9
General Somred
Había trascurrido cinco minutos desde nuestra partida de la casa de juego y el túnel parecía no acabarse nunca. Azcel encabezaba la marcha, ya que el túnel estaba protegido con barias rutas que conducían a callejones sin salida, no eran trampas muy efectivas pero conseguían que el perseguido ganara tiempo. Por fin, unos metros más allá pude distinguir la claridad que se filtraba a través de una trampilla deteriorada.
El túnel desembocaba en un cobertizo a unos veinte metros de la casa de juego, y aún a esa distancia podía escuchar el zapateo de los soldados al pasar, como si estuvieran desfilando en la mismísima puerta, hasta que al acercarme a la entrada me di cuenta de que eso era lo que realmente estaba pasando. Salimos sigilosamente por un ventanal que daba a una calleja estrecha y tenebrosa y nos escabullimos entre la sombra. Pero nuestra huída no duro mucho pues en la siguiente esquina vimos venir a un pelotón de unos diez hombres al tiempo que a nuestra espalda podíamos escuchar a otro grupo acercándose.
Apagamos la luz del farol que iluminaba la calle y esperamos a que se acercara el primer pelotón escondidos entre las sombras, si éramos rápidos podíamos deshacernos de ellos antes de que se acercarán los soldados que teníamos detrás. Esmile me paso un cuchillo que rechace, pues no sabía como utilizarlo y solo me estorbaría. Si tenía que luchar sería cuerpo a cuerpo, además Sara estaba junto a mí y eso le daba a cualquiera una poderosa seguridad.
En cuanto llegaron a nuestra altura nos abalanzamos sobre ellos. Ambio y Esmile acabaron con los dos primero con sendos golpes, una estocada directa al corazón que atravesó la cota de cuero. Pero para cuando los demás quisimos atacar todos los soldados habían desenvainado. Uno de los soldados con la espada por delante acometió contra Calson que era el que tenía más cerca, este la desvió con un golpe seco y atacó clavándose la punta de su espada en el pecho del otro. En otra parte de la calle, Ricio entrechocaba su espada con barios soldados, al tiempo que Tirós remataba a otro. Entre tanto Sara se entretenía esquivando estocadas mientras buscaba algún hueco para golpear. En uno de los ataques fingió resbalarse y cuando el confiado soldado levanto su espada ella le pateó el pecho desprotegido. El soldado dejo caer su espada y se llevó los brazos al pecho mientras abría desmesuradamente la boca intentando llenar de oxígenos sus pulmones, pero ella no ceso de golpearlo hasta que este cayó redondo al suelo.
Azcel y yo luchábamos en la esquina que unía esa calle con otra. Me enfrente a uno de los tres soldados que todavía quedaban en pie. Con un giro me coloqué a su derecha e intente quitarle la espada de una patada, pero el hombre fue más rápido y se apartó justo a tiempo colocándose a mi espalda. Escuche el siseo del filo de la hoja al pasar junto a mi oreja, que no corto de un tajo porque ya me había agachado, y así en cuclillas me lance sobre él. Los dos rodamos por el suelo hasta quedar bajo la luz de uno de los faroles que iluminaban la calle adyacente. Nos levantamos de un salto y volvimos a quedar uno frente al otro. Entonces ocurrió algo muy raro, el soldado envaino la espada, renunciando a su ventaja, y se preparo para luchar cuerpo a cuerpo. Me lanzo un golpe bajo al estómago, que no conseguí esquivar, seguido de un buen derechazo a la mandíbula. Los dos golpes consiguieron hacerme perder el equilibrio y caer de nuevo al suelo, pero reaccione a tiempo y cuando el soldado se inclino para agarrarme, yo le propine una patada en las costillas y después un buen golpe en la nariz, que se rompió con un chasquido. Sin darle tiempo a recomponerse le ataque con una serie de golpes no muy bien dirigidos pero efectivos. No tardo en volver a desenfundar la espada pero en esta ocasión yo fui más rápido y le asesté una buena patada, la espada voló por lo menos a dos metros de nosotros. Completamente agotado le aseste el último y definitivo puñetazo que le mando derechito al mundo de los sueños.
— ¿Estás bien?- preguntó Azcel, a sus pies yacía el soldado que se había enfrentado a él.
— Eso creo – me dolía la patada en el estómago pero era un dolor pulsante que poco a poco iba disminuyendo.
— Pues vamos.
Nos reunimos con los demás en el callejón donde Tirós vendaba de forma apresurada un corte en el brazo derecho de Ricio, y Sara luchaba por recuperar el aliento apoyada en la pared. Muy cerca, los gritos de alarma de la segunda patrulla, alertados por la refriega, tronaban en la noche atrayendo a todos los soldados que estuvieran en un kilómetro a la redonda.
— Hay que salir de aquí o pronto estaremos rodeados – dijo Esmile.
— Seguidme se donde podemos escondernos – afirmó Azcel.
La loca carrera en pos del propietario del local de juegos nos llevó hasta una calle larga, estrecha y sin salida pues al fondo la cegaba la muralla sur. Por un momento se me pasó por la cabeza que al final Azcel nos había conducido a una trampa y me sobrevino el impulso de agazaparme en un oscuro rincón. Pero entonces se detuvo ante un grupo de peñas que los constructores de la muralla habían decidido incluir en la edificación en vez de rodearla, y empezó a tantear con las manos.
— Aquí está la entrada – dijo y tras apartar un telón camuflado como roca desapareció.
Le seguimos hasta una pequeña cueva que había sido acondicionada como vivienda. El propietario después de superar la sorpresa por nuestra acelerada entrada se preparó para defender su territorio con la espada bien en alto.
— Tranquilo Phonso soy yo – lo apaciguo Azcel – necesitamos que nos escondas por un rato.
El anciano dejo la espada encima de la envejecida mesa y se sentó al lado con la mano bien cerca de la empuñadura. Nos invitó a sentarnos pero como no había suficientes sillas (ni espacio), la mayoría nos quedamos de pie.
— Así que eres tú el que está armando tanto alboroto – señaló a las espadas manchadas de sangre – por lo visto esta noche has decidido divertirte un poco.
— Tranquilo viejo, básicamente está todo controlado – luego me miró y añadió – solo tenemos que encontrar la manera de entrar en el palacio del Mariscal.
No sé si fue por el cansancio o por la sorpresa pero los huesos de las piernas de repente se hicieron de plastilina, y si no llega a ser porque estaba apoyado sobre la pared de la cueva me hubiera caído redondo.
— Y ¿por qué demonios debemos ir allí? – Preguntó Esmile leyéndome el pensamiento.
— Porque la entrada a los túneles está allí – contestó Azcel muy tranquilo luego añadió – en aquellos tiempos la ciudad no era más que una pequeña aldea y el lugar en donde ahora está situado el palacio era el salón de reuniones.
— Genial, esto se pone cada vez más interesante, nunca podré decir que me abu... - el ruido de los chicos del Mariscal impidieron que Sara terminara la frase.
Un silencio sepulcral se apodero de la cueva, incluso el ruido que hacía al respirar me parecía demasiado fuerte, pero mis pulmones (que son muy sabios) me mandaron un mensaje en forma de pinchazo, que me decía claramente – oye o empiezas a respirar o vas a tener problemas –
Ambio fue el primero en hablar una vez hubo pasado el peligro.
— Si queremos entrar en el palacio lo primero que tenemos que hacer es despistar a las patrullas, Ricio y tiros seréis los señuelos ¿creéis que podéis hacerlo?
— Si, ya verán, estarán dando vueltas hasta el amanecer – contestó Tirós
_ Solo el tiempo que tardemos en llegar al palacio y no corráis riesgos inútiles – agregó Esmile con el ceño fruncido.
— Y cómo vamos a entrar en el palacio.
— Ya veremos la forma cuando estemos allí – continuó Ambio
— Oye Azcel ¿no habrá algún túnel que nos lleve hasta el palacio? – preguntó esperanzada Sara.
— No muchacha, pero deberían hacerlas, en cuanto tenga ocasión se lo propondré a su excelencia – contesto riéndose.
El plan era sencillo, Calson, Esmile, Azcel, Ambio, Sara y yo debíamos esperar unos diez minutos ante de salir de la cueva, ese era todo el tiempo del que disponían Ricio y Tirós para conseguir alejar a tantas patrullas como pudieran de la zona. Mientras esperábamos impacientes a que se consumiera el tiempo, Phonso, supongo que para hacer mas relajada la espera, sacó de un viejo arcón una botella de licor que Azcel no dudo en catar, el resto de los presentes teníamos completamente cerrada la traquea.
El palacio estaba ubicado en una colina, desde donde dominaba toda la ciudad. Era una casa enorme de aspecto señorial completamente amurallada. En los alrededores no había ningún otra edificación, así que era prácticamente imposible acercarse sin ser visto, o lo habría sido en cualquier otra noche, porque por suerte en esta la mayoría de los saldados estaban cazando fantasmas por las calles de la cuidad.
Llegar hasta la puerta sin ser detectados había sido relativamente fácil, solo tuvimos que esquivar más de una docena de patrullas. Lo difícil ahora era superar a los cinco hombres que vigilaban la entrada. Con una señal Ambio nos indicó que esperáramos mientras él y Esmile se acercaban sigilosamente a los vigías. El combate fue corto. Los dos atacaron a la vez cubriendo ambos lados de gran puesta amurallada. Con la primera estocada Esmile derrotó a dos de los desprotegidos hombres y consiguió terminar con el tercero antes de que diera la voz de alarma. Enfrente Ambio derrotaba al último de los soldados mientras su primer adversario se desangraba a sus pies. Por último apoyaron los cuerpos en la pared de tal forma que el que echara una hojeada desde el interior de la casa no se diera cuenta del repentino fallecimiento de sus vigilantes.
Nada más traspasar el pórtico nos recibió un gigantesco patio empedrado y el murmullo de voces que se dirigían hacia donde nosotros estábamos. Corriendo recorrimos el patio en penumbra hasta llegar a lo que identifiqué (por su nauseabundo olor a caballo) como las caballerizas, pero las voces, que correspondían a tres hombres, parecían seguirnos y pronto se hicieron entendibles.
— ¿Cómo que se han escapado?
Esmile acurrucada a mi lado de pronto puso todos sus músculos en tensión y su mano agarró veloz la empuñadura de su espada desmontable, y aunque no sabía quien era ese tipo no me pareció una reacción exagerada pues la voz del hombre era tan brutal que sin ningún esfuerzo conseguía que te mearas en los pantalones de puro miedo.
— Mi general – balbuceo el segundo hombre.
Bueno ya sabía quien era, el temido General Somred
— Tengo a todos mis hombres recorriendo cada centímetro de la ciudad y todas las puertas de la ciudad están cerradas y muy bien vigiladas, tarde o temprano les encontraremos no pueden escapar – dijo dando un paso hacia atrás.
— Por tu bien espero que así sea – el general Somred le agarró por la solapa de su coleto de piel y le atrajo hacia si para después soltarle con un empujón. El hombre tropezó con sus pies antes de caer de culo. Tras levantarse salió de allí tan deprisa como pudo.
El tercer hombre espero hasta que el otro se hubiera alejado para hablar por primera vez.
— General Somred le agradecería que mientras permanezca usted invitado en mi palacio – acentuó mas esas última palabras – se comporte como una persona no como un animal.
— Mi querido Mariscal mientras yo este en esta ciudad usted será el invitado en este palacio, suponía que eso había quedado claro.
Y sin más se fue siguiendo los pasos de su subalterno. El Mariscal aguardó un instante, que aprovecho para maldecir al general y a toda su familia, antes de seguir al otro hombre.
Cuando fue seguro los demás salieron de sus escondites. Yo por el contrario tarde lo mío en conseguir mover las piernas completamente acalambras. Esmile parecía más relajada ahora que el general se había marchado aunque seguía agarrando fuertemente la espada.
— ¿Dónde está la entrada? – preguntó en susurros Calson.
— En el salón de audiencia, creo – respondido Azcel también en susurros
— ¿Crees? ¿Cómo que crees?, ¿Es qué no estas seguro? – pregunto Sara alzando la voz.
Azcel simplemente se escogió de hombros y sonrió
— Bueno siempre podemos recorrer el palacio hasta encontrarla, seguro que si lo pedimos amablemente nos dejarán husmear – añadí yo.
— ¡Basta ya! – Ambio salió y dio una vuelta completa al establo – despejado – dijo.
— Busquemos primero en el salón ¿podrás reconocerla si la ves? – preguntó Calsón.
Este asintió con la cabeza.
Llegamos a una zona del patio repleto de árboles frutales junto un muro del palacio, desde allí pude ver con claridad la casa. Estaba diseñada para asemejarse a un castillo. La parte central del palacio, de no más de tres pisos de altura, poseía en su base una estructura cuadrada, pero según aumentaba la altura, el edifico se iba estrechando hasta acabar en una única estancia circular. De cada esquina surgían sendos pasillos que llevaban a cuatro torres circulares, que se igualaban en altura con el espacio central.
Conseguimos llegar hasta una de las ventanas de la planta baja sin ser visto, detrás solo había un amplio y lujoso vestíbulo. Varias lámparas iluminaban una escalera engalanada con alfombras negras, que terminaba en un rellano coronado con el escudo que viera en los edificios públicos de la plaza esa mañana. A la derecha de la escalera pude distinguir una pequeña puerta que prácticamente se confundía con la pared, y a medio metro otra un poco más grande. Colgados en el espacio entre las puertas había algunos cuadros, todos retratados de hombres que sin duda pertenecían a la misma familia pues todos tenían como común denominador una nariz aguileña y una mira inteligente.
Nada más entrar en el frió vestíbulo vino a mi nariz un olor muy desagradable, como a repollo podrido, proveniente de la pequeña puerta que justamente en ese momento comenzaba a abrirse. Solo nos dio tiempo a sacar las armas (aquellos que las tuvieran), antes de que la puerta se abriera completamente y de ella saliera una muchacha muy joven, prácticamente una niña, sosteniendo en sus manos una pesada bandeja. La sorpresa fue mutua, pero en la cara de la muchacha además de asombro había miedo. Sin dudarlo nos lanzó el apestoso contenido de la bandeja (con la bandeja incluida), mientras intentaba volver a salir por la puerta ya cerrada. El estrepitoso ruido resonó en cada rincón del vestíbulo vacío y para mí que también en todo el palacio.
Azcel fue el primero en reaccionar, sujetó a la muchacha cuando esta consiguió agarrar la manilla y la arrastró hacia el interior de la habitación que había detrás. A toda prisa intente tapar el estropicio empujándolo todo tras la puerta mientras Sara volcaba no sé que de una mesa cercana. No había dado la última patada a la bandeja cuando Esmile nos lanzo literalmente a la habitación justo cuando dos soldados aparecieron en el rellano de la escalera.
La gruesa puesta sólo nos permitía escuchar voces atenuadas y entrecortadas, imposibles de distinguir, hasta que el ruido cesó. Ambio esperó unos minutos más antes de entreabrir la puerta suavemente, luego con igual cuidado la volvió a cerrar.
— Se han ido y han cerrado la ventana – lanzo una preocupada mirada a la muchacha que seguía debatiéndose en los brazos de Azcel – por ahora nos hemos salvado.
También yo miraba a la muchacha, en sus ojos llorosos y enrojecidos solo se podía ver miedo. Un miedo que se convirtió en pánico cuando vio aparecer una daga en la mano de Azcel, y cuando sintió la fría hoja en su cuello comenzó a patalear desesperadamente. Una de las patadas me dio de lleno en la espinilla cuando intentar acercarme, así que cargue mi arco y apunte a la cabeza de Azcel.
— Quítale el cuchillo del cuello ahora mismo – para mi sorpresa la voz me sonaba serena y firme.
No lo aparto pero tampoco siguió apretando, la mujer también parecía haberse calmado. Azcel le dirigió una peculiar mirada a Ambio, como solicitando su ayuda, pero este solo inclino a un lado la cabeza. Luego volvió su mirada hacia mí, por fin había desparecido la expresión de seguridad de su rostro.
— Si la dejamos viva corremos peligro – presionó un poco más hasta que un hilillo de sangra surgió de la herida
Yo tense el arco hasta llevarlo al máximo, con lo que paro de nuevo.
— Correré el riesgo, por favor quítale el cuchillo.
Con una sacudida hizo girar a la chica. Lanzo el cuchillo al aire, lo volvió a coger por la hoja y la golpeo con el mango. La muchacha cayó inconsciente al suelo.
— Ya puedes bajar el arco muchacho – sus labios se curvaron en una sonrisa torcida.
Sara que había permanecido toda la escena detrás de Azcel, por si tenía que atacar, se puso ahora a mi lado.
_ Te has portado caballero andante – me susurró las palabras tan cerca del oído que podía sentir su respiración.
También yo sonreí, la primera vez en mucho tiempo.
Salimos de la habitación y regresamos al vestíbulo. Justo en frente, tras subir cuatro elaborados escalones, había una magnifica puerta labrada en oro y plata.
— La sala de audiencia espero – dijo Sara.
— Estas en lo cierto señorita – corroboró Azcel – entremos.
La estancia en donde nos encontrábamos era igual o más grande que el vestíbulo y completamente circular. Parecía estar vacía, a excepción de un único asiento, bien parecido a un trono, en el fondo de la sala, y colgado encima un gran cuadro. Quedaba claro que el retratado no era de la familia, ni siquiera era humano. Le salían pinchos por todos los miembros del cuerpo y sus ojos eran de un negros ponzoñoso que incluso dibujados transmitían maldad. No me hizo falta preguntar para saber quien era. Aunque sus ojos conseguían que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo no podía apartar la mirada, me sumergían más y más en la sugestiva oscuridad. Me concentré como no lo había hecho en mi vida y conseguí por fin cerrar los ojos, pero cuando los volví a abrir ya no estaba en la habitación. En vez de rodearme las paredes circulares del salón del Mariscal lo hacía una tranquilizadora luz azulada acompañada de una dulce canción sin letra, y de alguna manera ahora sujetaba el colgante que parecía increíblemente grande si lo comparabas con mis manos. Alguien me estaba susurrando al oído con un aliento cálido, pero por mucho que miraba a mí alrededor no vi a nadie, aún así el mensaje era increíblemente claro.
— Tenemos que salir de aquí – grite.
Volvía a estar en el salón de audiencias frente al retrato de Demsoger aunque todavía resonaban en mi mente las palabras de aviso
Todos permanecían quietos mirándome, Esmile y Sara tenía el ceño fruncido.
— Hay que salir de aquí pitando – repetí ya más calmado.
— Eso intentamos muchacho y nos vendría bien tu ayuda para encontrar la dichosa entrada – dijo Azcel volviendo a buscar entre los ladrillos de la pared de detrás del trono
— No maldita sea, saben que estamos aquí – sin pararme a ver su reacción me acerqué a una de las ventanas. Afuera estaba totalmente oscuro. Esmile todavía con el ceño fruncido también se acerco a mirar, cuando volvió a mirarme su expresión había cambiado, estaba a caballo entre el asombro y la preocupación.
— Estamos rodeados – dijo a los demás
Ambio, que por alguna razón no parecía sorprendido, tomo las riendas de la situación.
— Esmile, Sara utilizar las cortinas e intentar sacar el mayor número de antorchas – le lanzó a Sara el cuchillo que llevaba al cinto – procurar que los de fuera no se den cuenta, cuando hayáis terminado prenderlas y pasárselas a Roberto – mirándome añadió – lánzalas lo más separadas que puedas la una de la otra, hay que iluminar el mayor espacio posible – se volvió hacia el trono - Calsón ayúdame a mover este armatoste - ya al lado del trono se dirigió a Azcel que seguía detrás – si aprecias tu vida encuentra esa maldita entrada, no podremos resistir mucho tiempo.
Pero este no le miraba, observaba el hueco que había dejado el trono con una sonrisa de oreja a oreja.
— Amigo mío ya lo he hecho, me...
Le interrumpió el ruido le las puertas al abrirse bruscamente. Desde el marco de la puerta nos observaba el general Somred, y detrás de él se podían ver a una veintena de soldados.
— Baja ese arco muchacho que alguien puede salir herido – caminó tranquilamente hasta el centro de la habitación – y no queremos eso ¿verdad?
Mantuve el arco tenso apuntando a su entrecejo todo el tiempo. Los soldados, la mayoría armados con espadas, entraron en la habitación cubriendo todas las salidas posibles, a excepción de una.
— Muchacho tozudo – desenvainó su espada y con un suyo quince soldados se adelantaron, manteniéndose el resto en sus puestos junto a la puerta y ventanas – intentas enfrentarte a mí.
No sé si me lo decía a mí, pero fue Esmile la que se coloco frente a él con la espada montada. Somred lanzó tal carcajada que hasta el aire tembló.
— Si, esto está mejor.
La expresión de Esmile era de autentico odio cuando se lanzo al ataque. El general tubo que sudar lo suyo para esquivar sus golpes, pero en cuanto hubo afianzado los pies fue él quien ataco, con estocadas que solo eran eludibles con la extraordinaria agilidad de un Felimbre. El entrechocar de espadas duró unos minutos más y luego volvieron a quedar frente a frente vigilando cada movimiento.
— No esta mal para ser un despreciable gato – dijo el general casi sin aliento – aunque creo que es hora de terminar.
Pero no atacó, mantuvo la espada baja muy cerca del cinto con una sonrisa de desprecio en la comisura de los labios.
— Un miserable gato, como todos los de tu especie, nunca será rival para mí.
Esmile se lanzo al ataque llevada por la rabia, medio girando, saltó a matar. El general también giro, de tal manera que Esmile acabo dándole la espalda. La sonrisa del general Somred se hizo más amplia según su espada bajaba, pero desapareció cuando un destello metálico paro la estocada, y se transformo en mueca al darse cuenta de la trampa. Esmile se volvió con la espada en una mano y una daga en la otra, y sin consideración alguna acometió contra el vientre desprotegido del general, pero la cuchillada no le alcanzó porque este, viendo lo que se le avecinaba, salto hacía atrás.
Esmile volvió a atacar una y otra vez mientras que el grandioso general retrocedía parando estocadas a diestro y siniestro, hasta que la pared le acorralo. Somred en un movimiento desesperado intento un ataque frontal que Esmile esquivó con rapidez, pero no pudo eludir el golpe del cuchillo, que por arte de magia había aparecido en su mano izquierda, hiriendo a la Felimbre en un hombro, pillada por sorpresa soltó la espada, momento que aprovechó el general para lanzarle una serie de estocadas que a duras penas pudo para con la pequeña hoja de la daga.
Somred relamiéndose lanzó una estocada baja que solo se podía parar inclinando el cuerpo y dejando el cuello al descubierto; la punta de la espada paro a escasos centímetros del cuello la Felimbre.
— Bien muchacho – dijo casi sin aliento y sin apartar la vista de su presa – o bajas el arco o la mato.
Lo baje.
— Ahora tíralo, tirar todas las armas.
Varios hombres se acercaron, nos rodearon y agarraron, echando inexplicablemente a un lado a Sara de un empujón.
— Traédmelo – ordeno a los dos hombres que me sujetaban.
A empujones me llevaron hasta el centro de la habitación junto a Esmile. La mire pero sus ojos seguían fijos en el general, ni siquiera opuso resistencia cuando uno de los soldados la maniató. Pero Somred ya no la prestaba atención, me observaba con mucho interés, con la punta de la daga sacó el colgante de debajo de la túnica, luego se llevo la mano al cinto y sacó una moneda de plata que dejo caer al suelo.
En un instante la habitación se lleno de un espeso humo negro, que rodeó la zona donde había caído la moneda, y cuando la humareda aclaro, pude ver la cabeza del demonio mas odiado y temido.
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