?
— Tú – respondió otra voz desde la parte más profunda de la mente del renegado
— ¿Me obedecerás?
— Si
— Si llevas a buen puerto tu misión es posible que te devuelva tu pedazo de alma, siempre y cuando no haya desaparecido en la oscuridad, lo cual sería una verdadera lástima ¿no crees?
La risa infernal volvió a sonar por última vez, antes de que humo y grieta desaparecieran y la moneda cayera inerte en el suelo. El Felimbre sintió una agradable sensación de calidez, que poco a poco fue instalándose por todo el cuerpo. Recuperó la movilidad, aunque tardó bastante en volver a ponerse de pie. Mientras el general le vigilaba sentado cómodamente detrás del escritorio.
— Partiremos dentro de dos horas – dijo el general cuando el renegado se encontraba ya en la puerta.
Este asintió sin volverse
— ¿No quieres saber a quien perseguimos?, gato
— No
— Es importante ¿no crees?
Como única respuesta el Felimbre abrió la puerta
— Bien como quieras, pero antes de irte te daré un consejo – vio como el renegado se giraba con pasos aun vacilantes – yo que tú pensaría que les diría a mis antiguos compañeros cuando les des caza y le arrebates el colgante y a su dueño.
Con gran satisfacción el general vio aparecer un estremecimiento en las antes arrogantes facciones del renegado.
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