10
Las estatuas viven
Deliberadamente desvié la mirada y vi a Sara que disimuladamente me indicaba un punto en el suelo junto a sus pies, donde un gran hocico blanco asomaba por el baldosín que minutos antes sostenía el trono, y junto a él distinguí la punta de una flecha.
Hice como que intentaba zafarme de mis guardianes para acercarme a la Felimbre, que por fin parecía haber recuperado el dominio de sus sentidos. Mi repentino forcejeo sorprendió a los soldados que me sujetaban y pude acercarme lo suficiente a Esmile para, con un susurro, señalarle la baldosa, el hocico y la flecha.
Renovadas las esperanzas se apodero de mí una fuerza misteriosa que me hizo mirar directamente a la ventana. Demsonger también me miraba. Enseguida note la atracción de sus ojos y su devastadora fuerza. Como pude aguante su mirada y mantuve la conciencia, no sé cuanto tiempo estuvimos así (para mí que una eternidad) pero al final fue el demonio quien bajo la mirada para mirar el medallón que reposaba sobre el pecho. Al volver su mirada hacia mí dijo.
— Bienvenido a casa, no sabes como ansiaba tu regreso – su voz fría y dura se me clavaba en el cuerpo con clavos ardiendo – pero disculpa mi falta de hospitalidad enseguida estarás mas cómodo y podrás descansar ¿verdad general Somred?
— Claro – este se llevo de nuevo la mano al cinto y saco un pequeño bote de cristal. El contenido, un líquido ámbar marino, se movía de un lado al otro zarandeado por sus amenazadoras manos. No sé cuál de los soldados que me sujetaban por los brazos me hizo levantar la barbilla con un soberbio tirón de pelo – solo unas gotas y dormirás plácidamente.
Lo último que se me paso por la cabeza antes de que se montara el meollo, fue que dos personas completamente opuesta, si se le puede llamar persona a una de ellas, me habían dicho lo mismo - bienvenido a casa-
Entonces la flecha destrozó el bote de cristal a escasos centímetros de mi boca, esparciendo su contenido por mi ropa.
— Sara - grito Esmile levantando las manos atadas. El cuchillo que minutos antes Ambio lanzó a Sara, voló de nuevo por los aires para acabar en las manos de la Felimbre, que corto las cuerdas a la vez que rodaba por el suelo, recupero la espada a tiempo para encararse con varios soldados.
— No les soltéis – grito Demsonger a los soldados que me sujetaban. Los dos cuernos que le salían de la cabeza antes negros, tenían ahora un color rojo brillante.
Obedeciendo a su amo uno de los soldados, supongo que el mismo que me había hecho levantar la barbilla, sacó una daga.
— No te muevas – dijo acercándome la hoja al cuello.
Desoyendo olímpicamente a mi sentido común, le patee con todas mis fuerzas una de las rodillas. No me soltó y tampoco bajo el cuchillo, aunque si sentí como sus manos aflojaban la presión. Aproveché ese instante, gire tanto como se me permitía y volví a golpearle la rodilla. En esta ocasión conseguí mi objetivo, me soltó. Enseguida echo mano a la daga, la hoja se me clavo en el hombro pero ni si quiera lo sentí, porque en ese momento me las veía con el otro soldado que intentaba derribarme. El hombre de la daga reapareció, le vi acercarse por el rabillo del ojo. Lanzó una estocada baja que conseguí evitar y fue a clavarse en la pantorrilla de su compañero. De nuevo libre, le asesté un puñetazo en la sien al recién herido, entonces me volví para enfrentarme al segundo soldado que reanudaba el ataque. Era una estocada baja justo al muslo como las anteriores. Conseguí esquivarla sin esfuerzo y cuando el soldado volvió a repetirla me hice a un lado y le agarre la muñeca, nos miramos unos segundos, yo con decidida rivalidad, el con absoluto asombro, entonces le lance una patada al cuello (como tantas veces había visto hacer a Sara) sin embargo la pierna de apoyo resbaló y me caí de culo, aunque conseguí golpearle lo bastante fuerte como para que el hombre quedara tendido en el suelo.
Al levantarme pude ver como poco a poco se iba cerrando la ventana. Demsonger seguía mirándome desde el otro lado. El tono rojo se había extendido a todo el cuerpo y de los cuernos de la cabeza salían finas llamaradas.
— No podrás escapar de mí – según hablaba las llamaradas que le salían de la cabeza se convertían en rayos escarlatas – mira a tu alrededor.
Por mi derecha se acercaba Somred espada en mano, aunque menos sonriente que antes. Detrás de él pude ver como Esmile, que parecía agotada, se batía con tres o cuatro adversarios a la vez junto a un par de cadáveres. Miré hacia la entrada secreta y el alma me bajo a los pies. Sara y los demás, ya libres de ataduras, no conseguían frenar la avalancha de soldado que con gran acierto impedían la entrada de los refuerzos. De vez en cuando salía alguna flecha dorada del hueco, pero eso era todo. Mis compañeros luchaban sin cuartel, ya no para intentar escapar, sino para salvar sus vidas. Si no conseguíamos abrir la dichosa puerta estaríamos perdidos.
Un rayo rojo atravesó la ventana, estrellándose en la pared que había detrás de mí.
— Relájate, te dolerá pero no te matará – dijo el demonio mostrándome unos dientes puntiagudos como púas de sierra. Otro rayo salió disparado, pero conseguí esquivarlo tirándome al suelo. Cuando me levantaba vi la daga del soldado muy cerca de mi mano, al intentar coger la un rayo impacto en ella apartándola aún más de mí.
— Ríndete de una vez muchacho – bramo Somred.
— Nunca – chillé yo más que nada para darme valor.
No sabía como pero tenía que conseguir abrir la losa. Me concentre en el medallón que me pesaba como nunca, si era tan poderoso como todos afirmaban ahora tenía que ayudarme a salir de esta. Cerré los ojos y noté su forma sobre mi pecho, su consistencia y de repente el ya conocido cosquilleo recorriéndome todo el cuerpo. Durante un angustioso segundo nada sucedió y sentí que mi concentración vacilaba, pero entonces en algún rincón de mi mente varias neuronas comprendieron lo que tenía que hacer. Apreté los puños y con un esfuerzo sobrehumano cerré la mente a todo lo que no fuera la losa y simplemente imagine que desaparecía. Momentos después un impulso de energía salía de mi, o del colgante no estoy seguro, acompañado de un la luz verdosa que traspasó mis párpados cerrados.
— Detenle – gritó demsoger desde la ventana.
A sabiendas de que el general Somred estaba junto a mí permanecí quieto con los ojos cerrados aprovechando cada segundo, hasta que un golpe en el hombro herido me hizo aullar de dolor y abrir los ojos. Cuando la escena que se desarrollaba ante mí volvió a estar enfocada, pude ver al demonio a través de la ventana sonriéndome, y al darme la vuelta para buscar al general este me agarró por la espalda y me levantó de un tirón. Una punzada en el hombro me hizo volver a gritar de dolor, pero ese dolor enseguida desapareció, para ser sustituido por un tormento aún mayor.
Al principio solo sentí un pinchazo allí, en punto exacto del pecho, donde el rayo escarlata había impactado, pero el dolor se hizo más intenso según se extendía por todo el cuerpo, hasta que cada célula, cada músculo, cada partícula de mi ser se estremeció de puro dolor. Era como si me picaran a la vez miles de agujas de abejas gigantes y esparcieran su veneno hasta convertir mi sangre en fuego. Las piernas dejaron de sostenerme y los brazos me cayeron inertes sobre el costado. Sin embargo los gritos de dolor salían de mi garganta como si mis pulmones solo pudieran chillar o explotar.
Entonces, tan rápido como había empezado, todo acabó. Por un instante me sentí ingrávido, luego note la fría losa del suelo junto a mi cara. La cabeza estaba a punto de estallarme y aún con los párpados cerrados todo parecía darme vueltas. En el suelo retumbaron los pasos de alguien acercándose y sentí como me alzaban de nuevo por los aires. Conseguí entreabrir los ojos pero un intenso pinchazo me obligo a cerrarlos otra vez. Cuando el mundo estuvo ya cansado de dar vuelta realice un nuevo intento. El pinchazo fue menos intenso así que aguante con los ojos entreabiertos. Me di cuenta de que ya no estaba volando por los aires sino codamente apoyado sobre la pared, delante de un inmenso mar blanco. Sacudí la cabeza para enfocar mejor, y poco a poco las líneas difusas fueron agrupándose en formas concretas hasta que el mar blanco se convirtió en el mejor amigo del hombre. El enorme perro blanco combatía el rayo escarlata mucho mejor que yo. A su lado Sara terminaba con la acometida de un soldado con el cuchillo de Ambio, que en algún momento debía haber recuperado, y venía hacia mí. Podía verla mover la boca pero no era capaz de escuchar sus palabras, sacudí de nuevo la cabeza para deshacerme de los últimos restos de aturdimiento, y como si de una radio se tratara a la que alguien le diera volumen, el ruido de mí alrededor reapareció.
— Puedes moverte – su cara mostraba verdadera preocupación.
Asentí. La recorrí con la mirada, sus dos brazos estaban recubiertos de sangre, también el pecho estaba manchado, si bien no toda era suya (por no decir la mayoría) algunos feos cortes asomaban entre los rotos de su túnica.
— ¿Estás bien? – nunca en mi vida me he sentido tan culpable.
También ella asintió, no era el momento de dar explicaciones largas.
Con un gran esfuerzo conseguí ponerme en pie, las piernas temblaron bajo mi peso y Sara tuvo que ayudarme mantenerme recto. Cuando ya llegábamos al hueco un soldado se interpuso en nuestro camino, Sara que tenía las manos ocupadas sosteniéndome no pudo hacer otra cosa que retroceder, y el soldado viendo la oportunidad se lanzo sin piedad, pero otra espada corto el ataque. La hoja era sin duda desmontable, así que di por hecho de que sería Esmile que la empuñaba, pero cuando alce la vista para darle las gracias me encontré con un hombre, bueno un Felimbre varón, que me sonreía con una sonrisa dulce y alegre. El soldado ya no estaba tan seguro de sus posibilidades así que retrocedió con pasos indecisos, hiendo a tropezar con el cuerpo de un compañero. En la caída perdió la espada y viéndose desarmado emprendió la huída.
Me permití ver lo que pasaba en la sala. La ventana prácticamente se había cerrado y con ella desaparecían el rayo carmesí y la airada cara del demonio. El perro permaneció atento a la abertura hasta que esta desapareció completamente, y durante ese tiempo media docena de soldados insistían en clavarle espadas que no penetraba más de un par de centímetros en su grueso pelaje. Luego sin muchos esfuerzos y con un par de zarpazos se los quito de encima.
En la otra punta de la sala el general Somred y uno de los recién llegados, otro Felimbre, se batían con verdadera furia y odio, la expresión de Esmile hubiera pasado por una simple ojeriza si se comparaba con las miradas que se mandaban el uno al otro. En este momento el general intentaba una arriesgada estocada en pleno salto, que no tuvo mucho éxito, si su intención era herir, pero si consiguió poner una discreta distancia entre él y su oponente, momento que aprovecho para reagrupar a su ya escasa tropa y reclamar la presencia de más soldados.
Los soldados que todavía quedaban en pie, no más de media docena, se agruparon en trono a su general.
Ambio, Esmile, Azcel y otros dos felimbre, que hasta ahora no había visto, al estar cerca de la puerta fueron los primeros en enfrentarse a ellos y retener a la nueva remesa de soldados, mientras Calson cerraba la puerta y la atrancaba con el trono. De pronto los cristales de las ventanas estallaron en mil pedazos y un centenar de flechas las atravesaron. El perro con paso tranquilo se coloco en medio deteniéndolas, permitiéndonos avanzar seguros hasta el hueco.
— Entra tu primero – dijo el sonriente Felimbre que, con espada en mano, no se había separado de nuestro lado.
— No – viendo su expresión añadí – lo único que haría sería retrasar la huida, lo mejor será que sea el último.
— No es buena idea – como yo seguía negando con la cabeza agregó – si es necesario yo te llevare a cuesta.
— No, no me iré hasta que todos estén fuera, lo siento.
— Cielo santo eres tan cabezota como tu padre.
Y sin decir nada más se fue para ayudar a los demás a abrir el paso hasta el hueco. Poco a poco los combates se fueron acabando, hasta que ningún soldado quedó en pie, a excepción del general Somred que seguía luchando, con más furia aun si eso era posible, contra el Felimbre.
— Este es un buen momento para salir de aquí – dijo Azcel que sin mirar atrás fue el primero en entrar por el hueco, seguido unos instantes después por Ambio. Calson y Esmile entraron no antes de intentar convencerme de que les precediera.
— Maldita sea entrad de una vez o no saldremos nunca de aquí- chillé desesperado.
Por último entraron los dos felimbres.
— Te toca – dijo el felimbre sonriente
Yo no le miraba, observaba como luchaba su compañero.
— El sabe cuidarse, no te preocupes por él – añadió.
— Vale, entra tu primero Sara.
Ella negó con la cabeza.
— Tú primero
En ese momento uno de los goznes de la ya astillada puerta salto por los aires. El ruido igualo en fuerza al resoplido del Felimbre.
— Vale, vale yo primero – grito Sara que con un salto entro en el hueco, enseguida desapareció en la oscuridad.
Las piernas empezaron a temblarme y perdí el equilibrio. La pared y el felimbre impidieron que diera con mis huesos en el suelo, hasta que pude recobrar el dominio de mi cuerpo. Un leve gruñido a mi espalda me hizo girar, el perro estaba detrás de mí ayudándome a avanzar con suaves empujones.
Estaba a punto de entrar cuando un grito retumbo en la habitación vacía, uno de los arqueros del exterior había alcanzado al Felimbre. La flecha le sobresalía del hombro, aun así, aguantaba como podía las asesinas envestidas de Somred. Su compañero salió en su ayuda, sin embargo estaba demasiado lejos, no llegaría a tiempo. Busque a mi alrededor algo con lo que poder ayudarle y milagrosamente encontré mi arco allí donde yo lo había tirado, resistiendo como pude las ganas de echar la pota lo cogí, pero cuando ya lo tenía en las manos me di cuanta que no tenía ninguna flecha, completamente frenético palpe el suelo a mi alrededor. Enfrente el Felimbre calló al suelo con la espada inerte en su mano, el general ya sin asomo de sonrisa en su rajada cara arrojo la última acometida.
— Muere de una maldita vez asqueroso gato.
En el momento en que levantaba los brazos mi mano dio con algo e instantes después mi flecha se clavo en el hombro del general que con el empuje del disparo callo de espalda. Mi intención habáis sido clavárselo en el corazón pero mi puntería no estaba en su mejor momento.
El felimbre sonriente ayudó a su compañero a ponerse en pie y juntos corrieron hacia el hueco. En ese momento el perro me empujó con el morro y caí por el agujero, pero antes de perder de vista la habitación pude ver como el general, agarrándose el hombro, le propinaba una patada al trono que impedía la entrada de sus tropas.
Luego solo vi oscuridad, por un instante pensé que volvía a estar inconsciente, hasta que sentí como unas manos frenaban mi caída y vi la débil luz anaranjada de una antorcha.
El felimbre sonriente y su compañero cayeron después seguidos del perro que aterrizó con extremada suavidad, como si en ved de caer hubiera levitado.
— Eso vuelve a estar a rebosar de soldados – dijo el felimbre herido señalando la luz que salía del agujero.
— ¿Cómo vamos a salir de aquí con el general pisándonos los talones? no llegaremos muy lejos, será mejor que...
— No te preocupes por eso – señalo el ancho brazalete de oro que llevaba en su muñeca derecha – ¿puedes andar tu solo?
— Eso creo, pero no puedo permitir...
— No, esta vez no valdrán de nada tus protestas – con un suave empujón me lanzo a los brazos de Esmile – sácalo de aquí – ordenó.
Esmile me sujetó del brazo y salió tras los demás que ya corrían por un corredor muy parecido al túnel de huída de la casa de juego, aunque este era mucho más ancho y estaba excavado en la dura piedra. Todavía eran audibles las voces de los cuatro Felimbres entonando unos extraños cánticos en lo que deduje sería Orseo. Entonces como en reemplazo de las voces todo el corredor quedo iluminado por un chorro de luz verdosa, y un momento después se produjo una onda explosiva que hizo temblar los cimientos del túnel y si me apuráis de toda la ciudad.
Cuando el suelo dejo de temblar reemprendimos la carrera. Esmile encabezaba ahora la marcha imprimiendo un ritmos exagerado con migo como remolque.
— Para – grite para acallar mis latidos, que amenazaban con traspasarme el pecho – por lo que más quieras para, no puedo dar un paso más.
Sara se dejo caer en el suelo a mi lado, su cara estaba tan roja como su pelo. Todos los demás siguieron en pie aunque parecían estar tan agotados como yo. A nuestras espaldas resonaron unos pasos y enseguida aparecieron los cuatro felimbres.
— Tenemos que continuar – dijo el contrincante del general. Todavía tenía la flecha clavada en el hombro y la sangre se le escurría de entre los dedos de la mano – no podemos parar ahora.
Al intentar levantarme las piernas volvieron a fallarme y esta vez nada me salvo, acabe con mis huesos, principalmente con la rabadilla, en el suelo. El perro que como por arte de magia se había materializó a mi lado nos lamía la cara por turnos a Sara y a mí.
Esta vez fue el Felimbre sonriente el que habló.
— Tinsel primero debes curarte – luego señalándome añadió – y él necesita descansar.
— Todos tenemos que descansar – agregué yo. No fueran a pensar que era el más blandengue
El tal Tinsel nos miro uno a uno deteniéndose más tiempo en mi persona, y debí darle verdadera lástima porque accedió a descansar unos minutos. El Felimbre que portaba el arco se arrodillo a su lado, no pude ver lo que hacían pero al cabo de unos minutos las dos mitades de la flecha estaban tiradas en el suelo.
— Creo que no me he presentado – el Felimbre sonriente se sentó a mi lado acariciando el lomo del perro – mi nombre es Ansel.
— Gracias por ayudarnos allí arriba Ansel – de cerca pude ver bien sus facciones - si bien la piedra no te hace justicia.
Me devolvió la mirada con el ceño fruncido
— Os ha enviado Maestre ¿verdad? – pregunte
Asintió
— En la cueva donde hablamos con él había unas representaciones vuestras en piedra – aclaró Sara
Volvió asentir con su cándida sonrisa y siguió con las presentaciones
— El que esta junto a Tinsel se llama Iles y el nombre del que lleva un blasón en la frente es Murik
— ¡Ha bueno! – Exclamé como si me acabase de revelar el secreto de las pirámides - mi nombre es Roberto y ella se llama Sara.
Sentí como los ojos de Ansel se posaban en el colgante, y para no tener que contestar a posibles preguntas me concentré en observar la escena que se desarrollaba frente a mí. Murik se acercó a Azcel y Ambio, sacó algo de un saquito colgado al cinto y se lo entrego, luego se dirigió con paso decidido hacia nosotros.
— Bueno muchacho de lo que nos hemos librado – dijo en tono alegre.
Su rostro estaba tan arrugado como una pasa y el bigote completamente blanco, pero sus ojos se movían incansablemente dentro de las cuencas, mirarle fijamente conducía a un tremendo mareo
Abrió de nuevo la bolsa y saco un pedazo de roca gris. La partió en dos trozos, el mío más grande por cierto, y nos lo entregó.
— Vamos coméroslo – dijo pero al ver que no hacíamos más que observarlo con el entrecejo fruncido añadió – os ayudará a recuperar fuerzas
Con los ojos cerrados me lleve la piedra a la boca, que contra todo pronóstico estaba buena, tenía un sabor muy parecido a melocotón, aunque un poco más amargo. En cuanto la grisácea sustancia se deshizo en mi boca sentí como a mí alrededor todo se aclaraba y con cierta gratitud comprobé que las piernas dejaban de temblarme. Mire a Sara, ella también parecía haberse recuperado, al menos su pelo volvía a ser el único de color rojo.
Ansel se acababa de tomar su trozo cuando se fijó en mi hombro.
—Menudo corte tienes ahí – no fui lo suficientemente rápido y antes de poder evitarlo ya estaba hurgando en la herida, produciéndome un dolo insoportable.
— Todos tenemos heridas – inconscientemente mire las manchas moradas de la sangre seca que se veían en los brazos de Sara – y casi no me duele — mentí.
No le dio tiempo a protestar porque en ese momento Tinsel se puso en pie, y sin pronunciar palabra comenzó la marcha. Todos los demás le seguimos en silencio. Iles el único de los cuatro Felimbres con quien todavía no había hablado se acerco a nosotros, bueno más bien al perro que trotaba entre Sara y yo. Sin duda era el más joven de los cuatro Felimbre. Su terso rostro contrastaba de manera cortante con las arrugas de Murik y también lo hacía su actitud pues mientras el primero se había comportado de manera jovial, este al llegar frente a mí inclinó la cabeza todo estirado, sin que un solo músculo de su cara se moviera lo más mínimo.
_ Gran perro – dijo aún inclinado - estamos a punto de salir y le pediría que me hiciera el honor de acompañarme a inspeccionar el terreno.
A mi tal comportamiento no se por que pero me hizo gracia y tuve que contenerme para que no se me escapara la risa floja. Esperaba que el felimbre no lo hubiera notado, auque si lo hizo no lo demostró.
El perro me miro
_ Estoy bien – refunfuñé, empezaba a mosquearme tantos desvelos hacia mi persona, leches ni que fuera de cristal.
El “a punto” de Iles se convirtió en una caminata de hora y media por un terreno lleno de baches húmedos y oscuros. Aunque lo más angustioso de todo era no apreciar como corría el tiempo, en más de una ocasión me sorprendí mirando la masa oscura que era mi reloj. Hasta que a la vuelta de un recodo pude distinguir la claridad del temprano sol mañanero.
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